domingo, 15 de julio de 2012

Fue en un pueblo con mar I: El holandés



Hay personas a quienes no les importa meter la mano en una trampa para osos si con ello satisfacen su curiosidad; otras personas son de las que ganan incluso cuando se hacen a sí mismas trampas para perder. En ocasiones, ganan incluso cuando pierden. Algunas ni siquiera son conscientes de que han ganado... Otras hacen de una derrota algo tan jodidamente poético y decadente que automáticamente los convierte en triunfadores.


Kira se sorprendió a sí misma hablándole a Johnny de Janssen, haciéndole un sucinto esbozo de cómo se habían conocido en aquel pantano insalubre y... de cómo él había acabado descerrajándose un tiro después de dejarle un souvenir en forma de cicatriz que ahora adornaba la cara interna de su brazo desde el codo a la muñeca.

No le habló, en cambio, de cómo casi le había salvado la vida, de cómo casi se la había cobrado; de cómo habían aprendido a comunicarse sin palabras, demasiado ocupados ambos en fingir que les importaba un carajo el otro lo bastante como para no aprender su idioma; demasiado ocupados como para darse cuenta de que estaban irremisiblemente locos el uno por el otro ya. Ruud Janssen se había metido en su vida dándole una patada a la puerta y sin avisar.
Era un sádico y un maldito tarado, pero era un tarado con estilo y, sobre todo, era la primera persona que no se empeñaba en tratarla como si ella fuera buena.


Tampoco habían empezado con buen pie. Lo recordaba perfectamente, aún mejor después de un par de tragos. Estaba asomada a la enorme boca mecánica de su tesoro tratando de dilucidar qué carajo le pasaba al carburador cuando oyó un silbido procaz a su espalda al que respondió alzando el dedo medio sin girarse, obteniendo a cambio una risa ronca, áspera, pero genuinamente divertida que prácticamente la obligó a girarse para encontrarse frente a un coloso de sonrisa lobuna que le ofrecía una cerveza y la apartaba con un gesto condescendiente, paternalista, toqueteando aquí y allá bajo el capó e indicándole por señas que accionara el contacto. El suave ronroneo del motor fue lo único que logró acallar la sarta de juramentos que ya le estaba dedicando.

Apenas un par de horas más tarde, Ruud estaba borracho como una cuba arrancándole las bragas a una Kira que estaba también demasiado borracha para recordar siquiera dónde se encontraba, una Kira que se despertó horas después con un sabor metálico en la boca, con todo el cuerpo dolorido, llena de cardenales y, a juzgar por el movimiento, a bordo de un barco.

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