jueves, 28 de abril de 2016

Los cuatro jinetes

Caballo blanco: Victoria

...Si ella seguía teniendo una cerilla, él seguía teniendo un bidón de gasolina, ¿qué podía salir mal? Qué coño, él ni siquiera necesitaba cerillas, lo suyo era trifluoruro de cloro. 

- A donde quieras. - repitió él, acariciando la vulnerable piel de su muñeca con la zurda aún en el volante.

+ Lejos. Simplemente lejos. - tiró de la manga, como si el contacto de sus dedos quemara; solía acabar quemando. Cerró los ojos y alargó la mano para acariciar su barba. Quizá fue la fuerza de la costumbre lo que estiró una de sus comisuras en una media sonrisa que tenía más de nostalgia que de algo mínimamente cercano a la alegría - Y cuando hayamos llegado, un poco más lejos.

- Para eso no necesitamos salir de aquí. - tal vez él también tenía aquella vieja conversación rondándole la mente - Hay cosas que no se solucionan a golpe de acelerador o de poner distancia, ¿sabes?


Caballo rojo: Guerra

- No encajo en tu mundo, ni en tus planes. - Se tragó el resto de la frase y echó otra calada con la vista fija en el techo. - Volvemos a engañarnos; te mereces algo mejor, alguien con futuro.

+ ¿Sabes que todo eso me importa una mierda cuando estamos así? - Su voz era bálsamo, era marea suave que rompía cadenciosa y plácida sobre la orilla. - Quizá no sea tan fácil como yo lo veo, pero tampoco es tan complicado como tú lo haces. Siempre dices que la verdad está en el punto medio.

- Sólo soy tu puto sueño de benzedrina, un chute de onirismo que te ayuda a disociar conciencia y realidad...

+ Para. - La interrumpió, tomándola de la barbilla y obligándola a enfrentar su mirada. 

- Tu refugio del mundo real. - Continuó, implacable, consciente de que él era demasiado bueno como para condenarle a cortarse con sus esquirlas. - Pero es un alivio transitorio, una colección de momentos robados a la realidad que tal vez te acompañen en alguna noche solitaria, en el mejor de los casos. 

+ Si no vas a darte una jodida tregua, al menos dámela a mí. - Quizá no quiso pelear contra las ganas de besarla; o quizá sólo quería hacerla callar. Esta vez fue él quien lanzó el reloj contra la pared. - Paremos el tiempo un rato.


Caballo negro: Hambre

- No te muevas. - Le encañonaba con la cámara, aún de rodillas sobre la cama. - ¿Sabes que cada vez que te enfoco ladeas la cabeza como un perrillo? - Su voz insinuaba risa. - Por eso me gusta fotografiarte cuando creo que no me ves hacerlo. Eres más tú.

+ Eres una fetichista. - Tiró del cuello de la camisa antes de abrocharse los botones de forma deliberadamente lenta, consciente del efecto que ese gesto tan inocente, tan cotidiano, ejercía sobre ella. Hablando de fetiches... - Me debes una conversación, una de las que no te gustan. - Si su beso fue un intento de comprar una confesión, el que ella le dio en respuesta bien pudo haber sido un intento de granjearse un aplazamiento.

Algunas veces sentía que se ahogaba bajo su lluvia, otras sentía que no podía respirar cuando su olor no la envolvía. Pero eso no podía explicárselo; uno de los dos tenía que hacer el papel de cuerdo e, irónicamente, le había tocado a ella. Trazó la línea de su mandíbula con un índice hambriento de más piel. 

- A eso ya hemos jugado y al final acabamos perdiendo los dos.


Caballo bayo: Muerte

Y no pudo evitar sonreír al verle echar los brazos atrás para tirar de la espalda de la camiseta. Casi un año después, y ese gesto seguía haciéndole cosquillas. Le observó cambiarse de ropa en silencio, antes de que a ambos se les escaparan las palabras a borbotones.
Casi un año después y eran capaces de retomar la conversación en el punto exacto donde la habían dejado. 
Hasta que ya no quedaba más por decirse. 
Al menos, nada que ella fuera capaz de verbalizar en voz alta. 

+ Ven conmigo. + Se sentó junto a ella en la cama, agarrándose al clavo ardiendo de la irracionalidad a sabiendas de que los dos podían quemarse los dedos. Tomó su mano y se la llevó al costado. + Sigues siendo mi faro. Hay cosas que no cambian, ni van a cambiar: eres mi baliza.

- No. - Ella apenas rozó la tela de la camisa antes de retirar la mano y caminar hacia la puerta. Aún era capaz de trazar en su mente todos y cada uno de los dibujos que ocultaba la prenda. - ¿Cuándo te vas a dar cuenta de que no soy tu faro, sino tu ancla?

Fue todo un ejercicio de contención no corresponder a su abrazo cuando él la envolvió, inclinándose para apoyar la barbilla en su cabeza.

+ ¿Qué voy a hacer contigo?

- Guárdame en uno de esos compartimentos estanco que sólo visitas cuando se te cruza mucho el cable. - Permaneció rígida entre sus brazos, los de ella pegados al propio costado.

Fue una despedida sin lágrimas, ya habría tiempo para eso. Se prometió, mientras veía el avión hacerse cada vez más pequeño en el cielo, que jamás volverían a verse. Nunca le había costado tanto renunciar a algo, no estaba segura de ser capaz de hacerlo otra vez.

miércoles, 6 de abril de 2016

Et in Arcadia ego III

El amanecer encontró a Oliver y Elizabeth en la cámara de oficiales ante una mesa cubierta de planos y diagramas electrónicos. Ella leía en voz alta un informe al que Saville no parecía estar prestando demasiada atención.

- Tienes un aspecto horrible, ¿has dormido siquiera? - su tono sugería que estaba de buen humor.

- Adulador. - repuso mientras agitaba el documento que tenía en la mano – Hay algo que no está bien, pero no consigo...

- Vuelve a leerlo. Despacio. - a pesar de que él tampoco podía haber tenido tiempo material para dormir más de tres o cuatro horas, parecía relajado y mucho más descansado que la noche anterior. Llenó un par de tazas de café y le tendió una a Elizabeth.

- Diría que el problema está en el sector 7C, pero la lectura de los contadores no tiene sentido, a menos que haya un error en cuanto al radio...

- Eso es. - asintió con el aire satisfecho del profesor que escucha a su pupilo recitar la lección de forma satisfactoria – El 7C debería ser de largo alcance, pero según los contadores, sólo llega a alcance medio. Anoche saqué las lecturas y los informes ya están revisados y archivados. Nos va a tocar hacer trabajo de interior, quiero que repasemos todas las secciones, incluso las que hemos instalado nosotros, antes de establecer los servidores nuevos.

Saville sonrió ante el gesto de Elizabeth por hacerla realizar un trabajo del que él ya se había ocupado con anterioridad. Siempre disfrutaba con esa mirada airada. A continuación procedió a explicarle los planes a corto plazo, enfrascándose en una larga disertación sobre sistemas de seguridad redundantes mientras Elizabeth se esforzaba por seguirle el ritmo. Saville tenía la costumbre de hablar como si el resto de los mortales estuvieran a su altura y fueran capaces de seguir su proceso mental.

- Y creo que eso es todo de momento. - remató, mirando el reloj – Hoy el entrenamiento será corto, tengo una cita que atender en un par de horas.



A pesar de su mayor envergadura y su buena forma física, a Oliver le costaba más que de costumbre esquivar a la pelirroja. "Tiene la cabeza en otra parte", pensaba ella, sin ofrecer cuartel, mientras trataba de enviarle al suelo barriendo su pierna de apoyo; "los años no perdonan..." pensaba él, casi sorprendido por el propio pensamiento, balanceando el peso a la pierna contraria y librando el ataque in extremis. Ambos tenían razón. Saville lanzó un ataque desganado al costado de Elizabeth, apenas marcando el golpe. Ella interceptó el puño sin problema, virando para retorcerle el brazo a la espalda y soltándole al cabo de apenas un par de segundos.

No se esperaba el gesto repentino y ágil con el que Oliver la inmovilizó contra la regala.

- No bajes la guardia. Nunca. - mantuvo el cepo un poco más de lo que sabía que ella podía aguantar, sintiendo como la espalda de Elizabeth se tensaba como la cuerda de un arco a punto de partirse. Sonrió. - Solías saberlo.

- Ehm... Hay un mensaje de radio... - el tono de Cooper tenía esa cualidad dubitativa de quien sabe que está interrumpiendo algo aunque no alcanza a comprender exactamente el qué. En el caso de Gaston Cooper, la cantidad de cosas que alcanzaba a comprender era más bien escasa. - Para Elizabeth. Un tal... - Carraspeó - Conde Von Count.

Elizabeth exhaló algo que quedaba a medio camino entre un resoplido y una carcajada que disolvió parte de la tensión que atenazaba su cuerpo.

- No me gusta nada ese amiguito tuyo, Hyde. Eso también lo sabes. - murmuró Saville en su oído antes de soltarla, alzando las manos y mostrando las palmas mientras ella se giraba. - Voy a darme una ducha. Dame quince minutos y pásate por la sala, tengo que comentarte algo. - alzó la voz – Gracias, Cooper. Puedes dejar la radio y echarle una mano a Daniel con las herramientas. Cuando terminéis, ambos estáis libres hasta el lunes.



La mañana transcurría envuelta en silencio a bordo del Arcadia: no quedaba mucho que hacer a bordo y Daniel tenía demasiada resaca como para embarcarse en sus habituales conversaciones y canturreos.

- ¡Tío, así no! - alargó la mano para coger los alicates que Cooper acababa de devolver a la bolsa de lona – Mira, están todos carcomidos por el óxido, estos son para retirar.

- Bah, no están tan mal. Y además, si a doña perfecta se le mete entre ceja y ceja tocarme los huevos, lo va a hacer haga lo que haga, así que ¿qué más da?

- Sólo se toma el curro en serio, Coop. - se agachó a recoger el carísimo soldador que el hombre había dejado caer descuidadamente bajo el cabrestante – Y como no tengas más ojo con estas cosas, Lizzy será el menor de tus problemas. ¿Tú has visto al capitán enfadado alguna vez?

Cooper le dirigió una mirada desdeñosa, acodándose en la regala y encendiendo un pitillo.

- No, pero seguro que lo preferiría antes que a ella. Al menos él trata a la gente como si fueran personas, no autómatas. Por favor, gracias, tómate un respiro, todo eso... - puso los ojos en blanco ante la risa de Daniel – En serio, no es humana, pero los demás sí necesitamos descanso.

- Como cabrees al capi agradecerás tenerla cerca, créeme. - sacó varias herramientas de la mochila de Cooper, sustituyéndolas por otras en mejor estado – Venga, anda, ya termino yo con esto. Deja un par de bolsas y un botiquín en el esquife y luego te invito a una birra, a ver si me quita el dolor de cabeza. ¡Y asegura bien la lona! - gritó mientras veía las anchas espaldas de Cooper descender por la escalerilla.

Al cruzar el mamparo de la antecámara, percibió un murmullo de voces que parecían discutir, aunque en tono bajo, proveniente de la cámara de oficiales. Cooper aminoró el paso; no es que tuviese la intención de espiar ni nada semejante, pero tuvo la sensación de que lo idóneo sería que su caminar por el pasillo pasara lo más desapercibido posible.

- Oliver... - Cooper aguzó el oído. Nunca había oído a Elizabeth dirigirse a Saville por su nombre de pila – Cuando quieres, puedes ser todo un gilipollas.

- Y un auténtico cabrón, pero eso a ti no te pilla de nuevas.

Recorrió el angosto pasillo con rapidez y desanduvo sus pasos cargando con el botiquín esta vez. Las voces resultaban ininteligibles, aunque se percibía la tensión de quienes se ven obligados a discutir sin alzar la voz pero dejando claro que ambos deseaban hacerlo.

El esquife ya estaba cargado y Daniel terminaba ya con la última de las mochilas cuando Elizabeth cruzaba la cubierta de intemperie cargando con parte del equipo de buceo. El muchacho le largó un silbido a pesar de su cara de malas pulgas.

- Hace un día cojonudo. - Sonaba convencido, a pesar de que el débil sol no parecía capaz de rasgar los jirones de nubes – Vente a tomar algo, te invito.

- Gracias, Boyle, pero tengo faena aún.

- Venga ya, estará esperándote aquí cuando vuelvas. Y tendrás que almorzar, ¿no? - sonreía con los brazos en jarras. - Eva conoce un sitio...

- Está bien. - se rindió con lo más parecido a una sonrisa que fue capaz de conjurar. Había algo en Daniel que hacía que fuera virtualmente imposible discutir con él cuando no se trataba de asuntos de trabajo. - Pero pago yo, sé lo que cobras. Me cambio en un segundo. - ya estaba deslizándose por la escalerilla aún antes de terminar la frase. El papeleo podía esperar.


Un sutil aroma ante la puerta de su camarote hizo que las aletas de su nariz se dilataran. Amaderado, con un ligerísimo toque herbal...

- Pensé que tenías prisa. - Dijo al abrir la puerta. Allí no había nadie.

Sobre el catre había una caja de madera de aspecto antiguo, con remaches y tapa metálicos. Se sentó junto a ella, cruzando las piernas a lo indio y rozó con las yemas de sus dedos el repujado en estaño de la tapa, que mostraba un caprichoso diseño abstracto sobre el que dos serpientes se retorcían formando una O y una S. Sonrió, sabedora de que esa era su forma de hacer las paces y la abrió lentamente. Sobre el terciopelo negro descansaban una vieja Browning HP 35 y un par de cajas de proyectiles de nueve milímetros. La acarició con reverencia y la tomó en sus manos, sopesándola. Le echó un vistazo al cargador de doble hilera antes de volver a depositarla en el estuche y guardar éste en un cajón que luego cerró con llave.

Se cambió a toda prisa, dándole vueltas al porqué de ese tributo de paz. Precisamente eso y precisamente ahora. Paz... no dejaba de ser irónico. Salió terminando de abrocharse los vaqueros y trotó por la escalerilla preguntándose si tal vez estaría preocupado por lo que pudiera pasar en Etrinia. Era absurdo negar que ella misma también estaba más tensa de lo habitual por la inminente parada allí, pero...
- ¿Cuándo vas a dejar de intentar salvarme de aquello? - Rezongó para el cuello alto de su jersey azul antes de apartar el pensamiento de su mente.



Daniel la esperaba ya abajo en la dársena. Junto a él estaban Cooper, Eva y Fred. Aparentemente absortos, mirando al vehículo aparcado junto a la garita de intendencia, donde Saville le entregaba unos documentos al funcionario.

Del cochazo negro de lunas tintadas se bajó una atractiva morena, vestida con un elegante traje de chaqueta y falda recta, que besó a Oliver en la mejilla con familiaridad antes de subirse de nuevo, al asiento del copiloto esta vez, mientras él se sentaba en el del conductor.