...Si ella seguía teniendo una cerilla, él seguía teniendo un bidón de gasolina, ¿qué podía salir mal? Qué coño, él ni siquiera necesitaba cerillas, lo suyo era trifluoruro de cloro.
- A donde quieras. - repitió él, acariciando la vulnerable piel de su muñeca con la zurda aún en el volante.
+ Lejos. Simplemente lejos. - tiró de la manga, como si el contacto de sus dedos quemara; solía acabar quemando. Cerró los ojos y alargó la mano para acariciar su barba. Quizá fue la fuerza de la costumbre lo que estiró una de sus comisuras en una media sonrisa que tenía más de nostalgia que de algo mínimamente cercano a la alegría - Y cuando hayamos llegado, un poco más lejos.
- Para eso no necesitamos salir de aquí. - tal vez él también tenía aquella vieja conversación rondándole la mente - Hay cosas que no se solucionan a golpe de acelerador o de poner distancia, ¿sabes?
- No encajo en tu mundo, ni en tus planes. - Se tragó el resto de la frase y echó otra calada con la vista fija en el techo. - Volvemos a engañarnos; te mereces algo mejor, alguien con futuro.
+ ¿Sabes que todo eso me importa una mierda cuando estamos así? - Su voz era bálsamo, era marea suave que rompía cadenciosa y plácida sobre la orilla. - Quizá no sea tan fácil como yo lo veo, pero tampoco es tan complicado como tú lo haces. Siempre dices que la verdad está en el punto medio.
- Sólo soy tu puto sueño de benzedrina, un chute de onirismo que te ayuda a disociar conciencia y realidad...
+ Para. - La interrumpió, tomándola de la barbilla y obligándola a enfrentar su mirada.
- Tu refugio del mundo real. - Continuó, implacable, consciente de que él era demasiado bueno como para condenarle a cortarse con sus esquirlas. - Pero es un alivio transitorio, una colección de momentos robados a la realidad que tal vez te acompañen en alguna noche solitaria, en el mejor de los casos.
+ Si no vas a darte una jodida tregua, al menos dámela a mí. - Quizá no quiso pelear contra las ganas de besarla; o quizá sólo quería hacerla callar. Esta vez fue él quien lanzó el reloj contra la pared. - Paremos el tiempo un rato.
- No te muevas. - Le encañonaba con la cámara, aún de rodillas sobre la cama. - ¿Sabes que cada vez que te enfoco ladeas la cabeza como un perrillo? - Su voz insinuaba risa. - Por eso me gusta fotografiarte cuando creo que no me ves hacerlo. Eres más tú.
+ Eres una fetichista. - Tiró del cuello de la camisa antes de abrocharse los botones de forma deliberadamente lenta, consciente del efecto que ese gesto tan inocente, tan cotidiano, ejercía sobre ella. Hablando de fetiches... - Me debes una conversación, una de las que no te gustan. - Si su beso fue un intento de comprar una confesión, el que ella le dio en respuesta bien pudo haber sido un intento de granjearse un aplazamiento.
Algunas veces sentía que se ahogaba bajo su lluvia, otras sentía que no podía respirar cuando su olor no la envolvía. Pero eso no podía explicárselo; uno de los dos tenía que hacer el papel de cuerdo e, irónicamente, le había tocado a ella. Trazó la línea de su mandíbula con un índice hambriento de más piel.
- A eso ya hemos jugado y al final acabamos perdiendo los dos.
Y no pudo evitar sonreír al verle echar los brazos atrás para tirar de la espalda de la camiseta. Casi un año después, y ese gesto seguía haciéndole cosquillas. Le observó cambiarse de ropa en silencio, antes de que a ambos se les escaparan las palabras a borbotones.
Casi un año después y eran capaces de retomar la conversación en el punto exacto donde la habían dejado.
Hasta que ya no quedaba más por decirse.
Al menos, nada que ella fuera capaz de verbalizar en voz alta.
+ Ven conmigo. + Se sentó junto a ella en la cama, agarrándose al clavo ardiendo de la irracionalidad a sabiendas de que los dos podían quemarse los dedos. Tomó su mano y se la llevó al costado. + Sigues siendo mi faro. Hay cosas que no cambian, ni van a cambiar: eres mi baliza.
- No. - Ella apenas rozó la tela de la camisa antes de retirar la mano y caminar hacia la puerta. Aún era capaz de trazar en su mente todos y cada uno de los dibujos que ocultaba la prenda. - ¿Cuándo te vas a dar cuenta de que no soy tu faro, sino tu ancla?
Fue todo un ejercicio de contención no corresponder a su abrazo cuando él la envolvió, inclinándose para apoyar la barbilla en su cabeza.
+ ¿Qué voy a hacer contigo?
- Guárdame en uno de esos compartimentos estanco que sólo visitas cuando se te cruza mucho el cable. - Permaneció rígida entre sus brazos, los de ella pegados al propio costado.
Fue una despedida sin lágrimas, ya habría tiempo para eso. Se prometió, mientras veía el avión hacerse cada vez más pequeño en el cielo, que jamás volverían a verse. Nunca le había costado tanto renunciar a algo, no estaba segura de ser capaz de hacerlo otra vez.
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