Fue un poema de otra persona quien me dibujó en la mente la escena que describo y quien coloreó el vestido de Alba. Gracias por compartir.
Hacía un par de horas que el crepúsculo había prendido fuego al horizonte. La brisa acariciaba la oscura superficie del lago creando pequeñas crestas, lenguas rizadas que lamían los costados de la figura que sobrenadaba las lóbregas y gélidas aguas de Fretnyor.
La pequeña balsa, como un pedacito de opacidad en lo oscuro, más negra aún que el líquido que la rodeaba, flotaba aparentemente a la deriva. Sobre ésta, una figura pálida yacía boca abajo, sus brazos exangües se negaban a seguir avanzando. No lo consentiría; ella era quien llevaba las riendas, simplemente les obligaría a hacerlo. Podía. Su mente se conformaba en una miríada de compartimentos estancos que incomunicaban unas zonas con otras a placer. Aisló las punzadas de dolor que laceraban sus brazos y cerró la puerta.
Casi sonrió. Con la barbilla apoyada en la áspera madera y los brazos colgando dentro del agua siguió avanzando. Lenta, muy lentamente. Inexorable también. Con el sosiego del que sabe hacia donde se dirige y tiene la certeza de que llegará en el momento adecuado.
La pálida luz de la luna cubría a Alba con su caricia grisácea, dotando la escena de un cierto lustre de irrealidad; dibujando, juguetona, caprichosas figuras tornasoladas en aquellas zonas de su piel tocadas por el agua.
A su espalda, cada vez más pequeño, quedaba el pantalán en el que se negó a atracar para descansar. Si se hubiera girado y un rayo de luna hubiera tenido a bien dejar caer su beso de plata sobre el malecón, probablemente habría visto el noray junto al que llegó a abarloar y que parecía tender su cabeza hacia ella en un mudo reproche por no haber sentido su soga rodeando su férreo cuello.
Apoyándose en la madera, se incorporó, avanzando con paso vacilante hacia el centro de la estructura para sentarse junto a la gamella de madera de la que sacó dos pequeños frascos de cristal, sus más preciados tesoros: uno contenía los primeros rayos de sol de una alborada, el otro un ronco grito nacido de lo más hondo de sus entrañas. "He hecho bien", se decía a sí misma, "jamás me permitiría pagar un precio tan alto."
Tras contemplarlos durante un rato, volvió a depositarlos con reverencia en el receptáculo de madera. Dobló las rodillas hacia sí, tirando de su vestido índigo para cubrir sus piernas, dejando escapar una risa argentina al ver el légamo que aún cubría sus pies. Rodeó sus rodillas con los brazos y alzó la barbilla en un gesto que, a pesar de pretender ser desafiante, no estaba exento de cierta ingenuidad casi conmovedora. - Mañana - murmuró en voz alta esta vez.
