sábado, 29 de agosto de 2015

Campaña en Egipto XVIII - Najma

El simple hecho de sentir la mano de Serq en la suya la llevó de vuelta a Edfu, a una infancia extraña pero feliz cuando el tiempo transcurría tranquilo, medido únicamente por las crecidas de las aguas sagradas. No fue sino a regañadientes y acuciada por la escasez de tiempo que volvió al momento presente.
Querría que se hubieran reencontrado en circunstancias muy diferentes, querría que tuvieran tiempo para hablar de muchas otras cosas, de disfrutarse, querría no tener la sensación de que sería esa la última vez que se vieran. Sentía que era un despropósito carente de sentido.

- En ocasiones temo que sea un error, un engaño envuelto en un truco de ilusionismo. - Confesó con un candor tan sorprendente en ella como genuino. - No es justo. No es religión, es política, Serq. Poder. - Las palabras brotaban de sus labios en un torrente imparable. - Los hombres se vuelven locos por el poder. Unos y otros. ¿Crees que a los otomanos les importa que se haya profanado la tierra de nuestros dioses? ¿Acaso no pretenden ellos lo mismo? ¿Por qué habríamos de derramar y entregar sangre por ellos?

Serq abrió de par en par sus ojos cobalto, su cuerpo tenso mientras dirigía una mirada cargada de reserva a la esclava que las acompañaba en la estancia. Najma sacudió pesadamente la cabeza en cuanto comprendió, extendiendo una mano hacia la muchacha e invitándola a sentarse también en el lecho.

- No sólo es una leal amiga, es también mi confidente. - Besó el dorso de la mano de la esclava, que abrió la boca dejando ver su lengua cercenada. - Esto es lo que hacen los otomanos. Malditos extranjeros. - Dejando traslucir tanta rabia como impotencia, su parlamento aumentaba en velocidad y cólera, al punto de que su lengua, aún más ágil que en sus menesteres habituales, le ganaba la partida al cerebro en un arrebato por demás incaracterístico en su persona. - Desde el primero hasta el último de ellos, desde el Sultán a ese maldito militar. - Ni bien las palabras abandonaron sus labios ya estaba arrepentida de haber roto su acuerdo tácito y haber nombrado lo inmencionable.

- Te refieres, sin duda, a Wahid, ¿Verdad? - Aunque las palabras de Serq eran una bofetada, el tono era paciente, incluso con un matiz maternal, carente de cualquier tipo de reproche.

Evidentemente, no había caído en la cuenta. - Él no es como crees... - Su defensa, pueril, logró sonar más cándida que apologética. - Tengo miedo, Serq. No sólo por ti o por los nuestros. Temo por lo que acontecerá en estas tierras.

Serq acarició el rostro de su prima luciendo una sonrisa calma, una mirada tranquila que parecía haber vivido milenios. - ¿Te das cuenta ahora de la simetría, Najma? El equilibrio. Es el Maat. Eres una al-Tasir, eso debería ser suficiente explicación. - Maat. Fue el único argumento con el que Serq rebatía sus múltiples peros. Sus ojos serenos miraban a Najma con una mezcla de cariño, entereza y... quizás aquello fuera resignación. Najma supo que nada en el mundo la haría cambiar de parecer. Pero aún así lo intentó, mientras ambas conversaban en el lecho como cuando eran pequeñas, como si no hubiera urgencia. Comprendía, pero no quería hacerlo.

Las horas devoraron a los minutos y éstos a los segundos. El mediodía dio paso a la tarde y ésta comenzaba a ceder al crepúsculo. No podían dilatar más el momento.

Ella misma se encargó de ungir a Serq, tratando de apartar de su mente la idea de que aplicaba los afeites a la víctima que sería sacrificada. Su prima limpiaba con extraña placidez las ocasionales y silentes lagrimas que rodaban por las mejillas de la Estrella. Si realmente era Maat, no debía estar pesarosa. Aunque era incapaz de encontrar atisbo de gozo en su cometido, lo cumpliría con diligencia y celo.

Aceite de jazmín y canela sobre la piel de ébano de la nubia, polvo de oro y malaquita en su rostro, argán en su cabello de medianoche. Tomó un esbelto palillo de marfil y contorneó sus ojos con un grueso y largo trazo de kohl al estilo antiguo. Tras ceñir sus antebrazos con sendos brazaletes de oro y deslizar sobre su cuerpo una vaporosa túnica de prístino algodón blanco, la situó frente al espejo admirando a su vez la majestuosa imagen que éste reflejaba.

- La misma Isis palidecería de envidia ante ti.

Tras observarla unos instantes con arrobo, y tal vez acicateada por ese aura inefable que envolvía a Serq y hacía pensar en la diosa madre, tomó su mano y la posó sobre el propio pecho, permitiéndole así sentir los acelerados latidos de su corazón.

- Hay algo que necesito preguntarte. Es sobre... - Parecía luchar con las palabras, vaciló antes de continuar. - El ritual de renovación. - Una nueva pausa, mientras calibraba qué podía y qué no podía contar. - ¿Sabes si algún extranjero lo ha recibido en alguna ocasión?

viernes, 28 de agosto de 2015

Campaña en Egipto XVII - Serq

Dejó atrás la torre del Fuerte de Babilonia, aquel mudo testigo de piedra que había sido símbolo del poder romano en la ciudad y aún se erguía ajeno al paso del tiempo, indiferente a las distintas civilizaciones que, era tras era, se habían hecho con el dominio de esas tierras.
Ya a pie, se movía segura por las laberínticas calles de El Cairo, tan llenas de vida, donde su presencia pasaba tan desapercibida. Al-Qahira. La Victoriosa, la Ciudad de los Mil Minaretes. Cruzaba Midan Ataba en dirección a Jan el-Jalili sin percatarse siquiera de la historia viva que, en cada vuelta de una esquina, contaba mil relatos. Ni siquiera reparó en los minaretes de la hermosa mezquita de Al-Azhar, que se recortaban contra el cielo despejado.

O en el hombre que la seguía casi desde el mismo instante en el que puso un pie en la ciudad.

Fue ya en Shariʻa al-Muizz, la calle más antigua de El Cairo, donde sintió como unas manos tiraban de ella, introduciéndola en una oscura alhóndiga. Una mano sobre su boca le impedía emitir ningún sonido. Una mano de mujer, a juzgar no sólo por su suavidad sino por el aroma a flores de loto que emanaba de ella. Parpadeó tratando de adaptar sus ojos a la oscuridad, que apenas le dejaba distinguir un par de formas oscuras ante ella.

Al instante reconoció aquella risa cristalina.

- Creía que a estas alturas habrías aprendido a ser más discreta. - Najma tiró nuevamente del brazo de la desconcertada Serq. - Saldremos por detrás. Wahid no regresará hasta avanzada la madrugada, o quizás el amanecer. Si lo hiciera antes de tiempo, tu nombre es Ain.- Cualquiera pensaría, por el tono casual y despreocupado, que la suya era una reunión de lo más cotidiana. - Me dieron aviso en cuanto llegaste a la ciudad y has llevado tras tus pasos desde entonces a uno de mis hombres de confianza. Apuesto a que creías haber pasado completamente desapercibida.

No pudo hacer más que trastabillar en pos de ella, preguntándose cómo y cuándo se habría hecho dueña de tan sigilosas mañas.

Una vez en la calle de nuevo, Najma se volvió hacia ella, ofreciéndole una sonrisa cálida y sus brazos extendidos.

Serq no pudo por menos que observar a su prima durante unos instantes. Tres años menor que ella, era poco más que una niña la última vez que se vieron en persona. Y aquella niña se había convertido en una mujer de belleza casi incómoda. Una Helena, una Nefertiti... Era la clase de sublimidad que ha de llevar, sin duda, aparejada la tragedia. Había un cierto aire de familia, pero en su mayor parte parecía haberse difuminado con el paso del tiempo. Crisol de diferentes razas, su piel era ligeramente más clara que la de Serq; sus rasgos delicados parecían haber sido cincelados en una idealización de Hathor en la que un orfebre preciosista había encastrado dos aguamarinas rasgadas que ahora la miraban con aire divertido. Comprendía, ahora, algunos de los relatos que había oído sobre ella. Ignoró los brazos que su prima le ofrecía y la tomó del rostro, besando su frente y sus mejillas repetidas veces antes de dejarse guiar por ella hacia la vivienda.



Serq no era ajena al hecho de que se encontraba en los dominios de un enemigo peligroso. Era extraño, no se había planteado hasta ese momento cómo sería la morada de aquel hombre y la calidez y el confort sin ostentaciones de la misma la sorprendieron. Como si esperara un hogar repleto de las cabezas de sus enemigos, o digno de un loco bárbaro, o quizás damasquinados de oro por doquier. Le resultaba casi obsceno estar sentada sobre aquellos cojines sabiendo quien era su dueño.

jueves, 27 de agosto de 2015

Campaña en Egipto XVI - Zaím

Se sentía enormemente culpable. ¡Lo era! ¿Quién sino él era responsable de sus mesnadas? La sangre le hervía no sólo de ira, sino de vergüenza. Ante él, los rostros incognoscibles de los hombres con los que se enfrentaría a Ammyt, la devoradora de los muertos. Como si pudiera leer los aciagos pensamientos del jinete, su caballo piafó, golpeando la arena con fuerza con sus patas delanteras.

Al tiempo que Zaím tensaba la rienda, una saeta de color zaíno irrumpió en su campo visual cruzando el firmamento. Su vuelo era potente, en línea recta, plegando las alas contra el cuerpo a intervalos. El mirlo, extrañamente fuera de lugar al sur del fértil Delta del Nilo, se posó sobre la arena pareciendo mirar fijamente a Zaím con su pequeña cabeza ladeada. El aire se tornó denso, pesado. Las aletas de su nariz se abrieron, dejando paso a una vaharada de aroma a jazmín que asaltó su hipófisis, enviando un torrente de estímulos al hipotálamo. Habría jurado que el mismo viento que le traía el delicado e imposible aroma, había susurrado en su oído. “Atum...”. A continuación, sintió un impacto en el plexo solar que le sacó de ese ensimismamiento en el que el tiempo pareciera haberse detenido. Habían cabido milenios, eones, en esos escasísimos segundos grávidos de estimulación sensorial.

Alzó la barbada testa y su voz retumbó firme, poderosa, cuando habló. Calificar su estrategia de arriesgada habría sido todo un eufemismo. Y aunque sus palabras eran, en momentos, casi fúnebres, parecían imbuir un sentimiento de extraña epicidad casi fanática en sus hombres Como si la misma Nejbet estuviera con ellos arengándoles, diosa demiurga, testada con la Corona Blanca y armada con sus temibles flechas. Un engaño los había puesto en aquella tesitura y un engaño los sacaría de ella... O sería, al menos, garante de que la felonía sufrida no quedara sepultada en el olvido, junto con sus huesos, por la arena.

Seleccionó a unos pocos hombres, los menos avezados, a los corceles más veloces. Éstos cabalgarían hacia el norte siguiendo la rivera del Nilo hacia el campamento mameluco. Abasi estaría al frente del modesto batallón. En un cruce de miradas, Zaím supo que el hombre había comprendido perfectamente: no iban a atacar la retaguardia, no había tiempo material. Atacarían un campamento vacío. Alguien tenía que quedar vivo para contarlo.

Sólo unos pocos conocían el plan primitivo que Zaím tenía intención de desplegar, plan del que Yafeu estaba oficialmente al margen y que posiblemente habría funcionado si hubieran tenido el tiempo prometido. Originariamente, un contingente aliado descendería la ribera derecha para sorprender a la retaguardia mameluca, más vulnerable que su poderosa caballería. Confiaba en que los espías enemigos hubieran tenido tiempo de esparcir algún rumor al respecto.

- Abasi – Cabeceó en un breve gesto hacia el militar – es acreedor de la máxima confianza del cónsul, no pondrá en duda sus palabras cuando le relate lo acontecido. Él será vuestro salvoconducto. Todos aquellos que no deseen seguirme, además de los seleccionados, pueden ir con él. No habrá represalias. Vuestra lealtad es incontestable. Los demás... rezad a vuestros dioses.



El grueso de las tropas, que avanzaba veloz hacia el destacamento enviado a la muerte por Yafeu, llegó anunciado por la nube de arena que los caballos levantaban al hollar el albero. El infierno de arena, entrechocar de metales, alaridos, sangre, bufidos de las bestias, fogonazos de arcabuz y silbidos de las saetas engulló a unos y otros.

Yafeu no podía eludir la batalla, no sin descubrirse como traidor al imperio. Sabedor de lo aguerrido del ejército mameluco, confiaba que, a su llegada, éstos hubieran pasado por el acero a la mayor parte de los hombres, obligando a sus efectivos a una oportuna retirada. Por tanto, lo único que podían hacer, era aguantar. Hasta el último hálito, hasta la última gota de sangre.



Las negras columnas de humo procedentes del campamento incendiado se elevaban como dedos sarmentosos, arañando el límpido azur, retorcidos en caprichosas formas amenazantes. Su efecto, no pudo ser más diferente en ambos bandos: para unos, funesto signo que anunciaba que el ejército enemigo les cercaba, confirmando una sospecha que no habían dado por cierta; para otros, mano de la Providencia, cobra de Nejbet que declaraba que la reserva táctica venía en su ayuda en tiempo e infundía moral renovada a los guerreros.


Cuando el resto del contingente llegó al albero, para oprobio de Yafeu, el signo de la batalla estaba decidido. No había lugar a la retirada.

Campaña en Egipto XV - Serq

La casa, vacía, parecía albergar cien sombras que le eran extrañas, producir cien ruidos que no le resultaban familiares. No recordaba haber estado jamás sola en el domicilio. Desde luego, estaba Alphonse, pero éste dormiría por largo, largo tiempo.

Serq no se reconocía en las acciones de los últimos días. A pesar de ello, no titubeaba. Como la saeta que, disparada con certeza, vuela en pos de su objetivo ajena a todo lo demás. Su pulso sólo había vacilado, levemente, al administrar la última dosis a Alphonse. Rogó que Maat e Imhotep guiaran su mano.

Cierto sentido de la obligación la hizo dejar una jarra con agua fresca y un plato con dátiles junto al lecho del francés. Aunque, si éste despertaba con la casa aún vacía, probablemente se cuidaría de ingerir nada que hubiera pasado por las manos de Serq.

Ya cubierta con una raída chilaba que ocultaba su cabello y sus formas, observó desde la puerta a la figura yacente. Buscó en lo más hondo de su ser algún resto de la animadversión que siempre le había profesado, sin éxito.

Con determinación fatalista y sin volver la vista atrás ni una sola vez, se dirigió al mercado, donde los leales a la causa le proporcionarían montura. Sin compañía, sin escolta y con las provisiones justas, así es como debía encarar el viaje. Tendría éxito, era su destino.

El Cairo... Se sentía más cerca de Zaím, si bien no se trataba de una cercanía física.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Campaña en Egipto XIV - Najma

Un delicado dedo índice jugaba a enredarse en el cabello de Véspero, acariciando su nuca mientras escuchaba con total entrega sus palabras. No pudo disimular el gesto de sorpresa ante la alusión a los rumores palaciegos, si bien supo contener cualquier atisbo de tensión. Ésta, en todo caso, se disipó cuando el hombre le aclaró la naturaleza de dichos rumores. Alzó un hombro con coquetería y dejó escapar una risa cristalina, divertida no sólo por la acusación de su esposo, sino por lo bien que éste la conocía.

- Tal vez... - Admitió a medias - ¿De qué sirve ser la esposa de una leyenda viva si una no puede hacer ostentación? - Rozó la comisura de los labios de Véspero con los suyos, depositando a continuación una hilera de besos a lo largo de su mandíbula, arañándole suavemente con los dientes donde ésta se une con el cuello. - Aunque no soy yo quien contribuye a alimentar el mito, habib, deberías oír las conjeturas y chismorreos que cuentan sobre ti. - Se alejó lo suficiente para observar sus ojos verdes, simulando cierta ofensa – Y los relatos de las concubinas de palacio, algunos de ellos son preocupantemente cercanos a la realidad. Y no, no pienso compartirlos contigo, tu ego ya es lo suficientemente grande.

Entrecerró los ojos cuando él la estrechó contra sí, ronroneando como una gata ante un plato de nata. Sentir el deseo que despertaba en su esposo la complacía tanto como saciarlo y alimentaba su propia pulsión. Los abrió de nuevo cuando él continuó hablando. Su mirada traslucía una preocupación desnuda de todo escepticismo mientras él le relataba su ausencia de recuerdos previos a Alejandría, sus visiones, cadáveres de sueños enajenados o ecos pretéritos de otra vida...

La zozobra que anidaba en las palabras de Véspero, en los silencios que constituían los eslabones que las unían, tenía garras. Garras que también se clavaban en el corazón de la egipcia al escuchar la angustia, la rabia, en su voz recia. El silencio de Najma era cálido, deseosa de dejarle vaciar aquel torrente sin ninguna interrupción. Una suave lluvia de besos arreció sobre el rostro del guerrero cuando éste buscó el refugio de sus brazos, que acogieron el cuerpo del hombre con ternura.
Las raras ocasiones en las que él se mostraba vulnerable, la hacían vacilar en su propósito, plantearse si merecía la pena, si tal vez estaría errada. Al fin y al cabo ¿Qué sabía ella de los dioses? ¿Qué tipo de justicia superior podía pretender de ella que lo traicionara sólo por estar en el bando equivocado? Y sin embargo, algo en sus palabras enraizaba con creencias muy arraigadas, algo resonaba dentro de ella como el tañido de una campana lejana.

Besó su sien, acariciando su torso con movimientos lánguidos, aletargadores. - Bien sabes que crecí escuchando los mitos de los dioses que adoran los infieles. – Bordeó de puntillas el filo de la navaja, con el tono adormecedor de quien relata un antiguo cuento, sin aludir de forma directa a las visiones que torturaban la mente de su esposo. - Anubis, el chacal, conduce a las almas de los que han partido ante Osiris para someterlas a su juicio. En el Duat, Osiris deposita el Ib – detuvo su mano sobre el tórax de Véspero, sintiendo los latidos firmes y rítmicos de su ib – del fallecido sobre el platillo de una balanza; en el otro platillo, se encuentra la pluma de Maat, representando la verdad y la justicia universal, el equilibrio cósmico. El Ib aumenta o disminuye su peso a medida que el jurado repasa las acciones en vida del fallecido. Si éste supera el juicio de Osiris el resucitado, su ka(1) y su ba(2) podrán reunirse y vivir eternamente. Si, por contra, el veredicto es negativo, el alma deberá confrontar la segunda muerte. - Sus labios reemplazaron a su mano sobre el pecho de Véspero. - Necesitas descansar. Vaciar tu mente. - Tomó las manos de Wahid y las puso a ambos lados de su propio rostro, dejando que fueran las manos de su esposo las que guiaran su cabeza por debajo del centro de gravedad del hombre. - Vacíate.

Mientras trataba de descargar la mente de su esposo, la propia zumbaba como un avispero. Sabía que Véspero no era un orate. Bien fueran visiones, bien fueran extraños sueños que le eran enviados... habían de tener un motivo. En cuanto a ella, más le valía extremar la cautela, las amenazas de Véspero nunca eran ociosas.
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(1) Principio universal e inmortal de la vida, según la mitología egipcia. 
(2) También de acuerdo con la mitología egipcia, fuerza anímica del espíritu humano.

Campaña en Egipto XIII - Serq

De vez en cuando dirigía alguna mirada disimulada a Alphonse. La dosis de raíz de mandrágora había sido mínima, con fines experimentales. Y parecía surtir el efecto deseado.
Era la primera vez que utilizaba el narcótico con propósitos sedativos; su uso como afrodisíaco estaba mucho más extendido y le resultaba más familiar. Agradeció mentalmente a su abuelo el conocimiento que, casi de forma subrepticia, siempre había tratado de inculcarle: con las historias que le contaba de pequeña sobre las pócimas de las egipcias tebanas, capaces de anular la voluntad del más aguerrido, o cuando le explicaba los relieves del templo de Amón o la tumba de Nakht...

La celebración comenzaba a languidecer, aunque conociéndoles, podían seguir así hasta el alba. El francés ya cabeceaba y para Serq había llegado el momento de retirarse a descansar. Tocó suavemente el hombro de Alphonse y se despidió de sus tíos con sendos besos en las mejillas. Se giró a recoger el pergamino, que aparentemente había olvidado, y cruzó el patio para dirigirse a su dormitorio.

Una vez allí, se dejó caer sobre el lecho y desplegó el pergamino ante sí, ansia viva, acariciando la rugosa superficie con las yemas de sus dedos mientras desgranaba el mensaje. El palacio, una única estrella soberana en el firmamento sobre éste... Las desproporcionadamente grandes oquedades que formaban puertas y ventanas indicaban que tendría acceso a palacio, que éste estaría abierto para ella; la estrella lucente, Najma*, le franquearía ese acceso según el plan estipulado. En un segundo plano, la recia torre: una atalaya robusta coronada por un fuego ambarino, como el cabello color miel de Zaím. Ahogó un gemido. El dibujo representaba un sable hundido de algún modo en la piedra, amenazando la estabilidad de la estructura. Acercó más la nariz al pergamino: en la base de la torre, un diminuto nido de víboras... ¡Traidores!

El pulso le palpitaba en las sienes. Esperaba que el mensaje hubiera llegado a Zaím, estuviera donde estuviera. Aún no había recibido ninguna indicación, ninguna pista. Y una vez en El Cairo, apenas habría tiempo.

Los acontecimientos se desarrollaban más rápido de lo que esperaba. Pero estaba, más que nunca, segura de su destino.

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*Najma, nombre de origen árabe, significa "preciosa estrella".

Campaña en Egipto XII - Zaím

Supo que algo andaba mal aún antes de llegar a las jaimas. En demasía escasas. Demasiados pocos caballos. Parecía como si más de la mitad de los efectivos no estuvieran ahí.
Su caballo, más que galopar, volaba, espoleado con furia para acortar los últimos metros que le separaban del campamento. El resto de sus hombres, tras él, mostraban similar desconcierto.

Ni uno solo de los hombres que permanecían en el campamento era de los suyos. Ni rastro del cónsul. Saltó del caballo y avanzó en busca de Yafeu, al que encontró de brazos en jarras y enarbolando una estúpida sonrisa. El atezado otomano no pareció en absoluto impresionado por los bramidos de Zaím, que vociferaba pidiendo explicaciones.

- La avanzadilla te lleva casi tres horas de ventaja. - Expuso el militar con aire de suficiencia. - Decidí que lo mejor sería enviar a parte de los hombres primero, para mermar las filas enemigas antes de que entremos en combate.

Una ira sorda, formidable, nubló su raciocinio durante unos segundos. El tipo había decidido... De forma unilateral. Y enviando a sus hombres a una misión suicida. Cuando la razón volvió a él, se percató de que tenía a Yafeu agarrado por la pechera y dos dagas otomanas a ambos de su cuello. Soltó al hombre y alzó las manos, mostrando las palmas desnudas a los guardianes.

- Este no era el acuerdo. - Se giró, tomando el ronzal de su caballo. Su opinión sobre la catadura moral de Yafeu no era buena, pero le sabía buen militar. Nadie con un poco de sentido común organizaría una maniobra como aquella... si deseaba ganar una batalla.

- No toleraré que un extranjero – Yafeu casi escupió la palabra, cargada de desprecio – cuestione mis órdenes directas. La avanzadilla hará frente a la carga de caballería, nosotros llegaremos al crepúsculo y, bajo el amparo de la noche, derrotaremos a los que hayan quedado en pie y a la infantería. - Frunció el ceño al ver a Zaím subir a su montura. - ¿Desertor además de insubordinado? He ordenado claramente...

- Este no era el acuerdo. - Dijo de nuevo, entre dientes e interrumpiendo el parlamento del militar otomano. - Ni yo tu subordinado. Nuestro convenio queda roto desde este preciso momento. Mis hombres, mis normas. - Sabía que Yafeu no podía atacarle directamente, so pena de crear un incidente que causaría su propia desgracia, o su muerte por traidor al imperio. Sin ápice de arrogancia, se giró, hablándole desde su montura. - Si caigo en la batalla, el sultán y tú podréis pelearos por ver si mi cabeza adorna una pica en el palacio de El Cairo o si podrás llevártela como trofeo a Constantinopla. - Sus palabras constituían una acusación directa de traición.

Hizo una seña a sus hombres para que le siguieran. No tenía la menor intención de reagruparles y darles las nuevas órdenes cerca de los oídos de los hombres de Yafeu. Si sus hombres cabalgaban hacia la muerte, él iría con ellos. Tiempo. Necesitaba un tiempo del que no disponían.

Campaña en Egipto XI - Alphonse

¡Ah, al fin una copa de vino! Sus anfitriones habían decidido agasajarlo con el preciado caldo, tan raro de obtener en la zona excepto para las clases más pujantes. En realidad eran buenos anfitriones estos salvajes, sí que lo eran. El francés paladeaba el delicioso líquido burdeos con la mirada sobre las danzarinas que brujuleaban al ritmo de aquel extraño y poco armonioso instrumento. Se tomaban muy en serio los festejos a sus dioses, aquellos bárbaros.

Se encontraba algo abotargado, probablemente debido a que llevaba tiempo sin probar el vino y por el ambiente casi irreal que les rodeaba. Echó una mirada de soslayo a Serq: desde el incidente anterior, se mostraba comedida y suave como una seda de Damasco. Sonrió. Zaím sabría de muchas cosas, pero no de mujeres. Estaba claro que no sabía como había que tratarla. ¡Si él pudiera! ¡Él sí que sabía! Se aflojó el cuello de la casaca, atacado por un repentino vaporazo de calor.

Alphonse ladeó la cabeza para echar un vistazo al papiro que la nubia había dejado con desdén. Ni siquiera era un buen dibujo. Casi todo el espacio parecía dedicado al firmamento, vacío excepto por una única estrella. Y una especie de palacio cuyas proporciones no guardaban sentido. Al fondo, una especie de torre que ni siquiera estaba derecha. Los miniaturistas de la corte de Borgoña, esos sí que sabían de arte. Pero claro, tampoco podía esperar tal primor y técnica de unos bárbaros del desierto.

Su soliloquio interior chauvinista se interrumpió cuando su vista se encontró atraída de nuevo por los movimientos de las bailarinas. ¿Serían estas las odaliscas de las que había oído hablar? Había oído que las traían de Turquía como aprendices y sirvientas de las concubinas del sultán. Si estas eran sólo aprendices... Con un movimiento lento y torpe, delator de una embriaguez incipiente, se rascó la parte posterior de la cabeza. Qué lugar tan extraño.

Campaña en Egipto X - Véspero

« Najma... » -El nombre de la egipcia escapó entre sus labios en un ronco gruñido, con un deje neutro sin denotar emoción alguna.

Véspero mostró una sonrisa cansada pero hambrienta y sólo haciendo acopio de su férrea fuerza de voluntad pudo evitar que sus instintos más primarios afloraran. Y a Najma, conocedora de sus habilidades, las cuales sabía explotar a la perfección, le encantaba poner a prueba a su esposo hasta límites que a éste le llevaban, literalmente, a la desesperación. Sin embargo, ambos se complementaban más allá de lo racional, y donde él era impulsivo y temperamental, ella era fría y calculadora. Cuando miraban en la misma dirección, bien se podría jurar que no existía combinación más peligrosa.

El mameluco tomó la jarra que su esposa le ofrecía y dio un largo trago. Con la mano libre hizo un ademán hacia las esclavas para que dejaran los aposentos y volvió su atención al cuerpo desnudo que le era ofrecido.

« Mujer, juro ante el Clemente que eres mi más dulce perdición. » -Rió ante la simple inocencia de su comentario.- « Me han empezado a llegar ciertos rumores que circulan sobre mí en Palacio. Rumores soeces, banales y vacíos de veracidad respecto a mi dilatada y meteórica trayectoria en estos pocos meses sirviendo a nuestro Sultán. » -Se detuvo al ver como una expresión de sorpresa cruzaba la faz de Najma. A continuación, su voz se tornó sombría.- « Venga, no hace falta que disimules. Podría jurar, sin miedo a equivocarme, que algunos los habrás propagado tú misma. » -Fingiendo enojo, apretó su cuerpo contra el de ella, sintiendo una nueva oleada de irrefrenable deseo.- « Desperté cerca de Alejandría... sin saber cómo había llegado. Sin saber qué hacía allí. Sin saber quién era. » -Apartó sus ojos de los de Najma y los clavó en algún lugar sin definir, mas miraban lejos de aquellas cuatro paredes. Continuó con la angustia escrita en sus palabras.- « Desde ese mismo día, me asaltan visiones tan carentes de sentido como vívidas sus imágenes: en ellas he estado en lugares lejanos al otro lado del mundo. Mi alma sobrevuela tierras de pastos verdes, frondosos valles y grandes y fértiles llanuras, altos picos, cuyas cimas están coronadas de nieve sin importar la estación en la que se encuentra esa cara del orbe, y costas donde largas playas se unen a acantilados escarpados. En ellas he navegado junto a una imponente flota de navíos de guerra, los más grandes jamás conocidos. E incluso me veo al mando de uno de ellos. En mis visiones, he luchado en numerosas batallas y he asaltado ciudades y derribado sus muros. » -Guardó silencio...- « Siento sobre mis hombros el peso de mil años vividos. Mas me miro en un espejo, y no reconozco el rostro que su superficie refleja. » -Casi por instinto llevó sus manos a las facciones que daban forma a su rostro.- « Este cuerpo... Este recipiente... No me pertenece. » Sentenció angustiado.

Durante un momento, el guerrero dio paso al muchacho y éste se resguardó en el cálido abrazo de aquella que sabía era la única persona en la que podía confiar de forma ciega, a la que amaba por encima de todo lo tangible en aquel mundo.

« Sin embargo, lo que más siento es... ira. » -Volvió el Véspero más cruel.- « Una ira que escapa a mi control y que aviva el fuego de mi alma, instándome a que vuelva a esas tierras para sembrarlas con los huesos de mis enemigos y después regarlas con su sangre traidora. » -Volviendo de nuevo su atención hacia Najma, le devoró los labios con avidez- « Y si le hablas de esto a alguien. Si se te ocurre traicionarme y soy consciente de ello, te mataré. »

Campaña en Egipto IX - Najma

Sus ojos aguamarina brillaron con deleite ante el menat con engastes de lapislázuli que el mercader le mostraba. Acaba de decidirlo: ese sería el próximo regalo que recibiría por parte de su esposo. Tras decirle al hombre que retirara la joya, pues alguien vendría a por ella, la Estrella de El Cairo enlazó su brazo con el de la otra mujer y ambas se dirigieron en dirección al callejón de Midaq, con la excusa de buscar un poco de solaz al hervidero de gente que era Jan el-Jalili.

La figura oscura que salió a su paso al doblar la esquina de Sanadiqiyah, donde debería esperar el informador, hizo que su espalda se tensara por un brevísimo instante. Wahid... ¿Qué hacía él ahí? ¿Acaso sospechaba algo? Despidió a la esclava y avanzó hacia él, precedida por el sutil aroma del aceite loto y luciendo una espléndida sonrisa, sus cejas arqueadas en un gesto natural de sorpresa sobre sus ojos enmarcados por un fino trazo de kohl. La oscuridad parecía emanar de la figura masculina y gravitar en torno a él al mismo tiempo, como si ni siquiera la escasa luz del callejón se atreviera a rozarle.

- ¡Habib!(1) – Extendió las manos hacia las de él, tomando sus dorsos en sus palmas. Sus pulgares acariciaron las muñecas del hombre, barriendo así una pequeña salpicadura de sangre que profanaba la piel de Véspero. Tras tomar sus manos en las de ella, las depositó sobre su cadera, melosa. Esas manos fuertes, poderosas; esas manos que sabían ser fuente tanto de placer como de tormento. - ¿Acaso me seguías? Sabrás entonces del hermoso collar de lapislázuli que vas a regalarme. Volvamos juntos a casa, déjame agradecértelo.

Le urgía alejarle de allí, aunque a juzgar por la gota carmesí que tiznaba su mano, era demasiado tarde.


Sólo las mejores concubinas eran entregadas a los mamelucos, y su mixtura de sangres nubia y europea le había granjeado convertirse en esposa de Véspero, cumpliendo con la norma sobre el origen étnico-racial. Así fue como la Estrella, nacida Najma al-Tasir, había entrado en la guarida del león. Desde el mismo instante en que le fue entregada por el sultán, había sabido que amaría a ese hombre casi tanto como lo odiaba, tanto como podía temerlo en ocasiones.



Ella misma le sirvió una jarra de yasoon de olor anisado, ya en el tálamo, invitándole a relajarse. Sin abandonar la estancia, dejó caer la túnica de algodón a sus pies y comenzó a hablar con él como si estuvieran a solas, mientras dos esclavas ungían cada curva de su cuerpo de mirra y loto.
Algo turbaba la mente del hombre últimamente, a menudo se agitaba en sueños y murmuraba en un idioma que ella no podía comprender. Deseaba dar sosiego a su mente tanto como ansiaba la información que se ocultaba tras esos ojos verdes.

Despidió a las siervas y se acercó a él, ondulante como el viento sobre las dunas del desierto de Libia.

- Pareces distraído últimamente, habib. - Susurró. Su aliento cálido acarició el pabellón auditivo del hombre, sus suaves labios apenas rozando el lóbulo de su oreja. - ¿Acaso ya no me encuentras atractiva? - El mohín de timidez ensayada contrastaba sobremanera con el aura de concupiscencia que emanaba su presencia, con la postura casi altiva, con las propias manos que acariciaban sus pechos desafiantes, con el movimiento de sus piernas, que se abrían para mostrarle las delicias que le aguardaban. - ¿Ya no me deseas?

Sin aguardar respuesta, se sentó sobre el guerrero, haciéndole sentir el calor húmedo que desprendía su ser, y comenzó a masajear sus sienes. Sonrió levemente al sentir cómo se inflamaba la pasión de Véspero y apoyó suavemente una mano en su pecho, frenando el avance de sus labios. - Aún no. - Protestó. - Hoy no existe el tiempo.
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(1) Amado.

Campaña en Egipto VIII - Véspero

Ocasionalmente abandonaba la ciudadela de Saladino, pues gustaba de aislarse del aire marcial y disciplinado de la misma y adentrarse en el antiguo zoco, donde uno podía encontrar todo su encanto y sabor paseando por las pequeñas callejuelas, colmando sus sentidos en aquel contradictorio laberinto de caos y armonía, pues una tienda de pañuelos de seda oriental lindaba con la fachada de una tetería, con mesas y cómodos divanes dispuestos a sus puertas, brindando un humilde pero reparador descanso a mercaderes venidos de tierras allende del mar. Orfebres ambulantes, con sus respectivos talleres móviles, mostraban joyas de hermosa manufactura. Curanderos de moralidad reprochable ofrecían sus servicios e intentaban vender amuletos y otras reliquias de dudosa procedencia…

En definitiva, aquello era Jan el-Jalili, una inmensa área comercial de plazas y calles repletas de gente, con miles de tiendas atestadas de mercancías.

Entre tanto, él vigilaba sin ser visto, buscando los grupos rebeldes -afines al turco- que solían reunirse aprovechando el bullicio del caravasar de la ciudad. Con el rostro oculto tras la sonrisa macabra de su máscara, recorría callejones secundarios del gran bazar envuelto en sombras, amparado por el negro de la ceñida vestimenta que en él era común llevar. Sólo aquellos que quería que se percataran de su siniestra presencia lo hacían, y en general, solía ser la última cosa que veían antes de morir.


Dio un par de grandes zancadas para abalanzarse sobre aquel pobre diablo contra el que arremetió por sorpresa, arrojándole hacia uno de los muros de un alto edificio. Al hombre, de tez morena, se le aflojó la vejiga al vislumbrar el brillo argénteo de la parca a apenas unos centímetros de su rostro. Sintió, tan afilados como la daga que apretaba contra su gaznate, la fría y resuelta mirada de unos ojos glaucos y supo al instante que su destino ya estaba sellado.

« Habla y prometo que será una muerte rápida y sin dolor. » -Dijo una voz con un marcado acento occidental.- « Hazme perder el tiempo, y desearás que ésto sea una pesadilla. »

El hombre se tensó cuando la daga dibujó una fina línea grana en su piel al moverse unos milímetros.

« Sé quien eres. Sé qué quieres. Y sé de lo que eres capaz. » -El otomano escupió esas palabras con suma arrogancia.- « Moriré hoy, sí, pero no traicionaré a mi señor. Por mí te puedes ir al infierno, INFIEL. »

Ladeó la cabeza y tras la máscara su gesto se torció. ¿Cómo alguien podía ser tan estúpido? Estalló en una sonora carcajada amortiguada por la plata que ocultaba su rostro. Sus ojos desprendieron un voraz fulgor esmeralda antes de responder a la bravuconada de aquel que ya estaba muriendo.

« Verás, en algo te equivocas, pues no morirás hoy. Y te he mentido: hicieras lo que hicieras, tu muerte iba a ser un auténtico... » -Hizo una breve pausa, con exagerado dramatismo- « ¿Cómo dijiste? Ah, sí... infierno. Es lo único que tenía claro. » -Calló de nuevo unos segundos.- « ¿Sabes? Es curioso la de cosas que uno puede hallar por estos lares. Me encanta ir de compras por el zoco. » -Y su mirada se posó en el filo de la daga.- « Día a día irás perdiendo progresivamente los sentidos, hasta quedar ciego, mudo y sordo en un par de semanas. Con los meses tus capacidades cognitivas se verán reducidas drásticamente. Y cuando no seas más que un muñeco, incapaz de razonar, pensar por ti mismo o tan siquiera hablar, al fin, morirás por un fallo respiratorio con los pulmones encharcados. »

El semblante del turco permaneció igual, pero supo que estaba horrorizado. Al fin y al cabo, él no era un hombre dado a embustes o faroles.

« Ahora vete y aprovecha el tiempo que te queda. » -Se mofó con crueldad, apartando la daga y empujándole lejos de sí mismo.- « Dile a tu amo que pronto acudiré a su encuentro, dile a Zaím que Al-Zuhara Wahid Ibn Abdullah al-Iskandarí le dará muerte en la guerra que se avecina. »

« Maldito seas, Véspero. Maldito seas por los cien rostros de Dios. » - Farfulló el turco a la par que huía del lugar sin mirar atrás.

Campaña en Egipto VII - Serq

No levantó la vista del suelo hasta que los pasos de Alphonse dejaron de ser audibles. Una sonrisa triunfal vestía sus labios, si bien empañada por cierta lobreguez en su mirada.
Había salido mejor de lo que esperaba. No dudaba de que enfadarle sería fácil, y precisamente sacarle de quicio era un requisito imperativo; creía entender cómo funcionaba la mente del francés, y él jamás creería en la mansedumbre de la nubia si ésta no le ponía en bandeja una previa exhibición de control y autoridad.

Cerró los ojos y exhaló despacio. En realidad, lo que había hecho obedecía únicamente a la necesidad de ganar un poco de tiempo y espacio. Necesitaba que el cepo que Alphonse ejercía sobre ella se relajara un poco durante el próximo par de días para poder preparar el viaje. Las festividades en el templo comenzarían en dos días y entonces se quedaría sola con Alphonse. Y luego...

Abrió los ojos y tomó una respiración profunda, acariciando la banda de plata finamente labrada alrededor de su anular izquierdo. Como si ello le insuflara fuerzas renovadas, se irguió. Su mirada únicamente reflejaba determinación ahora.



Esa misma noche, con todos los ánimos mucho más calmados, disfrutaban de la música del sistro en honor a Ast. Serq jugueteaba con el tye, o nudo de Isis, que pendía de la pieza que ceñía la cintura de su túnica.
Hathor, diosa nutricia del amor, de las artes musicales y la danza, parecía haber dejado caer su bendición sobre la reunión; la nubia paseó la mirada de rostro sonriente en rostro sonriente. La bebida y los dulces circulaban con generosidad, pero ella era incapaz de ingerir nada. Qué extraño mundo es este, en el que sensaciones y vivencias tan opuestas pueden amalgamarse en el batir de alas de un milano. En el que al tiempo que unos sufren, otros ríen felices. En ocasiones, la obra de Maat la sobrecogía por su grandeza y su complejidad.

- Han traído esto para la La Favorita. - Asím soltó una risotada estridente mientras le entregaba el pergamino, ya desenrollado, sobre el que se bosquejaba un delicado dibujo. - De parte de ese hombre de El Cairo. Debe de estar empecinado en cortejarte, últimamente es rara la semana en la que no llega uno de sus dibujos.

Serq aceptó el presente y pretendió celebrar la ocurrencia de Asím, evitando el gesto de desagrado ante ese epíteto que tanto detestaba. - Es un dibujo de un palacio... Qué hombre tan chocante. - Expresó con tono desapasionado antes de dejar el documento, con estudiado desinterés, sobre el cojín que la separaba de Alphonse. Casi temía que el francés, recostado a su diestra, pudiera escuchar los latidos de su corazón, de tan acelerado que era su ritmo. Hacía tiempo que empleaban este sistema de correo cifrado, por así decir, y debía aguardar a estar a solas para estudiar el mensaje. Ahora, con una gran guerra en ciernes, habían de ser más cautelosos que nunca. Temía que fueran malas nuevas, aunque si se tratara de noticias sobre Zaím, éstas habrían arrivado de forma mucho más escandalosa. Su mano buscó instintivamente de nuevo el tacto de su anillo.

Campaña en Egipto VI - Alphonse

Jamás en ningún otro lugar había paladeado el agua con tanto placer, acostumbrado como estaba a otro tipo de caldos más opulentos. Había descubierto que el bebedizo al que allí llamaban cerveza era denso, dulzón e imbebible. La comida era otra cosa: abundante y deliciosa.

Su cometido era no perder de vista a la egipcia y el tío de ella le había ofrecido alojamiento y lo agasajaba con un esmero que iba más allá de la inesperada y cálida hospitalidad que había encontrado en todas las ciudades visitadas en aquel remoto lugar. Cierto que eran extranjeros y por tanto dignos de poca confianza, pero incluso los menos acomodados parecían dispuestos a ofrecer lo poco que tenían a su alcance con el fin de agradar o acomodar al visitante. Parecían alegrarse de tenerlo allí. La sorpresa no mermó cuando comprendió el por qué. En un primer momento creyó que les agradaba la idea de que la mujer tuviera una especie de guardia personal, pero eso no parecía preocuparles. En realidad no entendía las libertades que le daban a esa arpía artera, incluso le habían enseñado a leer. Descubrió, tras varias charlas, que el motivo era Zaím. Conocer que Alphonse era como un hermano para él, le había hecho al instante merecedor de su respeto. No sólo en la familia Al-tasir sino en toda la ciudad parecían tenerle un cariño y una admiración, que no dejaron de sorprenderle. Al fin y al cabo le conocía lo bastante y desde hacía los suficientes años como para saber que no era esa la reacción habitual.


“No son mala gente, a pesar de ser extranjeros.” Pensó. El tío y especialmente el abuelo de Serq eran hombres instruidos y de un ingenio vivaz. Precisamente se encontraba departiendo con ellos y otro par de hombres agradablemente a la sombra de los árboles del patio cuando esa vulgar perra osó ponerle en evidencia.

- Partimos hacia El Cairo ahora mismo.

Apenas reparó en el gesto censurador que ambos familiares le dedicaron a Serq, tampoco les dio tiempo a ninguna reacción más rápida que un ceño o una mirada. Con una sonrisa tensa y rojo de furia, se disculpó con los hombres mientras agarraba a la mujer por encima del codo. - Mujeres... ya sabéis. - Les dedicó una inclinación de cabeza y atrajo a Serq hacia sí para ejercer aún mayor presión sobre su articulación, caminando a paso ligero hacia las estancias interiores. En todo momento mantuvo la sonrisa tirante, los músculos de su mandíbula en absoluta tensión.

La sonrisa desapareció una vez dentro. La empujó con cierta violencia, aunque contenida, contra el muro y apoyó ambas manos a sendos lados de su cabeza, inclinándose hacia ella y la observó en silencio durante unos segundos. ¿El Cairo? Había atado cabos. Al parecer no era tonta. No del todo, al menos. Cuando habló, su tono de voz era bajo, modulado, pero cortante.

- He hecho el juramento de mantenerte con vida. Y lo voy a cumplir. Si para ello tengo que romperte cada uno de los huesos del cuerpo, créeme que lo haré con sumo gusto. ¿Qué crees que harían los hombres del Sultán contigo... Tras divertirse? Para ellos vales aún menos que para mí. Y jamás. JAMÁS – repitió alzando la voz – me pongas de nuevo en evidencia.

No pudo continuar hablando debido a lo sorpresivo de la reacción de la egipcia. Había esperado altanería y protestas, pero no sumisión. La mujer bajó la cabeza y casi se dejó caer de rodillas en el reducido espacio que el cuerpo de Alphonse le había cedido.

- Disculpadme, os lo ruego. Temo por Zaím, por su vida y por su alma. Sé que una gran guerra está a punto de comenzar y sé que el tomará parte en la primera de las batallas. No a muchos días de El Cairo, imagino, pero en un lugar lo bastante alejado como para que la presencia militar sea menor. Tengo miedo. El Cairo es el único lugar desde donde yo puedo comunicarme con rapidez con mis informadores y... No pensé en el peligro. Perdonadme. Os lo suplico.

Ella mantuvo la mirada baja durante su parlamento, que no logró conmoverlo. Aunque le agradó comprobar que iba siendo consciente del lugar que debía ocupar. Estúpidas criaturas irracionales...

- No es negociable.

No le dirigió ni siquiera una última mirada antes de salir de la habitación.
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El personaje de Serq ha sido roleado, manipulado y vapuleado con permiso previo.

Campaña en Egipto V - Serq

Los últimos días en Edfu se le antojaban eternos. Le costaba fijar la atención y el hecho de que su tío la obligara a atender personalmente al francés, invitado forzoso, pero invitado al fin y al cabo, no hacía sino mantenerla en un constante estado de irritación. Serq se encontraba en la cocina con las sirvientas, moliendo la cebada humedecida para preparar la pasta que luego cocerían y, una vez macerada en agua endulzada con dátiles y fermentada, se convertiría en la nutritiva y espesa cerveza nubia. El resto de las mujeres en la estancia se habían acostumbrado ya a su estado taciturno y silencioso de los últimos días y apenas se dirigían a ella salvo para obligarla a comer.


Su mente estaba en El Cairo, donde las guarniciones del sultán Az-Zahir Saif al-Din Khushkadam, que gobernaba desde hacía dos años, se acuartelaban en la fortaleza y dominaban las calles, donde el ejército esperaría a los insurrectos. Serq se puso en pie tan bruscamente que el cubo rodó, derramando su contenido por la cocina y ocasionando una algazara de gritos. ¡Les esperaban en El Cairo! Eso significaba que ese era el último lugar en el que estarían.

Sin emitir un sólo sonido y con los ojos encendidos de ira, cruzó el hermoso patio jalonado por sicomoros. Junto al estanque, Alphonse bebía una jarra de agua fresca aromatizada con hojas de menta. Jarra que fue a parar al suelo con gran estrépito tras la bofetada de la nubia.

- Partimos hacia El Cairo ahora mismo.

Tal vez fuera el tono imperativo, más que el manotazo, lo que tiñó las mejillas del francés de rabia carmesí.

La única forma de salvar a Zaím, pasaba por restablecer el Maat. Aunque él no quería saber nada de esas cosas, de forma inconsciente y quizás debida a su naturaleza, siempre lo había mantenido. A pesar de su modo vida, de su carácter, de la escasa o nula vacilación a la hora de segar vidas ajenas. Jamás le habían movido la codicia o un afán ciego de destrucción y aunque él, pragmático, no lo viera en esos términos, eran muchas las vidas que había salvado de forma más o menos directa. Maat, completamente objetivo y desapegado de pasiones humanas, sabía que había dado más de lo que había quitado, y que lo que había quitado había sido necesario para mantener otros equilibrios. Pero ahora se trataba de algo más. Engranajes mucho más poderosos habían entrado en funcionamiento. En esta partida del gran ajedrez cósmico, ella era el más minúsculo de los peones, pero aún así, tenía un rol que debía ser cumplido para que los engranajes siguieran girando.

Campaña en Egipto IV - Zaím

Ni había tiempo de despedidas nostálgicas ni Zaím era proclive a ellas. Palmeó la grupa del caballo desde el que Serq le miraba haciendo un esfuerzo por mostrar un semblante estoico. - Tendréis noticias más pronto que tarde. - Fue su escueta despedida antes de darles la espalda. Y sabía que, en cualquier caso, así sería. Serq siempre se las ingeniaba para estar al corriente de casi todo. Tenía una bien urdida red de amistades y casi espías, pues la mayor parte de sus hermanas, primas o amigas – Zaím se perdía con los parentescos – tenían agarrados por las pelotas a gran parte de los militares de El Cairo. De forma completamente literal. Zaím había hecho uso de esa urdimbre de informadores en el pasado, para cotejar los datos que él mismo recibía del bando otomano. Y para poseer más información que ellos. Atesoraba y codiciaba cada dato como otros ambicionaban el oro.

Por algún motivo, un flash cruzó su mente, una escena vivida casi cuatro años atrás en El Cairo. Fue entonces cuando conoció a la nubia, que apenas dejaba atrás la adolescencia. La Favorita, como era conocida en la ciudad. - Somos almas viejas, Extranjero. - Le había dicho con su voz profunda – Almas conectadas desde mucho antes que tú y yo naciéramos.
Almas viejas... Zaím apartó de sí el recuerdo y lo desterró a un compartimento estanco de su mente, donde no pudiera causar distracciones.


Con la comitiva ya marchando hacia Sharm el-Sheikh para reunirse con el resto de sus hombres y las tropas de Yafeu, Zaím repasaba sus opciones, meditabundo. Los guerreros mamelucos sobresalían en la caballería y, desde luego, les superaban muy ampliamente en número. Ellos, por contra, tenían la ventaja de las armas de fuego, de las que los mamelucos carecían: casi tres mil arcabuceros... que sólo podrían resultar letales en combate cerrado, debido al corto alcance del arma. Y era precisamente en combate cerrado donde los temibles kilij turcos que blandían los mamelucos resultaban más peligrosos. Yafeu se había mostrado de acuerdo con él en organizar un escuadrón de piqueros. Las cuatro filas exteriores sujetarían las picas a una misma altura, apuntando más hacia abajo. Ello les proporcionaría una buena defensa contra la primera carga de la caballería mameluca. El resultado de esa primera carga podía, en este caso, decidir el signo de toda la batalla. Los Akıncı, la caballería ligera otomana estaría fuera de los flancos, armada con arcos y ballestas. La infantería en el centro en formación apretada sencilla. Había logrado convencer a Yafeu de que desechara la táctica de Cannas que el turco pretendía usar; ante un grupo tan nutrido y en tan abrumadora mayoría, no podían permitirse desguarnecer el centro, pues no habría reserva táctica tras éste y la poderosa caballería mameluca los arrasaría.

No podía deshacerse de la sensación de que algo andaba mal, algo más allá de lo obvio. Espoleó al caballo y dio orden de avanzar más deprisa, desechando con ello esos pensamientos. Lo que le faltaba era que Serq le hubiera contagiado su obsesión con las señales y los presagios.

Campaña en Egipto III - Alphonse

Aquella mala caída del caballo había truncado una prometedora carrera militar y le había condenado, en este caso, a... niñero de aquella embaucadora. Alphonse se afanaba en mirarse las uñas, como si fueran lo más fascinante sobre lo que jamás hubiera posado los ojos, con tal de evitar el contacto visual con Serq. No confiaba en ella ni lo más mínimo. Por mujer y por extranjera, ambos graves pecados en su lista particular. Y sin embargo, había jurado proteger la vida de la egipcia con la propia, si fuera menester. Extraños los juramentos a los que en ocasiones nos obliga la lealtad.

Alphonse le debía a Zaím no sólo la vida, sino el mantener el prestigio y dignidad de su apellido, bien considerado durante generaciones en toda Francia. Las malas compañías, la ambición y la poca cabeza le llevaron a una situación de la que no podría haber salido con bien si Zaím, con mucho menos que perder, no se hubiera prestado como cabeza de turco. Fue aquello y la pasión común por el combate lo que unió el destino de dos personajes procedentes de mundos y formas de vida tan diferentes.

En su actual situación, y para su desgracia, no podía entrar en batalla. Pero había pasado interminables horas discutiendo con Zaím acerca de táctica, formaciones y triquiñuelas. Horas estudiando mapas, analizando, jugando a una especie de ajedrez en el que el tablero era la tierra que se disponía ante sus ojos y las piezas eran de carne y hueso. Él era una de las escasísimas personas que conocían las dudas de Zaím y ciertos hechos que el mercenario, de momento, había ocultado a sus hombres en un intento de mantener la moral de las tropas. Hechos como que, si las informaciones y estimaciones eran correctas, el enemigo les decuplicaba.

Campaña en Egipto II - Serq

Su última noche. La última. Serq se agitó inquieta, insomne. Ahora que Zaím dormía, no necesitaba fingir el aplomo o la tranquilidad que le faltaban. Observó el perfil relajado del hombre que yacía a su lado y sus dedos no pudieron evitar trazar su contorno: el ceño, fruncido aún en sueños; la nariz recta, con carácter; la cicatriz que surcaba su mejilla desde la sien y casi le había hecho perder el ojo; la barba hirsuta, del color de la miel sagrada; la escarificación de su hombro representando al escarabajo divino, el más poderoso de los amuletos, relacionado con Ra y el dios Khepri, que se creaba a sí mismo cada mañana, renacía como el Sol y poseía, por tanto, la vida eterna. La vida eterna... Un leve estremecimiento apenas sacudió su cuerpo mientras fijaba la imagen de Zaím en sus retinas. - Mi atum*... - musitó - ¿Por qué eres tan descreído? Tú, de entre todos los hombres...

Con sigilo felino, salió de la tienda para orar, a salvo de la mirada reprobadora del mercenario. Una sensación ominosa le atenazaba el pecho; no podía llamarlo presagio, ya que se trataba, en realidad, de una certeza. Un breve vistazo en derredor le descubrió la presencia de Alphonse. Aún no habían despuntado las luces del alba y el militar francés ya estaba alerta, vigilándola como un halcón.

Serq y Alphonse se habían conocido casi un año atrás, en Luxor. Recordaba como Zaím había saludado al militar francés, no como a un viejo amigo, sino como a un hermano. - Si en la vida poseyera un tesoro de más valía que el oro – Le había dicho Zaím tras unos cuantos tragos de zahib, costumbre que Serq detestaba – Se lo confiaría a este hombre sin la menor duda. - La nubia y el gabacho se habían aborrecido casi a primera vista. El francés de Serq era igual de rudimentario que el knezi de Alphonse, y aún así, eso no era óbice para que se enzarzaran en enconadas discusiones teológicas a la menor oportunidad; él consideraba las creencias de la egipcia meras supersticiones primitivas, mientras que ella consideraba al francés tan ignorante e irrespetuoso como errado en sus aseveraciones. Dichas disputas solían saldarse con un bramido de Zaím, que no soportaba “las supercherías”, como él las denominaba, fueran del signo que fueran.

Y ahora se encontraba bajo la custodia de aquel hombre horrible. ¿Cómo podía Zaím confiar tan ciegamente en un extranjero? En ocasiones como aquella, casi olvidaba que Zaím también era extranjero, a pesar de la sangre que corría por sus venas. Hombre de grandes contradicciones, incluso su origen, su linaje y su crianza estaban en conflicto.

La muchacha se abstrajo de la presencia incómoda del hombre y se concentró de nuevo en sus cavilaciones. ¿Cómo hacerle entender? Si él creyera en los milagros... ella también lo haría. El Maat de Zaím, su equilibrio, estaba roto. Y Maat siempre se cobraba sus deudas. Si ella conociera el secreto de Isis... Haría cualquier cosa por él. No se trataba de algo tan caprichoso y aleatorio como el amor, era algo más. Sentía que se pertenecían, desde tiempos inmemoriales, desde antes aún de conocerse. Se mordió el labio. Si Zaím sacrificara algo, algo que realmente amara, el Maat sería restituido. Ni siquiera había de ser un sacrificio que él hiciera de forma consciente...

*Todo

Campaña en Egipto I - Zaím

Historia escrita (y aún en construcción) a tres pares de manos y con horas robadas al sueño. Gracias por ser las piezas de mi rompecabezas y permitirme formar parte del vuestro. 



1463, hacía tan sólo diez años que el imperio Otomano había conquistado Constantinopla. El control mongol sobre los otomanos había durado muy poco y el imperio se encontraba en el máximo apogeo de su esplendor, disfrutando de una época aparentemente pacífica. Aparentemente.

Zaím descansaba en su tienda, a escasas quince leguas al norte de Edfu, en dirección a Luxor. Era plenamente consciente de que el equilibrio estaba a punto de romperse. Maat sucumbiría bajo Seth... y él sería uno de los brazos ejecutores. Zaím no amaba el caos por el caos, pero como buen mercenario, sabía que era una oportunidad excepcional para medrar. No confiaba del todo en los turcos, pero sí confiaba en que serían el bando victorioso a la larga y, por tanto, aquel en el que él debería estar. Éstos, a su vez, confiaban en las dotes militares del mercenario para allanarles el camino hacia esa victoria y estaban dispuestos a pagar de forma más que generosa.



Los gráciles y suaves dedos de Serq dibujaban la fea cicatriz en el vientre del guerrero, que yacía con una mano bajo la cabeza y los ojos entrecerrados; su otra mano estaba enredada en la cascada de seda oscura que formaba el pelo de la muchacha. Serq poseía esos rasgos característicos de los nubios que los distinguían de cualquier otro egipcio: su piel era mucho más oscura, sus labios, que reposaban ahora sobre el pecho de Zaím, eran más finos y sus ojos tenían el azul profundo de la bóveda celeste justo antes del crepúsculo.

-…Isis, aún bajo la forma de un milano, insufla aliento y vida en el cuerpo de Osiris con sus alas y copula con él, concibiendo así a su hijo y legítimo heredero, Horus. - Su aliento acariciaba la piel de Zaím. La voz de la nubia, grave y con una cualidad aterciopelada, le resultaba casi hipnótica. Ni siquiera prestaba atención a sus palabras, simplemente disfrutaba de la cadencia de sus relatos, de esa voz que le envolvía y, de algún modo, le reconciliaba con el mundo. - ¿Alguna vez te has parado a pensar en el paralelismo entre la historia de Osiris y ese otro mesías que adoran los infieles? Misma historia, camuflada bajo diferentes nombres unos cuantos milenios después. Cruz aristotélica, cruz ansada, en el fondo...

Un gruñido hastiado la hizo interrumpir su disquisición. El hechizo, el descanso del guerrero, se había roto.

- La cruz ansada, ¿eh? - Su mano, grande y callosa, acarició el ankh que colgaba entre los pechos de la mujer y constituía su única vestimenta. El movimiento, delicado al principio, se tornó brusco, casi despectivo, y el hombre la apartó de sí, poniéndose en pie. - El Cairo está a unas ciento treinta leguas, siete jornadas a caballo – En realidad, sólo los animales más duros, los mejor alimentados y en perfecta forma física podrían aguantar ese ritmo – Tú regresarás a Edfu. - Su tono era tajante, el tono de voz de quien no está acostumbrado a que cuestionen sus órdenes. - No creo que estemos más de uno, dos días a lo sumo allí y tenemos que estar listos para entrar en batalla. Sólo la caballería y las provisiones imprescindibles, no podemos permitirnos retrasos. Te quiero lejos del frente.

Serq asintió, tal vez sumisa, tal vez conociendo perfectamente que tampoco tenía otra opción, aunque había confiado poder viajar con ellos a El Cairo y despedirse allí. Sabía que Zaím jamás la arriesgaría. Sabía también que confiaba en ella como en nadie. O eso pensaba.

En realidad, Zaím no confiaba en nadie excepto en sus hombres en lo tocante a una campaña militar. Y menos aún con los turcos de por medio. Éstos esperaban una escaramuza relativamente fácil y sin demasiadas bajas. Zaím, por contra, no subestimaba a los guerreros mamelucos. Había mentido a Serq, por la seguridad de ella y por la de la misión: no se dirigían a El Cairo sino a Sharm el-Sheikh. Allí le esperaban Yafeu y el cónsul para debatir la táctica ofensiva y preparar la campaña.