El simple hecho de sentir la mano de Serq en la suya la llevó de vuelta a Edfu, a una infancia extraña pero feliz cuando el tiempo transcurría tranquilo, medido únicamente por las crecidas de las aguas sagradas. No fue sino a regañadientes y acuciada por la escasez de tiempo que volvió al momento presente.
Querría que se hubieran reencontrado en circunstancias muy diferentes, querría que tuvieran tiempo para hablar de muchas otras cosas, de disfrutarse, querría no tener la sensación de que sería esa la última vez que se vieran. Sentía que era un despropósito carente de sentido.
- En ocasiones temo que sea un error, un engaño envuelto en un truco de ilusionismo. - Confesó con un candor tan sorprendente en ella como genuino. - No es justo. No es religión, es política, Serq. Poder. - Las palabras brotaban de sus labios en un torrente imparable. - Los hombres se vuelven locos por el poder. Unos y otros. ¿Crees que a los otomanos les importa que se haya profanado la tierra de nuestros dioses? ¿Acaso no pretenden ellos lo mismo? ¿Por qué habríamos de derramar y entregar sangre por ellos?
Serq abrió de par en par sus ojos cobalto, su cuerpo tenso mientras dirigía una mirada cargada de reserva a la esclava que las acompañaba en la estancia. Najma sacudió pesadamente la cabeza en cuanto comprendió, extendiendo una mano hacia la muchacha e invitándola a sentarse también en el lecho.
- No sólo es una leal amiga, es también mi confidente. - Besó el dorso de la mano de la esclava, que abrió la boca dejando ver su lengua cercenada. - Esto es lo que hacen los otomanos. Malditos extranjeros. - Dejando traslucir tanta rabia como impotencia, su parlamento aumentaba en velocidad y cólera, al punto de que su lengua, aún más ágil que en sus menesteres habituales, le ganaba la partida al cerebro en un arrebato por demás incaracterístico en su persona. - Desde el primero hasta el último de ellos, desde el Sultán a ese maldito militar. - Ni bien las palabras abandonaron sus labios ya estaba arrepentida de haber roto su acuerdo tácito y haber nombrado lo inmencionable.
- Te refieres, sin duda, a Wahid, ¿Verdad? - Aunque las palabras de Serq eran una bofetada, el tono era paciente, incluso con un matiz maternal, carente de cualquier tipo de reproche.
Evidentemente, no había caído en la cuenta. - Él no es como crees... - Su defensa, pueril, logró sonar más cándida que apologética. - Tengo miedo, Serq. No sólo por ti o por los nuestros. Temo por lo que acontecerá en estas tierras.
Serq acarició el rostro de su prima luciendo una sonrisa calma, una mirada tranquila que parecía haber vivido milenios. - ¿Te das cuenta ahora de la simetría, Najma? El equilibrio. Es el Maat. Eres una al-Tasir, eso debería ser suficiente explicación. - Maat. Fue el único argumento con el que Serq rebatía sus múltiples peros. Sus ojos serenos miraban a Najma con una mezcla de cariño, entereza y... quizás aquello fuera resignación. Najma supo que nada en el mundo la haría cambiar de parecer. Pero aún así lo intentó, mientras ambas conversaban en el lecho como cuando eran pequeñas, como si no hubiera urgencia. Comprendía, pero no quería hacerlo.
Las horas devoraron a los minutos y éstos a los segundos. El mediodía dio paso a la tarde y ésta comenzaba a ceder al crepúsculo. No podían dilatar más el momento.
Ella misma se encargó de ungir a Serq, tratando de apartar de su mente la idea de que aplicaba los afeites a la víctima que sería sacrificada. Su prima limpiaba con extraña placidez las ocasionales y silentes lagrimas que rodaban por las mejillas de la Estrella. Si realmente era Maat, no debía estar pesarosa. Aunque era incapaz de encontrar atisbo de gozo en su cometido, lo cumpliría con diligencia y celo.
Aceite de jazmín y canela sobre la piel de ébano de la nubia, polvo de oro y malaquita en su rostro, argán en su cabello de medianoche. Tomó un esbelto palillo de marfil y contorneó sus ojos con un grueso y largo trazo de kohl al estilo antiguo. Tras ceñir sus antebrazos con sendos brazaletes de oro y deslizar sobre su cuerpo una vaporosa túnica de prístino algodón blanco, la situó frente al espejo admirando a su vez la majestuosa imagen que éste reflejaba.
- La misma Isis palidecería de envidia ante ti.
Tras observarla unos instantes con arrobo, y tal vez acicateada por ese aura inefable que envolvía a Serq y hacía pensar en la diosa madre, tomó su mano y la posó sobre el propio pecho, permitiéndole así sentir los acelerados latidos de su corazón.
- Hay algo que necesito preguntarte. Es sobre... - Parecía luchar con las palabras, vaciló antes de continuar. - El ritual de renovación. - Una nueva pausa, mientras calibraba qué podía y qué no podía contar. - ¿Sabes si algún extranjero lo ha recibido en alguna ocasión?
Querría que se hubieran reencontrado en circunstancias muy diferentes, querría que tuvieran tiempo para hablar de muchas otras cosas, de disfrutarse, querría no tener la sensación de que sería esa la última vez que se vieran. Sentía que era un despropósito carente de sentido.
- En ocasiones temo que sea un error, un engaño envuelto en un truco de ilusionismo. - Confesó con un candor tan sorprendente en ella como genuino. - No es justo. No es religión, es política, Serq. Poder. - Las palabras brotaban de sus labios en un torrente imparable. - Los hombres se vuelven locos por el poder. Unos y otros. ¿Crees que a los otomanos les importa que se haya profanado la tierra de nuestros dioses? ¿Acaso no pretenden ellos lo mismo? ¿Por qué habríamos de derramar y entregar sangre por ellos?
Serq abrió de par en par sus ojos cobalto, su cuerpo tenso mientras dirigía una mirada cargada de reserva a la esclava que las acompañaba en la estancia. Najma sacudió pesadamente la cabeza en cuanto comprendió, extendiendo una mano hacia la muchacha e invitándola a sentarse también en el lecho.
- No sólo es una leal amiga, es también mi confidente. - Besó el dorso de la mano de la esclava, que abrió la boca dejando ver su lengua cercenada. - Esto es lo que hacen los otomanos. Malditos extranjeros. - Dejando traslucir tanta rabia como impotencia, su parlamento aumentaba en velocidad y cólera, al punto de que su lengua, aún más ágil que en sus menesteres habituales, le ganaba la partida al cerebro en un arrebato por demás incaracterístico en su persona. - Desde el primero hasta el último de ellos, desde el Sultán a ese maldito militar. - Ni bien las palabras abandonaron sus labios ya estaba arrepentida de haber roto su acuerdo tácito y haber nombrado lo inmencionable.
- Te refieres, sin duda, a Wahid, ¿Verdad? - Aunque las palabras de Serq eran una bofetada, el tono era paciente, incluso con un matiz maternal, carente de cualquier tipo de reproche.
Evidentemente, no había caído en la cuenta. - Él no es como crees... - Su defensa, pueril, logró sonar más cándida que apologética. - Tengo miedo, Serq. No sólo por ti o por los nuestros. Temo por lo que acontecerá en estas tierras.
Serq acarició el rostro de su prima luciendo una sonrisa calma, una mirada tranquila que parecía haber vivido milenios. - ¿Te das cuenta ahora de la simetría, Najma? El equilibrio. Es el Maat. Eres una al-Tasir, eso debería ser suficiente explicación. - Maat. Fue el único argumento con el que Serq rebatía sus múltiples peros. Sus ojos serenos miraban a Najma con una mezcla de cariño, entereza y... quizás aquello fuera resignación. Najma supo que nada en el mundo la haría cambiar de parecer. Pero aún así lo intentó, mientras ambas conversaban en el lecho como cuando eran pequeñas, como si no hubiera urgencia. Comprendía, pero no quería hacerlo.
Las horas devoraron a los minutos y éstos a los segundos. El mediodía dio paso a la tarde y ésta comenzaba a ceder al crepúsculo. No podían dilatar más el momento.
Ella misma se encargó de ungir a Serq, tratando de apartar de su mente la idea de que aplicaba los afeites a la víctima que sería sacrificada. Su prima limpiaba con extraña placidez las ocasionales y silentes lagrimas que rodaban por las mejillas de la Estrella. Si realmente era Maat, no debía estar pesarosa. Aunque era incapaz de encontrar atisbo de gozo en su cometido, lo cumpliría con diligencia y celo.
Aceite de jazmín y canela sobre la piel de ébano de la nubia, polvo de oro y malaquita en su rostro, argán en su cabello de medianoche. Tomó un esbelto palillo de marfil y contorneó sus ojos con un grueso y largo trazo de kohl al estilo antiguo. Tras ceñir sus antebrazos con sendos brazaletes de oro y deslizar sobre su cuerpo una vaporosa túnica de prístino algodón blanco, la situó frente al espejo admirando a su vez la majestuosa imagen que éste reflejaba.
- La misma Isis palidecería de envidia ante ti.
Tras observarla unos instantes con arrobo, y tal vez acicateada por ese aura inefable que envolvía a Serq y hacía pensar en la diosa madre, tomó su mano y la posó sobre el propio pecho, permitiéndole así sentir los acelerados latidos de su corazón.
- Hay algo que necesito preguntarte. Es sobre... - Parecía luchar con las palabras, vaciló antes de continuar. - El ritual de renovación. - Una nueva pausa, mientras calibraba qué podía y qué no podía contar. - ¿Sabes si algún extranjero lo ha recibido en alguna ocasión?