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jueves, 9 de febrero de 2012

La chica del jersey azul: Precuela

Por aquello de contextualizar un poco, rescato la primera entrada sobre Chica, publicada el 20 de Junio del 2009, aunque la mayoría de personas lo bastante enfermas como para pasaros por aquí -y quedaros a leer, quicir- debéis de tener ya las llaves de mi baúl de los papeles. Los capítulos que faltan deben de haber ardido en alguna hoguera de San Juan, sólo quedaba este.

Un tímido rayo de sol hendía el gris plomizo del cielo. En el alfeizar de una ventana había un enorme gato que ronroneaba mientras disfrutaba de esa claridad; se trataba de un sonido áspero, tal vez inquietante. Abrió su único ojo y miró hacia el interior; tenía hambre.

La maraña de ropa se removió y de ella asomó un largo mechón castaño. Un gemido, otra sacudida de sábanas y esta vez si se incorporó despacio. De nuevo se había quedado dormida con la mano entre las piernas y su nombre en los labios. Saltó de la cama y estiró los brazos mientras meneaba la cabeza, sacudiéndose los últimos retazos de sueño del pelo.

Deslizó una camiseta sobre su cuerpo desnudo y se dirigió a la cocina. La bola de pelos cruzó el pasillo a toda velocidad y se enredó entre sus pies. Llenó el plato del animal y puso agua a hervir mientras se frotaba los ojos con los puños en un gesto infantil. Encendió un cigarrillo y sonrió mientras acariciaba la cabeza de Gato - somos tal para cual - le dijo - los dos somos defectuosos - . Acercó la cara a su hocico y recibió un bufido como respuesta - y los dos somos igual de ariscos-.

Se quedó contemplando las caprichosas figuras que formaba el humo, hasta que el pitido del hervidor la sacó de su ensimismamiento. Se sirvió una taza de té humeante, encendió otro cigarrillo y se acercó a la ventana. Mientras daba pequeños sorbos, observaba a la gente que pasaba por la calle, preguntándose qué vida llevarían, si serían felices, si echarían de menos a alguien, qué preocupaciones tendrían... Dejó que sus pensamientos fueran saltando de una cosa a otra hasta llegar irremediablemente al punto donde siempre se le atascaban últimamente. Hacía tiempo que nadie le despertaba esa fascinacion y, aunque sabía que estaba en parte sesgada por las circunstancias y por cierto aire de misterio que ninguno de los dos parecía ir a desvelar, se alegraba de que sus planetas se hubieran encontrado aunque fuera de forma tangencial.

sábado, 4 de febrero de 2012

La chica del jersey azul: Las buganvillas

Entró por la puerta de atrás del cementerio, silbando para sí de forma apenas audible, y saltó el pequeño murete de detrás de la fuente en lugar de entrar en la zona 4N por la cancela. "C'est la manie" dijo en poco más que un murmullo con la sonrisa a flor de labios. Sonrisa que se hizo más amplia y más cálida en cuanto su mirada se posó en el pequeño y níveo sepulcro.

Como de costumbre, se sentó junto a la tumba, apoyando la espalda en la tapia y, doblando las rodillas hacia sí, apoyó en éstas el cuaderno. Cerró los ojos, aspirando el aroma de las buganvillas mientras desencapuchaba el bolígrafo. La ligera brisa que vino a desordenarle el pelo la hizo pensar en sus manitas, despeinándola juguetonas; la sonrisa amenazaba con salírsele de la cara cuando abrió los ojos para posar la mirada en la sepultura. No necesitaba más para sentirse totalmente a gusto, en casa.


El bolígrafo se movía a toda prisa sobre el papel cuadriculado mientras la sonrisa de su rostro se disolvía despacio, dando lugar a una expresión de honda concentración que no estaba exenta de cierta lenidad.

Simplemente dejándolo fluir minuto a minuto, página a página; ajena al ángelus, a ese cuasi mágico momento de cambio de luz que de pronto torna todo más cálido, tan real que parece casi irreal; ese ocaso que siempre le provocaba la engañosa sensación de que cada pequeña partícula de luz incluso podría tocarse, de que cada fotón le hacía un guiño retozón como si la invitara a dejar su carga y abrazar su momento magnético de espín... Probablemente no eran más que estupideces, esos conceptos inconexos y mal asidos que rodaban por la mente de Chica entremezclándose y golpeándose unos con otros. O simplemente era que oscurecía y su vista no era tan buena como ella se empeñaba en pensar.


Tras cerrar la libreta, y retomando la sonrisa que había dejado a un lado cuando comenzara a escribir, sacó una pequeña muñeca de trapo del bolsillo de la trenca y con cierta reverencia la dejó sobre la tumba junto al pequeño ramillete de mimosas, como si se tratara de un exvoto o más bien de una broma privada entre alguna divinidad atávica y ellas mismas.


Con el cuaderno debajo del brazo, desanduvo el camino saltando de nuevo el murete, por necesidad esta vez, pues la cancela llevaba rato cerrada. Se le había echado el tiempo encima y aún tenía que recoger los patines, pero al menos había terminado el editorial justo a tiempo y Troll lo tendría un poco más difícil para encontrar motivos para liarse a los gritos esta vez.

miércoles, 25 de enero de 2012

La chica del jersey azul II

Lentamente movió los pies enfundados en gruesos calcetines de lana azul, acariciando el radiador con los dedos. De forma perezosa alargó la mano tratando de alcanzar la botella de Jim Beam; sólo consiguió llevarse un mordisco de advertencia de Gato cuando su mano tropezó con él. Realmente era demasiado temprano para eso.

Tumbada en el suelo en ropa interior, con las piernas formando un ángulo de noventa grados, movió nuevamente los pies, apoyándolos en el antepecho de la ventana esta vez, y estiró los brazos por encima de su cabeza, arqueando perezosamente la espalda con la vista fija en el cielo grisáceo que le ofrecía el tragaluz.

Llevaba un rato pensando en llamarla, pero ¿qué iba a decirle? "Llevo un año sin dar señales de vida, pero creo que te quise más de lo que nunca fui capaz de admitir" Como excusa para una llamada, no era de las mejores... Tampoco había logrado dilucidar si realmente la echaba de menos a ella o a lo que ella misma era cuando estaban juntas y, en todo caso, no quería molestarse en intantar averiguarlo. En realidad, era lo de menos.

Se puso en pie y le sacó la lengua al reflejo que el espejo le ofreció de camino a la cocina. Tras poner en marcha el hervidor y llenar de pienso el cuenco de Gato hasta que rebosara, se enfundó los vaqueros y una vieja sudadera. Un té a toda prisa, de pie ante el fregadero mientras se ataba los playeros y ya estaba lista.

Agarró al vuelo el cuaderno y la trenca y salió corriendo, dando un portazo tras de sí.