domingo, 12 de agosto de 2012

Recuerdos: Libreta III

La tercera de las libretas es más fina que la previa y también que la posterior. La caligrafía parece, en general, más descuidada, casi errática en algunos puntos. Parece pertenecer al período 3590-3605.

3590.


...Y me había prometido no volver a escribir, pero lo necesito para mantener la cordura que pueda quedarme, para recordarme que estoy viva, que puedo hacer algo además de dormir.

Recuerdos... tanto tiempo anhelándolos y ahora daría casi cualquier cosa por no haber recuperado aquello. No sé cómo manejar esa información, no sé cómo... Es jodidamente confuso deberle la vida a alguien que de pronto te inspira...miedo; es jodidamente desconcertante tener al mismo tiempo en la cabeza el recuerdo de ese momento junto al recuerdo de los días y días de cuidados, de preocupación por mí; es jodidamente turbador sentir gratitud, sincero cariño, probablemente bastante más, hacia quien en un momento dado te despojó de lo más elemental que puede tener una persona: la dignidad. Y es jodidamente enfermizo no poder más que mostrarme de acuerdo con él en que fue algo necesario.

No puedo admitirlo, ni siquiera soy capaz de reconocer ante mí misma la mayor parte del t
[A continuación hay un párrafo completamente ilegible, tachado con tanta fuerza que el papel está rasgado, sugiriendo cierta rabia o arrebato de gran intensidad emocional en la persona que lo escribía]


3593.


¿Es una retorcida y mórbida forma de autodestrucción?



3594.


Músculos entumecidos, letargo, abulia... cada vez cuesta más trabajo despertar, cada vez me apetece más dejarme arrastrar por ese sueño pesado sin sueños. Así que estoy haciendo lo único que puedo hacer: un esfuerzo por levantarme, siquiera un rato cada día.
Tengo la sensación de que Flaco está en las mismas, tras varios días de sueño mutuo casi pareciera que forzamos la conversación. ¿Antes era más fácil porque yo no sabía nada o es simplemente este maldito sopor que nos vuelve torpes?
Los escasos ratos en los que Rob está despierto, casi hay que arrancarle las palabras. Le veo diferente desde lo de aquella mujer, aunque no me parece del tipo que lamenta llevar a la espalda una muerte que considera justificada. He desistido en mis intentos de aproximarme a él de una forma cordial. Me rindo.


3596.


En ocasiones es inevitable sentirse un poco como el funambulista que trata de no mirar abajo. Equilibrio. Y utilizo las letras como contrapeso. Y, en ocasiones, creo que me he habituado a utilizarle como contrapeso a él.
Equilibrio. Es ahí donde radica el secreto de todo cuanto tiene sentido, conseguir el delicado y precario equilibrio entre lo que se olvida y lo que se conserva.

3598.


Creo que fue el hambre lo que me despertó anoche. Creí oír en sueños la voz de Flaco ofreciéndonos comida, pero debió de ser verdad. Últimamente me cuesta más despertar, despertar de verdad, el paso de estar dormida a estar totalmente despierta. Es un momento extraño en el que todo parece un poco más irreal y en el aire parece flotar una sensación, casi la promesa, de que absolutamente cualquier cosa puede suceder.

Me cuesta más centrarme... ¿Realmente pensaba que simplemente recordando se solucionaría todo?
Sé la respuesta, aunque me disgusta reconocerme tan ingenua, tan inocente.
Inocente... supongo que no es la palabra más adecuada.

Anoche deseé por un momento que estuviéramos aún perdidos en el camino. Me pregunto si es consciente de lo que me hace sentir cuando me mira de ese modo, de lo que desencadena cuando sus movimientos, sus palabras, me hacen súbitamente ser consciente de... no sé como explicarlo ¿su virilidad? Es algo más que su cuerpo. Es... mucho más que su cuerpo. Jamás me ha pasado con Rob y, objetivamente, no está mal.

El camino... a veces tengo la sensación de que todo pasa en el camino, como si el tiempo entre viajes fuera un mero trámite, un coger fuerzas para lo que realmente es vivir. En los caminos me he perdido, me he encontrado, he roto con la maldita sensación de impasse, he sentido el mayor de los miedos, el mayor de los placeres... Y eso me hace pensar en las ganas de huir de Augustópolis ¿a dónde? ¿de qué? Mil preguntas y sólo una respuesta. Una que aún me cuesta admitir.


3601.


Estamos terminando aquí al fin, haciendo preparativos para volver y eso me hace sentirme absurdamente animada. No comprendo por qué Rob está tan apático, realmente él debería ser, de los tres, el que más ganas tuviera de volver a casa.
No sólo no sé llegar a él sino que no tengo ni la más mínima idea de qué pensamientos pueden cruzar su mente. Aparentemente, sólo Flaco y yo compartimos una cierta excitación respecto a largarnos cuanto antes; se le nota, como si un cierto hormigueo fuera casi palpable en sus movimientos, anticipación o tal vez sólo sea impaciencia. Me gusta tratar de leer en su cuerpo cuando no es consciente de que le observo, creo que no tiene ni idea de lo elocuente que puede resultar a pesar de su hermetismo habitual.


3604.



[La entrada está escrita con una caligrafía irregular, descuidada, como si hubiera sido garabateado aprisa. El papel está perforado en algunos puntos, como si se hubiera escrito con tanta presión como para traspasar la página]
El día que logre entender qué coño pasa por su cabeza, qué coño pasa por la mía... Es enfermizo ¿soy una jodida enferma, me está convirtiendo en una enferma o lo fui desde siempre? Y en realidad ¿Qué coño más da? Es probablemente lo que menos me preocupa ahora.

Llevaba un rato tratando de refrenarme cuando de pronto le sentí tocándome con avidez, con algo más que rudeza, casi con rabia,... la presión contra el suelo y mis malditas ganas de rogarle que no parase. No lo entiendo, joder, no tiene sentido; lo recordaba todo, todo. En cuanto sentí su peso sobre mi espalda, en un parpadeo hasta los detalles más insignificantes estaban ahí: el sonido del viento en la arboleda, su respiración, el ruido de nuestros cuerpos, el tacto de su piel, la sensación de los guijarros arañando mi mejilla, su voz instándome a suplicarle por mi vida... todo. Y aún así su mano seguía convirtiendo mi cuerpo en agua. ¿Estoy rematadamente loca? Ni siquiera es sólo sexo, no es sólo desearse, es algo retorcido, extraño... es casi una necesidad imperiosa de sentirle... es... dioses.

Supongo que acaba de ser un ejercicio de contención lo de largarse súbitamente y perderse en el camino. Desde luego para mí lo está siendo no echar a correr detrás de él, no empujarle a convertirse en ese animal en el que no se quiere convertir, no reconocer que ESA mirada me mata de sed. Le deseo tanto que a veces me quema, pero no es sólo es eso, es algo que está más allá del deseo, tal vez más allá de la locura, quizás en un oscuro e impreciso punto intermedio entre ambos.
¿Es algo parecido a eso lo que siente la cebra cuando el leopardo desgarra su vientre, cuando se alimenta de sus vísceras aún palpitantes? Es una especie de... abandono, de alivio. Me faltan palabras. Y ahora mismo me falta también su piel. Y además de sedienta, estoy furiosa, con él, conmigo, con ellos, tal vez con el mundo.


[La escritura va haciéndose más menuda y menos apretada, más relajada a medida que avanza la entrada]
Me siento no sólo en deuda, sino culpable. Él mismo ha reconocido que está harto de pensar y... no sé cómo estaban las cosas antes, pero tengo claro que desde que aparecí allí, totalmente desorientada, desnuda y perdida, no he hecho más que complicarle la vida. Y realmente tengo la necesidad de darle un momento incuestionablemente bueno aunque sea fugaz. Hasta ahora no le he dado más que mi memoria, y ya la he recuperado.


3605.



Anoche estaba demasiado histérica para tomarme un rato para reflexionar sobre el tema de Rob. Ayer cayó de pronto, sin palabras, sin heridas... Ha sido un poco desconcertante. Tardé unos cuantos minutos en reaccionar y acercarme a comprobar si tenía pulso, si respiraba ¿Habría cambiado algo si no me hubiera quedado paralizada? Probablemente no, pero...
Me causa cierta tristeza, pero es una tristeza sesgada por una sensación de... alivio, él lo describió de una forma perfecta cuando dijo que era la primera noche que no sentía el ojo de la secta sobre él.

Mientras recogía algunos de sus papeles y las llaves, no podía parar de pensar, maldita zorra egoísta, que probablemente nos acusaran de habérnoslo cargado, a pesar de lo ridículo de la idea. Al punto me recriminé por tener la mente tan sucia como un pozo de brea, pero él también lo pensó. Y también pensamos lo mismo al deslizar los dedos por esa llave... No vamos a hacerlo, es cierto que compensa más hacer las cosas de forma legal, si nos dejan, pero me gusta jugar con esa idea, acariciarla y el compartir con una mirada esa posibilidad, sin aludirla directamente, estimuló mi imaginación hasta límites que tal vez luego nos llevaron a lo que nos llevaron. Y por otra parte, no tengo muy claro que nos vayan a permitir hacer las cosas bien.
En realidad lo de Rob sólo confirma mi idea de que no tiene sentido hacer planes a largo plazo.

Espero que, al menos, haya sido relativamente feliz, yo me quedo con el recuerdo del tío alto de ojos grises y sonrisa fácil que se asomó a un camino para tratar de mediar entre una tarada orgullosa en plena crisis de ansiedad y el resto del mundo.

viernes, 10 de agosto de 2012

Recuerdos: Libreta II

La segunda de las libretas también tiene la palabra "Recuerdos" en la portada. En este caso, el lomo reza 3563-3583.


3563.


De nuevo me ha venido a la mente esa melodía, hasta él se ha dado cuenta, aunque no recuerda haberla oído antes del otro día. Me hace sentir asustada y al mismo tiempo me transmite cierto... "alivio"; tras darle vueltas y más vueltas creo que posiblemente se deba a que es de las pocas cosas que me resultan familiares, de ahí esa sensación de falso consuelo. Supongo que si quiero escarbar algo ahí debería centrarme en esa otra extraña sensación ¿por qué me hace sentir asustada?

Y por otra parte esa... sed sigue ahí haciéndolo todo aún más confuso, y él contribuye en gran medida a esa sensación; en ocasiones es como si la caricia de sus ojos en mi piel despertara... ni siquiera sé lo que es exactamente ese ansia o, mejor dicho, a qué obedece.



3564.


Hemos llegado a la siguiente parada: desierta, como la anterior.
Rob debía de estar harto de esperarnos. A veces me pregunto qué le cruza la cabeza, tengo curiosidad por saber si también me provocaría esas sensaciones tan desagradables como Priumena y Kora, la verdad es que no me da la sensación de ser un mal tipo y, por lo que leo, nunca me la ha transmitido, pero no sé comportarme de forma amistosa y casual con él, me noto torpe, tensa, con esa estúpida sonrisa que me empeño en enarbolar a modo de escudo y que seguramente tendrá toda la pinta de una mueca horrible. Es curioso, relacionarse con Flaco es tremendamente fácil y, en cambio, parece una persona infinitamente más complicada.


3565.


Puestos a tener que depender de la cabeza de otro, es un privilegio depender de la de alguien agudo y con iniciativa, tiene un montón de ideas que tal vez podrían ayudarme, la mayoría no son factibles ahora mismo, pero tal vez lo sean: si encontramos alguna especie de médico, de curandero o algo así podríamos intentarlo con la hipnosis. Joder, hasta me pondría sin dudar en manos de cualquier chamán en taparrabos ahora mismo.

Otra opción es el alcohol, no me sonó a buena opción al principio, ¿Cómo tratar de encontrar recuerdos aferrándome a algo que suele difuminarlos? Pero cuanto más lo pienso, más factible me parece; al fin y al cabo, si hay algo que me está bloqueando, tal vez esa desinhibición venga bien, anestesiar la parte más racional de mi cerebro y dejar que sean el hipotálamo y los instintos los que tomen las riendas por un rato. Encontrar recuerdos donde otros hallan el olvido...

Me habló luego de los olores, una especie de... terapia olfativa; me describió olores, momentos, recuerdos... De una forma tan vívida, tan... Fue increíble, hubo un momento concreto en el que sus palabras me transportaron hasta poder oler el mar y, sobre todo, escucharlo; podía oír perfectamente las olas rompiendo contra la roca, las veía deshacerse en jirones de espuma blanca, sentía la brisa acariciando mi piel, saboreaba el salitre al recorrer mis labios con la lengua... No llegué a asir el momento, se me escapaba como el agua de ese mar entre los dedos, pero sé que es un buen recuerdo, la sensación de apoyo, de seguridad. Me gustaría volver a ese momento.

Hubo algo confuso luego, su empeño o tal vez advertencia de que no debería fiarme de él, esa insistencia... Una alusión a que él si necesitaba alcohol y se cerró en banda en cuanto traté de asomarme a esa puerta que algunas veces parece dejar entreabierta. No quise molestarle más mientras descansaba, imagino que está harto de cargar con una cabeza hueca, para él debe de ser un auténtico coñazo todo esto, aburrido, frustrante.

"Los recuerdos te cambian..." "¿Has pensado que recordar podría hacerte una persona diferente?" ¿Y por qué su dedo en mi costado me hizo sentir ese terror? ¿Por qué casi esperaba, cuando me llevé la mano allí, encontrármela ensangrentada?

Mierda, me ha dejado con demasiadas cosas en las que pensar, no puedo pararme más y no puedo escribir mientras pedaleo, pero tengo tanto pánico a olvidarlas...


3566.


Instinto. Pulsión. Deseo. Y sus labios en mi piel mandaron a la mierda cualquier atisbo de autocontrol, y sus manos en mi cuerpo pararon el tiempo.

Hubo un momento en el que, a pesar de la tibieza de su cuerpo, de su rudeza saciando mi sed, no sé si su mirada o su expresión hierática... dioses, no sé qué fue o qué desencadenó en mí: me sentí tan vulnerable, tan expuesta, tan... terriblemente asustada y aún así tremendamente excitada al mismo tiempo.
Por un instante casi hubiera jurado... ni siquiera sé el que, pero le sentí capaz de hacer algo horrible, de hacerme daño, y eso sólo me hacía desearle más. Bah, no tiene ningún sentido y sólo fue un instante. ¿Pero por qué en ESE momento me vino a la mente esa maldita canción?

Por suerte cada una de mis terminaciones nerviosas se encargó de impedirme pensar. Me encanta ese instante en el que las sensaciones acallan cualquier tipo de rumor, atajando pensamientos y centrándose en ese universo sensorial, como si todo lo demás careciera de importancia, como si por un rato no importara la historia, ni el pasado, ni los recuerdos.

3567.


Nunca hubiera pensado que se puede dormir tan bien en la trasera de un bicitaxi.

Me puso los pelos de punta silbando esa maldita melodía ¿Por qué me hace sentir más... miedo cuando es él quien la tararea? La asocio con él de algún modo, como si fuese una especie de banda sonora que... bah, no tiene ningún sentido y me siento demasiado bien como para pensar hoy.

Está de un humor extraño hoy, tal vez por agotamiento; no sé por qué no me despertó para relevarle.


3568.


Ha comenzado a tallar una sarta de recuerdos para mí, que ahora ciñen mi muñeca:

Un colmillo afilado, no muy grande. Me acelera la respiración acariciarlo, me trae el aullido del coyote, la luz pálida de la luna y el frío que calaba hasta los huesos.
Otro colmillo mucho más largo, esbelto. No lo identifico, pero me transmite... como una sensación de adrenalina agolpándose para luego salir en torrente, dejándome exhausta y satisfecha. Acecho, triunfo...
Una caracola... vuelvo a oír el mar cada vez que deslizo los dedos por esta talla;
me hace sonreír, me hace sentir cierta calidez que no atino a explicarme del todo. Sé que hubo un momento, junto al mar, en que simplemente me sentí feliz, sin atisbo de inseguridades, sin miedos, apoyada.

Lluvia. Adoro la lluvia. Me encanta sentir las gotas de agua acariciándome, frías, tonificantes, reparadoras, limpiándolo todo a su paso...


3569.



Hemos llegado a Vargana Ylar. Me gusta como suena.
Rob estaba preocupado, dijo que hemos tardado tres días en llegar. Es imposible, el camino era más corto esta vez y me ha pasado demasiado rápido...

Esto está desierto, como los demás asentamientos, pero había ropa y algunas herramientas tiradas por el suelo. Ni rastro de cadáveres, Rob dice que él no ha enterrado tampoco ninguno. Es como si quien quiera que estuviera asentado aquí simplemente se hubiera esfumado. Raro. Pero es el primer lugar alejado de la línea de costa que muestra restos de paso humano, y eso estimula mi curiosidad.

Hay varias notas, pero están escritas en un idioma que no concuerda con ninguno de los diccionarios que tenemos. A Rob pareció sorprenderle el interés que Flaco y yo mostrábamos precisamente por esas notas, por elucubrar qué pudo suceder con los pobladores previos de este asentamiento. A mí simplemente me maravilla que eso no le
intrigue. La ropa y las herramientas... me sugieren una huida. ¿Tal vez tuvieron un fin violento? Supongo que si logramos encontrar algún diccionario y traducir estos papeles, encontraremos la respuesta.


3570.


[Hay una mancha de lo que parece sangre seca dejada por un dedo en el lateral de la hoja, como si un dedo ensangrentado hubiera aferrado el papel marcando parte de su contorno y de sus surcos]

Las rosas son terriblemente ingenuas. O tal vez arrogantes. O de una arrogancia ingenua. ¿Se creen que sus pequeñas espinas les van a servir para enfrentarse al mundo?


3571.


Necesito sudar, necesito actividad y picar carbón no me agota lo suficiente. Quiero estar tan rendida que no logre pensar.

Me asfixia tanto aire, no tener donde meterse, donde huir por un segundo. Sólo mares y mares de hierba hasta donde alcanza la vista.
La maldita sed, que no para de crecer cada vez que... dioses, me voy a volver loca.

3572.


Echo de menos el camino.


3573.


Trabajar. Entrenar. Dormir... Lo bastante agotada como para no querer, no poder, hacer ninguna otra cosa. No lo bastante como para no morir de sed.

3574.


Sólo he sido capaz de despertar para coger el pico y trabajar en la veta como una autómata. Ellos tampoco parecen más habladores.

3575.


Ni siquiera hice amago de entrenar hoy. Ni siquiera quiero escribir, ni pensar, ni recordar, ni sentir. Es como si la sensación de letargo fuera invadiendo no sólo mis miembros sino también mi mente.

Recuerdos: Libreta I

De nuevo siendo la voyeur que hurga en la vida de uno de mis personajes, casi a hurtadillas esta vez. Fue una increíble historia a dos a la que no creo que sepa poner colofón yo sola.
Gracias a S. por su creatividad, su generosidad, su talento. Ha sido más que un placer.






Ella siempre fue un desastre con los papeles. Cuando su corazón falló tras cubrir con una última palada de tierra el cuerpo de Edu Colina, "Flaco", como solían llamarle, ni siquiera fue capaz de sostener en sus manos esa carpeta forrada en basta piel de la que jamás se separaba. Al instante el viento barrió todos los papeles diseminados a su alrededor, mientras sus blancos y largos dedos se crispaban aferrando esa última pregunta que él le dejó. Y esa última respuesta.
No tuve tiempo a perseguir sus poesías, sus historias, pero el conjunto de cuadernos de anillas de hueso cubiertos con esa caligrafía menuda, pulcra y redondeada, están a buen recaudo, testigos delatores de parte de su historia.

El primero de los cuadernos tiene la palabra "Recuerdos" escrita en la portada y la fecha 3542-3562 en el lomo. Parece comenzar después de la huida, de la violación y de los primeros cuidados recibidos en aquel lugar tan inhóspito antes de que él se fuera para dejarla ordenar sus ideas a solas, macerar su amenaza o tal vez valorar en su justa medida su actuación.



3542.
El bramido de los hipopótamos me ha hecho abrir los ojos para encontrarme envuelta en un trozo de piel basta con el que supongo que él me ha tapado antes de irse. Hace frío y la luna apenas ilumina el claro; tenía razón en cuanto a... y tenía razón
en que esto me da miedo ¿Tal vez la tenga respecto a todo lo demás? Estoy demasiado confusa para pensar.

Sigo sin recordar nada ¿Estaré simplemente loca? Por eso he comenzado a escribir este cuaderno, no puedo permitirme perder más recuerdos o creo que perderé con ellos la cordura.

3543.

Silencio. Un silencio que me sobrepasa, sólo interrumpido por los sonidos amenazadores de las fieras. Hasta el ulular del viento en los árboles me resulta inquietante. Apenas he pegado ojo, el aullido del coyote ha sido casi ininterrumpido, crispando mis nervios, burlándose de mí, haciéndome sentir casi tan vulnerable como cuando Él me obligó a mirarle mientras me demostraba que puede hacerme tragar mi orgullo sin apenas esfuerzo... Noquieropensar. No quiero pensar. No quiero pensar.



3544.

Mudo silencio que oprime.
Sigilo.
Pulsante miedo que hiere.
Recelo.
Redentora subordinación que calma.
Dependencia.

Ominoso me asfixia,
y punzante lacera
el consuelo que alivia
la agonía de la espera.




3545.

Frío y silencio. Por las noches empeora, en la oscuridad los sonidos de la pradera parecen hacerse más amenazadores: el bramido de los hipopótamos, el rugido de los leopardos, el maldito aullido del coyote.




3546.

Debería haber emprendido ya el camino de vuelta. Llevo un rato preguntándome si tendré el valor de no hacerlo, de seguir caminando hacia delante, haya lo que haya.
Recuerdo sus palabras, aunque no su voz, y una parte de mí, una parte pequeña y retorcida, quiere saber si realmente sería capaz de dar conmigo si simplemente me
largo; de qué de horrible podría hacerme si le hago salir a por mí.


3547.

Tengo la sensación de haber despertado justo a tiempo; un olor pútrido me hizo abrir los ojos. El maldito coyote estaba frente a mí, a escasos centímetros de mi cara. Sin pensar nada más, me levanté y eché a correr hacia el camino.
Ahora estoy sentada sobre el mismo tocón en el que paramos en el camino de ida...
Llevo un rato andando con los ojos cerrados, arrastrando los pies sobre la gravilla para borrar allí la huella de mis rodillas, más allá la de las suyas, un poco más
adelante el surco que mis uñas dejaron en la tierra.
Ahí hay una única y diminuta gota de sangre, como un testigo mudo pero acusador.
No quiero pensar. No puedo. Tengo la sensación de que cuanto más lo pienso, más lo comprendo y no sé si puedo permitirme comprender eso, es demasiado retorcido.



3548.

Hoy he llegado de nuevo a "casa". Con la cabeza gacha y un proverbial rabo entre las piernas. Me he puesto nerviosa... pero he tomado aire, he contado hasta veinte y apenas se ha notado.
Rob parecía genuinamente contento de verme. Priumena me abrazó con una efusividad que ni esperaba ni supe corresponder. Me asomé al taller, dije que quería saludarle... Sentía la necesidad de decirle, sin palabras, que tenía razón.



3549.

Rescoldos, calor, abrigo.
Calidez.
Espejismo. Me da igual.

Es curioso como algo tan tosco como el carbón y la caliza pueden, a base de calores, y fusiones, modificar un metal tan duro y frío como el hierro y convertirlo en algo vivo como el acero. Me gusta el acero. Maleable, dúctil y aún así sólido, firme...




3550.

Ayer Él expresó su curiosidad por saber qué escribía en este cuaderno. Se lo expliqué, que no pensaba perder más recuerdos, y mostró bastante interés en atisbar lo que aquí pudiera contar. Con la advertencia de que sería sólo en esa ocasión, pero le di la libreta diciéndole que, hasta la fecha, él estaba al tanto de todo lo que yo podía haber escrito aquí... Mientras leía página tras página con avidez, no pude evitar preguntarme por qué motivo le ofrecí lo único que tengo realmente mío.

Al principio, pensé que simplemente no sentía pudor en compartir con él mis letras, ya que al fin y al cabo me ha visto desnuda más allá de lo meramente físico, más de lo que jamás nadie volverá a verme, porque si vuelve a suceder me aseguraré de no estar viva para contarlo.

El caso es que, mientras le observaba por el rabillo del ojo, me di cuenta de que el
motivo ulterior no tenía nada que ver con una ausencia de timidez respecto a él, sino con que su curiosidad había estimulado mi ego. Maldita estúpida, me sentí tan imbécil, tan presuntuosa y tan ingenua al mismo tiempo... No es por mí, su curiosidad, estoy segura... No hay más que mirar el panorama que nos rodea, tenemos
que aferrarnos a lo que sea para mantener la cordura y la curiosidad no es algo malo
a lo que agarrarse.

Mantener la cordura... ¿Lo conseguiremos?



3551.

Un viaje ¡un viaje lejos de este lugar! Con Él y con Rob. Parece ser que vamos a estar unos años recogiendo carbón. Me ha extrañado que Priumena me ofreciera ir con ellos, pero me ha faltado tiempo para decir que sí. Traté, no obstante, de disimular mi entusiasmo: por un lado, temía que cambiara de idea si me veía demasiado excitada al respecto y por otro... hay parte de esa excitación que no sé exactamente a qué obedece, así que simplemente no quise mostrarla ante él.

Tras incidir un par de veces en la posibilidad de que el lugar al que nos dirigimos
esté poblado por "extranjeros peligrosos", sólo le faltó darnos una palmadita en la espalda al explicarnos que iremos con esta birria de escudos y sin armas. Me gustó ver a Flaco apretarla, despacio, suave pero firmemente hasta lograr un arma relativamente aceptable y un buen escudo.



3552.

Ha sido un poco liberador pasar el día de hoy a solas con él en el taller, sin presiones, sin tensiones... Trabajo cómoda a su lado, bueno, estoy cómoda a su lado. Y me sorprende, debería sentirme un poco asustada y sin embargo son Priumena y Kora quienes me asustan: la una con su suspicacia, su hipocresía y la manía de intentar casi obligarnos a sonreír; la otra... bueno, supongo que tarde o temprano abrirá esa enorme bocaza que tiene para volver a insultar, no me callaré y
seguramente me partirá la cara. En el fondo mi bocaza es exactamente igual de grande, supongo, simplemente no suelo compartir mis opiniones de forma tan gratuita y, probablemente, mis taras mentales no son tan obvias.

Al menos siento que él me entiende de algún modo, no me frustra, quizás sólo esté en mi cabeza, no lo sé... Se supone que nosotros somos los "raros", los "complicados" y a mí se me antoja que somos los simples y son en realidad ellas dos las difíciles de comprender.



3553.

Hoy me despertó una pesadilla; bueno, creo que era una pesadilla, pero no recuerdo qué estaba soñando sólo una sensación de opresión en el pecho y la certeza de que estaba a punto de gritar, casi sentía el grito en la garganta. Había
vuelto a arañarme las manos durmiendo, como en las noches que pasé en aquel claro... Si tan sólo pudiera recordar ¿O tal vez sea mejor así?


3554.

Preparativos y más preparativos. Aburrimiento.


3555.

Parece que no somos nosotros los únicos que estamos ansiosos e inquietos. Algo sucede con los animales, hoy parecían más agresivos y uno de los leopardos atacó a Flaco. No llegó a nada grave, pero... habría sido menos si Priumena se hubiera dignado a darle un escudo de verdad YA, que se lo ha ganado con creces trabajando.



3556.

Finalmente salimos de viaje. Rob irá en el tándem y nosotros en el bicitaxi... apenas si cabemos los dos, ni soñar con llevar nada más. Habrá que cargar todo el carbón en el vehículo de Rob a la vuelta, así que se me tuercen un poco los planes, había pensado en sacar algo de carbón extra sin declarar, por si Flaco o yo lo necesitamos en un futuro...


3557.

Sé que he escuchado esta canción antes ¿Pero dónde? ¿Y por qué me hace sentir a a la vez este miedo y este... hormigueo bajo el ombligo? Una especie de alivio envuelto en ¿dolor? Una especie de placer lacerante. Me siento completamente
desquiciada. Y sedienta. Y ansiosa.

Releyendo las páginas previas me doy cuenta de que muchas de las situaciones que relato me resultan ajenas, más cuanto más se alejan en el tiempo. No sé qué coño pasa con mi cabeza, no quiero decírselo, no quiero que se dé cuenta de que soy como un jodido cascarón vacío, que no hay nada más que agua dentro de mi maldita cabeza. He pensado en saltar en marcha del vehículo y confiar en morir en el camino, o despedazada por algún animal o... No fui capaz.

Lo sospechaba, pero me negaba la evidencia, maldita imbécil. Me siento como si caminara sobre un puente que se va viniendo abajo a mi paso. Y temo que mi cordura caiga al abismo que se abre bajo mis pies de un momento a otro. No quiero pensarlo, quiero olvidar que lo he olvidado...


3558.

Flaco me ha sugerido que debería acercarme más a Rob, hablar más con él y... tal vez crear algo de vínculo, por así decir. Tiene razón en que nos sería útil, aunque no sé hasta qué punto seré capaz...
Joder, ¿en qué momento empecé a valorar a los demás en términos de utilidad?

Bueno, probablemente Rob me mandase a la mierda, así que es una cosa menos por la que preocuparse, aunque si que debería tomarme el tiempo de hablar más con él, tratar de conocerle. En cuanto lleguemos querría también darle las gracias, estoy segura de que no es mal tío.


3559.

Malditos instintos, pulsiones difíciles de controlar... Algo tan prosaico como un tirón y de pronto sus manos en mi pierna precipitaron un torrente de sensaciones.
Ese maldito cosquilleo que baja por mi vientre en ocasiones, que me hace sentir tan vulnerable y excitada al mismo tiempo, que me hace desearle tanto. Y al tiempo la sensación de que podría quemarme si le toco.

Estoy segura de que no lo notó. Se quedó demasiado enredado en la conversación. Sueños, caprichos, planes... Es un jodido misterio, no soltó prenda sobre sí. No sólo me intriga, me admira, ¿por qué a mí me cuesta tanto hacer preguntas? ¿es porque algo dentro de mí me dice que no merece la pena, que olvidaré las respuestas?

Mientras hablábamos me di cuenta de si que tengo caprichos materiales, ahora mismo haría casi cualquier cosa por unos zapatos y por un vehículo de verdad.


3560.

Hoy hemos llegado al punto 9 del mapa. Rob llevaba ya días esperándonos, no me explico cómo logra sacarnos tanta ventaja por mucho que el tándem sea más rápido que el bicitaxi.

Seguimos ruta, esto está desierto.



3561.

Estoy empezando a leerme este cuaderno a ratos muertos para estudiar, para tratar de fingir la memoria que no tengo. Patético.
El rumor de la acequia que transcurre junto al camino es lo único que ha logrado
que sea capaz de pegar ojo hoy.


3562.

Siguiendo el pequeño cauce hemos dado con lo que creo que es el lugar más hermoso que he visto en la vida, desde luego es el más hermoso que puedo recordar, si pudiera no olvidarlo... Ojalá supiera dibujar para tratar de fijar esa imagen en mi mente: el claro rodeado de árboles, la pequeña cascada, el arroyo de aguas cristalinas, gélidas, vivificantes rodeado de hierbas altas, salvajes. Esa cascada... creo que nunca me he sentido tan en paz como escuchando ese sonido.

Creo que ambos nos sentó bien el baño. De nuevo vencí a mi instinto a base de palabras. Me sentía tan limpia después de bañarme en esas aguas, que no pude evitar confesarle que los recuerdos siguen escapándoseme como arena entre los dedos.

Su reacción... "No quise robarte tanto" ¿Por qué coño siempre me deja tan sedienta de más? No entiendo qué quería decir y no parecía tener la menor intención de aclararlo. Parecía casi enfadado. Se lo dije, no entendía por qué de pronto se comportaba como un gilipollas. Luego lo vi claro: probablemente esté harto de cargar conmigo, es injusto, soy una especie de parásito de su propia memoria.

¿Debería tratar de fingir? Suena demasiado estúpido. Supongo que debería tratar de ser más cauta. Joder, no puedo, NO PUEDO tener que andar con pies de plomo con
él también. No sólo deseo confiar en el, necesito hacerlo; no puedo fiarme de mí, ni siquiera comprendo mis instintos y él es mi memoria.
Aún así, parece empeñado en inculcarme la idea de que no puedo fiarme de él ¿es por su propia autoconservación? ¿hasta qué punto es sincero?

domingo, 15 de julio de 2012

Fue en un pueblo con mar I: El holandés



Hay personas a quienes no les importa meter la mano en una trampa para osos si con ello satisfacen su curiosidad; otras personas son de las que ganan incluso cuando se hacen a sí mismas trampas para perder. En ocasiones, ganan incluso cuando pierden. Algunas ni siquiera son conscientes de que han ganado... Otras hacen de una derrota algo tan jodidamente poético y decadente que automáticamente los convierte en triunfadores.


Kira se sorprendió a sí misma hablándole a Johnny de Janssen, haciéndole un sucinto esbozo de cómo se habían conocido en aquel pantano insalubre y... de cómo él había acabado descerrajándose un tiro después de dejarle un souvenir en forma de cicatriz que ahora adornaba la cara interna de su brazo desde el codo a la muñeca.

No le habló, en cambio, de cómo casi le había salvado la vida, de cómo casi se la había cobrado; de cómo habían aprendido a comunicarse sin palabras, demasiado ocupados ambos en fingir que les importaba un carajo el otro lo bastante como para no aprender su idioma; demasiado ocupados como para darse cuenta de que estaban irremisiblemente locos el uno por el otro ya. Ruud Janssen se había metido en su vida dándole una patada a la puerta y sin avisar.
Era un sádico y un maldito tarado, pero era un tarado con estilo y, sobre todo, era la primera persona que no se empeñaba en tratarla como si ella fuera buena.


Tampoco habían empezado con buen pie. Lo recordaba perfectamente, aún mejor después de un par de tragos. Estaba asomada a la enorme boca mecánica de su tesoro tratando de dilucidar qué carajo le pasaba al carburador cuando oyó un silbido procaz a su espalda al que respondió alzando el dedo medio sin girarse, obteniendo a cambio una risa ronca, áspera, pero genuinamente divertida que prácticamente la obligó a girarse para encontrarse frente a un coloso de sonrisa lobuna que le ofrecía una cerveza y la apartaba con un gesto condescendiente, paternalista, toqueteando aquí y allá bajo el capó e indicándole por señas que accionara el contacto. El suave ronroneo del motor fue lo único que logró acallar la sarta de juramentos que ya le estaba dedicando.

Apenas un par de horas más tarde, Ruud estaba borracho como una cuba arrancándole las bragas a una Kira que estaba también demasiado borracha para recordar siquiera dónde se encontraba, una Kira que se despertó horas después con un sabor metálico en la boca, con todo el cuerpo dolorido, llena de cardenales y, a juzgar por el movimiento, a bordo de un barco.

jueves, 24 de mayo de 2012

Fue en un pueblo con mar...

Historia construida a dos: El personaje a quien llamaremos Johnny ha sido generosamente cedido para su uso, disfrute, edición y manoseo diverso por S.
"Como personajes de pueblacho de Maine en un libro de Stephen King"

Con un buen puñado de licencias, de las poéticas y de las que no, aquí arranca la historia:


Era una noche bastante cálida para ser abril. En realidad, era cálida para ser junio; invitaba a un vaso de vino en la playa, tal vez dos. Aunque en realidad probablemente fueran cuatro o cinco antes de que se planteara que tal vez ya no tenía sed.
Quizás fuera el trabajo en el taller; llevaba un par de días trabajando a destajo y era buena soldadora, pero el calor sofocante, el zumbido y cuatro pasos más allá el infierno de la fragua y el sonido repetitivo del mazo contra el yunque empezaban a pasarle factura. Al menos eso era lo que se decía, en ningún momento se le ocurrió pensar que lo que le estaba pasando factura era el hecho de que los días se le hacían dolorosamente interminables cuando estaba sobria.

Salió del taller y recorrió el camino hacia el improvisado aparcamiento despacio, prolongando con un placer casi masoquista el momento hasta descorchar la botella que tenía en el maletero.
Comprobó que la portezuela estaba bien cerrada -últimamente siempre tenía que comprobar ese tipo de cosas dos o tres veces- y estaba dispuesta a acercarse hacia la orilla cuando un hombre joven requirió su atención.

- Hola... -un tío moreno con unos vaqueros y una camiseta sin mangas agitaba la mano desde playa acercándose, a un par de pasos de distancia ya- ¿Es la señora encargada? Fui yo el que llamó hace un rato, quería agradecer que nos dejaran pasar y proponerle dar un concierto aquí... -hablaba con voz rasgada y había algo de amistoso, de abierto, en su tono.

La rubia se giró al oír la voz desconocida y se encontró con un hombre más o menos de su edad, delgado, con una cara agradable, una sonrisa afable y una Gibson acústica colgada a la espalda por una raída cinta de cuero. Miró a ambos lados como si buscara a alguien más. Pareció asumir finalmente que la pregunta iba dirigida hacia ella.

- Estábamos atrás en el taller, no oímos a nadie. -avanzó el par de pasos que les separaban frotándose la mano en unos vaqueros cortos que remataban unas piernas largas, atléticas y bronceadas. Tendió la mano hacia él a continuación- Busca a Antuán, yo sólo soy una invitada. Kira. -al detener la vista en la ocarina de su cuello algo pareció tirar de una de sus comisuras- Johnny, supongo...
No habían empezado con muy buen pie, pero había que reconocer que no era fácil empezar con buen pie con Kira. También había que reconocer que ese tío tenía algo, al menos no era de esos a los que le apetecía darles un rodillazo en los huevos al cabo de tres o cuatro frases, en el mejor de los casos.


No había gran cosa que hacer en aquel pueblo y, sin darse cuenta, con una naturalidad y una rapidez que la pillaron desprevenida, empezó a compartir con Johnny algunos de los escasos ratos que le escamoteaba al trabajo o al sueño. No era muy aficionada a la compañía ni a la charla, y sin embargo no le molestaba la conversación de Johnny. Probablemente su voz profunda, algo rota, contribuyera a eso; de algún modo incitaba a cierta distensión que, combinada con el calor, el sonido del mar y un par de tragos, conformaban una escena que le resultaba, además de grata, novedosa.

- La vida es mucho más simple de lo que nosotros nos empeñamos en complicarla... -decía con cierta vehemencia mientras se daba golpecitos en el mentón con la boquilla de la pipa, reflexionando sobre la frase- ¿Vienes de Ethea? Pareces entender de vinos.

Algo en su voz, en su gesto, resultaba de algún modo incitante mientras tendía la pipa hacia ella sosteniéndola por la cazoleta; era de esas personas que, cuando preguntan algo, saben hacer sentir a su interlocutor que realmente les interesa la respuesta.

- Jodida, no complicada, en realidad es ridículamente simple. -su voz sonaba algo distante, ahogada al estar revolviendo en el maletero. Una vez que pareció dar con lo que buscaba, lo cerró y se sentó sobre éste, con los pies apoyados en el guardabarros, los codos sobre las rodillas y el vaso entre las manos.

- Sé de hacer buen vino. -no sonaba especialmente prepotente, parecía simplemente constatar algo que daba por sentado- Trabajé en una bodega durante unos años. -le miraba por encima de la taza mientras daba un trago largo, con evidente sed- Es maría, ¿verdad?

Rechazó su ofrecimiento cuando él respondió a su pregunta con un cabeceo afirmativo. Parecía estar realmente disfrutando de la pipa en lugar de fumarla con avidez, dándole caladas lentas, con los ojos algo enrojecidos pero una expresión plácida.

- Le guardas rencor a la vida por algo, ¿eh? -lo soltó como el que lanza un pensamiento en voz alta, girando la cabeza para verla beber- ¿Has perdido a alguien o es por un tío? No pareces de las del segundo tipo...
-tras estudiarla por un momento se pasó el la mano por el pelo castaño que le caía hasta los hombros, con un toque desaliñado- Los cantautores también hacemos muchas preguntas impertinentes, es parte de nuestro encanto o la razón de que quieran matarnos. -alzó luego los hombros, como si fuera algo inevitable.
Algo en la forma en que Kira bebía transmitía cierta insaciabilidad, quizás lo poco que tardaba en volver a llenar el vaso, o el ligero temblor de su mano la delataban.

- No parezco del segundo tipo. -repitió sus palabras con su voz casi ronca- Y tampoco parezco del tipo pudoroso, ¿verdad? Preguntar no es malo, preguntando se aprende; si alguien no desea responderte que no lo haga o que te mande a la mierda si te pones pesado. Dejémoslo en que he perdido algo. Todos perdemos y encontramos algo constantemente.
Arrastraba un poco las palabras, aunque no parecía ebria. El sonido de las olas rompiendo sobre las rocas, el de las lentas caladas de Johnny, eran lo único que vestía los silencios entre sus palabras, envolviéndolos en una pátina casi de intimidad, de esa confianza exenta de pudor que puede surgir en ocasiones entre dos completos desconocidos.
Johnny tuvo el buen tino de no permitir que ella viera su mirada de comprensión al percatarse de la forma en la que ella bebía. Ocultaba en parte la expresión de su rostro llevándose la pipa a la boca, calando despacio.

- Supongo que preguntar qué es ese algo apenas con el segundo vaso me granjearía un colosal envío a la mierda, pero si tengo un punto flaco son las historias: me puede la curiosidad.

A pesar de frotarse los brazos como si notara el relente, deslizó la camiseta por su torso delgado, no muy velludo y dejó de apoyarse en el maletero para sentarse en la hierba, introspectivo, dando calada tras calada.

- Yo también he fumado así -añadía tras un rato- Eso huele por lo menos a buena historia con mal final.

- Y supones bien.

A pesar de la frase de advertencia a su primera apreciación, de la sugerencia de que no hurgara demasiado, su voz no lograba resultar todo lo áspera que solía. Le miraba por encima de la taza al hablar, interrumpiéndose con una expresión de desconcierto al encontrarla vacía. Había algo de lenta desesperación que casi parecía paladear en la forma en la que se pasaba la mano por la cara antes de volver a llenar el vaso, tratando de disimular el temblor de su mano y torciendo el gesto ante el tintineo de la botella contra el cristal.
- Sabrás, entonces, que debería parar ya. -prosiguió, más tranquila tras un par de tragos rápidos, como de trámite, al tiempo que miraba a su espalda hacia el taller, terminando por torcer una sonrisa que parecía dirigida a algún pensamiento no verbalizado- Yo también conocí alguien que fumaba así. Él si tuvo una buena historia con un mal final, supongo, la mía no es especialmente interesante.

Su voz, lo que parecía oculto tras sus palabras, la expresión de su rostro, o quizás simplemente un buen par de piernas parecían desmentir su aseveración. O tal vez simplemente fuese el interés de Johnny el que hacía que en ese momento todo pareciera sugerir que había una capa de hielo rompiéndose en algún lugar entre ambos, apunto de dejar entrever o bien algún tesoro o sólo un viejo cadáver congelado.

domingo, 6 de mayo de 2012

La esclavitud de las palabras I

En realidad esta historia no la he escrito yo, la ha escrito uno de mis personajes, por lo que es más bien una "metahistoria", pero no pude resistir la tentación de robársela y asegurarme así de que no la destruye o la pierde... ella es un desastre con los papeles.



En cuanto abrió los ojos estuvo casi segura de que no podría gritar aunque lo intentara, y le aterraba confirmar esa sospecha y atajar así la vana esperanza de que todo fuera un sueño del que pudiera despertar a base de desgañitarse.

Yacía en posición fetal en el suelo, un pulido suelo de mármol blanco veteado con finas líneas grisáceas que bien podrían haber sido las venas de algún tipo de frígido e indolente ser que acariciaba sus entumecidos nervios con sus gélidos dedos. Tenía la turbadora sensación de que la habitación estaba viva, de que la observaba.

Trató de moverse, de zafarse de esa fría caricia mientras sus ojos se acostumbraban a la semipenumbra. Comprobó, al hacerlo, que sus manos estaban firmemente atadas ante su propio cuerpo por las muñecas con una extraña pero robusta cadena cuyos eslabones irregulares parecían arañar su carne. Tenía la misma sensación de roce punzante en su cuello; en efecto, un ajustado collar rodeaba su garganta, alanceando la delicada y vulnerable piel.

No sin cierta dificultad logró ponerse en pie, con un tintineo musical, armónico, que las lustradas paredes le devolvieron en forma de eco como una burla, en un tono casi alegre. Llevó las manos a la pieza que ceñía su cuello, tratando de aflojarla sin éxito y deslizando luego los dedos por la larga cadena que pendía de ésta. Fue entonces cuando se dio cuenta de que los eslabones estaban compuestos por palabras.
Tiró hacia sí de la cadena; de nuevo ese repiqueteo melodioso. Avanzó casi a ciegas, tomando como guía la cadena, buscando aquel lugar a donde estaba anclada. A medida que caminaba, una pálida claridad iba llenando la estancia, haciéndose cada vez más intensa, más luminosa, hasta obligarla a cerrar los ojos.

Lo que empezara siendo una ligera pendiente iba convirtiéndose en una subida cada vez más empinada que hacía resbalar sus pies desnudos hasta que finalmente cayó de bruces. Por más que trataba de avanzar, de casi reptar por el bruñido suelo de mármol aferrándose a la cadena, cada metro que ganaba lo perdía al deslizarse de nuevo cuesta abajo. Cada arista, cada ángulo de cada una de las letras se clavaba en las palmas de sus manos. Terminó por dejarse caer, rendida, presa del agotamiento y el desánimo.

Tardó en ser consciente del manto cálido y reconfortante que alguien había tendido sobre ella mientras dormía. Jamás había sentido un tejido igual en contacto con su piel. Deslizó la mano por él, acariciándolo y descubriendo al hacerlo que estaba compuesto de palabras entretejidas. Fue entonces cuando se percató de que sus muñecas estaban libres ya. ¿Ya no era cautiva de sus palabras?

Se removió para ponerse en pie, encontrando que sus pies estaban fijados al suelo por dos sólidos grilletes de algún material translúcido e increíblemente duro en cuyo interior podía leerse la palabra “silencio”. Siempre había pensado que sus silencios eran sus aliados, que sólo sus palabras, en el peor de los casos, podrían someterla. Al fin comprendía que en ocasiones eran esos silencios los que la impedían avanzar.


Tomó aire cerrando los ojos, sin molestarse en perder energías en tratar de liberarse de un cepo que sabía inquebrantable, tenaz. Al abrirlos se encontró con una miríada de ojos clavados en su cuerpo, los de cada una de las palabras que había pronunciado, los de cada una de las palabras que no se había atrevido a verbalizar.
Ternura y Piedad acariciaban su frente; trató de empujar a Lástima de su lado que se limitó entonces a mirarla con gesto torvo desde el fondo de la sala. Rigor y Exigencia comenzaron a ligar nuevamente sus manos sobre su vientre mientras Juicio observaba la escena con una expresión hierática.
Su pecho latía al ritmo del trote de cien caballos desbocados. Cerró los ojos; no quería ver más, no quería saber más. La risita burlona de Pusilanimidad y el empujón de Orgullo la obligaron a abrirlos... No había ni rastro de la estancia de mármol, sólo un mullido colchón de hierba que se extendía hasta donde se perdía la vista. Movió los tobillos, con cierta reserva, casi con miedo al principio, hasta comprobar que estaban libres, al igual que sus manos, que aferraban la libreta sobre la que se había quedado dormida.

Un sueño... sólo había sido un sueño. Exhaló aliviada y se levantó sin reparar en los cortes y arañazos que ahora rodeaban sus muñecas.


jueves, 29 de marzo de 2012

Fretnyor: mañana

Fue un poema de otra persona quien me dibujó en la mente la escena que describo y quien coloreó el vestido de Alba. Gracias por compartir.



Hacía un par de horas que el crepúsculo había prendido fuego al horizonte. La brisa acariciaba la oscura superficie del lago creando pequeñas crestas, lenguas rizadas que lamían los costados de la figura que sobrenadaba las lóbregas y gélidas aguas de Fretnyor.


La pequeña balsa, como un pedacito de opacidad en lo oscuro, más negra aún que el líquido que la rodeaba, flotaba aparentemente a la deriva. Sobre ésta, una figura pálida yacía boca abajo, sus brazos exangües se negaban a seguir avanzando. No lo consentiría; ella era quien llevaba las riendas, simplemente les obligaría a hacerlo. Podía. Su mente se conformaba en una miríada de compartimentos estancos que incomunicaban unas zonas con otras a placer. Aisló las punzadas de dolor que laceraban sus brazos y cerró la puerta.
Casi sonrió. Con la barbilla apoyada en la áspera madera y los brazos colgando dentro del agua siguió avanzando. Lenta, muy lentamente. Inexorable también. Con el sosiego del que sabe hacia donde se dirige y tiene la certeza de que llegará en el momento adecuado.

La pálida luz de la luna cubría a Alba con su caricia grisácea, dotando la escena de un cierto lustre de irrealidad; dibujando, juguetona, caprichosas figuras tornasoladas en aquellas zonas de su piel tocadas por el agua.

A su espalda, cada vez más pequeño, quedaba el pantalán en el que se negó a atracar para descansar. Si se hubiera girado y un rayo de luna hubiera tenido a bien dejar caer su beso de plata sobre el malecón, probablemente habría visto el noray junto al que llegó a abarloar y que parecía tender su cabeza hacia ella en un mudo reproche por no haber sentido su soga rodeando su férreo cuello.

Apoyándose en la madera, se incorporó, avanzando con paso vacilante hacia el centro de la estructura para sentarse junto a la gamella de madera de la que sacó dos pequeños frascos de cristal, sus más preciados tesoros: uno contenía los primeros rayos de sol de una alborada, el otro un ronco grito nacido de lo más hondo de sus entrañas. "He hecho bien", se decía a sí misma, "jamás me permitiría pagar un precio tan alto."

Tras contemplarlos durante un rato, volvió a depositarlos con reverencia en el receptáculo de madera. Dobló las rodillas hacia sí, tirando de su vestido índigo para cubrir sus piernas, dejando escapar una risa argentina al ver el légamo que aún cubría sus pies. Rodeó sus rodillas con los brazos y alzó la barbilla en un gesto que, a pesar de pretender ser desafiante, no estaba exento de cierta ingenuidad casi conmovedora. - Mañana - murmuró en voz alta esta vez.

lunes, 13 de febrero de 2012

Las estribaciones de Vartaer: La Torre y el Lirio

Volvía hacia la cabaña sujetando contra sí un pequeño cesto rebosante de manzanas. Al dejar atrás el osario, algo la hizo detenerse y olisquear el aire, casi como un animal; las aletas de su nariz se hinchaban y contraían mientras Lia levantaba la barbilla tratando de encontrar el origen de ese nuevo aroma. El habitual olor dulzón y pesado de la carne en putrefacción estaba ahí, como siempre, pero había algo más, algo menos natural y, al menos para ella, más opresivo y penetrante.

No había mucha gente dispuesta a vivir en las estribaciones de Vartaer, y menos aún en aquella cabaña cuidadosamente construida sobre los cimientos de una anterior cabaña, que a su vez había sido levantada encima de los restos de una anterior choza cuyas paredes se habían elevado con las viejas piedras de un primitivo monumento megalítico; como si algo en la zona incitara a determinadas personas a no apartarse de ese lugar, como si se tratase de un vórtice magnético, parte de esas líneas telúricas tal vez producidas únicamente por el tectonismo.

En realidad, la mayoría de la gente solía evitar la Colina de los Huesos, que tomaba su nombre de la hondonada contigua que durante años había sido usada por los trabajadores del viejo matadero para arrojar los despojos ya descarnados de las reses y que, actualmente, aún era usada tanto por los cazadores para dejar los despieces inservibles de sus presas como por el equipo de Control de Pista, que solía dejar ahí los cuerpos de los animales que aparecían en la carretera tras haber sido atropellados.

A Lia no le molestaba el olor, estaba más que acostumbrada y, en todo caso, ese hedor era garante de la ausencia de visitas. Eso era, probablemente, lo que más la aterraba y la mortificaba: la gente.
Sacudió la cabeza, molesta por no encontrar el origen de ese perfume. No, parecía algo más que molesta: parecía preocupada. Un ligero ceño se instaló en su rostro, arrugando la alta y pálida frente y haciéndola parecer súbitamente mayor.

En las raras ocasiones en las que Lia no podía evitar bajar al pueblo a algo, la gente que no la había conocido de pequeña, o que no había conocido a sus padres, solía tomarla prácticamente por una cría, una adolescente. Los que la recordaban, no podían evitar mirarla con una mezcla de lástima y reserva al mismo tiempo, parecía no haber cambiado en los últimos años, se parecía demasiado a la cría de aspecto frágil, endeble, que había intentado arrojarse a la tumba de sus padres en el funeral. Había sido entonces cuando Lia se fue a vivir a la cabaña de la colina con el joven y malogrado Cal Starks, que no es que fuera una compañía muy recomendable, pero en defensa de las gentes de Basoa, Lia parecía estar bien y, en todo caso, todos procuraban encontrar montones de buenas excusas para evitar Vartaer en la medida de lo posible. Unos años más tarde, el cadáver de Starks apareció en el bosque, con la cara totalmente destrozada a pedradas, pero Lia parecía seguírselas apañando bien. Y en todo caso, Toren estaba con ella.

jueves, 9 de febrero de 2012

La chica del jersey azul: Precuela

Por aquello de contextualizar un poco, rescato la primera entrada sobre Chica, publicada el 20 de Junio del 2009, aunque la mayoría de personas lo bastante enfermas como para pasaros por aquí -y quedaros a leer, quicir- debéis de tener ya las llaves de mi baúl de los papeles. Los capítulos que faltan deben de haber ardido en alguna hoguera de San Juan, sólo quedaba este.

Un tímido rayo de sol hendía el gris plomizo del cielo. En el alfeizar de una ventana había un enorme gato que ronroneaba mientras disfrutaba de esa claridad; se trataba de un sonido áspero, tal vez inquietante. Abrió su único ojo y miró hacia el interior; tenía hambre.

La maraña de ropa se removió y de ella asomó un largo mechón castaño. Un gemido, otra sacudida de sábanas y esta vez si se incorporó despacio. De nuevo se había quedado dormida con la mano entre las piernas y su nombre en los labios. Saltó de la cama y estiró los brazos mientras meneaba la cabeza, sacudiéndose los últimos retazos de sueño del pelo.

Deslizó una camiseta sobre su cuerpo desnudo y se dirigió a la cocina. La bola de pelos cruzó el pasillo a toda velocidad y se enredó entre sus pies. Llenó el plato del animal y puso agua a hervir mientras se frotaba los ojos con los puños en un gesto infantil. Encendió un cigarrillo y sonrió mientras acariciaba la cabeza de Gato - somos tal para cual - le dijo - los dos somos defectuosos - . Acercó la cara a su hocico y recibió un bufido como respuesta - y los dos somos igual de ariscos-.

Se quedó contemplando las caprichosas figuras que formaba el humo, hasta que el pitido del hervidor la sacó de su ensimismamiento. Se sirvió una taza de té humeante, encendió otro cigarrillo y se acercó a la ventana. Mientras daba pequeños sorbos, observaba a la gente que pasaba por la calle, preguntándose qué vida llevarían, si serían felices, si echarían de menos a alguien, qué preocupaciones tendrían... Dejó que sus pensamientos fueran saltando de una cosa a otra hasta llegar irremediablemente al punto donde siempre se le atascaban últimamente. Hacía tiempo que nadie le despertaba esa fascinacion y, aunque sabía que estaba en parte sesgada por las circunstancias y por cierto aire de misterio que ninguno de los dos parecía ir a desvelar, se alegraba de que sus planetas se hubieran encontrado aunque fuera de forma tangencial.

sábado, 4 de febrero de 2012

La chica del jersey azul: Las buganvillas

Entró por la puerta de atrás del cementerio, silbando para sí de forma apenas audible, y saltó el pequeño murete de detrás de la fuente en lugar de entrar en la zona 4N por la cancela. "C'est la manie" dijo en poco más que un murmullo con la sonrisa a flor de labios. Sonrisa que se hizo más amplia y más cálida en cuanto su mirada se posó en el pequeño y níveo sepulcro.

Como de costumbre, se sentó junto a la tumba, apoyando la espalda en la tapia y, doblando las rodillas hacia sí, apoyó en éstas el cuaderno. Cerró los ojos, aspirando el aroma de las buganvillas mientras desencapuchaba el bolígrafo. La ligera brisa que vino a desordenarle el pelo la hizo pensar en sus manitas, despeinándola juguetonas; la sonrisa amenazaba con salírsele de la cara cuando abrió los ojos para posar la mirada en la sepultura. No necesitaba más para sentirse totalmente a gusto, en casa.


El bolígrafo se movía a toda prisa sobre el papel cuadriculado mientras la sonrisa de su rostro se disolvía despacio, dando lugar a una expresión de honda concentración que no estaba exenta de cierta lenidad.

Simplemente dejándolo fluir minuto a minuto, página a página; ajena al ángelus, a ese cuasi mágico momento de cambio de luz que de pronto torna todo más cálido, tan real que parece casi irreal; ese ocaso que siempre le provocaba la engañosa sensación de que cada pequeña partícula de luz incluso podría tocarse, de que cada fotón le hacía un guiño retozón como si la invitara a dejar su carga y abrazar su momento magnético de espín... Probablemente no eran más que estupideces, esos conceptos inconexos y mal asidos que rodaban por la mente de Chica entremezclándose y golpeándose unos con otros. O simplemente era que oscurecía y su vista no era tan buena como ella se empeñaba en pensar.


Tras cerrar la libreta, y retomando la sonrisa que había dejado a un lado cuando comenzara a escribir, sacó una pequeña muñeca de trapo del bolsillo de la trenca y con cierta reverencia la dejó sobre la tumba junto al pequeño ramillete de mimosas, como si se tratara de un exvoto o más bien de una broma privada entre alguna divinidad atávica y ellas mismas.


Con el cuaderno debajo del brazo, desanduvo el camino saltando de nuevo el murete, por necesidad esta vez, pues la cancela llevaba rato cerrada. Se le había echado el tiempo encima y aún tenía que recoger los patines, pero al menos había terminado el editorial justo a tiempo y Troll lo tendría un poco más difícil para encontrar motivos para liarse a los gritos esta vez.

jueves, 2 de febrero de 2012

Der rot Engel: You taste like the 4th of July.

Estaba oficialmente jodida. En todos los aspectos. Casi a cámara lenta, como si se moviera a través de la niebla de una resaca, – una de las malas – alargó el brazo para coger el guiñapo rojo en el que se había convertido su camisa y comenzó a abrochársela mientras Él encendía uno de sus sempiternos cigarrillos.

Él era una de esas personas que se ganan las mayúsculas; o que tal vez han nacido con una mayúscula encima; o quizás que simplemente la han cogido porque consideran -con mayor o menor acierto- que le pertenece y nadie jamás se plantea si esa mayúscula les corresponde o no, porque simplemente “les pega” y parece totalmente legítima puesta en ellos. Además de todo eso, también era un mayúsculo gilipollas.


- Podías esperar un rato ¿no? - casi bufó - No quiero salir apestando a eso.

Todo lo que obtuvo de Él a cambio fue una risa ronca, áspera, y una palmada en el culo. Le dio la espalda mientras se alisaba la falda y se metía por dentro la camisa.

Frente al espejo, mientras se arreglaba el pelo y se pintaba los labios, se percató de que su mirada sistemáticamente se desviaba buscando las volutas de humo que salían de sus labios; esos labios que aún sentía quemando su piel, recorriendo su cuello... Su cuello ¡mierda! Se volvió hacia Él y se apoyó en la mesa para quitarse un zapato que le lanzó con escasa puntería.

Era tan fácil discutir con Él... Una bronca, veinte minutos y algunos arañazos en Su espalda más tarde, salía a la calle satisfecha más allá de lo físico: si, estaba claro que no estaba enamorada de Iván, se mentía – y se lo creía – mientras sus tacones repiqueteaban arrogantes en el pavimento y cierta altivez estiraba una de las comisuras de sus labios. No le preocupaba la marca de su cuello, se apostaba un par de dedos de los útiles a que Iván, por desgracia, ni siquiera repararía en ella.

jueves, 26 de enero de 2012

Der rot Engel.

Le dirigió una mirada cargada de frustración; ahí estaba él, ajeno a todo, como siempre. Ajeno también a su mirada resentida... bueno, tal vez en parte porque se afanaba en dirigirle miraditas quejosas cuando él no la miraba, que a decir verdad era prácticamente todo el rato últimamente, o al menos esa sensación tenía. De pronto sintió el irrefrenable deseo de lanzarle uno de sus tacones de aguja a la cabeza.

La frustraba. La frustraba enormemente. Pero también le quería... y eso no sólo la frustraba: la enfurecía, como todo aquello que no era capaz de racionalizar.

Se volvió, dándole la espalda con algo parecido a un bufido, tratando de abstraerse en un trabajo mecánico, tedioso y aburrido. Realmente no tenía ningún derecho a estar enfadada con él; era exactamente igual de lacónico, laxo y distante emocional y sexualmente que cuando le conoció y pensó que era el hombre más lacónico, laxo y distante emocional y sexualmente que había conocido en sus veintipocos años. La diferencia radical estribaba en esas irracionales e inexplicables mariposas que sentía ahora en el estómago cuando apoyaba la cabeza en su pecho, en la forma en la que su respiración se agitaba cada vez que la besaba.

Los besos, ésa era otra... Resopló nuevamente y le miró de soslayo. Le habría hecho tres o cuatro preguntas, tal vez gritado tres o cuatro verdades, si no fuera porque estaba segura de que no le serviría para saber qué demonios pasaba dentro de su cabeza, si es que ahí pasaba algo y no se trataba meramente de un polvoriento desván lleno de ovillos de lana. Como mucho, tendrían una de sus discusiones, que era un bonito eufemismo para aludir a eso que pasaba de vez en cuando entre ellos y consistía básicamente en intercambiar varios monosílabos y encogimientos de hombros por parte de él y varias frases inconclusas y explicaciones mal dadas por parte de ella y que suponían un pasatiempo de lo más estéril porque -oh, sorpresa- jamás se entendían.

Si, le detestaba. Le detestaba tanto... tanto que en ese momento habría sido capaz de contar hasta la última de las estrellas si eso hubiera servido para que él se levantara, se acercara a ella, la rodease entre sus lacónicos, laxos y fríos brazos y la obligase a permanecer ahí un rato; cosa que él había empezado a hacer, vaya una a saber por qué, como respuesta a los intentos de acercamiento sexual por parte de Inger y que, con los meses, les había llevado a la situación en la que estaban ahora.
Estaban en una especie de tierra de nadie. No tenía ni idea de qué pensaría Iván al respecto, pero ella estaba convencida de que no eran pareja -bueno, tal vez lo suyo podía considerarse un matrimonio de ancianos, de esos sin sexo, sin comunicación, sin sal en las comidas...- Pero el caso es que, en ocasiones, en sus palabras, o tal vez en sus silencios, él parecía dar por hecho que Inger no era una mujer soltera. En cuanto al resto del mundo... estaba claro, todos les trataban como si fueran una pareja. Eso también dejaba meridianamente clara otra cosa: "el resto del mundo" estaba poblado por gente muy muy extraña.

miércoles, 25 de enero de 2012

La chica del jersey azul II

Lentamente movió los pies enfundados en gruesos calcetines de lana azul, acariciando el radiador con los dedos. De forma perezosa alargó la mano tratando de alcanzar la botella de Jim Beam; sólo consiguió llevarse un mordisco de advertencia de Gato cuando su mano tropezó con él. Realmente era demasiado temprano para eso.

Tumbada en el suelo en ropa interior, con las piernas formando un ángulo de noventa grados, movió nuevamente los pies, apoyándolos en el antepecho de la ventana esta vez, y estiró los brazos por encima de su cabeza, arqueando perezosamente la espalda con la vista fija en el cielo grisáceo que le ofrecía el tragaluz.

Llevaba un rato pensando en llamarla, pero ¿qué iba a decirle? "Llevo un año sin dar señales de vida, pero creo que te quise más de lo que nunca fui capaz de admitir" Como excusa para una llamada, no era de las mejores... Tampoco había logrado dilucidar si realmente la echaba de menos a ella o a lo que ella misma era cuando estaban juntas y, en todo caso, no quería molestarse en intantar averiguarlo. En realidad, era lo de menos.

Se puso en pie y le sacó la lengua al reflejo que el espejo le ofreció de camino a la cocina. Tras poner en marcha el hervidor y llenar de pienso el cuenco de Gato hasta que rebosara, se enfundó los vaqueros y una vieja sudadera. Un té a toda prisa, de pie ante el fregadero mientras se ataba los playeros y ya estaba lista.

Agarró al vuelo el cuaderno y la trenca y salió corriendo, dando un portazo tras de sí.