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jueves, 2 de febrero de 2012

Der rot Engel: You taste like the 4th of July.

Estaba oficialmente jodida. En todos los aspectos. Casi a cámara lenta, como si se moviera a través de la niebla de una resaca, – una de las malas – alargó el brazo para coger el guiñapo rojo en el que se había convertido su camisa y comenzó a abrochársela mientras Él encendía uno de sus sempiternos cigarrillos.

Él era una de esas personas que se ganan las mayúsculas; o que tal vez han nacido con una mayúscula encima; o quizás que simplemente la han cogido porque consideran -con mayor o menor acierto- que le pertenece y nadie jamás se plantea si esa mayúscula les corresponde o no, porque simplemente “les pega” y parece totalmente legítima puesta en ellos. Además de todo eso, también era un mayúsculo gilipollas.


- Podías esperar un rato ¿no? - casi bufó - No quiero salir apestando a eso.

Todo lo que obtuvo de Él a cambio fue una risa ronca, áspera, y una palmada en el culo. Le dio la espalda mientras se alisaba la falda y se metía por dentro la camisa.

Frente al espejo, mientras se arreglaba el pelo y se pintaba los labios, se percató de que su mirada sistemáticamente se desviaba buscando las volutas de humo que salían de sus labios; esos labios que aún sentía quemando su piel, recorriendo su cuello... Su cuello ¡mierda! Se volvió hacia Él y se apoyó en la mesa para quitarse un zapato que le lanzó con escasa puntería.

Era tan fácil discutir con Él... Una bronca, veinte minutos y algunos arañazos en Su espalda más tarde, salía a la calle satisfecha más allá de lo físico: si, estaba claro que no estaba enamorada de Iván, se mentía – y se lo creía – mientras sus tacones repiqueteaban arrogantes en el pavimento y cierta altivez estiraba una de las comisuras de sus labios. No le preocupaba la marca de su cuello, se apostaba un par de dedos de los útiles a que Iván, por desgracia, ni siquiera repararía en ella.

jueves, 26 de enero de 2012

Der rot Engel.

Le dirigió una mirada cargada de frustración; ahí estaba él, ajeno a todo, como siempre. Ajeno también a su mirada resentida... bueno, tal vez en parte porque se afanaba en dirigirle miraditas quejosas cuando él no la miraba, que a decir verdad era prácticamente todo el rato últimamente, o al menos esa sensación tenía. De pronto sintió el irrefrenable deseo de lanzarle uno de sus tacones de aguja a la cabeza.

La frustraba. La frustraba enormemente. Pero también le quería... y eso no sólo la frustraba: la enfurecía, como todo aquello que no era capaz de racionalizar.

Se volvió, dándole la espalda con algo parecido a un bufido, tratando de abstraerse en un trabajo mecánico, tedioso y aburrido. Realmente no tenía ningún derecho a estar enfadada con él; era exactamente igual de lacónico, laxo y distante emocional y sexualmente que cuando le conoció y pensó que era el hombre más lacónico, laxo y distante emocional y sexualmente que había conocido en sus veintipocos años. La diferencia radical estribaba en esas irracionales e inexplicables mariposas que sentía ahora en el estómago cuando apoyaba la cabeza en su pecho, en la forma en la que su respiración se agitaba cada vez que la besaba.

Los besos, ésa era otra... Resopló nuevamente y le miró de soslayo. Le habría hecho tres o cuatro preguntas, tal vez gritado tres o cuatro verdades, si no fuera porque estaba segura de que no le serviría para saber qué demonios pasaba dentro de su cabeza, si es que ahí pasaba algo y no se trataba meramente de un polvoriento desván lleno de ovillos de lana. Como mucho, tendrían una de sus discusiones, que era un bonito eufemismo para aludir a eso que pasaba de vez en cuando entre ellos y consistía básicamente en intercambiar varios monosílabos y encogimientos de hombros por parte de él y varias frases inconclusas y explicaciones mal dadas por parte de ella y que suponían un pasatiempo de lo más estéril porque -oh, sorpresa- jamás se entendían.

Si, le detestaba. Le detestaba tanto... tanto que en ese momento habría sido capaz de contar hasta la última de las estrellas si eso hubiera servido para que él se levantara, se acercara a ella, la rodease entre sus lacónicos, laxos y fríos brazos y la obligase a permanecer ahí un rato; cosa que él había empezado a hacer, vaya una a saber por qué, como respuesta a los intentos de acercamiento sexual por parte de Inger y que, con los meses, les había llevado a la situación en la que estaban ahora.
Estaban en una especie de tierra de nadie. No tenía ni idea de qué pensaría Iván al respecto, pero ella estaba convencida de que no eran pareja -bueno, tal vez lo suyo podía considerarse un matrimonio de ancianos, de esos sin sexo, sin comunicación, sin sal en las comidas...- Pero el caso es que, en ocasiones, en sus palabras, o tal vez en sus silencios, él parecía dar por hecho que Inger no era una mujer soltera. En cuanto al resto del mundo... estaba claro, todos les trataban como si fueran una pareja. Eso también dejaba meridianamente clara otra cosa: "el resto del mundo" estaba poblado por gente muy muy extraña.