Había resultado bien lo de dejarse convencer por Daniel; Elizabeth caminaba de vuelta a puerto de mucho mejor humor y no sólo por la agradable perspectiva de poder trabajar a sus anchas con el Arcadia para ella. El sonoro silbido a sus espaldas no le hizo volverse, por asumir que, fuese lo que fuese, no tenía que ver con ella.
- ¡Sparrow!
Se volvió entonces, con cautela, como si no diera del todo crédito a sus oídos primero y después a sus ojos, que le ofrecían la figura alta y desgarbada de un muchacho flacucho de melena trigueña que se acercaba a ella arrastrando ligeramente la pierna derecha.
Echó a correr hacia él y lo estrechó en un brevísimo pero fuerte abrazo.
- ¿Así que conde von Count? Eres un payaso. - miraba al joven con una sonrisa abierta, cálida – Oscar Grouch te habría pegado mucho más. - lanzó un suave y cariñoso puñetazo a su hombro, quizá para contrarrestar la afectividad del abrazo previo.
- Pero apuesto a que te hizo reír. - alzó las manos, mostrándole las palmas – Ese prototipo de abrazo no me ha sabido a nada. Voy a enseñarte como se hace y me importa una mierda que protestes, patalees y hasta que me muerdas. - y en efecto, sin darle mucha opción a réplica, sus enjutos brazos rodearon el cuerpo de una Elizabeth que, aunque notablemente tensa, no hizo más ademán de apartarse que un resoplido al cabo de unos segundos.
En animada charla, entre reproches mutuos por el tiempo transcurrido sin verse y ese tipo de muestras de cariño que casi bordean el insulto, recorrieron el camino hacia el Arcadia.
- ¿Así que el dragón ha dejado que la princesa abandone la torre por un día? Supongo que puedo considerarme hombre muerto si apareciera ahora, ¿verdad? - no pudo evitar la risa ante el gesto ceñudo de Elizabeth, que no dejaba a las claras si estaba molesta por el comentario o por las manazas de Crowley sobre el equipo de buceo.
- Si no quitas las zarpas de ese transductor, no te va a dar tiempo a preocuparte por lo que pudiera pasar si apareciera Saville. - y, a pesar de sus palabras, había un deje cariñoso en el tono, firme pero paciente, casi maternal. Se encogió de hombros mientras se volvía para meter unas aletas que habían visto mejores días y un par de snorkels en la mochila – Ya sabes que no me gusta que hables así de él. Y sería yo quien tendría problemas por subirte a bordo. Simplemente no le gustas, Crow.
- Ya... - Crowley tenía la capacidad de condensar mil y un matices en un “ya”. El que acababa de dejar sus labios estaba impregnado de “menos me gusta él a mí”, “a veces no te entiendo” y tres o cuatro cosas más - ¿Te has parado a pensar que...
- No. - le interrumpió de forma abrupta - No me he parado a pensar nada y no vamos a empezar a discutir tan temprano. Vas a bajar a galley y a preparar algo de comer mientras yo termino un par de cosas y luego vamos a pasar por el taller para recoger un tubo de vacío, cogeremos el bote e iremos a donde quieras, tienes que contarme qué has estado haciendo estos meses.
Apenas un par de horas después ya iban rumbo a una pequeña caleta, al este del puerto. Desde que Crowley saliera de Etrinia, un par de años antes que Elizabeth, habían mantenido un contacto intermitente, condicionado al principio por la necesidad de mantener en secreto el paradero del primero y, más tarde, por el hecho de que ninguno de los dos permanecía por mucho tiempo en el mismo sitio. A pesar de todo, ni la distancia ni lo espaciado de las noticias que recibían el uno del otro habían hecho mella en su vínculo.
Condujeron durante unas treinta millas antes de que Helen rompiera el silencio.
- Estás de mal humor. - no era una pregunta. Deslizó las gafas de sol para echar un vistazo sobre éstas en una carpeta marrón que tenía sobre las rodillas - ¿Tiene algo que ver con la llegada del sujeto B? Imagino que sabrás que ya está en la ciudad. Debería haber sido suprimido hace tiempo y, de hecho, creo que es uno de los puntos que Sanders quiere tocar en la reunión.
- Crowley es inofensivo. - chasqueó la lengua con evidente fastidio - ¿Desde cuándo les pone nerviosos que un chaval husmee un poco? - sacudió la cabeza sin desviar la vista de la sinuosa carretera jalonada por árboles – No estoy de mal humor, sólo estoy tenso. El domingo tengo reunión con los inversores, voy a necesitar que me recojas de nuevo.
- Empezaré a cobrarte el servicio de taxi, Ollie. - rió, acariciando la pierna de Saville. ¿Se estaba volviendo demasiado ambicioso? Guardó el dossier en el sobrio maletín de piel y dejó que sus ojos claros recorrieran el perfil del hombre. Era inteligente. Mucho. Por eso a Helen le extrañaba que aún no se hubiera dado cuenta de que esos inversores estaban también ligados a la Organización.
Recorrieron en silencio el resto del trayecto hasta llegar a un desvío apenas señalizado que conducía a una cancela de hierro forjado de aspecto solemne. O rancio, en opinión de Saville. Apenas otras dos millas hasta llegar a la pequeña mansión.
Todos los coches allí aparcados compartían el mismo aspecto oficial.
- Dime que estarás libre libre después. Voy a necesitar un trago después de reunirme con las hienas. - murmuró antes de salir del coche y rodearlo para abrirle la puerta a la mujer.
La junta transcurrió tranquila. Demasiado tranquila. Saville esperaba tener que dar una serie de explicaciones que no le fueron pedidas. Probablemente fue eso lo que hizo saltar sus alarmas. O bien Sanders desconfiaba de él, o iba tres pasos por delante. No le hacía ninguna gracia esa perspectiva.
Una vez hubieron terminado, el cónclave se convirtió, como de costumbre, en una especie de velada en la que los peces gordos fumaban, bebían y trataban de dirimir quien la tenía más grande. Aceptó sin ganas una copa de brandy y participó de la charla insustancial mientras su cerebro funcionaba al doble de revoluciones por minuto de lo habitual. No podía sacudirse la sensación de que estaba en el punto de mira.
Se aflojó la corbata de camino al vehículo y se sentó pesadamente, resoplando antes de poner el motor en marcha.
- Sigue por la carretera del molino, he hecho una reserva. - dijo la mujer mientras se ajustaba el cinturón de seguridad – Espero que sepas lo que estás haciendo volviendo allí antes de lo previsto, Ollie. Tendrás a Beatrix Barron fuera de la ciudad para entonces, me he encargado de que se encontrara con una serie de contratiempos que requieran su presencia ineludible fuera, pero estás jugando con fuego.
Tendrían que tratar con Dye, pues. Había confiado en tener a ambos fuera de juego el tiempo que estuvieran allí. Él consideraba a Dye menos peligroso que Beatrix, especialmente en lo tocante a Elizabeth, pero también más inestable. ¿Jugar con fuego? Estaba haciendo malabares con acetileno y cerillas.
No logró distraer su mente, a pesar de los intentos de Helen. Últimamente, el sexo con ella solía ser el equivalente a comerte un sandwich frío cuando tienes hambre: eficaz, conveniente y algo a lo que no le prestas demasiada atención.
- Si juegas bien tus cartas, esta operación acabará convirtiéndote en uno de los hombres de confianza de Sanders, ¿tienes idea de la posición que supone eso? - Helen, aún en la cama, se dirigía a la espalda de Saville mientras éste terminaba de vestirse – Podremos prescindir totalmente de los Barron, incluso podrías ser tú quien tuviera el control de Etrinia, ya que pareces tenerle querencia a ese lugar. - el tono se tornó insidioso al añadir - ¿O estás encariñándote con esa cría? No te pega recoger cachorritos apaleados, Ollie, cariño.
- Esa a la que llamas cría tiene veintiséis putos años – a pesar de sus palabras, el tono era calmo, pausado. Se giró para tomar suavemente a Helen de la barbilla – y más pelotas de las que tú has visto pasar en toda tu vida. Cariño.
Elizabeth hizo una bola del fino jersey azul, tras deshacerse de él sin mucha ceremonia y con ausencia de aspavientos, y lo deslizó entre la cabeza de Crowley y la arena antes de apoyar la cabeza sobre el hombro de éste, quien la rodeó con un brazo laxo, sin fijarse siquiera en las cicatrices que afeaban el torso de la muchacha y no sólo por haber crecido viéndolas; era una de las muchas cosas que ambos tenían en común.
- Hay algo en él que me pone los pelos de punta, Sparrow, es algo que no sé definir, pero... - jugueteaba con una de las tiras del bikini de Elizabeth, retomando el tema con los ojos semicerrados. La voz, aunque suave, tenía un matiz atormentado, ansioso – Y que precisamente tú, de todas las personas, te niegues a verlo... - chasqueó la lengua, frustrado – ¿Por qué crees que se le cruza el cable cada vez que me ve? ¿No te das cuenta de que no tolera ningún lazo con tu pasado?
- ¿Y le culpas? ¿Te has planteado que quizá sea él quien no quiere bregar con según qué recuerdos? – respondió en tono canso, tras algunos segundos – Para él tampoco ha sido fácil, precisamente tú tienes que entender el sentimiento de impotencia... – exhaló sonoramente por la nariz, quizá negándose a defender a Saville ante Crowley por enésima vez, o simplemente sin ganas de volver a aquel instante concreto. – Y hablando de esa sensación, voy a tener ocasión de comprobar si es cierto que las cosas han cambiado en casa, tenemos pendiente un trabajo allí.
Crowley se incorporó de forma abrupta, mirándola con una expresión que estaba a medio camino entre la incredulidad y la ira.
El trayecto de vuelta, tras la agria discusión, transcurrió en silencio en su mayor parte, hasta que Elizabeth lo rompió, mientras apoyaba la mano en el antebrazo de Crowley.
- Sabes que los dos tenemos parte de razón... Y que no soporto que estemos enfadados. – añadió tras un instante de vacilación.