Los pies descalzos de la egipcia no arrancaban el menor sonido de la superficie de piedra que éstos hollaban en su caminar. La joven, infatigable, recorría el estrecho y largo pasadizo jalonado por candelas que ardían en el interior de pequeños receptáculos de cristal; adentrándose en las entrañas del extraño edificio, la cantidad de oxígeno que lograba acopiar era cada vez menor. Una fina y húmeda película cubría su piel y adhería a ésta el lino que la cubría.
El murmullo que en un principio pareciera venir de algún punto al norte, le era devuelto ahora en forma de eco como si proviniera de todas partes y ninguna, envolviéndola en una cacofonía atarantada y nebulosa que se enredaba alrededor de su cuerpo, en sus cabellos. Inasequible a extenuación o confusión, Najma continuó avanzando, si bien de forma lenta, sintiendo el propio pulso martilleándole en las sienes. No habría sabido explicar por qué, pero sabía que debía continuar.
El ulterior tramo del pasadizo parecía estar más iluminado que el resto. Comprendió por qué en cuanto dobló el último recodo: la angosta galería se abría a una enorme sala cuadrangular cuyo centro se hallaba iluminado por multitud de bujías cuyas llamas, débiles, parpadeaban debido a la escasa concentración de oxígeno. Tanto las paredes como el techo de la estancia permanecían en penumbra, pero tampoco Najma hubiera sido capaz de percatarse de los detalles que éstos pudieran mostrar, pues toda su atención la ocupaban las tres figuras que se erguían en regio esplendor en torno a un sarcófago de piedra y cuya simple visión la hizo contener la respiración.
Anubis, el dios con cabeza de chacal, manipulaba algo con sumo cuidado. Desde su escondite, Najma no podía ver de qué se trataba, pues otra figura se lo ocultaba; se trataba de Dyehuty, o Thot, como le bautizaran los griegos antiguos. El escriba celestial representado con cabeza de ibis, pluma y tablilla que siempre llevaba el ankh en una de sus manos. La tercera de las figuras, sedente en un trono de piedra, resultaba igualmente inconfundible: la piel negra, la corona atef con las plumas de avestruz y el disco solar y, por si ello dejara algún lugar a la duda, el cayado heka y el látigo mayal que sostenía con los brazos cruzados sobre el pecho. Osiris lo llamaron los helenos, Asir los antiguos egipcios.
Fue entonces cuando supo cual era el objeto que Anubis manejara con mimo: se trataba, sin duda, del corazón de quien se enfrentaba al Juicio de Osiris. Y cabe decir que no con parabién, a juzgar por el modo en el que la balanza se inclinaba del lado en el que reposaba la palpitante víscera. A una orden de Asir, la figura yacente en el interior del sarcófago se puso en pie y se volvió hacia el recodo que ocultaba a medias la presencia de Najma, para horror de ésta.
- ¡Wahid! - Su voz fue apenas audible, olvidando por un instante blasfemo a los tres demiurgos. Su primer pensamiento fue que su esposo había caído en combate, mas lo desechó al punto. Y en todo caso... El rostro barbado que la enfrentaba no era el de su Wahid, el cuerpo cincelado en alabastro no correspondía a esa piel atezada de su esposo que tan bien conocía. Pero aquellos ojos glaucos que se clavaban en ella con fulgor abrasador, no admitían lugar a la duda.
- Stella splendens, to ampró Astrid, Estrella...* - El hombre extendió su brazo hacia ella, instándola a acercarse. Najma se vio frente a él, sintió sus pulgares recorriendo la delicada línea de su mandíbula desde el lóbulo de sus orejas hasta la barbilla, de donde descendieron por el frágil cuello ejerciendo una presión creciente. ¿Cómo podía su tacto resultar tan familiar?
Sintió el propio corazón más y más pesado en el pecho mientras un movimiento por detrás del cuerpo del hombre con los ojos de Wahid robaba su atención, así como la de las tres deidades. La balanza oscilaba a uno y otro lado con un movimiento enajenado mientras algo, tal vez una mano invisible, parecía levantar el corazón, el Ib, del difunto sobre el platillo, haciéndolo levitar sobre éste y logrando así que la pluma de Maat pesara más que lo que contenía el corazón que estaba siendo juzgado. La presión en torno a la garganta de Najma cedió y el hombre se tumbó nuevamente en el féretro de piedra, aparentemente inerme, como si su movimiento anterior hubiera existido sólo en la imaginación de la mujer.
Fue en ese instante cuando una fuerza incontestable la hizo postrarse de rodillas; se encontró incapaz de subir la mirada a las tres figuras. De haber podido hacerlo, habría encontrado que tanto Thot como Anubis estaban hincados con veneración a su vez y únicamente Osiris permanecía inmutable en su postura, si bien con una leve y beatífica sonrisa dulcificando su semblante. ¿Pero quién podía hacer sonreír al Demiurgo? ¿Quién o qué podía hacer postrarse a los dioses? Una mano más negra que la misma oscuridad dibujó la figura del ankh en el aire, llave de la vida, hálito de resurrección.
La levísima sonrisa de un Osiris que parecía apenas asentir con un gesto de cabeza fue la última imagen que las retinas de Najma lograron retener antes de que todo se tornase negro y sus esfuerzos por respirar vanos de todo punto.
No sin esfuerzo se incorporó, apartando de sí el peso que, afianzado sobre su pecho, le impedía respirar y resultó no ser sino uno de los felinos de la hacienda. Trató de serenarse y apartar de sí los retazos del extraño sueño, que había dejado en ella la incómoda sensación de que algo de suma importancia se le escapaba. Algo que no estaba a su alcance aprehender.
Saltando del lecho con determinación, la que cada vez otorgaba menos crédito a los dioses y tornaba su fe hacia el hombre, se dispuso a partir de inmediato hacia Abydos, ciudad antiguamente dedicada al culto de Osiris y donde las primeras dinastías egipcias fueron enterradas en la necrópolis de Umm el-Qaab.
El firmamento hallábase cubierto por el oscuro velo de Nut, del que pendían una miríada de estrellas. A Najma se le hacía difícil pensar que eran esos los mismos astros que observara de pequeña en brazos de su abuelo, o los mismos de los que, no tanto tiempo atrás, disfrutara junto con su esposo en el patio de la que sería a partir de ese momento su residencia. Mientras cabalgaba, confusas imágenes de esa primera noche acicateaban su mente.
Asentía con una sonrisa tan ausente como neutra a los comentarios de las mujeres del gineceo, unas envidiando su suerte, otras lamentándola, mientras terminaban de acicalarla para conocer al que sería su esposo. Najma asistía a ese evento como pudiera hacerlo un espectador. En lo que a ella respectaba, simplemente cambiaba de manos; el Sultán había decidido entregarla a su Paladín como agasajo, del mismo modo en que pudiera haberle ofrecido la más delicada obra de arte de palacio o la más exquisita montura de su establo. Le asqueaba ser tratada como una propiedad. Y, sin embargo, había sido entrenada para un momento similar, mas no por su género sino por su linaje. El cambio de planes afectaba a su rol en la revolución y la egipcia trataba de prever si su nueva posición la favorecía o la perjudicaba, al tiempo que se empleaba a fondo en encarnar el papel de sumisa devoción que se esperaba de ella. Durante toda la celebración no hizo otra cosa que no fuera estudiar a Wahid, que si bien mostrándose más impertérrito que ella misma, mantenía un cierto aire casi irreverente para con el momento en sí.
- Levántate, mujer. - El tono del que ahora era su otra mitad era firme y no admitía réplica. Unida a esta exhortación, una mano fuerte se cerró en torno al brazo de la egipcia, que se había postrado ante él en el protocolario gesto de sumisión en cuanto se hubieron quedado a solas tras la celebración. - Creo que ambos podemos convenir que podría permitirme esclavas, si ese fuera mi deseo. - Señaló con un gesto hacia el tálamo. - Ese es el único lugar donde aceptaré juegos de sometimiento. Por lo demás, eres mi compañera, con dos únicas condiciones que harás bien en cumplir: lealtad y sinceridad.
Lealtad y sinceridad... Najma apretó los puños en torno a las riendas del palafrén.
*Estrella luminosa, estrella reluciente, estrella.
El murmullo que en un principio pareciera venir de algún punto al norte, le era devuelto ahora en forma de eco como si proviniera de todas partes y ninguna, envolviéndola en una cacofonía atarantada y nebulosa que se enredaba alrededor de su cuerpo, en sus cabellos. Inasequible a extenuación o confusión, Najma continuó avanzando, si bien de forma lenta, sintiendo el propio pulso martilleándole en las sienes. No habría sabido explicar por qué, pero sabía que debía continuar.
El ulterior tramo del pasadizo parecía estar más iluminado que el resto. Comprendió por qué en cuanto dobló el último recodo: la angosta galería se abría a una enorme sala cuadrangular cuyo centro se hallaba iluminado por multitud de bujías cuyas llamas, débiles, parpadeaban debido a la escasa concentración de oxígeno. Tanto las paredes como el techo de la estancia permanecían en penumbra, pero tampoco Najma hubiera sido capaz de percatarse de los detalles que éstos pudieran mostrar, pues toda su atención la ocupaban las tres figuras que se erguían en regio esplendor en torno a un sarcófago de piedra y cuya simple visión la hizo contener la respiración.
Anubis, el dios con cabeza de chacal, manipulaba algo con sumo cuidado. Desde su escondite, Najma no podía ver de qué se trataba, pues otra figura se lo ocultaba; se trataba de Dyehuty, o Thot, como le bautizaran los griegos antiguos. El escriba celestial representado con cabeza de ibis, pluma y tablilla que siempre llevaba el ankh en una de sus manos. La tercera de las figuras, sedente en un trono de piedra, resultaba igualmente inconfundible: la piel negra, la corona atef con las plumas de avestruz y el disco solar y, por si ello dejara algún lugar a la duda, el cayado heka y el látigo mayal que sostenía con los brazos cruzados sobre el pecho. Osiris lo llamaron los helenos, Asir los antiguos egipcios.
Fue entonces cuando supo cual era el objeto que Anubis manejara con mimo: se trataba, sin duda, del corazón de quien se enfrentaba al Juicio de Osiris. Y cabe decir que no con parabién, a juzgar por el modo en el que la balanza se inclinaba del lado en el que reposaba la palpitante víscera. A una orden de Asir, la figura yacente en el interior del sarcófago se puso en pie y se volvió hacia el recodo que ocultaba a medias la presencia de Najma, para horror de ésta.
- ¡Wahid! - Su voz fue apenas audible, olvidando por un instante blasfemo a los tres demiurgos. Su primer pensamiento fue que su esposo había caído en combate, mas lo desechó al punto. Y en todo caso... El rostro barbado que la enfrentaba no era el de su Wahid, el cuerpo cincelado en alabastro no correspondía a esa piel atezada de su esposo que tan bien conocía. Pero aquellos ojos glaucos que se clavaban en ella con fulgor abrasador, no admitían lugar a la duda.
- Stella splendens, to ampró Astrid, Estrella...* - El hombre extendió su brazo hacia ella, instándola a acercarse. Najma se vio frente a él, sintió sus pulgares recorriendo la delicada línea de su mandíbula desde el lóbulo de sus orejas hasta la barbilla, de donde descendieron por el frágil cuello ejerciendo una presión creciente. ¿Cómo podía su tacto resultar tan familiar?
Sintió el propio corazón más y más pesado en el pecho mientras un movimiento por detrás del cuerpo del hombre con los ojos de Wahid robaba su atención, así como la de las tres deidades. La balanza oscilaba a uno y otro lado con un movimiento enajenado mientras algo, tal vez una mano invisible, parecía levantar el corazón, el Ib, del difunto sobre el platillo, haciéndolo levitar sobre éste y logrando así que la pluma de Maat pesara más que lo que contenía el corazón que estaba siendo juzgado. La presión en torno a la garganta de Najma cedió y el hombre se tumbó nuevamente en el féretro de piedra, aparentemente inerme, como si su movimiento anterior hubiera existido sólo en la imaginación de la mujer.
Fue en ese instante cuando una fuerza incontestable la hizo postrarse de rodillas; se encontró incapaz de subir la mirada a las tres figuras. De haber podido hacerlo, habría encontrado que tanto Thot como Anubis estaban hincados con veneración a su vez y únicamente Osiris permanecía inmutable en su postura, si bien con una leve y beatífica sonrisa dulcificando su semblante. ¿Pero quién podía hacer sonreír al Demiurgo? ¿Quién o qué podía hacer postrarse a los dioses? Una mano más negra que la misma oscuridad dibujó la figura del ankh en el aire, llave de la vida, hálito de resurrección.
La levísima sonrisa de un Osiris que parecía apenas asentir con un gesto de cabeza fue la última imagen que las retinas de Najma lograron retener antes de que todo se tornase negro y sus esfuerzos por respirar vanos de todo punto.
No sin esfuerzo se incorporó, apartando de sí el peso que, afianzado sobre su pecho, le impedía respirar y resultó no ser sino uno de los felinos de la hacienda. Trató de serenarse y apartar de sí los retazos del extraño sueño, que había dejado en ella la incómoda sensación de que algo de suma importancia se le escapaba. Algo que no estaba a su alcance aprehender.
Saltando del lecho con determinación, la que cada vez otorgaba menos crédito a los dioses y tornaba su fe hacia el hombre, se dispuso a partir de inmediato hacia Abydos, ciudad antiguamente dedicada al culto de Osiris y donde las primeras dinastías egipcias fueron enterradas en la necrópolis de Umm el-Qaab.
El firmamento hallábase cubierto por el oscuro velo de Nut, del que pendían una miríada de estrellas. A Najma se le hacía difícil pensar que eran esos los mismos astros que observara de pequeña en brazos de su abuelo, o los mismos de los que, no tanto tiempo atrás, disfrutara junto con su esposo en el patio de la que sería a partir de ese momento su residencia. Mientras cabalgaba, confusas imágenes de esa primera noche acicateaban su mente.
Asentía con una sonrisa tan ausente como neutra a los comentarios de las mujeres del gineceo, unas envidiando su suerte, otras lamentándola, mientras terminaban de acicalarla para conocer al que sería su esposo. Najma asistía a ese evento como pudiera hacerlo un espectador. En lo que a ella respectaba, simplemente cambiaba de manos; el Sultán había decidido entregarla a su Paladín como agasajo, del mismo modo en que pudiera haberle ofrecido la más delicada obra de arte de palacio o la más exquisita montura de su establo. Le asqueaba ser tratada como una propiedad. Y, sin embargo, había sido entrenada para un momento similar, mas no por su género sino por su linaje. El cambio de planes afectaba a su rol en la revolución y la egipcia trataba de prever si su nueva posición la favorecía o la perjudicaba, al tiempo que se empleaba a fondo en encarnar el papel de sumisa devoción que se esperaba de ella. Durante toda la celebración no hizo otra cosa que no fuera estudiar a Wahid, que si bien mostrándose más impertérrito que ella misma, mantenía un cierto aire casi irreverente para con el momento en sí.
- Levántate, mujer. - El tono del que ahora era su otra mitad era firme y no admitía réplica. Unida a esta exhortación, una mano fuerte se cerró en torno al brazo de la egipcia, que se había postrado ante él en el protocolario gesto de sumisión en cuanto se hubieron quedado a solas tras la celebración. - Creo que ambos podemos convenir que podría permitirme esclavas, si ese fuera mi deseo. - Señaló con un gesto hacia el tálamo. - Ese es el único lugar donde aceptaré juegos de sometimiento. Por lo demás, eres mi compañera, con dos únicas condiciones que harás bien en cumplir: lealtad y sinceridad.
Lealtad y sinceridad... Najma apretó los puños en torno a las riendas del palafrén.
*Estrella luminosa, estrella reluciente, estrella.