sábado, 28 de noviembre de 2015

Campaña en Egipto XLIV - Najma

Los pies descalzos de la egipcia no arrancaban el menor sonido de la superficie de piedra que éstos hollaban en su caminar. La joven, infatigable, recorría el estrecho y largo pasadizo jalonado por candelas que ardían en el interior de pequeños receptáculos de cristal; adentrándose en las entrañas del extraño edificio, la cantidad de oxígeno que lograba acopiar era cada vez menor. Una fina y húmeda película cubría su piel y adhería a ésta el lino que la cubría.

El murmullo que en un principio pareciera venir de algún punto al norte, le era devuelto ahora en forma de eco como si proviniera de todas partes y ninguna, envolviéndola en una cacofonía atarantada y nebulosa que se enredaba alrededor de su cuerpo, en sus cabellos. Inasequible a extenuación o confusión, Najma continuó avanzando, si bien de forma lenta, sintiendo el propio pulso martilleándole en las sienes. No habría sabido explicar por qué, pero sabía que debía continuar.



El ulterior tramo del pasadizo parecía estar más iluminado que el resto. Comprendió por qué en cuanto dobló el último recodo: la angosta galería se abría a una enorme sala cuadrangular cuyo centro se hallaba iluminado por multitud de bujías cuyas llamas, débiles, parpadeaban debido a la escasa concentración de oxígeno. Tanto las paredes como el techo de la estancia permanecían en penumbra, pero tampoco Najma hubiera sido capaz de percatarse de los detalles que éstos pudieran mostrar, pues toda su atención la ocupaban las tres figuras que se erguían en regio esplendor en torno a un sarcófago de piedra y cuya simple visión la hizo contener la respiración.

Anubis, el dios con cabeza de chacal, manipulaba algo con sumo cuidado. Desde su escondite, Najma no podía ver de qué se trataba, pues otra figura se lo ocultaba; se trataba de Dyehuty, o Thot, como le bautizaran los griegos antiguos. El escriba celestial representado con cabeza de ibis, pluma y tablilla que siempre llevaba el ankh en una de sus manos. La tercera de las figuras, sedente en un trono de piedra, resultaba igualmente inconfundible: la piel negra, la corona atef con las plumas de avestruz y el disco solar y, por si ello dejara algún lugar a la duda, el cayado heka y el látigo mayal que sostenía con los brazos cruzados sobre el pecho. Osiris lo llamaron los helenos, Asir los antiguos egipcios.

Fue entonces cuando supo cual era el objeto que Anubis manejara con mimo: se trataba, sin duda, del corazón de quien se enfrentaba al Juicio de Osiris. Y cabe decir que no con parabién, a juzgar por el modo en el que la balanza se inclinaba del lado en el que reposaba la palpitante víscera. A una orden de Asir, la figura yacente en el interior del sarcófago se puso en pie y se volvió hacia el recodo que ocultaba a medias la presencia de Najma, para horror de ésta.

- ¡Wahid! - Su voz fue apenas audible, olvidando por un instante blasfemo a los tres demiurgos. Su primer pensamiento fue que su esposo había caído en combate, mas lo desechó al punto. Y en todo caso... El rostro barbado que la enfrentaba no era el de su Wahid, el cuerpo cincelado en alabastro no correspondía a esa piel atezada de su esposo que tan bien conocía. Pero aquellos ojos glaucos que se clavaban en ella con fulgor abrasador, no admitían lugar a la duda.

- Stella splendens, to ampró Astrid, Estrella...* - El hombre extendió su brazo hacia ella, instándola a acercarse. Najma se vio frente a él, sintió sus pulgares recorriendo la delicada línea de su mandíbula desde el lóbulo de sus orejas hasta la barbilla, de donde descendieron por el frágil cuello ejerciendo una presión creciente. ¿Cómo podía su tacto resultar tan familiar?


Sintió el propio corazón más y más pesado en el pecho mientras un movimiento por detrás del cuerpo del hombre con los ojos de Wahid robaba su atención, así como la de las tres deidades. La balanza oscilaba a uno y otro lado con un movimiento enajenado mientras algo, tal vez una mano invisible, parecía levantar el corazón, el Ib, del difunto sobre el platillo, haciéndolo levitar sobre éste y logrando así que la pluma de Maat pesara más que lo que contenía el corazón que estaba siendo juzgado. La presión en torno a la garganta de Najma cedió y el hombre se tumbó nuevamente en el féretro de piedra, aparentemente inerme, como si su movimiento anterior hubiera existido sólo en la imaginación de la mujer.

Fue en ese instante cuando una fuerza incontestable la hizo postrarse de rodillas; se encontró incapaz de subir la mirada a las tres figuras. De haber podido hacerlo, habría encontrado que tanto Thot como Anubis estaban hincados con veneración a su vez y únicamente Osiris permanecía inmutable en su postura, si bien con una leve y beatífica sonrisa dulcificando su semblante. ¿Pero quién podía hacer sonreír al Demiurgo? ¿Quién o qué podía hacer postrarse a los dioses? Una mano más negra que la misma oscuridad dibujó la figura del ankh en el aire, llave de la vida, hálito de resurrección.

La levísima sonrisa de un Osiris que parecía apenas asentir con un gesto de cabeza fue la última imagen que las retinas de Najma lograron retener antes de que todo se tornase negro y sus esfuerzos por respirar vanos de todo punto.


No sin esfuerzo se incorporó, apartando de sí el peso que, afianzado sobre su pecho, le impedía respirar y resultó no ser sino uno de los felinos de la hacienda. Trató de serenarse y apartar de sí los retazos del extraño sueño, que había dejado en ella la incómoda sensación de que algo de suma importancia se le escapaba. Algo que no estaba a su alcance aprehender.
Saltando del lecho con determinación, la que cada vez otorgaba menos crédito a los dioses y tornaba su fe hacia el hombre, se dispuso a partir de inmediato hacia Abydos, ciudad antiguamente dedicada al culto de Osiris y donde las primeras dinastías egipcias fueron enterradas en la necrópolis de Umm el-Qaab.



El firmamento hallábase cubierto por el oscuro velo de Nut, del que pendían una miríada de estrellas. A Najma se le hacía difícil pensar que eran esos los mismos astros que observara de pequeña en brazos de su abuelo, o los mismos de los que, no tanto tiempo atrás, disfrutara junto con su esposo en el patio de la que sería a partir de ese momento su residencia. Mientras cabalgaba, confusas imágenes de esa primera noche acicateaban su mente.


Asentía con una sonrisa tan ausente como neutra a los comentarios de las mujeres del gineceo, unas envidiando su suerte, otras lamentándola, mientras terminaban de acicalarla para conocer al que sería su esposo. Najma asistía a ese evento como pudiera hacerlo un espectador. En lo que a ella respectaba, simplemente cambiaba de manos; el Sultán había decidido entregarla a su Paladín como agasajo, del mismo modo en que pudiera haberle ofrecido la más delicada obra de arte de palacio o la más exquisita montura de su establo. Le asqueaba ser tratada como una propiedad. Y, sin embargo, había sido entrenada para un momento similar, mas no por su género sino por su linaje. El cambio de planes afectaba a su rol en la revolución y la egipcia trataba de prever si su nueva posición la favorecía o la perjudicaba, al tiempo que se empleaba a fondo en encarnar el papel de sumisa devoción que se esperaba de ella. Durante toda la celebración no hizo otra cosa que no fuera estudiar a Wahid, que si bien mostrándose más impertérrito que ella misma, mantenía un cierto aire casi irreverente para con el momento en sí.



- Levántate, mujer. - El tono del que ahora era su otra mitad era firme y no admitía réplica. Unida a esta exhortación, una mano fuerte se cerró en torno al brazo de la egipcia, que se había postrado ante él en el protocolario gesto de sumisión en cuanto se hubieron quedado a solas tras la celebración. - Creo que ambos podemos convenir que podría permitirme esclavas, si ese fuera mi deseo. - Señaló con un gesto hacia el tálamo. - Ese es el único lugar donde aceptaré juegos de sometimiento. Por lo demás, eres mi compañera, con dos únicas condiciones que harás bien en cumplir: lealtad y sinceridad.

Lealtad y sinceridad... Najma apretó los puños en torno a las riendas del palafrén.


*Estrella luminosa, estrella reluciente, estrella.

Campaña en Egipto XLIII - Zaím

A la señal convenida, cada una de las piezas que constituían cada engranaje de la bien engrasada maquinaria turca se puso en funcionamiento con oportuna precisión. A los propios infiltrados otomanos se habían sumado algunos insurgentes locales durante los meses previos. El sultanato no estaba en su mejor momento; la epidemia de peste que asolara Egipto años atrás y mermara gran parte de su población se sumaba a la incipiente falta de autoridad que empezaba a mostrar la segunda dinastía mameluca, especialmente tras la muerte del sultán Bursbaid Ashraf Saif ad-dín . En contraposición a la primera dinastía, que ejercía un férreo control sobre sus dominios incluso derrotando a los imparables mongoles, los buyíes se enfrentaban a frecuentes rebeliones y contiendas civiles para mantener el poder. Unido a la creciente pujanza otomana, cada vez era más fácil sumar sediciosos a las filas turcas. Era sólo cuestión de tiempo...


Dejar a los vigías y arqueros fuera de juego fue un trabajo limpio y silencioso y, una vez que éstos hubieron dejado su sangre en los kiliç turcos y su puesto ocupado por arqueros otomanos, las puertas de la ciudad se abrieron para dar paso al grueso del contingente y, con él, a la parte menos limpia de la operación.
Contrariamente a lo que era su hábito, Zaím estaba disfrutando. Por vez primera, no había cortapisas o restricciones de ningún tipo para sus hombres, que se divirtieran. Los vivos habían pasado a importarle tan poco como los muertos.

Contando con una apabullante ventaja, no sólo táctica sino numérica esta vez, la victoria inicial era segura y, después de pasar por el acero o el arcabuz a milicianos y soldados, poco le restaba a la población civil además de rezar o suplicar en vano. La petición de dejar huir a los civiles fue respondida con más sangre y con la falsa promesa de permitir el éxodo de mujeres y niños. Éstos vieron truncadas sus esperanzas al encontrar no sólo el portalón sino cada una de las poternas cerradas y su retroceso cortado por parte de la fuerza invasora.



En la parte alta de la ciudad, junto a la ribera del Nilo, Zaím pisaba el pecho del mameluco a quien acababa de dar muerte, desenterrando así el bracamarte de su tórax. Pateó el cuerpo del hombre, haciendo que las oscuras aguas se tragaran el cadáver, y perdió la vista al norte. Otros dos mil hombres cabalgaban ya desde dirección Saqqara, la ciudad de la muerte, como era conocida, y su llegada era inminente. De la ciudad de la muerte a la ciudad de la vida... Tal vez fuera la ironía y no sólo la sinfonía de gritos, llantos y fogonazos lo que le hizo esbozar una media sonrisa. El resto de las tropas se acercaba desde Luxor y no tardaría más de cinco días a lo sumo. Una vez reunidos, se prepararían para atacar el Cairo.


En un gesto automático, que sin duda le hubiera irritado de ser consciente de él, se llevó la mano al hombro, acariciando el escarabajo de Khepri y entiznándolo de sangre al hacerlo. Con la ciudad en su poder, ni siquiera tendrían que salir a campo abierto para repeler el ataque mameluco que estaba por venir. La emboscada estaba servida.

Campaña en Egipto XLII - Véspero

Se revolvió varias veces en el jergón, agitado, nervioso. Inquieto. Pasaron varios minutos, que en el mundo onírico en el que se hallaba bien podían haber sido una vida entera, antes de despertar de súbito, incorporándose apoyando ambas manos en el lecho.
Una fina película de sudor frío le cubría tanto cuello como el torso, así como su frente, donde las perlas translúcidas le surcaban desde la sien hasta el mentón.

Parpadeó un par de veces, intentando despejar la neblina que turbaba su juicio, en un intento por aclarar la mente. Sin embargo, el juramento que Najma le arrancó antes de abandonarla seguían asediándole más de lo normal en él, pues si Véspero se caracterizaba por algo, era por la tremenda fuerza de voluntad y férrea determinación que guiaba sus actos, a veces demasiado fría que rayaba con una indolencia extrema.

Pero nunca, jamás, dejaba que nada interfiriera en sus pensamientos si él no lo consistía. A excepción de Najma, como bien se estaba dando cuenta en los últimos días. Pronto el odio prendió en su interior y maldijo a su esposa. El dolor de la traición era demasiado amargo y se clavaba en su pecho hasta oprimirle. Le hacía sentir vulnerable... Humano.


Cerca de cinco mil mamelucos cabalgaban hacia el sur siguiendo el rastro de muerte y destrucción otomano. Las pequeñas aldeas habían sido arrasadas. Los santuarios de los antiguos dioses profanados. Los ancianos y los hombres no tuvieron mejor suerte y las mujeres y los niños se hubieran quitado la vida a sí mismos de saber el funesto futuro que le deparaban los hados, en ocasiones tan caprichosos como crueles.

Los mamelucos eran caballeros de la Furūsiyya, unos expertos jinetes con soberbio dominio del caballo y excelente pericia en el uso de las armas, sin embargo lo primero que aprendían al ingresar en los barracones-escuela era a leer las enseñanzas del Creador, a escribir poesía e interpretar música tocando todo tipo de instrumentos. Estudiaban la cara más esotérica de la existencia humana así como eran inculcados en costumbres y tradiciones antiguas cuya máxima era el esfuerzo continuo por aprender y mejorar del espíritu humano, lo que representaba no sólo convertirse en un guerrero de honor, sino a comportarse como tal, siguiendo un código ético y moral.

Las matanzas que se encontraron a lo largo de los días de marcha no eran propios de un guerrero de honor, eran de un carnicero. Muchos mamelucos lloraron a los muertos y como hicieron con sus hermanos caídos en el campamento al norte de El Cairo, dieron sepultura a cada uno de ellos.


El grupo de exploradores volvió horas después con nuevas. Al parecer, el turco seguía avanzando hacia el sur, directamente contra la ciudad de Beni Suef, un importante enclave comercial en la ruta principal entre el Alto y el Bajo Egipto. Pero aquello no tenía sentido, al menos no para Véspero. ¿Asediar una ciudad con un ejército a las espaldas? Las fuerzas mamelucas les podrían arrinconar contra las murallas de la ciudad y con ayuda de los sitiados, los otomanos estarían atrapados en una trampa mortal que ellos mismos hubieran provocado. No tenía sentido, al menos no en Zaím, que se había mostrado tan astuto como esquivo.

Véspero expresó su opinión cuando los mandos mamelucos se reunieron al anochecer, pero en un nuevo desplante del capitán hacia él, que se inclinaba y defendía una acción rápida y directa contra los otomanos, desatendió sus palabras y acusó su juventud e inexperiencia. Esta vez el occidental sí perdió los papeles y Ashraf tuvo que intervenir y sacarlo de allí antes de que la situación se tornara irrevocable.

« ¡Pero es un necio, Ashraf! » -Rugió Véspero con el rostro enrojecido por la ira.- « No debe subestimar a Zaím, algo que se nos escapa. ¡Deberíamos esperar a saber qué es, maldita sea! »

« ¡Cálmate muchacho! Te entiendo, hermano, pero ya lo has oído... » -El veterano guerrero aferró a Véspero y le obligó a mirarle.- « Ensilla a tu caballo y prepara tu lanza. En unos horas marcharemos a la guerra. »

Y así fue que las tropas del sultanato marcharon hacia Beni Suef bajo las atentas miradas de la inconmensurable cantidad de astros que pendían en la bóveda celeste, donde uno destacaba por encima de los demás, Al-Zuhara, la Venus de los romanos.

« Reina del Cielo, hoy brillas como nunca antes vi. » -El susurro se apagó tras la máscara de plata.- « Vela por mí y guía mi lanza. » -Le rezó a quien le daba nombre.


Desde la colina en la que se habían detenido podían ver las luces anaranjadas de las antorchas que iluminaban las calles de Beni Suef, a menos de una legua ante ellos. Para sorpresa de la mayoría, la ciudad no estaba sitiada y no había ni rastro de los turcos.

Pronto un murmullo surgió entra las filas de los mamelucos: ¿Qué estaba ocurriendo?

Campaña en Egipto XLI - Alphonse

Se confió. Creyó en la sumisión de la mujer a quien no parecía importarle morir. Necios bárbaros y sus necias supersticiones. Y al mismo tiempo era consciente de que de algún modo era ella quien llevaba las riendas. De momento. Era extraño pero agradable.

No sabía si era por la extraña debilidad que sentía en su cuerpo o por aquella voz cautivadora que se modulaba de una forma fascinante cargada de un perfume exótico, pero había una parte de él mismo que tan solo deseaba arroparse entre sus brazos y escuchar todas las historias que quisiera contarle aquella sensual Sherezade.

Todo parecía irreal como si estuvieran envueltos en un humo intangible que los portaba a otra dimension. Entalpía. Najma poseía una extraña forma de intercambiar energía con su entorno.


Ofuscado por esa especie de conjuro en el que comenzó a sumirse tan pronto como el veneno entró en contacto con sus mucosas trató de asir el pelo de la mujer y comprobó que su cuerpo no le respondía. Como si no le perteneciera. Quiso hablar, quiso gritar, quiso golpearla, quiso suplicar, quiso exigir.
Pero lo único que hizo fue escuchar sus explicaciones impávido. No tenía ninguna otra alternativa.

A los primeros momentos de terror los siguió una calma extraña. Su sistema respiratorio ralentizado enviaba señales confusas a su cerebro. Nunca había sido amante de la ironía y apreció la justicia poética del suceso sólo en parte. Intentó cerrar los ojos cuando el dolor se hizo insoportable, sin conseguirlo. La última imagen que quedó en sus retinas antes de que todo se volviera negro fue la de esos ojos. En su mente la maldijo en cuantos idiomas conocía antes de caer en la bendita inconsciencia.

Campaña en Egipto XL - Zaím

Su mano aún aferraba el papiro que le había sido entregado: el bosquejo bastante esquematizado de un edificio palatino coronado por numerosos minaretes y alminares. El vano de uno de los ventanales estaba ocupado casi íntegramente por la representación de un mirlo enjaulado. Tarde. El mensaje llegaba con días de retraso. Aunque, probablemente, nada hubiera cambiado recibirlo en tiempo. Apartó el pensamiento de su mente.

Zaím perdía la vista en el monótono paisaje ocre que se extendía ante ellos, redibujado ahora por la tormenta. El disco solar reinaba soberano en el firmamento y el desierto milenario dormía, ajeno a todo, indiferente al infierno de arena que había tenido lugar apenas un día antes, a los cuerpos de los hombres que habían quedado atrás.

- … podremos reagruparnos allí; hay un buen contingente ya preparado que podría iniciar el sitio a la Ciudad de las Cien Puertas. Eso cortaría parte del suministro de cereal hacia... ¿Zaím, me estás escuchando siquiera?

- No vamos a retroceder hasta Luxor; no estando tan cerca. - Se volvió al contrariado cónsul haciéndole un gesto de cabeza para que le siguiera antes de desaparecer en el interior de la jaima, donde les esperaban el resto de los generales.


- Beni Suef. - Su índice trazó un círculo en torno al punto en el mapa. - Ya tenemos a alguien dentro. Si nos hacemos con la ciudad, controlaríamos el oasis de Faiyum. Y lo necesitamos en nuestro poder, - Acostumbrado a tramar sin dejar a su diestra ver lo que hacía su siniestra, levantó la vista con una determinación depredadora en sus ojos antes de descubrir sus cartas. - porque, camaradas, vamos a tomar El Cairo.


La presencia militar en Beni Suef probablemente no sería tan excesiva aún, si bien la proximidad a El Cairo garantizaba la existencia de tropas. La ciudad en sí, pequeño núcleo comercial dedicado casi en exclusiva al lino y el alabastro, no revestía mayor interés que el de su posición estratégica: apenas a dos días a caballo de El Cairo y, lo que resultaba aún más atractivo, en una situación de control sobre Medinet Faiyum, una de las regiones más fértiles de todo Egipto. Algodón, lino, cáñamo, arroz, caña de azúcar, rosas, naranjas, melocotones, granadas, higos, uvas, aceitunas... El oasis de Faiyum constituía un lugar idóneo para reabastecer y reagrupar al grueso de las fuerzas otomanas; al mismo tiempo, su pérdida, supondría un importante varapalo para el sultanato.

El plan consistiría en lanzar una conquista a furto*, ofrecer una rendición negociada y proseguir con la conquista a fuerza independientemente del resultado del convenio.



Amparados por la noche y recibiendo ayuda del interior, los primeros insurrectos se infiltraron en el recinto de la ciudad.

- Vamos a tomar la ciudad, no a evacuarla. No quiero a nadie vivo.

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*Asalto repentino y por sorpresa en el que se empleaban pequeños grupos de hombres muy bragados y diestros, los cuales se infiltraban en la fortaleza mediante escalas aprovechando la noche. La operación debía ser rápida, precisa y decisiva, de forma que los defensores no tuvieran tiempo de reaccionar. Para ello, tras eliminar a los centinelas y recurriendo a engaños como hablar en la lengua de los asediados o vestir sus mismas ropas, intentaban apoderarse cuanto antes de los principales puntos del perímetro defensivo, tras lo cual abrían las puertas para permitir la entrada en masa del resto de la hueste que esperaba oculta en el exterior.