sábado, 14 de diciembre de 2013
23. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Bryn
Musitó una mentira tranquilizadora junto a su oído, dando un paso atrás para clavar sus ojos zarcos en los de él, deteniéndose el tiempo suficiente para despedirse de su mirada glauca pero no lo bastante como para que él leyera en la de ella. Apenas hubo un roce de labios antes de abandonar la estancia ofreciéndole una última y sincera sonrisa. Siempre había sido él; se había cerrado un círculo.
El viaje se le antojó eterno, como suele suceder a quien ansía llegar a su destino. La ciudad era lo de menos, “hogar” no se adscribía a un término geográfico en este caso, pues las raíces estaban arraigadas en un lugar menos tangible.
Sus raíces, el significado último de su persona, su hogar, su refugio, su fortaleza... ahí estaba, como siempre, entre sus brazos. Pasaron largos minutos en silencio hasta que la debilidad la obligó a abandonar con reluctancia los brazos de sus hermanas para tenderse en el camastro. La cataplasma para la infección de oído parecía surtir poco o ningún efecto.
Justo antes de cerrar los ojos, creyó haber oído el graznar de un cuervo y el rasgar de una tela.
- VAMOS.
La voz retumbó dentro de ella. Abrió los ojos para encontrarse de pie junto al lecho en el que ella misma yacía. La capacidad para sorprenderse parecía haber sido una de las muchas facultades que había perdido, pues no se extrañó ante la presencia de la figura que la acompañaba.
- ¿Así que eras tú? Todo este tiempo mis plegarias han sido dirigidas al lugar equivocado.
- HABRÍA DADO IGUAL.
No podía discernir si la figura movía los labios, pues la capucha le ocultaba su rostro, pero las palabras parecían resonar dentro de ella misma, como si en lugar de oírlas las percibiera a través de un nuevo sentido desconocido para ella hasta entonces.
- No me sabía tan importante como para recibir tu visita en persona – había un tinte dubitativo en la última palabra, fuera de lugar dadas las circunstancias.
- NO LO ERES. EN OCASIONES SE CONFUNDE CASUALIDAD CON CAUSALIDAD, EL CAOS TIENDE A SER INFRAVALORADO.
- ¿Es normal que no esté asustada?
La figura asintió antes de comunicarse nuevamente.
- AHORA, COMO YO, CONOCES TODO LO QUE HA SIDO Y TODO LO QUE ES.
- ¿Conoces también lo que será?
- NO ME INTERESA EL PORVENIR, CUALQUIERA PUEDE CONOCER SU FUTURO SI ESPERA A QUE ÉSTE SE TORNE EN PRESENTE.
- Pero nadie puede conocer todos los futuros al mismo tiempo, incluso cuando han dejado de serlo.
Un sonido rasposo, como de lija contra madera seca, pareció ser lo más cercano a una carcajada que la figura era capaz de ofrecer. Tendió hacia ella un brazo, o más bien una vaporosa manga, pues ninguna mano asomaba por el extremo de la túnica.
- ME DIVIERTE LO OBTUSOS QUE PODÉIS LLEGAR A SER. AHORA VAMOS, TIENES QUE CRUZAR EL GJÖLL MIENTRAS GARM DUERME.
Su desconcierto fue breve, apenas notable. Ya no importaba. Antes de dar el primer paso echó una última mirada a su propia figura yacente, a la habitación en la que el único elemento que parecía realmente colorido, casi vibrante, eran las ramas de lavanda fresca en un jarrón sobre la cómoda.
22. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Ginebra
Mercado de Tarragona, Enero de 1458
Posteado por Ginebra.
Estando en los últimos días de su primer embarazo, Ginebra no podía permanecer en casa. Su eterno prometido no frecuentaba el hogar que compartían bajo la desaprobadora mirada del párroco del pueblo. Su soledad sólo era mitigada por la compañía de los tarraconenses que la conocían desde que llegara siendo una niña, a lomos de un caballo zaino procedente del sur.
Un dolor agudo trepándole ferozmente por la espina dorsal la hizo detenerse ante un puesto de verduras. Clavó las rodillas en tierra y apoyó la palma de la mano en el suelo. Apretó un puñado de tierra con fuerza, volviéndose blancos sus nudillos. Un gemido de dolor fue abriéndose paso por su garganta y escapó de sus labios, atrayendo miradas curiosas hacia ella.
-Tranquila, no estás sola.- Sus mechones rubios se le derramaban por la frente a medida que se inclinaba hacia Ginebra. Jamás la había visto antes en el pueblo, pero agradeció su serenidad. Era una muchacha algo más joven que ella, de asombrosos ojos azules enmarcados por unas largas pestañas un tono más oscuras que su cabello. De sus labios carnosos y rosados surgían palabras de ánimo y de calma que surtían efecto en la madre primeriza.
-Gra... gracias... muchacha.- Ginebra respiraba agitada tratando de controlar el dolor que iba y venía a su antojo. -Es mi bebé, pero algo no va bien. Duele demasiado...- La de la Olla echó la cabeza hacia atrás y tensó la mandíbula en una mueca de dolor. La desconocida, sin importar su condición de extraña ni el lugar en que se encontraban, subió la hopalanda de la parturienta hasta sus rodillas y le separó los muslos con suavidad. Palpó con la yema de los dedos la apertura de la "censored" que comenzaba a prepararse para facilitar la salida al bebé. Sus manos estaban frías, no en vano apenas rozarían los 5 grados de temperatura en aquella mañana de Enero, pero el frío amortiguó el dolor.
-Pronto vendrán a ayudarte, pero me quedaré contigo mientras tanto. Aún falta para que tu bebé nazca.- Sin saber por qué, Ginebra agradeció la compañía de aquella forastera. Se sentía segura a su lado y constantemente acudía una sonrisa a sus labios cuando las miradas de ambas se cruzaban.
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Umbela había cumplido su segundo mes de vida. Su padre de nuevo se había ausentado para atender unos asuntos de los que nunca daba cuenta a su prometida. Ella ya de nada se extrañaba, se dedicaba en cuerpo y alma a atender a su hija y a disfrutar de la compañía, cada vez más frecuente, de Brynhildr, la extraña que la había socorrido dos meses antes.
Compartían animadas charlas frente al fuego de la chimenea del hogar de Ginebra y, muchas noches, el ángel rubio de mirada azul se introducía en su lecho para combatir las gélidas temperaturas del invierno catalán. Ginebra ya no se sentía sola ni abandonada. Hacía mucho que no experimentaba una sensación tan plena. El llanto del bebé la despertó, pero el brazo suave de la germana detuvo su ademán de levantarse.
-Ya voy yo, tú descansa.- Depositó un beso en la frente de Ginebra y luego varios más en sus mejillas y en la punta de la nariz antes de levantarse del cálido lecho para atender los requerimientos de Umbela. Sin duda, Ginebra era feliz. Instantes después, la rubia volvía a reunirse con ella.
-Mañana debo salir nada más despuntar el alba, Geneve. Tengo una visita pendiente al cementerio.- La voz de Brynhildr sonaba algo distante, teñida de melancolía y un deje de tristeza.
-¿Al cementerio? También yo debo ir para visitar la tumba de mi madre. Se cumplen años de su muerte y quiero regalarle flores y oraciones.- Los ojos de Bryn se dilataron de sorpresa. Su boca entreabierta no llegó a articular ninguna palabra.
-¿Cómo se llamaba tu madre?
-Elena Rub...
>-Rubiá.
Y así, tras aquellas palabras seguidas de un interminable silencio, quedaron ambas mujeres observándose tal y como el Altísimo las había traído al mundo.
Posteado por Ginebra.
21. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Crimea
La ventana estaba abierta, y Crimea miraba a través de ella, mientras descansaba ambos brazos en el antepecho, y apoyaba ensimismada su cabeza sobre éstos. No miraba nada en especial, tan sólo tenía la vista fija en un punto, como esas veces que miramos sin ver, o que vemos cosas que no están allí donde miramos. Su rostro se mostraba como una máscara, sin que se adivinase ninguna emoción, pero sus ojos habían recuperado un brillo que, de haberse mirado en algún espejo la rubia esa mañana, habríase sorprendido de encontrar en ellos.
Dentro se mezclaban las voces de los parroquianos y los forasteros albergados en aquella posada, pero tampoco Crimea atendía a la amalgama de palabras malsonantes, chascarillos e historias que allí se contaban. Simplemente estaba, pero sin estar.
- ¡Madre! ¡Voy al puerto! – La voz de su hijo la sacó de su abstracción y apenas pudo sonreírle desde la ventana mientras le veía darse la vuelta y echar a andar.
Lo vio enfilar la calle con aquella alegría y despreocupación que trae la juventud, aquel brío que ella había dejado tiempo atrás olvidado. Se incorporó mientras con su mirada seguía a su hijo, hasta que lo perdió al doblar una esquina. Y sintió de nuevo ese miedo ancestral, primario, que la acompañaba muy a su pesar desde que Balboa se presentara ante ella aquel día sin esperarlo, después de tanto tiempo sin saber de él… ¿Se sentiría defraudado? Quizá no era lo que esperaba encontrar cuando emprendió aquel viaje de regreso buscando su hogar, un hogar que casi ni existía… Quizá es que ella no sabía cómo actuar, quizá no sabía cómo ser una buena madre… quizá estaba actuando como lo hiciera la suya. Y nada le daba más miedo en este mundo que eso.
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Seguía mirando por la ventana, aunque afuera no se veía nada. En realidad era una excusa para no mirar hacia dentro de la estancia de donde le llegaba una tenue letanía. Tanto se había distraído que no reparó que todo había quedado en silencio, y no fue hasta que una mano se apoyó en su hombro, que volvió a la realidad.
- Ella quiere hablar contigo ahora… yo salgo, si necesitáis algo… - Y el párroco se marchó sin que Crimea le diera las gracias, sin despedirlo siquiera o palabra alguna saliera de sus labios. Y cuando escuchó cerrar la puerta se volvió, sólo entonces lo hizo. Y volvió a ver el cuerpo de su madre, recostado en aquella cama desde hacía semanas, había ido perdiendo el color en su rostro, su cabello se derramaba sobre el almohadón, rubio, mezclado con esas hebras de plata en las que la niña no había reparado hasta hacía unos días, había envejecido tanto en el último año… la cabeza inclinada levemente, los ojos cerrados, los labios apretados, como si sintiese algún dolor. Pero el galeno no había podido precisar qué le pasaba, por qué la vida se le iba escapando a chorros en esa cama de la que había negado moverse un buen día. Por qué su madre se estaba dejando morir.
- Madre... - Susurró apenas mientras acariciaba su mejilla. Su respiración sonaba acompasada, por lo que la supuso dormida, pero sus ojos sin luz se abrieron, y clavó su mirada en ella, y Crimea creyó distinguir una sonrisa en su rostro.
- Mi pequeña... se agota mi tiempo... - Le dijo, y lo hizo como si le estuviera descubriendo algún secreto guardado hasta entonces, como si fuese una revelación, pero no se advertía ningún atisbo de alarma o miedo en su voz, sino más bien, la aceptación de un hecho. Como si admitiera que ese fuese el lógico final de alguna obra que hemos estado viendo, y puesto que ya está escrito y nosotros sólo somos sus espectadores, no podemos cambiar lo que en ella ocurre.
- No... no puedes dejarme... - Sintió vértigo. Fue en ese preciso momento que se supo sola. ¿Qué haría si ella moría? La odió durante algunos segundos, el tiempo que tardó en comprender que todo su mundo se desmoronaba, que no tenía a quien acudir.
- Prométeme algo, hija... prométeme que harás lo que yo no hice, yo, que siempre fui una cobarde... - Su voz se apagó, para volver a sonar después con más fuerza - Porque aunque Dios haya perdonado mis pecados, yo jamás he podido hacerlo... y es por eso que te pido que hagas esto por mí... encuéntralas. Diles que, a pesar mi ausencia, de mi miedo, las amé, que no dejé de pensar un solo día en ellas, que espero sepan algún día perdonarme también, porque sólo cuando ellas lo hagan podré descansar de verdad... Prométeme esto, Crimea... - La niña volvió a asentir cabeceando rápidamente, angustiada. Su madre volvió a sonreír y cerró de nuevo los ojos, añadiendo con un hilo de voz - Tu tío sabe... Encuéntralas, no estás sola...
Se quedó quieta, mirándola sin atreverse siquiera a mover un dedo, casi sin atreverse a respirar. Con cuidado, con temor, fijó su vista en el pecho de su madre, y suspiró aliviada al ver cómo subía y bajaba lentamente. Se había vuelto a dormir. Se deslizó hasta su lado en la cama, y agarrada a su cuello, sintiendo su tibio aliento sobre su brazo, se quedó, poco a poco, dormida. Al alba, recordaría las palabras de su madre sin entender a qué se refería, pero consciente de que le había hecho una promesa que algún día debía cumplir. Con la mirada perdida, rezaba un salmo que ésta le había enseñado cuando era pequeña... Elena no había despertado, y no lo haría más. La niña se vistió tras el rezo y salió de su casa camino de la parroquia, el único lugar al que se le ocurrió ir.
Hacía frío mientras caminaba por las calles empedradas. Hacía frío cuando entró a la desangelada iglesia, y lo haría también mientras, acompañada del párroco, caminaba de vuelta a casa.
Posteado por Crimea.
20. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Quimet
Puerto de Barcelona, 1461
Tarragona, unos años atrás
Posteado por Quimet.
- El amor me habría hecho feliz...
Suavizó el gesto, relajando los músculos de su diestra que aún sujetaba con firmeza el mentón de la tudesca. Negó con la cabeza varias veces, con la mirada perdida. Volvió a mirarla y sonrió, acariciándole los labios con el dorso de sus dedos, sumido en un trance pasajero.
- Te he añorado... - Mató esas palabras con un ligero beso, apenas un roce de labios.
Su mente voló a tiempos pasados.
Tarragona, unos años atrás
- ¡Rápido, vámonos! ¡Corre!
No muy lejos se podía oír la voz del pagès y los ladridos de varios canes. Quimet saltó del cerezo, dejando otro puñado de bermellones frutos en el cesto. Agarró tanto el asa del pequeño capazo como la muñeca de una Brynhildr que, inmóvil, reía con diversión ante la repentina y horrorizada expresión que había adquirido el rostro del catalán.
Sin duda alguna, la muchacha desconocía la fama de aquel pagès.
A toda prisa cruzaron un océano de cerezos florecidos, con los ladridos de los perros y las amenazas del campesino a sus espaldas, hasta que toparon con una tapia hecha de piedras superpuestas, una sobre otras. Quimet ayudó a la tudesca a pasar el macizo muro y le entregó el cesto de mimbre, después él mismo salvó el obstáculo.
El muchacho se inclinó, doblando la espalda ligeramente para apoyar las manos en las rodillas. Respiraba con agitación, jadeante, sin dejar de sonreír a Brynhildr.
- Dame un segundo... - Musitó, recuperando un poco el aliento.
Entre risas y a media carrera se alejaron de allí por el camino de tierra cuando el malcarado labrador llegó al otro lado del muro, aún increpándoles.
Siguieron el camino que iba directo de la Huerta de Tarragona hasta la ciudad, pasando por el puente del Francolí y se sentándose finalmente en una de las orillas del río, apartados del camino.
Quimet lavó las cerezas en el agua y se tumbó al lado de Brynhildr.
- Deberías haberte visto... - Reprochó ella, riendo. - Tu cara era un poema. - Continuó burlándose, imitando los ademanes de Quimet exageradamente.
- ¡De haber visto a esa manada de perros no dirías lo mismo! - Se intentó defender, con una pizca de fingida ofensa en su tono.
- Jauría. Un grupo de perros es una jauría. - Murmuró, esbozando una risa inocente.
El catalán bufó y le lanzó una cereza. Pasados unos minutos las risas se extinguieron y ambos, sin dejar de sonreír, callaron, dejando que un calmo silencio hiciese los coros del sereno canto del río y el característico silbido del viento al rozar las hojas de los árboles que les rodeaban. Pero no era un silencio tenso, ni desagradable. Era un silencio apacible, cargado de complicidad, en el que ambos gozaban de la mutua compañía.
La parte más noble de Quimet brillaba con la sola presencia de la tudesca, le reconfortaba. Brynhildr en cambio, acostumbrada a las facilidades de una vida acomodada, absorbía las vivencias del catalán y las sentía como suyas. Quimet era como un libro para ella.
Posteado por Quimet.
19. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Bryn
Tarragona, finales de 1459
Entrelazadas vieron al astro rey hundirse en el Mediterráneo. Ladeó la cabeza, dejando que los labios de la mujer se deslizaran por su cuello, y enredó sus dedos en uno de los rubios mechones que, rebeldes, se escapaban del moño ya deshecho.
- ¿No piensas abrir esa carta?
Brynhildr negó con la cabeza con una sonrisa renuente, acariciando con la vista la correspondencia que cubría la pequeña escribanía de caoba antes de volver la mirada a su hermanastra, depositando un beso en el níveo arco de su hombro antes de apoyar sobre éste la barbilla. La calidez de su murmullo acarició la piel de su adorada cuando respondió, tan ebria por el licor como por la sensación de libertad
- No era consciente de lo mucho que me ahogaba allí hasta que lo dejamos atrás. - la sonrisa se hizo mayor, iluminando sus ojos zarcos ante el roce de los labios de Geneve en su piel – Gracias, hermana.
Como si su contacto le insuflara fuerzas, la atrajo contra sí, aspirando ese olor familiar a caléndula y mejorana que ejercía como un bálsamo lenitivo sobre sus inseguridades y miedos, ahogando las dudas en la caricia de su piel.
- ¿Crees que Crimea habrá salido ya de Denia? - se incorporó, arqueando la espalda con gesto felino – Si le remitimos una esquela, tal vez ésta la encuentre ya en Segorbe, dioses, la espera se me está antojando eterna.
Tarragona... ¿Qué tenía esa ciudad que siempre era testigo de algún comienzo, de algún final, de algún punto de inflexión en las vidas de las tres ? Parecían no poder evitar gravitar en torno a esa villa, atraídas tal vez por alguna línea telúrica que trazaba y retorcía sus destinos, seduciéndolas como la llama del candil engaitaba a las polillas.
Barcelona, 1461, tras abandonar el Català Despietat
Caminaba sin rumbo definido, tratando de poner en orden sus pensamientos y sus exiguas opciones, de las cuales la más atractiva seguía siendo saltar desde el espigón. En su fuero interno, había de reconocer que no le había decepcionado la reacción de Joaquim, si bien no fue capaz de obtener de él lo que ella deseaba. Un recuerdo vino a cosquillearle en la comisura de sus labios, haciéndola esbozar un amago de sonrisa carente de alegría. Había tenido el privilegio de poder cerrar un capítulo y, creía ella, con bien para el protagonista.
Con la serena distancia que otorga no tener nada que perder, paseaba la mirada en derredor, en aquel puerto donde confluía el quehacer bullicioso de comerciantes, estibadores, turistas, truhanes y belitres; donde los hombres ataviados con rica pelliza de marta apenas tenían más poder que las mujeres lúbricas que exhibían los hombros y las muñecas con impudicia.
Una figura oscura llamó su atención, sentada sobre un noray en torno al que se encapillaban varias gazas. Parecía tan fuera de lugar como ella misma. No iba vestida como una meretriz, su atavío no sugería pobreza pero tampoco parecía la mujer de ningún comerciante. Las mejillas hundidas bajo los pómulos hablaban de estrecheces y su mirada sugería cierta desesperanza.
Jugueteó con el pañuelo en el que aún estaban envueltos su antigua alianza y los zarcillos. No fue gentileza de ningún tipo sino curiosidad y el saber que a ella ya de nada le servirían, lo que le hizo acercarse.
Tomó la mano de la joven y depositó en ella el pañuelo.
- Si estáis pensando en saltar, debéis saber que no tardarían en rescataros.
18. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Crimea
Rubiá, comarca de Valdeorras, Ourense… año 1439
- ¿Ves a serra, pequena? – Crimea asintió, a pesar de no estar muy segura de a qué se refería su tío. Estaba sentada sobre un tocón de un árbol, con una cesta en la mano, vacía a excepción de algunas flores silvestres de distintos colores que había logrado arrancar a la tierra con no poco esfuerzo. Su tío, enorme, de pie junto a ella, miraba alrededor como si fuese el dueño de todo lo que su mirada abarcaba, con un hato de leña bajo uno de sus brazos. Volvió la vista hasta la pequeña e hizo una mueca que bien podría ser una sonrisa, aunque bajo aquella barba espesa y poco cuidada no pareció cambiar nada. - ¿Estás cansada? – La niña volvió a asentir y suspiró, contrariada, pero no habló por miedo a que la reprendieran. No sin razón, pues había sido ella la que había insistido en acompañar al hombre al campo aquella mañana. Odiaba quedarse en aquella casa, y a falta de su madre, su tío se había convertido en el único con el que se encontraba medianamente a gusto en esas tierras, y eso a pesar de su sequedad y su falta absoluta de tacto con los niños. Y con los adultos.
- Un Rubiá nunca se cansa, nunca se deixa vencer... ¿oíste? – La niña hizo un mohín de disgusto, pero se levantó del tocón, arrastrando la cesta hasta donde estaba su tío. Sin mediar más palabra, el hombre arrancó a andar, y Crimea lo siguió.
- ¿Cuándo vuelve madre? – Su tío paró y se volvió a mirarla, cosa que aprovechó la cría para apresurarse hasta alcanzarlo. Sintió la duda del hombre, que a buen seguro buscaba palabras adecuadas que decir a una niña de su edad. - ¿Tardará mucho?
- Non creo… - Respondió al fin su tío, y se dio la vuelta para seguir andando hasta la villa.
Crimea miró la cesta con las flores, y una idea en la que no había reparado hasta el momento la hizo detenerse como si la hubiese alcanzado un rayo, idea que a su corta edad, fue la peor de las revelaciones… ¿y si ella no iba a volver? La sensación de abandono la inundó por completo y los ojos se le llenaron de lágrimas que no supo contener. Con rabia, sacó las flores de la cesta y las arrojó al suelo, mientras trataba de controlar su angustia corriendo al lado de su tío. Se limpió las lágrimas con la manga y se agarró de la mano libre del hombre, que ni tan siquiera la miró, pero que le devolvió el apretón en un gesto que hizo a Crimea sentirse un poco menos vacía. No quería que la viera llorar, que pensara que era débil, pero no pudo aguantarse los sollozos ocasionales. El hombre, en un rápido movimiento, agarrándola por la cintura, la levantó del suelo y Crimea se aferró a su cuello. La cargó hasta la entrada de la casa. La cesta había quedado en algún lugar del camino, la niña se había dormido.
- … está con él, hermano… ¿qué se supone que debo facer? non sei que podo facer… ayúdame… - Las voces tenues habían alertado a Crimea, que dormitaba a medias en un jergón en la estancia donde su madre y su tío departían en voz baja. Elena había llegado aquella mañana, y hacía sólo unos minutos que Crimea se había despegado de ella, cansada hasta la extenuación, pero demasiado nerviosa y alterada como para conciliar del todo el sueño. A pesar que le pesaban los párpados se resistía a caer, temiendo que al despertar su madre no se encontrara allí de nuevo.
- Volver coa túa familia á casa, olvidar. – Bajó la voz de nuevo - Non debes cargarte desta vergoña, non debes cargarnos a nós… Outra filla máis... doutro pai!! – Se escuchó un bufido. Seguido de unos segundos de silencio, después el tono más duro, pero en cierto modo, cariñoso. - …que é o que che pasa, miña irmá?
- … nadie sabrá… ¡es mi hija! – El tono de voz se elevaba y bajaba hasta casi desaparecer convertido en susurro en cada frase que pronunciaban, muchas palabras se perdían.
- E a que está a durmir aí mesmo tamén éo, Elena! E aquela que deixaches nesa terra de infieis tamén! E tes un marido, non o esquezas, un que cumpriu a súa palabra, despois de todo, e te despousou... e unha familia á que debes respecto, non penso axudarche máis, Elena … non voy a tapar tus deslices… deshónranos co teu comportamento de fulana... mancillas o noso apellido!
- ¿Y Sigfredo?... – Escuchó por último, casi como una súplica… y se durmió. Nada recordaba de aquellas palabras a la mañana siguiente, en la que vio aliviada que su madre aún seguía allí. Y nunca las recordaría.
Unos días más tarde, ambas salían de la villa en un carro. Elena llevaba lágrimas en los ojos, y Crimea dormía sobre su regazo, agarrada a su madre. Apenas despuntaba el alba, y todo aquello, que a la rubia apenas le parecería como un sueño lejano durante el resto de su vida, iba quedando atrás. Nunca volvería a aquel lugar. Sólo la llegada de sus primos, muchos años después, le traerían una cierta nostalgia de la tierra que la vio nacer.
Posteado por Crimea.
17. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Bryn
En ocasiones es curioso lo poco que le cuesta a la mente obviar aquello que no queremos ver, o confinar un recuerdo incómodo en alguna cámara sellada del inconsciente y olvidar la contraseña que da acceso a ese búnker. En ocasiones, es extraño lo desapercibido que nos pasa el precio que pagamos por ello.
Tarragona, 1452
- Las lecciones con Padre no son así de arduas. - reía como la cría que era, soplando para apartar de sí el mechón dorado que se empeñaba en cubrir su rostro, reticente a liberar sus manos de la empuñadura.
- Si la coges justo encima de la guarnición - la hizo abrir los dedos, asiendo el dorso de su siniestra y deslizándola a lo largo de la empuñadura, guiándola suavemente hasta el pomo y cerrando la mano sobre la de ella -la arbolarás con demasiada rigidez, ¿ves? Así puedes pivotarla más fácilmente sólo rotando la muñeca. Incluso puedes asirla del primer tercio, es por eso que no tiene filo.
Giró la cabeza hacia él, casi rozando su mejilla al hacerlo y bajando la vista inmediatamente al arma mientras un carmesí intenso cubría su faz hasta el nacimiento del cabello. Podía sentir su cercanía cosquilleándole en los labios. No había sido consciente antes de que tal vez no eran ya tan críos como para que su afecto fuera inofensivo o siquiera apropiado.
Segorbe, 1458
- Ya no somos unos infantes, – difícilmente se la podía considerar una niña a sus diecinueve años y el vizconde tenía edad más que de sobra para ser su padre – si ha de hacerse, se hará; el amor es para bardos, aedos y juglares, poco tiene que ver con la vida real. - sacudió la cabeza con gesto displicente, haciendo que una cascada de oro cubriera el recatado pecho de su vestido de lino – No voy a asustarme, mi hermana me ha explicado ya todo lo concerniente a la intimidad del tálamo nupcial... - combatió lo dubitativo de su propio tono alzando la barbilla con gesto resuelto – Si ha de hacerse, se hará. - repitió, sin dejar claro a quien buscaba convencer – Y tal vez ni siquiera sea necesario...
El volumen de su voz bajó hasta convertirse en apenas un bisbiseo junto al oído de la mujer, haciendo que ésta diera un respingo y se volviera hacia ella con ojos desorbitados.
- No debiérais...
- ¿Acaso creéis que él me ama a mí? - una media sonrisa cínica tiró de una de las comisuras de sus labios, afeando su boca –Pensaba que era yo la ingenua.
16. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Quimet
Tarragona, algunos años atrás...
Barcelona, 1461.
Posteado por Quimet.
- Algún día conoceré el nombre de las estrellas... - Decía, inmerso en sus propias cavilaciones.
Incorporándose, entrecerró los ojos que, fijos en el horizonte, escrutaban el brillante reflejo de los astros en las oscuras aguas. Era una noche de Luna llena, despejada y primaveral. Aspiró hondo, queriendo atrapar el aroma del mar en su interior, temeroso de no poder gozar de ese privilegio nunca más.
- Y navegaré... Navegaré hasta el mismo confín del mundo...
Giró la cabeza y su mirada se encontró con la de ella. Ambos sonrieron, observándose en silencio por largo tiempo. El muchacho se acercó hasta que no quedó distancia entre ellos. Brynhildr apoyó la cabeza en su hombro. Quimet la rodeó con su brazo.
Barcelona, 1461.
¿Que el tiempo todo lo cura...? Hay heridas que aunque jamás cicatrizan, acaban cayendo en el olvido. Pero hay ocasiones en las que reaparecen y lo hacen sangrando y supurando un dolor como nunca antes.
Quimet olvidó aquellas heridas; las enterró junto a su corazón. Y de eso hacía ya muchos años. Sin embargo, solo hizo falta un día y una noche para que reapareciesen y sacudieran los cimientos de su ser hasta casi llevarle a la locura.
Le costó varios días templar su ánimo y serenarse. Días encerrado en su camarote, apenas sin comer, apenas sin dormir.
Posteado por Quimet.
15. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Crimea
Se revolvió en la cama, estirándose mientras observaba por la ventana que el sol hacía tiempo ya se alzaba sobre el horizonte. Perezosa, se dio la vuelta para mirar al hombre que yacía a su lado, aún dormido. No pudo evitar una sonrisa atrevida, ni que sus dedos se pasearan por el pecho de él. Se descubrió pensando que todavía podía sentir sus caricias incendiando su piel y retiró sus dedos asustada al volver a sentir una oleada de deseo, levantándose de la cama rápidamente, buscando entre las prendas del suelo su camisa para tapar su desnudez y su decoro, si es que algo de aquello había quedado entre las paredes de aquella habitación.
Deslizándose en silencio hasta la ventana miró a través de ella, sin querer volver la vista de nuevo hasta el lecho, temiendo encontrar la mirada de él. No sabía qué pensar ni de qué modo actuar… no era capaz de resistirse a esos encuentros, pero las cosas se veían diferentes en la mañana, y se supo asustada. Sacudió la cabeza para espantar los fantasmas del pasado, aquellos que seguían doliendo a pesar de haber recorrido muchas millas para dejarlos atrás, a pesar del tiempo transcurrido. Sí, aún dolían. Cuántas veces había deseado cerrar los ojos y olvidar… instintivamente eso hizo, cerró los ojos mientras los rayos de sol calentaban su rostro.
………………….
- Esta agua, memoria de tu bautismo, nos recuerda que Dios te hizo su hija… ¡Que te reciba hoy en su Paz! – Las últimas palabras del sacerdote la devolvieron a la realidad, alguien la empujó hacia el féretro, y Crimea arrojó un puñado de arena sobre el lugar donde yacía su madre. Vestía un sencillo vestido de paño negro, ancho y deslucido, prestado por alguna de sus vecinas, ni siquiera hubiera podido precisar a cuál de ellas pertenecía, quizá a una de esas que después de la ceremonia la había llevado hasta su casa y que ahora revoleteaban de allí para acá gimoteando y recordando a la rubia lo dura que podía llegar a ser la vida, como si ella no hubiese sido consciente hasta aquel justo momento.
- Ahora está en el Paraíso Solar… - Alzó la mirada enturbiada. No, su madre estaba bajo la fría y árida tierra. – Debía echarlo tanto de menos… empezó a morirse cuando lo enterró a él, poco a poco… de dolor… - Aquella mujer que creía saberlo todo la agarró de la mano y Crimea hizo un esfuerzo por dilucidar quién era.
- Pobre niña, tan joven y tan sola en el mundo… ¿qué edad tienes? –Trece, tenía trece.
- Deberías casarte, ¿tu madre no dejó arreglo para un matrimonio?... Porque si no lo hizo es hora que te busques un hombre que te recoja en su hogar, eres joven y puedes dar hijos sanos – La miró con conmiseración – Bien es cierto que no hay mucha dote, pero de cualquier forma algún hombre habrá al que logres encandilar…
Y entre dientes rezongó…“yo no voy a casarme, por mí se pueden ir todos al infierno”
Distinguió algún sobresalto y amargos comentarios cargados de una compasión fingida sobre lo duro que debía haber sido ver a su madre morir de amor. Crimea las miró sin ninguna expresión en su rostro… ¿es que aquellas chismosas no entendían nada? Se negaba a ser una desgraciada, tal como lo había sido su madre, esperando tras la ventana la vuelta de un hombre al que probablemente nunca amó… que se los llevaran los demonios, a todos ellos… Prefería estar sola.
Pero ninguna sensación de soledad – ni las que viviría en adelante - podía compararse a la de ese momento, al término del desfile de plañideras, cuando anocheció, cuando ese día su casa quedó en silencio, un silencio que pesaba y la ahogaba, esa noche que Crimea pasó sin dormir, en una esquina, llorando su egoísmo, maldiciendo a su madre por haberla abandonado, sintiéndose miserable por maldecir y demasiado frágil y asustada para aquel mundo. Esa noche que recordó las palabras de su madre en su lecho de muerte, una y mil veces. Esa noche que empezó a olvidar la promesa que se hizo horas antes. Esa noche que la realidad la golpeó con puño de hierro.
................
Había olvidado hacía mucho lo fácil que olvidó aquella promesa que se hizo, que hizo al mundo. Poco tiempo después de aquello se casaría. La soledad y su juventud le pesaron demasiado, y así, casi sin darse cuenta se convertiría en su madre, esperando tras una ventana. Hasta que fue lo suficientemente cobarde como para huir, y después lo bastante valiente como para volver y acabar con aquello… Luego volvería a amar, aun cuando había vuelto a jurar que no lo haría, y el dolor fue mayor aquella vez, por inesperado.
Pero aquella noche… aquellas noches… había revivido sensaciones que creía olvidadas, enterradas… perdidas. Y volvía a sentir la inseguridad y el miedo que le provocaba el no saber qué pasaría mañana. Pero también la certeza de que aquello le estaba sirviendo para redimirse de sí misma.
Volvió la vista hacia el lecho, y por primera vez en mucho tiempo sintió la satisfacción de saberse, y sentirse liberada. Al fin y al cabo era una mujer madura, que no tenía que rendir cuentas a nadie, si acaso y tan sólo a Dios, y eso lo haría en su momento. Recorrió el trozo de habitación, hasta la cama, tan despacio y en silencio como lo hiciera en sentido inverso, y gateó una vez en el lecho hasta encontrarse con el cuerpo de él. Suspiró y cerró los ojos.
Posteado por Crimea.
14. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Ginebra
Sur de la península, año 1450.
Posteado por Ginebra
Cinco años se cumplirían en breve desde que su vida se trocara en infierno. Su abuela trataba de doblegarla con férrea mano que solía usar para finalizar las discusiones con la extraña niña de ojos grises. Layla, así se llamaba la sexagenaria, no comprendía ni aprobaba la educación que Ginebra había recibido hasta entonces.
- "Una mujer no debe leer, pues le quita tiempo para sus verdaderas obligaciones. Una mujer no debe mostrar sus emociones, pues avergüenzan al hombre que la custodia. Una mujer no debe exponerse en público más que lo estrictamente necesario. Una vez que aprendas todo esto estarás lista para empezar a buscarte un buen marido."
Casi a diario escuchaba la misma cantinela monótona en boca de su abuela. Ginebra jamás supo si alguna vez la había querido o si sólo se había hecho cargo de ella debido a su estricta educación en valores familiares.
La niña se había acostumbrado a no mostrar su cabello rubio en la calle, pues llamaba en exceso la atención de los hombres. Hombres que si bien la miraban con ojos lascivos, no dudaban en increpar al varón que la acompañaba por permitir que la niña mostrase tal falta de respeto. A sus trece años, Ginebra no era capaz de comprender los dobleces en la moralidad de la gente que la rodeaba.
-La vieja es insufrible, ¿verdad Ginebra?- La niña alzó unos ojos muy abiertos hacia su tío. Jamás le había escuchado hablar con semejante desprecio de la que fuera su madre. -No me mires así, ya eres mayor para saber ciertas cosas.- Estaban ambos a las afueras del pueblo, en un camino muy transitado, pero inusualmente tranquilo en aquella hora de la tarde. Habían ido a buscar moras, cosa que extrañó a Ginebra, puesto que no era aquella labor de hombres.
- Sé lo que tengo que saber, tío Rashid. Cocinar, mantener el hogar limpio y fresco y atender a los varones como se merecen.- Ginebra había bajado la mirada al suelo, tal y como le habían enseñado que debía dirigirse a un adulto varón. Hablaba en voz baja y de la manera más neutra posible. Estaba habituada a ello pese a que su tío nunca había sido severo con ella.
-¿Acaso sabes el significado de "atender a los varones"?- Hizo una pausa, esperando una respuesta que sabía que no llegaría. -Ginebra, aún te queda mucho que aprender. Tu padre y yo siempre estuvimos muy unidos, incluso cuando renegó de esta, su familia. Debo reconocer que le admiré secretamente cuando lo hizo.- Sonrió fugazmente y ofreció asiento a la muchacha, que aguardaba de pie con su canasto de mimbre vacío.
-Esa familia es la tuya y la mía y le debemos un respeto. No entiendo la acritud de tus palabras.- Ginebra se sentía incómoda. El lugar apartado, las palabras crudas que escupía Rashid, su voz espesa y sus ojos brillantes no auguraban nada bueno.
-Ya tienes trece años. A juzgar por el tamaño de tus caderas y por la curva que se adivina en tu túnica a la altura de los pechos, estoy seguro de que ya has sangrado. Eres una mujer y debes saber qué se espera de las mujeres.- Con suavidad le quitó el Hiyab que le cubría el pelo, dejando que el viento moldease sus dorados bucles naturales. Sostuvo por un momento un mechón de su cabello y lo olfateó profundamente. Ginebra se movió sutilmente hacia el lado opuesto. -Se espera que la mujer complazca a su marido en todo lo que él le pida. La vieja Layla lleva ya tiempo buscándote un esposo, y te sorprendería saber la cantidad de voluntarios que ha encontrado para ti. Sin duda ese cabello tuyo y esos ojos van a cotizarse bien. Son muchos los hombres que desean poseerlos.- Rashid se acercó más a la niña que miraba al suelo sin saber qué hacer. Sentía ganas de llorar, pero sabía que no debía hacerlo. -Para que nada falle, deberás saber hacer feliz al elegido y alguien debe enseñarte...- Dicho esto y con gesto rápido, Rashid la sujetó por el pelo y le echó la cabeza hacia atrás. Hundió la cara en el cuello de Ginebra y lo regó de húmedos besos que provocaron arcadas a la niña.
- ¡Para, Rashid!- Ginebra se retorcía bajo el cuerpo del hombre que se movía nervioso encima de ella. -¡Le diré a la abuela lo que has hecho y jamás tendrás a una familia que cuide de ti!
-¿Y quién crees que me ha sugerido que te adiestre?- Rió el moro con malicia, bajando la guardia un instante. Momento que Ginebra aprovechó para propinarle un violento cabezazo y dejarlo aturdido. A empujones salió de la prisión de su abrazo y corrió sin saber a dónde ir. Los gritos de Rashid la perseguían, pero iban sonando cada vez más amortiguados. Las lágrimas impedían ver el camino, pero Ginebra siguió corriendo todo cuanto sus piernas le dejaron.
Un muro, una verja de hierro... le era familiar pese a que solo había estado allí una sola vez. Entró.
Allí descansaba su padre y, grabado en la piedra que señalaba su tumba, podía leerse: "Aquí yace Abdelhak El Ghoulbzouri, esposo que fue de Elena Rubiá".
-Elena Rubiá es tu nombre... Te lo juro aquí y ahora, pese a quien le pese y sin importar lo que me suceda, te encontraré, mamá.
Posteado por Ginebra
13. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Bryn
Tarragona, mediados de 1457
- Saldremos mañana, con la primera luz del alba... La casa ha de quedar cerrada, ¿Os ocuparéis, por favor? - no se volvió mientras le hablaba; se alisó el vestido negro con la vista fija en el Mediterráneo a través del ventanal, agradeciendo que la mujer no pudiera ver su rostro.
- ¿Mañana? Eso es demasiado precipitado, además, ¿acaso no vais a...
- Al despuntar la alborada. – atajó con un tono adusto que resultaba extraño en sus labios. Había sido una decisión dura para ella y no se iba a permitir cuestionársela. - Comprenderé si deseáis quedaros, aunque sabéis que vuestra presencia será bien acogida allí.
- Se hará como habéis dispuesto. - el tono era seco a su vez, quizás decepcionado, obviando la pregunta implícita.
Barcelona, otoño de 1461 a bordo del Català Despietat
No se movió durante varios minutos, mirándole vestirse en silencio, enredando sus dedos en uno de los pajizos vellones que caían en desorden sobre su pecho; impúdica, si bien no había nada de procaz en su mirar, como si cualquier apetito hubiera sido saciado hasta el hartazgo. Más bien pareciera que, por algún motivo, tratase de de fijar esa imagen en sus retinas.
Finalmente, se deslizó hasta el borde de la cama, poniéndose en pie con un quejido y sumergiendo en el aguamanil el jirón de tela que anteriormente fuera una camisa, dejando que el agua reavivara sus sentidos. Vistió aquellas prendas que hubieron resistido a la contienda previa y se cubrió con la hopa.
Al abrir la puerta del camarote, la luz del astro que hacía ya tiempo que reinaba soberano en el firmamento la hizo entrecerrar los ojos. Los ruidos, la vida que se desarrollaba en cubierta, todo se le antojó demasiado físico, demasiado contundente por un momento.
Volvió la cabeza hacia Quimet, sin girarse lo suficiente como para mirarle, ofreciéndole un perfil bañado en luz solar, de contornos irreales. Entreabrió los labios, claramente para decir algo, pero volvió a cerrarlos sin emitir sonido.
Cerró tras de sí y cruzó la cubierta principal con ligereza, prácticamente ajena a la línea de cañones y arcabuces, esquivando con gesto ausente a la tripulación que brujuleaba por cubierta abstraída en sus propios cometidos.
Puerto de Barcelona, un par de días antes
Sostuvo su mirada cuando él la obligó a enfrentar sus ojos tras el fuerte bofetón. El sabor ferroso de la sangre estimuló algún recuerdo, cosquilleando en la comisura de sus labios hasta hacerla formar una media sonrisa vesánica, tan fuera de lugar como fugaz.
- ¿Y acaso te ha ido mal? - tomó aire, esperando que él no notara lo desbocado de su pulso. Inesperadamente, fue la humedad en los ojos del catalán y no su airado temperamento lo que logró atemorizarla. Ese último vestigio de un Quimet que ya no existía y que no esperaba encontrar. - El amor no te habría sido de ninguna utilidad.
12. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Quimet
Barcelona, otoño de 1461 a bordo del Català Despietat
...
Posteado por Quimet
Rió. Fue una carcajada ronca y grave. Desgarrada, como el característico acento del joven capitán pirata, profunda.
- ¿Que acabe contigo? - Preguntó retóricamente, apretando ligeramente con sus cuatro dedos el cuello de la tudesca. - ¿Y evitar tal sufrimiento que te ha hecho acudir a mí? - Apretó un poco más. Ella tragó saliva, y él sintió como la laringe se desplazaba hacia arriba y luego hacia abajo. - Sea lo que sea, te lo mereces. Te mereces vivir un infiermo.
Fuera del camarote, en la cubierta, algunos miembros de la tripulación del Despietat empezaban con su labores diarias. Quimet la miró una última vez antes de salir de la cama y vestirse.
- Largo de aquí, tengo mejoras cosas que hacer.
...
Un tenso silencio invadió todos los rincones de la taberna. La música y los cantos obscenos cesaron en el momento en que Quimet estampó a Brynhildr contra la pared. Sin embargo, ninguno de los presentes osó inmiscuirse en los asuntos privados de Migdit: Aún a su edad, en poco tiempo había conseguido hacerse un nombre en aquel oscuro mundo.
Tampoco nadie había visto al catalán reaccionar de esa forma tan... Incontrolada.
Al menos no en tierra firme.
Si la intención de Brynhildr fue provocar al catalán, lo consiguió. La respuesta a aquellas palabras fue instantánea; con un rápido movimiento, Quimet le cruzó la cara con el dorso de su diestra. La tomó de la barbilla y la obligó a mirarle.
- ¿Un perro...? - Las lágrimas anegaron sus ojos. - Simplemente era un crío que perdió el norte... Y que te amaba. - Rió con amargura. - Pero ahora no, observa en qué me convertiste. Observa tu obra.
Posteado por Quimet
11. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Crimea
Unos golpes secos en la puerta la despertaron y se incorporó en el lecho como un resorte, aún tiritando… estaba teniendo un mal sueño y mentalmente agradeció que la hubiesen sacado de aquella agonía, sin saber que la realidad iba a ser incluso peor que la peor de sus pesadillas. Desde su cama, pudo oír los pasos de su madre en la estancia, el crujir de la puerta e incluso algunos susurros que no alcanzó a entender, y que la hicieron levantarse y asomar la cabeza a la pieza, más por curiosidad que por ganas de ver quién era la persona que llamaba a aquellas horas en mitad de la noche. Sentía el frío suelo bajo sus pies desnudos, frío que le heló también el alma al oír el sollozo ahogado que salió de los labios de Elena, parada de espaldas a ella, de frente al hombre que permanecía en el umbral dando vueltas al sombrero entre sus manos, su vista en el suelo.
Cruzó la habitación rápidamente, pero no llegó a alcanzar a su madre, quien empujó al hombre que se tambaleó como un muñeco de trapo, a pesar de que sacaba al menos dos cabezas a la mujer. Crimea lo miró a los ojos, sin entender, y salió también al exterior en pos de su madre, sin importarle el frío ni la lluvia y mucho menos la escasa ropa que la cubría, y entonces comprendió. La realidad la golpeó ni bien hubo puesto un pie en la calle. Algunos hombres permanecían de pie junto a un destartalado carro, mirando a su madre, sus cabellos rubios cayendo sobre la espalda, arrebujada en su capa, llevándose una mano a la boca quizá para impedir un grito o para contener la angustia. Uno de ellos, a quien Crimea reconoció como el alguacil, hizo un gesto de asentimiento, y se separó del carromato, dejando espacio para que madre pudiera acercarse. Pero ella seguía sin moverse.
La cabeza le daba vueltas, la magnitud de lo que estaba viviendo la superaba, pero ya no era una cría, y eso se repetía, tratando de encontrar en su interior el temple necesario para asomarse a aquel carro, para mirar cara a cara a la muerte. No era una cría, desde luego, y la mirada penetrante que le arrojó el ayudante del aguacil no hizo más que afirmar esa certeza, cruzó los brazos sobre su pecho, y quedó a la espera. El tiempo parecía haberse parado, ninguno de los hombres quiso hablar, su madre no se atrevía a dar los pasos que la separaban del carro. El mundo entero se detuvo.
Unos movimientos titubeantes, una mirada al interior, un suspiro mal entendido… algunos segundos de angustia y entonces resonaron los llantos en la noche. Quizá forzados, en aquel momento Crimea no supo o no quiso darse cuenta, pues ya se acercaba al carromato sin ser consciente apenas de sus pasos, debatiéndose entre mirar al interior o permanecer al margen, pues nada sentía por dentro, y temía que nada iba a sentir si miraba. Pero su curiosidad pudo más, y parándose detrás de su madre, se puso de puntillas para observar el interior. Entre sombras distinguió el cuerpo de un hombre, aquellos que le habían golpeado no habían tenido piedad, pues ninguno de sus rasgos podía distinguir la rubia excepto el horror en sus ojos, que mantenía abiertos como si pudiese ver aún después de muerto, y quizá viera algo que escapaba a quienes allí permanecían de pie, y que escapaba precisamente a sus miradas por estar vivos. Aquellos ojos que no podía dejar de mirar fijamente, aquellos que la acompañarían hasta el fin de sus días en todas sus pesadillas. Una arcada la devolvió a la realidad, a la lluvia, a los llantos…
- Ponte algo y ve a buscar al párroco…. – Su madre la exhortaba con el rostro quebrado por algún tipo de dolor. Ella, sin embargo, seguía sin sentir nada que no fuesen náuseas. Se apretó el estómago para calmar el desasosiego y corrió hasta la casa. No pudo evitar recordar la última vez que su padre se fue, la violencia, los gritos, el llanto y las súplicas… No sería hasta muchos años después que entendería que, en este mundo, quizá era mejor ser una mujer viuda que una mujer abandonada.
Posteado por Crimea.
10. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Bryn
Tarragona, 1453
Puso los ojos en blanco antes de responder por enésima vez:
- No, no me está cortejando. - no, no lo hacía abiertamente, aunque en ocasiones notaba la caricia de su mirada aún sin posar los ojos en él, pero admitir eso sólo supondría problemas.
- Pues si no os hace los amores, ha de ser algo aún peor... – a pesar de sus palabras, a juzgar por la expresión en el rostro de Fridah, su mente era incapaz de concebir nada que se le antojase más funesto. - Y no es el tipo de compañía que debierais frecuentar.
- Padre aprueba esa amistad. – alzó ligeramente un hombro, apelando con aquella verdad a medias a la máxima autoridad entre aquellas paredes para zanjar el tema.
Amistad, eso era todo. ¿Verdad? Disfrutaba de su compañía; de todas las personas que había conocido en sus escasos años, él era el más diferente al resto, sólo se parecía a sí mismo. Gozaba con lo que él le enseñaba, con el mundo que le mostraba, uno que, si bien menos amable, parecía más real que el que le presentaran hasta entonces. Además, tenían un secreto. Uno sórdido, oscuro, que en ocasiones reptaba fuera de su mazmorra y la hacía despertar empapada y aterrada por sus propios gritos.
Barcelona, otoño de 1461 a bordo del Català Despietat
Sofocó a medias el grito esta vez contra el hombro del catalán. La cabeza le daba vueltas. Se irguió, apartándose las blondas guedejas que se adherían su rostro mientras sentía a Quimet relajarse lentamente en su interior.
- Búscate a otro. No tengo la menor intención de ayudarte... Ahora, largo.
Si el tono glacial de su voz la sorprendió, no dio más muestra que una leve tensión en la base de la columna. Estaba demasiado extenuada para rebatir. No era un mero cansancio físico, iba mucho más allá; demasiado agotada para negociar... y sin nada que ofrecer.
Quiso decirle que no tenía alternativa, que... ya daba igual; en su lugar, tomó la diestra de Quimet, que aún descansaba en su cintura, y la llevó a su propio cuello.
- Adelante. – su voz sonaba extrañamente serena – Hazlo. - no era un órdago, al cerrar su mano sobre la de él, sus finos dedos apretaron el meñique mutilado del hombre mientras sus ojos zarcos le exhortaban a cerrar el cepo en torno a su garganta. No, no era un farol, era casi un ruego.
Puerto de Barcelona, un par de días antes
Se llevó la mano a la parte posterior de la cabeza tras el golpe, casi esperando sentirla húmeda.
-¡¡¡Tú me abandonaste!!! - bramó entre dientes, sus ojos centelleando a menos de medio codo de su rostro. Podía sentir el olor acre del alcohol en su aliento, la creciente tensión en la línea de su mandíbula.
La tudesca tragó con dificultad, acorralada entre la furia de Quimet y los sillares de la mampostería, su voz entrecortada por la presión en su garganta.
- Sí, me fui antes de que... - calló por un instante. Sabía que era peligroso despertar bestias durmientes, máxime si había estado bebiendo, pero no podía evitarlo. Qué diablos, una parte de ella lo deseaba – Te abandoné... como a un perro. Porque eras un perro... Y ahora yo también lo soy.
9. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Quimet
Barcelona, otoño de 1461 a bordo del Català Despietat
Unos días antes...
Posteado por Quimet.
Emitió un ronco gruñido y ahogó un gemido de placer en los labios de Brynhildr al sentirse dentro de ella, nuevamente. Permaneció debajo suyo y la tomó con firmeza de la cintura, obligándola a acompañarle en cada uno de sus movimientos, lentos, suaves y profundos.
Las velas hacía tiempo que se habían consumido y los primeros rayos de Sol atravesaban los cristales de las ventanas, filtrándose entre los cortinajes a medio recoger. Sobre aquel jergón, ambos saldaron, durante toda la noche, sendas cuentas que desde hacía años habían quedado pendientes.
Y a fe que tan larga espera valió la pena.
- Búscate a otro. No tengo la menor intención de ayudarte. - Musitó exhausto. - Ahora, largo. - El tono de su voz fue gélido.
Unos días antes...
Ladeó la cabeza y entrecerró los ojos. Esa pícara sonrisa que le acompañaba de forma habitual se esfumó al reconocerla.
- Tú...?
Su rostro adquirió un gesto de incredulidad y sorpresa. La confusión reinó en él varios segundos, haciendo que no lograse articular palabra.
No podía se ella, estaba muerta. Era un fantasma. No, no podía ser cierto.
La escrutó de arriba abajo, y negó.
- ¿Necesitas mi ayuda...? - Pronunciaron sus labios. - Después de tantos años... Después de todo... ¡¿¡Te presentas ante mí y me pides ayuda!?!
Se alzó con furia y apartó a las rameras con brusquedad. Propinó una fuerte patada a la mesa más cercana, que no resistió el golpe y volcó, haciendo que el suelo se llenase de cerveza y guijarros de jarras rotas. Quimet tomó a la germana del cuello y la estampó contra una de las paredes del local.
Sus glaucos ojos ardían.
- ¡¡¡Tú me abandonaste!!! - Rugió, acercando su faz a la de ella.
Posteado por Quimet.
8. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Bryn
Barcelona, otoño de 1461 a bordo del Català Despietat
Saliendo del reino de Morfeo, en un estado de duermevela, frunció el ceño y emitió un tenue quejido. Aún a ojos cerrados se desperezó lentamente, con gesto felino, dejando escapar un gemido largo que sonaba entre satisfecho, perezoso y dolorido.
Al abrir los ojos le encontró tendido a su lado, apenas vestido. Tiró púdicamente de la sábana hasta cubrir su pecho, como si aún cupiera recato entre ellos, dejando que la seda acariciara sus terminaciones nerviosas sobre-estimuladas y paseó la vista por las lustrosas paredes de caoba, los cojines y almohadas rematados por delicadas borlas que ahora yacían esparcidos por todo el camarote, primeras bajas de su batalla campal. Contra todo pronóstico, sus labios se curvaron en una sonrisa lenta que pareció incapaz de evitar por un momento, aún adormilada, y el arrebol cubrió sus mejillas.
Cuando volvió la mirada hacia él, su mano soltó la sábana y en su lugar recorrió el arañazo del hombro del catalán. La persistente neblina que se negaba a abandonar su cabeza le impedía recordar con claridad lo que sucediera después de que respirase y el mundo dejara de existir. Sólo recordaba el propio pulso latiéndole en las sienes con la potencia de cien caballos desbocados, el cuerpo de Quimet, el rocío que empapaba sus muslos. Y el tiempo se detuvo. Un, dos, tres... ¿horas? ¿días? ¿Quién llevaba la cuenta? Se había metido en la boca del lobo y éste había cerrado las fauces.
Un suave oleaje lamía el casco del Despietat y la trémula y parpadeante luz de las velas dibujaba formas caprichosas sobre sus cuerpos. El crujido de la madera, el crepitar de las llamas, la lasitud que probablemente ya invadía el cuerpo del hombre mientras el alcaloide viajaba por su sistema nervioso y pintaba en su rostro la placidez que otorga el opio... todo contribuía a crear un ambiente de holganza, de perezosa concupiscencia, de hedonismo; nada invitaba a pensar. Y no tenia intención de hacerlo aún. Se deslizó, sentándose a horcajadas sobre él, dejando esta vez caer la sábana que ejercía como baluarte de su pudor e hizo correr las yemas de sus dedos por el vientre y el torso del catalán antes de clavar una mirada escrutadora en sus intensos ojos glaucos.
- Maldito seas, Joaquim, maldito seas tú y toda tu...
Su reniego murió contra los labios de Quimet. Inevitavilidades históricas; de entre todos los posibles desenlaces que su mente había imaginado mientras viajaba de Tarragona a Barcelona, ése se le había escapado.
Puerto de Barcelona, un par de días antes.
De Tarragona a Barcelona, al parecer ahora estaba radicado ahí. Cuanto más largo se hacía el viaje, mayor era la incertidumbre que la atenazaba.
No, desde luego que no estaba nerviosa, ni se sentía culpable, ni asustada y por supuesto que no tenía el menor deseo de verle -se mentía y casi se lo creía-. Jugueteaba nerviosa con la botonadura de su vestido, ajena al bullicio del puerto. La zaragatería y el color fueron dejando paso a un ambiente más decadente, más sórdido. Tomó aire ante la puerta de la taberna, donde le habían indicado que probablemente le encontraría.
Y entró.
Dejó que sus pupilas se adecuaran a la escasa luz, que sus fosas nasales se habituaran al olor, una sombra fuera de lugar en medio de un mundo desconocido para ella. Al fondo, una risotada familiar le confirmó que estaba en el lugar correcto.
Avanzó hacia la mesa que Quimet compartía con dos mujeres. Una de ellas acariciaba lúbrica la pierna del hombre mientras la otra murmuraba algo en su oído. Hasta la última fibra de su cuerpo deseó batirse en retirada. Pero no podía.
Tomó aire nuevamente y, sin ser invitada y mucho menos esperada, se sentó frente a él; sus manos sobre el regazo y la vista prendida del filo de su sonrisa lobuna. No la subió para encontrar sus ojos verdes, bien fuera porque temía cuánto pudiera doler su mirada, por pudor o por algún otro motivo.
- Necesito tu ayuda... – expuso con sencillez, sin preámbulos o falsa ceremonia, con un matiz casi de ruego en su voz, a pesar del cual su gesto conservaba aún parte de su antigua altivez.
7. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Ginebra
Sur de la península, año 1445
Posteado por Ginebra.
Una señora con el rostro oculto por un velo negro tiraba de su brazo con pocos remilgos. Ginebra ignoró el dolor en su hombro y se revolvió hasta liberarse de la garra. Corrió hacia el montón de tierra removida y cayó de rodillas sobre él, acariciando con la palma de su mano la superficie rojiza.
-¡Ginebra!- Gritaba imperante la mujer a la que había conocido ese mismo día. -Vuelve aquí, no pierdas el tiempo regando la tumba de tu padre con tus lágrimas.- La dureza de sus palabras se clavaban en el corazón de la pequeña Ginebra como dagas envenenadas. Se tumbó por completo sobre la tierra, con la esperanza de que la dejasen ahí y la diesen por muerta a ella también.
La escasa paciencia de la mujer terminó por desvanecerse. A paso ligero se puso al lado de Ginebra y la levantó contra su voluntad. Puso fin al forcejeo dándole una bofetada que pareció calmar a la niña. Unas gruesas lágrimas se abrían paso a través de la tierra adherida a sus mejillas, formando churretes.
-Tu padre obró mal desde el momento que conoció a tu madre. Ella tiene la culpa de que se torciera y estemos llorando su muerte ahora.- La mujer hablaba con rabia, pero no había atisbo alguno de pena en su voz. Ginebra guardó silencio un momento antes de que su rebeldía infantil se impusiese a su tristeza.
-¡Mi madre era un ángel! Padre siempre me contaba una historia sobre ella, me hablaba de su dulzura, de su valentía, de su honestidad, de su...
-¿De su egoísmo cuando os abandonó? ¿No te ha contado eso? Eres muy pequeña, Ginebra. Demasiado para llegar a entender que tu madre no era tan buena y que tu padre estaba enfermo de amor por ella. -No podía verle el rostro, pero Ginebra estaba segura de que lo arrugó al hablar de su madre, Elena.
-¿Y quién eres tú para saber todo eso?- Ginebra se quedaba sin argumentos. Estaba claro que su padre no le había contado toda la historia.
-Tu abuela.- Ginebra abrió exageradamente sus ojos grises ante la revelación. Nunca había conocido a más familia que su padre, ya que su madre se fue cuando ella apenas empezaba a andar. -Ahora soy tu única familia y me debes respeto, niña. Para empezar, se acabó el ir escandalizando con ese cabello rubio.- Y sin que Ginebra pudiese hacer nada, su abuela le colocó un hiyab azul oscuro, sin el que ya no saldría a la calle en mucho, mucho tiempo.
Posteado por Ginebra.
6. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Quimet
Barcelona, otoño de 1461 a bordo del Català Despietat
Tarragona, algunos años atrás...
Posteado por Quimet
Cerró los ojos y exhaló lentamente, liberando sus pulmones de ese humo denso que escapó por la pequeña abertura de sus labios. De súbito, los efectos del narcótico empezaron a hacer efecto y tuvo que apoyarse sobre el balaustre del pequeño balcón para no caer.
- Bon opi aquest... - Murmuró, riendo entre dientes. (1)
Giró sobre sí mismo y entró en el camarote. En el amplio camarote del castillo de popa que olía a inciensos, perfumes y todavía a sexo, y que entre otras cosas, albergaba un confortable lecho. Sobre el mismo, redescubrió, gracias a la tenue luz de media docena de velas, el cuerpo desnudo de una mujer, escasamente cubierto por una fina sábana de seda y que entonces dormitaba.
Apagó la pipa y vació las cenizas en un pequeño recipiente de plata que hacía las funciones de cenicero. Suspiró con cierta resignación y volvió a tumbarse junto a la mujer. Atrapó uno de los mechones de pelo, uno de aquellos dorados y rebeldes mechones que caían en cascada y libres sobre un rostro esculpido en mármol, ocultando parte de las facciones de la fémina.
Jugó brevemente con uno de los cordeles de oro entre sus dedos, permitiéndose, por un instante, sonreír.
La observó largamente durante algunos minutos, o puede que fuesen algunas horas para, finalmente, preguntarse el porqué. ¿Por qué maldita razón la había recibido?
- Et vaig matar de mil maneres diferents a la meva ment... - Susurró. (2)
Tarragona, algunos años atrás...
Habían transcurrido varias semanas desde la muerte de Sigfrido.
Quimet se enteró del fallecimiento por medio de algunos de sus agentes. Se extrañó que Brynhildr no acudiese a él, y si bien era cierto que en los últimos meses los negocios habían requerido buena parte de su tiempo, siempre encontraba un hueco para ella.
Durante unos días intentó encontrarla, pero no tuvo éxito.
Entendió o quiso entender, que quizás necesitaba espacio y tiempo para llorar a su padre en soledad. Él ya había pasado por aquel trago y cuando sucedió, se aisló del mundo, incluso de ella. Conocía sobradamente aquel sentimiento de impotencia. Un sentimiento que nacía en lo más hondo del alma, tan desconcertante que amenazaba con destruirlo todo.
¿O quizás le estaría evitando?
(1) Buen opio este...
(2) Te maté de mil formas diferentes en mi mente...
Posteado por Quimet
5. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Bryn
Segorbe, Palacio del Primado, 18 de diciembre de 1458
- Mi General, se os agota el tiempo para la huida...
- Desde aquel día que nos vimos por primera vez nuestro amor ha crecido día tras día, albergando felicidad y augurando prosperidad para ambos. Hemos recorrido muchos caminos juntos, y hoy, ante todos nuestros amigos y con este simple gesto, te elijo para que ese amor tan radiante como la primera vez nos ilumine cada día de nuestro existir, nos haga uno sólo y seamos por siempre felices...
- Toma este anillo como símbolo de nuestra sagrada unión, de mi entrega incondicional a ti; ante el Altísimo y nuestra familia y amigos prometo amarte, cuidarte, hacerte sonreír cada día, regarte a diario y acariciar tus pétalos.*
Caspe, 1461
Sólo hacía dos años, más el año de forcejeo previo a la boda. Dos años y parecían dos vidas.
Jugueteó con la alianza, de la que no se había deshecho junto a la mayoría de sus joyas por sensiblería. Recordó las arduas negociaciones, cuando su hermana "vendió" su primera sangre al viejo Vizconde, los denodados esfuerzos por acabar con la vida de éste, aquel mercenario griego... e inesperadamente había terminado enamorándose de aquel hombre erudito, paciente, que la hacía amanecer con una carta cada mañana, en ocasiones con un poema, siempre con un gesto amable para con ella. Tres años habían bastado para convertirse ambos en extraños el uno para el otro, para encontrar el equilibrio del perfecto matrimonio: poner cuanta más tierra de por medio entre ambos, mejor.
Meses después de la extinción de su matrimonio, deslizó el anillo fuera de su anular en un gesto que, aunque más íntimo, tenía tanto de simbólico como el de aquel diciembre en que él vistiera su dedo con la joya. En el fondo debía estarle agradecida, el divorcio era un concepto que su mente no era capaz de aprehender, probablemente ella hubiera mantenido ad aeternum la farsa de un matrimonio que hacía tiempo que no era tal.
Sopesó el aro en su mano, su correa de oro, sintiéndolo extrañamente pesado.
Se levantó y abrió la ventana de la habitación que ocupaba, abrazándose al sentir la caricia de la brisa, la primavera llegaba fresca a Caspe, aunque ni la más tórrida canícula hubiera sido capaz de calentarla. Añoraba a sus hermanas y a sus primas; se había despedido sin darles señas, ya les escribiría ella... Temía ponerlas en peligro. Dándole la espalda a la ventana, por primera vez en su vida, maldijo la memoria de su padre... arrepintiéndose tan pronto como las palabras murieron en sus labios. Acarició distraídamente el pasaje que la llevaría a Tarragona, a buscar a la única persona a quien podía pedirle ayuda, a quien había jurado no volver a ver jamás, a la que era probablemente la última persona en el mundo que deseaba verla a ella.
La otrora "mujer de altas joyas" envolvió en su pañuelo la alianza y los zarcillos de zafiro, las últimas alhajas que le quedaban aparte del medallón de su padre. Ya no le quedaba nada más con que envidar para hacer frente al chantaje, excepto su orgullo. Estuvo a punto de volver a maldecir a Sigfrido.
*Nota: no recuerdo si lo de los pétalos aludía a parte del sermón de Laguna o del de Moldot, visto años después suena tan absurdo...
4. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Crimea
Aquellos días no estaban siendo fáciles, a pesar de que la visita a Segorbe le había valido para ver antiguos amigos tras tantos años de ausencia en aquellas tierras, también había despertado recuerdos que creía olvidados en algún recoveco de su mente. No en vano, aquel viaje se le asemejaba a otro que hiciera muchos años atrás, no en la forma, más sí en el fondo. Tarragona. Metió la última prenda en el morral y lo cerró con furia. Cayó en la silla como un fardo, demasiado cansada para mantenerse en pie.
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Metió la última prenda en el morral y lo cerró con furia. Cayó en la silla como un fardo, demasiado cansada para mantenerse en pie.
- ¿Vamos a irnos de cualquier modo? – Su hijo la miraba desde la otra esquina de la habitación.
- Claro que iremos – Su respuesta fue excesivamente tajante, pero no era consciente de su dureza, estaba enfadada con el mundo, con ella misma, con todos los que la rodeaban.
- Pero padre…
- ¡Ya lo has oído, no puede venir, tiene trabajo…! - Gritó… gritó porque ella también se sentía defraudada.
- ¡Pero prometió que vendría! – Levantó la mirada por primera vez y lo vio con los puños cerrados, y lágrimas pugnando por no salir de sus ojos. Respiró y cerró los suyos. Acababa de verse reflejada en el rostro de su hijo. Se levantó tan pesadamente como habíase sentado, y trató de preparar algunas palabras, aquellas que le hubiera gustado oír de boca de su madre.
- Hijo… - Apenas susurró, agachándose para ponerse a su altura. Por dos veces intentó hablar, y por dos veces calló, ¿qué podía decirle? Bien sabía ella lo que era sentirse decepcionada, ver que todo tu mundo se derrumbaba a tan temprana edad, notar el vacío de afecto que existe entre unos padres, sentir que necesitas a una persona que no está. – Vamos a hacer ese viaje, voy a enseñarte a pescar como te prometí… es, es muy importante para mí – Acarició su cara y le sonrió, aunque este gesto fuese en demasía obligado - Así que termina de preparar tus cosas. – Se levantó y observó cómo su hijo se daba la vuelta – Yo nunca te voy a faltar… Entiendes eso, ¿verdad? – El niño asintió levemente, antes de perderse en la estancia contigua.
Se volvió para mirar el escaso equipaje, y emitió un quejido sordo. Estaba huyendo, eso es lo que hacía, huir, en vez de enfrentarse a la realidad de un matrimonio más que acabado.
Posteado por Crimea.
3. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Ginebra
Ginebra había pasado la mayor parte del día recorriendo las calles segorbinas, rememorando viejas batallas vividas, historias de otra vida que casi no asimilaba como suya. Cada casa, cada esquina, cada plaza, le traía a la memoria un nuevo pedazo de su pasado.*Hiyab y Litam: Velo y pañuelo que cubren la cabeza y el rostro de las mujeres árabes.
Decidió refugiarse del implacable sol, adentrándose en una de las famosas tabernas de Segorbe. Ahí, entre cervezas y copas y alguna que otra rosa nueva salida de algún lugar incierto, Geneve recobró fuerzas para volver a la habitación que amablemente le habían cedido en el hogar de Ysuran e Ibelia.
Posiblemente, envalentonada por el alcohol ingerido, Ginebra desató sus recuerdos más profundos. Aquellos en los que no se permitía pensar estando sobria. Acostada en el lecho y con los ojos cerrados viajó hacia otro lugar mucho más al sur, en otro tiempo...
Año 1445.
-Padre, cuénteme otra vez la historia.- Ginebra se deslizó sobre la tosca silla de madera hasta que las puntas de sus pies rozaron el suelo. Dio unos pasos y se abrazó al cuello de su padre. Estaban en privado, podía hacerlo.
-¿Otra vez? Ya tienes ocho años, Geneve. Además, cuando yo falte no podrás dormir sin oír ese cuento... Quizás no debería contártelo más.- Aunque él siempre accedía a hacerlo, lo cierto es que cada día trataba de zafarse de rememorar la historia predilecta de su hija.
-¡Por favor, padre!- Ginebra entrecerró sus inusitados ojos grises en una mueca de pena y miró al suelo, esperando la reacción de su padre.
-Venga, vamos a acostarte.
Abdelhak aupó a su hija en brazos y la cargó hasta su habitación, que no era más que un hueco tras una cortina, dentro de la estancia principal. Ambos vivían solos en aquella casa humilde. Nadie veía con buenos ojos que un hombre cuidase de sus hijos y más si era de una niña de quién tenía que hacerse cargo. Fueron varios los arreglos nupciales que le ofrecieron, pero el rechazó uno tras otro, con la esperanza de que "ella" volviese algún día.
Acostó a su hija y la arropó con una colcha varias veces remendada. Se aclaró la voz y, tras respirar hondo, comenzó el relato.
"Era 1436. A primeros de año llegó al pueblo una muchacha, a todas luces forastera. Su melena rubia, su tez de porcelana y sus ojos azules contrastaban con el aspecto de las demás mujeres. Parecía algo perdida, y no sólo por el lugar. Su mirada translucía inquietud.
Dejé mis labores de arado del campo y salí a su encuentro. Ella dio un paso atrás, asustada por mi abrupta aparición, pero pronto se recompuso y me sostuvo la mirada. Las mujeres aquí no suelen hacer esto, ni con sus propios maridos. Tampoco llevarían el pelo al descubierto como lo hacía ella. Lo cierto es que me fascinó desde el primer momento.
Le sonreí para tratar de tranquilizarla y le pregunté si se había perdido. Si podía ayudarla en algo."¿Puedes hacerme desaparecer?" Me contestó ella. Aún no sabía ni su nombre, pero quería cuidarla. Le ofrecí mi mano y la llevé a la casa de tus abuelos. Ellos torcieron el gesto al verme aparecer con aquella "déspota castellana". Nuestra gente había sufrido demasiadas veces el acoso de los bárbaros del norte de la península, pero yo veía en ella a alguien especial y no una amenaza. Así pues, cogí algunas cosas que podrían sernos útiles, algo de dinero, un *Hiyab y un *Litam de una de mis hermanas.
Actuaba de manera compulsiva, como no había hecho jamás. No quería pararme a pensar en lo que estaba haciendo mientras recorría las laberínticas callejuelas de la mano de aquella mujer de cabello de oro. Encontramos una casa abandonada y nos colamos ahí. Rescaté de las garras del polvo un par de taburetes y le ofrecí asiento. Una vez acomodados ella me contó cómo había escapado de la infelicidad. Me habló del sacrificio que había hecho, abandonándolo todo y de como durante meses había vagado por los caminos, erráticamente.
Mientras me hablaba de su vida en el reino de Valencia, yo cada vez iba escuchándola menos y enamorándome más. Tanto, que el amanecer nos sorprendió juntos, abrazados en medio de la suciedad y los escombros. Tras ese día vinieron muchos más que pasamos juntos hasta que..."
Abdelhak sonrió al escuchar la profunda respiración de Ginebra. Se había quedado dormida, como siempre sucedía en aquél momento de la historia. En su fuero interno se alegraba de que siempre sucediera igual, no podría acabar de contar la historia sin que se le quebrara la voz. Sin que un sordo dolor le atravesara el pecho y la angustia atenazara su garganta.
Besó a su hija en la frente y la dejó dormir mientras él salía de la casa para hacer un trabajo para Abdul, algo de lo que no estaba orgulloso. Posiblemente, de saber como acabaría aquella noche, Abdelhak se hubiese quedado en casa... con su hija.
Posteado por Ginebra.
2. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Bryn
Tarragona, mediados de 1456
Aún aferraba estúpidamente la
Apenas si era consciente de lo que sucedía a su alrededor desde que el galeno cerrara los ojos de su padre primero y su maletín después, dejando caer la mano sobre el hombro de la joven en un gesto de muda conmiseración. Apenas si comprendió lo que el jurista le explicó sobre la delicada situación de los negocios de Sigfrido, sobre su propia situación... Y en el fondo le daba igual, por lo que a ella respectaba podían enterrarla con él. ¿Para qué quería vivir si él ya no estaba?
Atisbó por la ventana con gesto lúgubre antes de bajar la vista de nuevo a la hebilla. Necesitaba salir de allí, necesitaba... aire. Se echó la capa negra sobre los hombros y salió de la casa sin ser vista, deambulando sin un rumbo definido. Pasó ante la Casa Castellarnau, un reciente y señorial edificio gótico, sin pararse esta vez a fantasear sobre sus habitantes, llegando hasta el llano de Sant Feliu y después hasta la antigua puerta romana. Fue allí donde se detuvo, al amparo de la fría y arraigada piedra, y rompió a llorar. Completamente sola. ¿Y ahora qué? ¿Viajar a Valencia a buscar a una madre que ni recordaba ni la había querido a su lado? ¿Volver a Würzburg junto a su primo que apenas conocía e ignorar las últimas palabras de Sigfrido? Tomó aire y se secó las mejillas, alzando la cabeza. Primero tenía que ocuparse de los funerales... de despedir a un servicio que ya no podían pagar y cerrar una casa que no podían mantener. Podía, no podía.
De nuevo se deshizo en lágrimas.
1. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Crimea
Intro:
Lo de echar la firma y el cierre tras cuatro años me tiene más sensiblera de lo habitual, así que me apetecía recoger aquí nuestra última historia con esos personajes. Con final abrupto y precipitado, no fui capaz de más.
Gracias por dejarme subir vuestras partes y, sobre todo, gracias por habérmelo hecho pasar tan bien (incluso cuando ella lo pasaba mal... ¿o sobre todo cuando ella lo pasaba mal?) en estos cuatro años y pico. No me cansaré de deciros lo geniales que sois y lo afortunada que me habéis hecho sentir por entretejer todas esas historias juntos.
La pri me dijo en su última carta "[...] Y nunca, nunca, nunca, nunca más me digas adiós, que siempre sea un hasta luego.", así que sólo añadiré "hasta luego", siempre hasta luego. Os adoro, chicos.
Historia pergeñada por...
Crimea de la Vega i Rubiá
Ginebra de la Olla i Rubiá
Brynhildr von Rosenrot i Rubiá
Joaquim Oriol (aka Quimet Migdit)
Posteado por Crimea.
Lo de echar la firma y el cierre tras cuatro años me tiene más sensiblera de lo habitual, así que me apetecía recoger aquí nuestra última historia con esos personajes. Con final abrupto y precipitado, no fui capaz de más.
Gracias por dejarme subir vuestras partes y, sobre todo, gracias por habérmelo hecho pasar tan bien (incluso cuando ella lo pasaba mal... ¿o sobre todo cuando ella lo pasaba mal?) en estos cuatro años y pico. No me cansaré de deciros lo geniales que sois y lo afortunada que me habéis hecho sentir por entretejer todas esas historias juntos.
La pri me dijo en su última carta "[...] Y nunca, nunca, nunca, nunca más me digas adiós, que siempre sea un hasta luego.", así que sólo añadiré "hasta luego", siempre hasta luego. Os adoro, chicos.
Historia pergeñada por...
Crimea de la Vega i Rubiá
Ginebra de la Olla i Rubiá
Brynhildr von Rosenrot i Rubiá
Joaquim Oriol (aka Quimet Migdit)
- Levantad – La voz no sonó fresca y agradable, como otros días, sino que estaba quebrada. Su madre se sentó sobre el jergón y la sacudió de un hombro, sin miramientos – Padre marcha… hemos de despedirlo… - La niña abrió los ojos y se encontró con el rostro ajado y cansado de su madre.
- Aún ni amaneció, madre, es noche cerrada… - Volvió a darse la vuelta y trató de tapar su cabeza con la frazada… qué le importaba a ella que aquel hombre marchase de nuevo, siempre estaba fuera, y cuando estaba en casa… cuando estaba en casa el ambiente se hacía insoportable, raro, pesado. Madre no era feliz cuando él estaba, aunque lo que no sabía Crimea por aquel entonces es que tampoco lo era cuando el hombre faltaba.
- No voy a volver a decirlo ni una vez más – Notó como la mujer se levantaba y salía de la sala, arrastrando los pies, y llevándose la vela con ella. La habitación quedó oscura, y la cría deslizó la manta hasta los pies dando patadas. Es todo lo que su rabia le permitía hacer. Se puso las botas y una tosca manteleta sobre los hombros, restregando la manga en su cara, tratando de despertar.
Ayudó a su hermana pequeña a hacer lo propio y ambas quedaron paradas bajo el dintel de la puerta, Crimea mirando al hombre que terminaba de guardar sus cosas en el petate. Madre lo miraba a su vez, las manos entrelazadas sobre su regazo, pero él no miraba a nadie, ni tan siquiera sintió la presencia de la niña en la estancia. Afuera llovía.
Crimea se arrebujó en la manteleta, hacía frío en aquella casa, nadie se había ocupado de encender de nuevo el fuego, y las pocas brasas que aún permanecían de la noche anterior no ayudaban. Tampoco la situación, aquella frialdad se extendía incluso entres sus padres. La niña continuó quieta, sin atreverse siquiera a respirar, mirando ahora a su madre. Tenía los ojos rojos, había llorado, pero ahora estaban secos y su expresión era dura, no parecía la misma mujer que las ayudaba a vestirse por las mañanas y que les ponía el plato en la mesa. Crimea sintió un escalofrío y rezó en silencio porque aquello pasara pronto, aquel hombre marchara de casa y su madre volviera a tener luz en los ojos.
Pasó su brazo por el hombro de su hermana, ella también temblaba, y la niña supuso que debía ser de frío. Más bien quiso creer que era frío y que Joyta no veía más allá de otra nueva despedida, y que no le haría preguntas cuando estuvieran solas en el lecho, preguntas que Crimea no sabía de qué modo responder.
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El día había amanecido extrañamente nublado, amenazaba tormenta. La rubia miraba la calle desde la ventana de la posada en que se alojaban en Segorbe y mantenía en sus manos el hatajo de vitelas que comenzara a escribir algunos años atrás, atado con una cuerda. No había sido capaz de desatarlo, ni aun de intentar leer lo que allí había escrito, los recuerdos habían acudido a su mente ni bien sacó el puñado de pergaminos del ligero equipaje que llevaba en ese viaje.
Su intención había sido retomar la escritura, pero los recuerdos le resultaban demasiado dolorosos. Los dejó sobre el pequeño escritorio de que disponían en la habitación, y se lavó la cara, frotándose después fuertemente con un paño, tratando así de arrancar esos pensamientos.
Minutos más tarde se sorprendió a sí misma caminando por las calles de su antigua villa, con un rumbo definido, el cementerio.
Posteado por Crimea.
domingo, 28 de julio de 2013
Recuerdos: Libreta IV
La última de las libretas, con varias hojas sueltas y restos de tierra entre las páginas.
Me mata cuando pierde el control, no, cuando me lo hace perder a mí, cuando me hace creerle capaz de casi cualquier cosa, cuando la caricia de su piel casi duele, y también cuando duele; como si eso me demostrara que es real, como si necesitara que me hiciera daño para tener la seguridad de que jamás lo voy a olvidar, como si con ese placer doloroso me diera alivio.
Ayer fue su cumpleaños y quería ponerle a todo esto una especie de nota lúdica haciéndole un regalo, como si estuviéramos en una especie de vacaciones. A veces me jode ser tan... ¿simple? ¿cándida? Le habría rebanado el cuello a alguien sin mucho empacho si supiera que llevaba encima las llaves de una furgoneta. Regalarle una promesa... es patético. Si llegamos al año que viene y estoy cerca de él en esta fecha, espero tener algo más decente que una botella de vodka y una mamada.
También le rebanaría el cuello a alguien por una botella de vodka.
Una carrera, un baño en una poza, una noche de sueño reparador... En ocasiones me maravilla lo delirantemente feliz que se puede ser con algo tan sencillo; ahora mismo estoy sentada sobre la hierba disfrutando de la caricia del sol sintiéndome probablemente una de las personas más felices sobre la faz de la tierra.
No tiene la menor idea, ni la tendrá, porque prefiero cortarme un dedo a decírselo, del regalo precioso que ha supuesto esa sonrisa adormilada con la que se levantó hoy.
Hace ya cuatro años y medio, casi cinco... Supongo que fue absurdo fingir que no recordaba este lugar, o que no me afectaba. Desde luego él si parecía recordarlo; es extraño, parecía incómodo, con las mismas ganas que yo de salir de aquí, balbuciendo en su caso una excusa sobre los coyotes. Le hubiera abrazado en ese momento. Y también habría salido huyendo en dirección contraria.
No quiero volver, pero cualquier otra opción es ridícula.
Cosa curiosa, lo que si que no recordaba son todos los papeles y mapas que había por aquí, él dice que estaban la otra vez y es tremendamente meticuloso, concienzudo, así que debían de estar. Realmente debía de estar ida para no reparar en ellos.
No quiero volver. Pero sólo podemos volver.
Estoy haciendo tiempo sentada en el bicitaxi porque él quiere llegar antes por si hay problemas. ¿De veras cree que no voy a alcanzarle en cuanto se descuide? No tenía energías para rebatirle nada, no sé si es esa mirada o si este lugar de algún modo vampiriza mi energía o si simplemente estoy demasiado cansada, pero no le discutí, simplemente asentí siendo plenamente consciente de que no iba a obedecerle. Y de que eso no le va a gustar.
¿En serio creerá que voy a dejarle aparecer solo? Los problemas repartidos entre dos tocan a menos por cabeza, en caso de que los haya.
Pero no quiero volver.
Hogar, dulce hogar...
Ando con pies de plomo, de momento el recibimiento no está siendo malo; hay un par de cosas que... bueno, tal vez sea suspicacia por mi parte. El caso es que aquí nunca se sabe, los cambios de humor son repentinos y explosivos así que trato de pasar totalmente desapercibida, sonreír, ser solícita y encantadora...
La reacción por la muerte de Rob fue dramática, con lágrimas desgarradoras, golpes de pecho y cuerpos que caen al suelo y arañan la tierra con desesperación. No sé si habían pasado siquiera diez minutos ya cuando retomaban las sonrisas como si tal cosa. Me pone los pelos de punta todo esto.
Trabajar en silencio, con el oído pendiente a cada una de las palabras de él, a cada silencio, porque de pronto tengo la sensación de que en cada uno puede haber... una parte del plan a trazar. Me frustró ver como cada propuesta era casi rebatida al desgaire.
La voz de dentro de mi cabeza que me recuerda que debo sonreír tres o cuatro veces al día si no quiero que el terreno pueda resquebrajarse y hacerme tambalear.
La desollaría por curiosidad y placer a partes iguales.
Al fin una excusa para encerrarme a trabajar dentro, sola... No me avergüenza decir que me alegró cuando él encontró la coartada perfecta para venir a hacerme compañía. No me avergüenza decirlo si no hay nadie cerca para oírlo. Tiene razón, nos necesitamos el uno al otro y ya no hay forma de cambiar eso.
A solas de nuevo... por supuesto hubo represalias por no haberle hecho caso y haberle dejado llegar antes para ver cómo estaban las aguas, pero se controló. No sé si se está resignando respecto a mi cabezonería o el hecho de que de momento no haya pasado nada le hizo dejar el tema.
Lo que está claro es que es un jodido sádico... "Me gusta mirarte ahí fuera. Mientras trabajas y sonríes y aguantas. Pensar qué podrá estar pasando por tu cabeza debajo de todo eso, en donde no llega esa mierda y eres tú". Está casi disfrutando, maldito loco, le pone verme tan sumisa con Priumena porque sabe que me revienta tener que tragar. Me contagió su sonrisa, una sonrisa de las de verdad, de las que no somos capaces de compartir con nadie ahí afuera.
Me preguntó si seguía escribiendo, tal vez le pase el otro cuaderno, el de las pesadillas. Quiero satisfacer de algún modo su curiosidad y aquí las noches vuelven a ser terriblemente largas y necesitamos aferrarnos a lo que sea para mantenernos cuerdos.
Planes de huida. ¿Por qué tiene que ser todo tan complicado? Si siquiera nos pagaran la mitad del trabajo ya tendríamos todo para habernos largado hace tiempo. Aunque en el fondo... la libertad va a saber tan bien cuando le hinquemos el diente que cada pequeño lingote de hierro me produce un cosquilleo que me recorre todo el cuerpo. El hormigueo que siento en las palmas de las manos cada vez que trazamos esa ruta hacia el bosque...
"Tus noches tienen que ser un infierno". No le imaginaba como un tipo impresionable, pero estaba pálido después de leer la libreta. Me recordó, innecesariamente, que no duermo sola. Estas noches fuera de casa, durmiendo con él... supongo que ninguna pesadilla tiene cojones para venir a importunar. Estuvimos hablando sobre ellas un rato, sé que van a volver ahora que hemos vuelto.
Estoy disfrutando del trabajo, tengo mis dudas sobre el resultado, pero necesitaba cansarme así nuevamente; hace que sea fácil pensar sólo en lo que importa.
El olor de esa ramita de color morado pálido... increíble. Tal vez sea una ilusión, pero me relaja, me hace sentir tranquila y bien. Necesito hacer más experimentos con esta planta, quiero mezclarla con otras, secarla, macerarla... ¡tengo tantas ideas bulléndome en la cabeza! De momento estoy apuntando todas las sensaciones en un cuaderno, quiero hacer una especie de tratado de botánica y tal vez alguna de estas impresiones me sea útil en un futuro.
Supongo que necesitaba recordar que, cuando juegas con fuego, te puedes quemar.
Oportunidad de oro para probar las propiedades de la lavanda en dolores de cabeza tipo tensión. Parece que no funciona sólo conmigo. Un masaje con lavanda pese a la advertencia de que no era buena idea acercarme y ha tenido que reconocer, casi a su pesar, que se siente mejor. Para no variar, pareció leerme la mente cuando comentó divertido que soy capaz de meter la cabeza en la boca del lobo si pienso que ello me ayudará a probar una hipótesis o a concretar un experimento.
Es demasiado pragmático para sugestionarse, el sujeto perfecto para experimentar; se ha prestado voluntariamente y parece divertido con mi interés en las plantas. Sí, yo también creo que es de lo poco que puede ayudarme a mantener la cordura aquí. De nuevo circo con las llaves, con los visitantes, con los materiales... estoy tan harta de toda esta mierda. Ya apenas me molesto en intentar salir de nuestra burbuja.
Hoy hemos tenido una bronca monumental y me ha amenazado con quitarme el cuaderno y echarlo a la caldera. A veces no consigo hacerle comprender... Tras ver cómo funcionan las plantas en su vieja herida, quise comprobar cómo actúan en una herida fresca, se puso hecho una fiera cuando me corté y al final, para variar esta vez, me enfadé. Sólo le faltó arrancarme la ropa para ver si había alguna otra marca; sé que se preocupa por mí, pero está tarado si piensa que voy a rajarle a él para hacer experimentos o a esperar a que un animal vuelva a intentar merendarle un miembro.
Kora estuvo entrando y saliendo varias veces estos días con pésimas excusas, imagino que quería ver qué hacemos aquí metidos todo el día. Me pregunto hasta qué punto el clima de mierda aquí está influyendo en nuestro carácter y en nuestras broncas. Flaco llegó a sugerir que estaba tratando de cabrearle a posta como parte de mis experimentos y... bueno, no puedo negar que he jugado con esa idea, pero no se trataba de eso. De nuevo la tintura de lavanda salvó el día... de algún modo siento que me salvó a mí de algo que no me iba a gustar.
A veces somos como un matrimonio de viejos y no puedo evitar partirme de risa. Él también se ha reido al verme arreglar el viejo abrigo y ha estado media tarde cachondeándose de mí, al parecer no me tomaba por una sentimental.
El plan de huida va marchando, ya tiene casi todos los metales para el barco y yo estoy escamoteándole horas al trabajo para dejar listos unos fardos de tela. Estoy mentalizándome para ir a suplicar que me dejen usar unas cuantas plumas, hay kilos y kilos en el almacén, pero por algún motivo parecen ser de su uso exclusivo... aunque nadie las usa. Me revienta ver a Flaco con el cuello hecho polvo, voy a hacerle una almohada si o si. Quiero meter también un puñado de lavanda seca en el relleno, estoy segura de que le hará descansar mejor.
Ahora es Priumena la que se asoma cada hora para ver qué hacemos y revisar las existencias del almacén. Cada vez me importa menos lo que pase detrás de esa puerta cerrada, sólo deseo salir para largarnos por fin de aquí.
Le gusta que le lea en voz alta antes de dormir, aunque en ocasiones suele sumirnos a los dos en un etado de ánimo introspectivo.
"Equilibrio.... Eres capaz de darlo y de quitarlo con mucha facilidad." Me aterra pensar que cuando, de algún modo, le obligo a darme cierto equilibrio es su estabilidad la que robo. Priumena vino a "hacernos compañía" e interrumpió la conversación y él se aferró a ello para cerrarse en banda de nuevo. Me siento culpable, en deuda.
Le hubiera abofeteado, he estado tan a punto... al final casi pareció molesto porque incluso para enfadarme "lo dejo a medias". En ocasiones es como si hablásemos dos idiomas distintos y... y yo soy demasiado torpe para interpretar sus acercamientos, tal vez él también sea torpe para iniciarlos. Y cuando hace las cosas bien, yo no me entero...
Si me pongo a pensar cuántas de las veces que nos hemos acostado ha sido algo natural o ha sido porque él se ha puesto hecho una bestia... ¿Tal vez eso sea lo natural para nosotros? Creía que estábamos evolucionando.
Se ha ido al almacén a hacerse una paja, dándome un empujón al que no pude evitar rechistar y cabreándole aún más. Sé que no debería ponerme borde cuando bebe, pero... joder.
Todo parecía mucho más fácil cuando viajábamos.
Incluso para hacer las paces somos torpes... de un modo patético y enternecedor.
¡Seda! Es lo más increíble que he tocado nunca. Tengo que hacerme con un poco de esa tela. Dice que estoy a punto de enviar su cordura al traste, ¡como si le quedara mucha! Hoy no puedo evitar estar de buen humor.
Hay una chica nueva, todo curvas sensuales que desafían la ley de la gravedad, piel perfecta y mirada arrebatadora. Cada vez que se pasa por el taller se pasa el rato mirando a Flaco y lamiéndose los labios y no puedo evitar pensar en los animales de ahí fuera. Cuando se ha largado él ha dicho que jamás se había sentido tan follado con la vista... Aún así, parece bastante más normal que el resto. A los dos nos vendría bien algo de conversación fuera de nuestra burbuja.
No sé de donde lo ha sacado, pero me ha regalo un puñado de plantas nuevas y unas bayas de café y luego se ha reído como un crío ante mi reacción. Bah, el día que estas cosas dejen de hacerme saltar de ilusión, será el día en que ya no tenga sentido continuar.
Idiota, idiota, idiota. Se me ha caído uno de los cuadernos al fuego de la caldera y la mayor parte es insalvable. Sólo eran historias, cuentos, pero me apena ser tan inútil... También se han caído parte de las hojas de cáñamo ya secas. Supongo que estamos objetiva e irremisiblemente colocados, pero ambos demasiado tozudos como para dejarnos arrastrar por el capricho de una hierba.
Hemos estado acariciándonos durante horas, explorando la sensación de las terminaciones nerviosas sobreestimuladas. Comiéndonos las ganas.
Ya sé por qué me toqueteaba tanto los pies, me ha regalado unas preciosas sandalias de cuero en las que se ha tirado días trabajando. No he podido evitar pensar en aquella conversación, en el camino, sobre sueños, deseos, posesiones... y ampollas.
La chica nueva cuyo nombre soy incapaz de recordar se ha apañado para abrirse la cabeza, dice que fue un rinoceronte. En fin... una ocasión para experimentar con alguien a quien no me importa realmente hacer daño.
Anoche volví a cabrearle y se fue fuera, probablemente para evitar lo que ambos sabemos que estaba a punto de ocurrir.. Esta mañana sellamos la reconciliación, sin nada que lamentar, con un par de cervezas. Tiene razón, nos estamos volviendo ermitaños y ambos reaccionamos igual de mal cuando algo o alguien trata de hacer palanca entre ambos.
Una apuesta divertida, bordeé la legalidad que nos autoimpusimos, pero gané: me debe tres respuestas. Creo que no conocía mis dotes de manipulación. Esta vez no pude enfadarme cuando me llamó "chica lista".
[El trazo es más irregular ahora, casi errático]
- Eres la persona más extraña que he conocido. Te quiero. Debería matarte.
- Tal vez un día lo hagas.
Aún continuaron caminando en silencio un trecho, la mano de él en su cintura y la cabeza de ella apoyada en su hombro bueno. Esas fueron las últimas palabras que se dedicaron; ambos murieron sin ver cumplido su sueño: Edu "Flaco" de una angina de pecho, Beatriz "Musgo" de un infarto tras echar la última palada de tierra sobre el cuerpo del hombre al que nunca fue capaz de confesarle sus sentimientos.
[Pequeña libreta forrada en basta piel sin curtir de color pardo con la palabra "Recuerdos" escrita en la portada y la fecha 3610- en el lomo]
3610.
Me mata cuando pierde el control, no, cuando me lo hace perder a mí, cuando me hace creerle capaz de casi cualquier cosa, cuando la caricia de su piel casi duele, y también cuando duele; como si eso me demostrara que es real, como si necesitara que me hiciera daño para tener la seguridad de que jamás lo voy a olvidar, como si con ese placer doloroso me diera alivio.
3613.
Ayer fue su cumpleaños y quería ponerle a todo esto una especie de nota lúdica haciéndole un regalo, como si estuviéramos en una especie de vacaciones. A veces me jode ser tan... ¿simple? ¿cándida? Le habría rebanado el cuello a alguien sin mucho empacho si supiera que llevaba encima las llaves de una furgoneta. Regalarle una promesa... es patético. Si llegamos al año que viene y estoy cerca de él en esta fecha, espero tener algo más decente que una botella de vodka y una mamada.
También le rebanaría el cuello a alguien por una botella de vodka.
3615.
Una carrera, un baño en una poza, una noche de sueño reparador... En ocasiones me maravilla lo delirantemente feliz que se puede ser con algo tan sencillo; ahora mismo estoy sentada sobre la hierba disfrutando de la caricia del sol sintiéndome probablemente una de las personas más felices sobre la faz de la tierra.
No tiene la menor idea, ni la tendrá, porque prefiero cortarme un dedo a decírselo, del regalo precioso que ha supuesto esa sonrisa adormilada con la que se levantó hoy.
3619.
Hace ya cuatro años y medio, casi cinco... Supongo que fue absurdo fingir que no recordaba este lugar, o que no me afectaba. Desde luego él si parecía recordarlo; es extraño, parecía incómodo, con las mismas ganas que yo de salir de aquí, balbuciendo en su caso una excusa sobre los coyotes. Le hubiera abrazado en ese momento. Y también habría salido huyendo en dirección contraria.
No quiero volver, pero cualquier otra opción es ridícula.
Cosa curiosa, lo que si que no recordaba son todos los papeles y mapas que había por aquí, él dice que estaban la otra vez y es tremendamente meticuloso, concienzudo, así que debían de estar. Realmente debía de estar ida para no reparar en ellos.
No quiero volver. Pero sólo podemos volver.
Estoy haciendo tiempo sentada en el bicitaxi porque él quiere llegar antes por si hay problemas. ¿De veras cree que no voy a alcanzarle en cuanto se descuide? No tenía energías para rebatirle nada, no sé si es esa mirada o si este lugar de algún modo vampiriza mi energía o si simplemente estoy demasiado cansada, pero no le discutí, simplemente asentí siendo plenamente consciente de que no iba a obedecerle. Y de que eso no le va a gustar.
¿En serio creerá que voy a dejarle aparecer solo? Los problemas repartidos entre dos tocan a menos por cabeza, en caso de que los haya.
Pero no quiero volver.
3620.
Hogar, dulce hogar...
3622.
Ando con pies de plomo, de momento el recibimiento no está siendo malo; hay un par de cosas que... bueno, tal vez sea suspicacia por mi parte. El caso es que aquí nunca se sabe, los cambios de humor son repentinos y explosivos así que trato de pasar totalmente desapercibida, sonreír, ser solícita y encantadora...
La reacción por la muerte de Rob fue dramática, con lágrimas desgarradoras, golpes de pecho y cuerpos que caen al suelo y arañan la tierra con desesperación. No sé si habían pasado siquiera diez minutos ya cuando retomaban las sonrisas como si tal cosa. Me pone los pelos de punta todo esto.
3623.
Trabajar en silencio, con el oído pendiente a cada una de las palabras de él, a cada silencio, porque de pronto tengo la sensación de que en cada uno puede haber... una parte del plan a trazar. Me frustró ver como cada propuesta era casi rebatida al desgaire.
La voz de dentro de mi cabeza que me recuerda que debo sonreír tres o cuatro veces al día si no quiero que el terreno pueda resquebrajarse y hacerme tambalear.
La desollaría por curiosidad y placer a partes iguales.
3624.
Al fin una excusa para encerrarme a trabajar dentro, sola... No me avergüenza decir que me alegró cuando él encontró la coartada perfecta para venir a hacerme compañía. No me avergüenza decirlo si no hay nadie cerca para oírlo. Tiene razón, nos necesitamos el uno al otro y ya no hay forma de cambiar eso.
A solas de nuevo... por supuesto hubo represalias por no haberle hecho caso y haberle dejado llegar antes para ver cómo estaban las aguas, pero se controló. No sé si se está resignando respecto a mi cabezonería o el hecho de que de momento no haya pasado nada le hizo dejar el tema.
Lo que está claro es que es un jodido sádico... "Me gusta mirarte ahí fuera. Mientras trabajas y sonríes y aguantas. Pensar qué podrá estar pasando por tu cabeza debajo de todo eso, en donde no llega esa mierda y eres tú". Está casi disfrutando, maldito loco, le pone verme tan sumisa con Priumena porque sabe que me revienta tener que tragar. Me contagió su sonrisa, una sonrisa de las de verdad, de las que no somos capaces de compartir con nadie ahí afuera.
Me preguntó si seguía escribiendo, tal vez le pase el otro cuaderno, el de las pesadillas. Quiero satisfacer de algún modo su curiosidad y aquí las noches vuelven a ser terriblemente largas y necesitamos aferrarnos a lo que sea para mantenernos cuerdos.
Planes de huida. ¿Por qué tiene que ser todo tan complicado? Si siquiera nos pagaran la mitad del trabajo ya tendríamos todo para habernos largado hace tiempo. Aunque en el fondo... la libertad va a saber tan bien cuando le hinquemos el diente que cada pequeño lingote de hierro me produce un cosquilleo que me recorre todo el cuerpo. El hormigueo que siento en las palmas de las manos cada vez que trazamos esa ruta hacia el bosque...
3625
"Tus noches tienen que ser un infierno". No le imaginaba como un tipo impresionable, pero estaba pálido después de leer la libreta. Me recordó, innecesariamente, que no duermo sola. Estas noches fuera de casa, durmiendo con él... supongo que ninguna pesadilla tiene cojones para venir a importunar. Estuvimos hablando sobre ellas un rato, sé que van a volver ahora que hemos vuelto.
Estoy disfrutando del trabajo, tengo mis dudas sobre el resultado, pero necesitaba cansarme así nuevamente; hace que sea fácil pensar sólo en lo que importa.
3627
El olor de esa ramita de color morado pálido... increíble. Tal vez sea una ilusión, pero me relaja, me hace sentir tranquila y bien. Necesito hacer más experimentos con esta planta, quiero mezclarla con otras, secarla, macerarla... ¡tengo tantas ideas bulléndome en la cabeza! De momento estoy apuntando todas las sensaciones en un cuaderno, quiero hacer una especie de tratado de botánica y tal vez alguna de estas impresiones me sea útil en un futuro.
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Supongo que necesitaba recordar que, cuando juegas con fuego, te puedes quemar.
3631
Oportunidad de oro para probar las propiedades de la lavanda en dolores de cabeza tipo tensión. Parece que no funciona sólo conmigo. Un masaje con lavanda pese a la advertencia de que no era buena idea acercarme y ha tenido que reconocer, casi a su pesar, que se siente mejor. Para no variar, pareció leerme la mente cuando comentó divertido que soy capaz de meter la cabeza en la boca del lobo si pienso que ello me ayudará a probar una hipótesis o a concretar un experimento.
3632
Es demasiado pragmático para sugestionarse, el sujeto perfecto para experimentar; se ha prestado voluntariamente y parece divertido con mi interés en las plantas. Sí, yo también creo que es de lo poco que puede ayudarme a mantener la cordura aquí. De nuevo circo con las llaves, con los visitantes, con los materiales... estoy tan harta de toda esta mierda. Ya apenas me molesto en intentar salir de nuestra burbuja.
3634
Hoy hemos tenido una bronca monumental y me ha amenazado con quitarme el cuaderno y echarlo a la caldera. A veces no consigo hacerle comprender... Tras ver cómo funcionan las plantas en su vieja herida, quise comprobar cómo actúan en una herida fresca, se puso hecho una fiera cuando me corté y al final, para variar esta vez, me enfadé. Sólo le faltó arrancarme la ropa para ver si había alguna otra marca; sé que se preocupa por mí, pero está tarado si piensa que voy a rajarle a él para hacer experimentos o a esperar a que un animal vuelva a intentar merendarle un miembro.
Kora estuvo entrando y saliendo varias veces estos días con pésimas excusas, imagino que quería ver qué hacemos aquí metidos todo el día. Me pregunto hasta qué punto el clima de mierda aquí está influyendo en nuestro carácter y en nuestras broncas. Flaco llegó a sugerir que estaba tratando de cabrearle a posta como parte de mis experimentos y... bueno, no puedo negar que he jugado con esa idea, pero no se trataba de eso. De nuevo la tintura de lavanda salvó el día... de algún modo siento que me salvó a mí de algo que no me iba a gustar.
3635
A veces somos como un matrimonio de viejos y no puedo evitar partirme de risa. Él también se ha reido al verme arreglar el viejo abrigo y ha estado media tarde cachondeándose de mí, al parecer no me tomaba por una sentimental.
El plan de huida va marchando, ya tiene casi todos los metales para el barco y yo estoy escamoteándole horas al trabajo para dejar listos unos fardos de tela. Estoy mentalizándome para ir a suplicar que me dejen usar unas cuantas plumas, hay kilos y kilos en el almacén, pero por algún motivo parecen ser de su uso exclusivo... aunque nadie las usa. Me revienta ver a Flaco con el cuello hecho polvo, voy a hacerle una almohada si o si. Quiero meter también un puñado de lavanda seca en el relleno, estoy segura de que le hará descansar mejor.
Ahora es Priumena la que se asoma cada hora para ver qué hacemos y revisar las existencias del almacén. Cada vez me importa menos lo que pase detrás de esa puerta cerrada, sólo deseo salir para largarnos por fin de aquí.
3637
Le gusta que le lea en voz alta antes de dormir, aunque en ocasiones suele sumirnos a los dos en un etado de ánimo introspectivo.
"Equilibrio.... Eres capaz de darlo y de quitarlo con mucha facilidad." Me aterra pensar que cuando, de algún modo, le obligo a darme cierto equilibrio es su estabilidad la que robo. Priumena vino a "hacernos compañía" e interrumpió la conversación y él se aferró a ello para cerrarse en banda de nuevo. Me siento culpable, en deuda.
3638
Le hubiera abofeteado, he estado tan a punto... al final casi pareció molesto porque incluso para enfadarme "lo dejo a medias". En ocasiones es como si hablásemos dos idiomas distintos y... y yo soy demasiado torpe para interpretar sus acercamientos, tal vez él también sea torpe para iniciarlos. Y cuando hace las cosas bien, yo no me entero...
Si me pongo a pensar cuántas de las veces que nos hemos acostado ha sido algo natural o ha sido porque él se ha puesto hecho una bestia... ¿Tal vez eso sea lo natural para nosotros? Creía que estábamos evolucionando.
Se ha ido al almacén a hacerse una paja, dándome un empujón al que no pude evitar rechistar y cabreándole aún más. Sé que no debería ponerme borde cuando bebe, pero... joder.
Todo parecía mucho más fácil cuando viajábamos.
3639
Incluso para hacer las paces somos torpes... de un modo patético y enternecedor.
3640
¡Seda! Es lo más increíble que he tocado nunca. Tengo que hacerme con un poco de esa tela. Dice que estoy a punto de enviar su cordura al traste, ¡como si le quedara mucha! Hoy no puedo evitar estar de buen humor.
3644
Hay una chica nueva, todo curvas sensuales que desafían la ley de la gravedad, piel perfecta y mirada arrebatadora. Cada vez que se pasa por el taller se pasa el rato mirando a Flaco y lamiéndose los labios y no puedo evitar pensar en los animales de ahí fuera. Cuando se ha largado él ha dicho que jamás se había sentido tan follado con la vista... Aún así, parece bastante más normal que el resto. A los dos nos vendría bien algo de conversación fuera de nuestra burbuja.
No sé de donde lo ha sacado, pero me ha regalo un puñado de plantas nuevas y unas bayas de café y luego se ha reído como un crío ante mi reacción. Bah, el día que estas cosas dejen de hacerme saltar de ilusión, será el día en que ya no tenga sentido continuar.
3646
Idiota, idiota, idiota. Se me ha caído uno de los cuadernos al fuego de la caldera y la mayor parte es insalvable. Sólo eran historias, cuentos, pero me apena ser tan inútil... También se han caído parte de las hojas de cáñamo ya secas. Supongo que estamos objetiva e irremisiblemente colocados, pero ambos demasiado tozudos como para dejarnos arrastrar por el capricho de una hierba.
Hemos estado acariciándonos durante horas, explorando la sensación de las terminaciones nerviosas sobreestimuladas. Comiéndonos las ganas.
Ya sé por qué me toqueteaba tanto los pies, me ha regalado unas preciosas sandalias de cuero en las que se ha tirado días trabajando. No he podido evitar pensar en aquella conversación, en el camino, sobre sueños, deseos, posesiones... y ampollas.
3649
La chica nueva cuyo nombre soy incapaz de recordar se ha apañado para abrirse la cabeza, dice que fue un rinoceronte. En fin... una ocasión para experimentar con alguien a quien no me importa realmente hacer daño.
3650
Anoche volví a cabrearle y se fue fuera, probablemente para evitar lo que ambos sabemos que estaba a punto de ocurrir.. Esta mañana sellamos la reconciliación, sin nada que lamentar, con un par de cervezas. Tiene razón, nos estamos volviendo ermitaños y ambos reaccionamos igual de mal cuando algo o alguien trata de hacer palanca entre ambos.
Una apuesta divertida, bordeé la legalidad que nos autoimpusimos, pero gané: me debe tres respuestas. Creo que no conocía mis dotes de manipulación. Esta vez no pude enfadarme cuando me llamó "chica lista".
[El trazo es más irregular ahora, casi errático]
Por fin se ha dormido. No me gusta nada la herida del codo, no quise hurgar demasiado aunque él estaba aguantando el dolor estoicamente, creo que esta vez le ha pillado un tendón. Aún no sé como diablos logré fingir calma al verle entrar cubierto de sangre y con el brazo colgando de forma tan... grotesca. Pensar, necesito pensar, necesito una alguna mezcla nueva, más potente y, sobre todo, necesito encontrar la forma de que deje de brujulear por el taller intentando trabajar en una temporada.
3651
Maldito cabezota... cuando me desperté le encontré tallando un aro de marfil. Me asusta que pierda la funcionalidad del brazo por no estarse quieto, se volvería loco.
Me pidió una alternativa, se estaba poniendo demasiado nervioso y le ofrecí el cuaderno... lo devoró en apenas un parpadeo. Sólo recuerdo haberme sentido tan desnuda frente a él en una ocasión. Y ahora no puedo evitar preguntarme qué pasa por su cabeza. Me acarició la mano y la tensión en todo su cuerpo era más que evidente, ese temblor en la mandíbula... Sé que se largó por evitar hacerme daño. Creo que empiezo a comprender y...
3652
Una noche extraña, una confesión inesperada. Y una promesa.
No quiero saber qué diablos pasó anoche afuera, me partió el alma cuando me pidió ayuda. Imagino que Analía se acercó más de lo prudente y... el lobo cerró las fauces. Dioses, parecía recién salido del infierno.
Imagino que una parte de él sabía que esta vez no me iba a apartar. "Eres la única persona que me importa más que el polvo que levanto al andar." No sé como hacer que deje de torturarse con eso. Equilibrio... soy capaz de hacer que la tensión abandone su cuerpo pero sólo soy capaz de sustituirla con remordimientos. Todo era más fácil cuando mi mente era un cántaro agujereado del que el agua se escapaba irremediablemente, cuando podíamos jugar a que nada había pasado porque ambos sabíamos que no iba a recordarlo.
Está preocupado por lo que pueda pasar cuando nos larguemos... y no pude evitar corresponder su sinceridad con sinceridad... rompiendo nuestro pacto tácito de no hablar de según que cosas.
Soy incapaz de pegar ojo, escribiendo a la luz de las llamas de la caldera mientras él duerme. Quiero despertarle, decirle que lo sabía, que yo también...
3653
Tres verdades.
3660
A veces me planteo por qué coño lo sigo intentando. Ya, me rindo, por mí puede partirles un rayo a todos. Aún con su mente tortuosa es la única persona que merece la pena.
3668
Ding dong la bruja ha muerto...
3695
Adiós Augustópolis. Nos vamos, nos vamos sin mirar atrás, sin más que un poco de metal en los bolsillos y un puñado de planes.
Tal vez sea cierto que en el fondo soy demasiado ingenua. No me había dado cuenta de todo lo que se estaba cociendo aquí. Es tan... asqueroso. Si los suecos levantaran la cabeza, volverían a morirse.
3697
Aún tengo la marca de sus dedos en el cuello y apenas puedo tragar. Irónicamente, mi profecía casi se cumple hoy, de forma inesperada.
De nuevo junto al camino... Catarsis. Una parte de mí, varias partes de mí deseaban que apretara más. Maldita ironía, ahora soy yo quien lucha con los propios fantasmas para evitar hacerle abandonarse a los suyos.
- Eres la persona más extraña que he conocido. Te quiero. Debería matarte.
- Tal vez un día lo hagas.
Aún continuaron caminando en silencio un trecho, la mano de él en su cintura y la cabeza de ella apoyada en su hombro bueno. Esas fueron las últimas palabras que se dedicaron; ambos murieron sin ver cumplido su sueño: Edu "Flaco" de una angina de pecho, Beatriz "Musgo" de un infarto tras echar la última palada de tierra sobre el cuerpo del hombre al que nunca fue capaz de confesarle sus sentimientos.
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