Sin duda el olor provenía de algún punto al noroeste, el viento se lo traía ahora claramente: era un aroma almizclado, algún perfume sintético sin lugar a dudas. Arrugó ligeramente la nariz; no solía soportar el olor de colonias y afeites, el único aroma que toleraba en su piel era el olor fresco y sutil del jabón de caléndula que siempre usaba. Venteó como un animal durante un rato, sin terminar de lograr encontrar el origen del olor que parecía haberse enganchado en los brezales que bordeaban la hondonada.
La expresión preocupada seguía instalada en su rostro y un ceño coronaba sus ojos grises cuando llegó a la cabaña. Toren estaba sentado en el porche, tallando una pequeña pieza de cuerno de venado, levantando los ojos sólo de vez en cuando para echarle un vistazo a Joy, que jugaba sentada en la hierba. Sintió una punzada de amor en el estómago al verlos. Lia amaba con las tripas.
Abajo en Basoa no tenían claro de dónde había salido la pequeña Joy; tenía la apariencia etérea y frágil de Lia junto con los extraños ojos verdes de Toren y su cabello pelirrojo... pero no podía ser, sus padres habían muerto tiempo atrás y la otra posibilidad era impensabe, Lia y Toren eran hermanos y ni siquiera los Summers eran tan raros aunque no había más que mirarlos para saber que algo andaba fundido dentro de sus cabezas.
En realidad no lo eran. Hermanos, probablemente si que eran raros para los estándares de Basoa.
Lia sólo se había acostado con dos hombres, en ambos casos en contra de su voluntad. Fruto de ese primer encuentro había nacido Toren. A los Summers no les había parecido adecuado admitir que su hija de trece años estaba embarazada. Por supuesto, nadie denunció a Starks; se limitaron a mandar a Lia una temporada fuera y criar al niño como si fuese suyo.
En cuanto a Starks, se había llevado a Lia a Vartaer en cuanto quedó huérfana y Toren venía incluido en el paquete. Le ponía los pelos de punta el maldito crío, parecía crecer a cada día que pasaba, pronto fue alto y robusto como un roble y mostraba la misma expresividad que uno. Con apenas diez años, ya no se atrevía a ponerle la mano encima. Ni la mano ni el cinturón. Se había convencido de que el niño tenía algún tipo de retraso o taradura el día que lo encontró en el patio desollando un gato "porque quería ver si era igual de suave por dentro que por fuera". Desde ese momento empezó a evitarle en la medida de lo posible. Un par de días antes de que Toren cumpliera los quince, Starks había dejado de preocuparse por él. Por él o por cualquier otra cosa, es lo bueno de estar muerto, de pronto las cosas ya no te preocupan.
Toren siempre había sido un crío solitario y huraño, de gesto impasible que sólo se avivaba con la presencia de Lia. La adoraba y habría matado a golpes a cualquiera que le hiciera daño. Y así había sido.
Levantó los ojos de la talla y su semblante se iluminó al ver a Lia, aunque la expresión duró poco al ver su gesto preocupado.
- Creo que alguien ha estado merodeando cerca del osario.
Hablaba mirando a Toren mientras dejaba el canasto lleno de manzanas en el suelo. La inflexión de su voz tenía un matiz acusador.
- No pude evitarlo, al principio me recordó a ti... pero resultó ser tan vulgar como las demás.
Toren torció el gesto con asco al recordar cómo la chica había pretendido besarle, el gesto descarado al acariciarle por encima del pantalón, aquel perfume horrible, fuerte y dulzón. Su mano se cerró en torno a la navaja.
Se puso en pie y estrechó el pequeño cuerpo de Lia entre sus brazos, agachando la cabeza para enterrar la nariz en su cabello oscuro.
- Pero ya me he ocupado de todo, no la encontrarán.
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sábado, 20 de julio de 2013
lunes, 13 de febrero de 2012
Las estribaciones de Vartaer: La Torre y el Lirio
Volvía hacia la cabaña sujetando contra sí un pequeño cesto rebosante de manzanas. Al dejar atrás el osario, algo la hizo detenerse y olisquear el aire, casi como un animal; las aletas de su nariz se hinchaban y contraían mientras Lia levantaba la barbilla tratando de encontrar el origen de ese nuevo aroma. El habitual olor dulzón y pesado de la carne en putrefacción estaba ahí, como siempre, pero había algo más, algo menos natural y, al menos para ella, más opresivo y penetrante.
No había mucha gente dispuesta a vivir en las estribaciones de Vartaer, y menos aún en aquella cabaña cuidadosamente construida sobre los cimientos de una anterior cabaña, que a su vez había sido levantada encima de los restos de una anterior choza cuyas paredes se habían elevado con las viejas piedras de un primitivo monumento megalítico; como si algo en la zona incitara a determinadas personas a no apartarse de ese lugar, como si se tratase de un vórtice magnético, parte de esas líneas telúricas tal vez producidas únicamente por el tectonismo.
En realidad, la mayoría de la gente solía evitar la Colina de los Huesos, que tomaba su nombre de la hondonada contigua que durante años había sido usada por los trabajadores del viejo matadero para arrojar los despojos ya descarnados de las reses y que, actualmente, aún era usada tanto por los cazadores para dejar los despieces inservibles de sus presas como por el equipo de Control de Pista, que solía dejar ahí los cuerpos de los animales que aparecían en la carretera tras haber sido atropellados.
A Lia no le molestaba el olor, estaba más que acostumbrada y, en todo caso, ese hedor era garante de la ausencia de visitas. Eso era, probablemente, lo que más la aterraba y la mortificaba: la gente.
Sacudió la cabeza, molesta por no encontrar el origen de ese perfume. No, parecía algo más que molesta: parecía preocupada. Un ligero ceño se instaló en su rostro, arrugando la alta y pálida frente y haciéndola parecer súbitamente mayor.
En las raras ocasiones en las que Lia no podía evitar bajar al pueblo a algo, la gente que no la había conocido de pequeña, o que no había conocido a sus padres, solía tomarla prácticamente por una cría, una adolescente. Los que la recordaban, no podían evitar mirarla con una mezcla de lástima y reserva al mismo tiempo, parecía no haber cambiado en los últimos años, se parecía demasiado a la cría de aspecto frágil, endeble, que había intentado arrojarse a la tumba de sus padres en el funeral. Había sido entonces cuando Lia se fue a vivir a la cabaña de la colina con el joven y malogrado Cal Starks, que no es que fuera una compañía muy recomendable, pero en defensa de las gentes de Basoa, Lia parecía estar bien y, en todo caso, todos procuraban encontrar montones de buenas excusas para evitar Vartaer en la medida de lo posible. Unos años más tarde, el cadáver de Starks apareció en el bosque, con la cara totalmente destrozada a pedradas, pero Lia parecía seguírselas apañando bien. Y en todo caso, Toren estaba con ella.
No había mucha gente dispuesta a vivir en las estribaciones de Vartaer, y menos aún en aquella cabaña cuidadosamente construida sobre los cimientos de una anterior cabaña, que a su vez había sido levantada encima de los restos de una anterior choza cuyas paredes se habían elevado con las viejas piedras de un primitivo monumento megalítico; como si algo en la zona incitara a determinadas personas a no apartarse de ese lugar, como si se tratase de un vórtice magnético, parte de esas líneas telúricas tal vez producidas únicamente por el tectonismo.
En realidad, la mayoría de la gente solía evitar la Colina de los Huesos, que tomaba su nombre de la hondonada contigua que durante años había sido usada por los trabajadores del viejo matadero para arrojar los despojos ya descarnados de las reses y que, actualmente, aún era usada tanto por los cazadores para dejar los despieces inservibles de sus presas como por el equipo de Control de Pista, que solía dejar ahí los cuerpos de los animales que aparecían en la carretera tras haber sido atropellados.
A Lia no le molestaba el olor, estaba más que acostumbrada y, en todo caso, ese hedor era garante de la ausencia de visitas. Eso era, probablemente, lo que más la aterraba y la mortificaba: la gente.
Sacudió la cabeza, molesta por no encontrar el origen de ese perfume. No, parecía algo más que molesta: parecía preocupada. Un ligero ceño se instaló en su rostro, arrugando la alta y pálida frente y haciéndola parecer súbitamente mayor.
En las raras ocasiones en las que Lia no podía evitar bajar al pueblo a algo, la gente que no la había conocido de pequeña, o que no había conocido a sus padres, solía tomarla prácticamente por una cría, una adolescente. Los que la recordaban, no podían evitar mirarla con una mezcla de lástima y reserva al mismo tiempo, parecía no haber cambiado en los últimos años, se parecía demasiado a la cría de aspecto frágil, endeble, que había intentado arrojarse a la tumba de sus padres en el funeral. Había sido entonces cuando Lia se fue a vivir a la cabaña de la colina con el joven y malogrado Cal Starks, que no es que fuera una compañía muy recomendable, pero en defensa de las gentes de Basoa, Lia parecía estar bien y, en todo caso, todos procuraban encontrar montones de buenas excusas para evitar Vartaer en la medida de lo posible. Unos años más tarde, el cadáver de Starks apareció en el bosque, con la cara totalmente destrozada a pedradas, pero Lia parecía seguírselas apañando bien. Y en todo caso, Toren estaba con ella.
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