miércoles, 9 de noviembre de 2016

Et in Arcadia Ego VI

Saville aflojó el paso al llegar al muelle. Era consciente de que le seguían desde que bajó del coche de Helen. Se desabrochó el abrigo, granjeándose fácil acceso a su revólver, en caso de que fuera necesario y avanzó relajadamente hasta quedar bajo la precaria luz de un fanal. Aguardó, encendiéndose un pitillo.

Me imaginaba que querrías hablar conmigo más temprano que tarde. —le espetó a la oscuridad con una media sonrisa de suficiencia.

Me ha contado que la llevas de vuelta a casa; no creas que voy a consentirte... —la luz de la farola apenas iluminaba el rostro del muchacho. La voz sonaba crispada, contrastando vivamente con el tono calmo de Oliver.

No sabía que tuvieras potestad para consentirme o denegarme nada, Crowley. —exhaló una vaharada de humo que nubló sus facciones por un momento y tiró el cigarrillo.— Tenemos trabajo que hacer allí, sí. Imagino que habrás tratado de convencerla y te aplaudo el intento, pero no pongas a prueba mi paciencia. Hasta ahora he mostrado tolerancia, en consideración al afecto que te tiene.

La carga del muchacho le resultó lo bastante inesperada para hacerle trastabillar y, de algún modo, pareció casi divertirle. Con economía de movimientos, le agarró por la solapa de su cazadora de cuero y le noqueó de un certero puñetazo.

Igual de testarudo que tu hermana. —murmuró a la figura, ahora yacente, abriendo y cerrando la mano con un siseo. Dejando escapar un suspiro, sacó una petaca del bolsillo interior del abrigo y vació gran parte de su contenido sobre Crowley antes de cargárselo al hombro.


El guarda no pareció especialmente sorprendido, abrió la puerta de la garita y le franqueó el acceso a Saville, ayudándole a dejar al joven sobre un desvencijado sillón.

Me lo he encontrado durmiéndola contra una de las bateas. —explicó con tono condescendiente mientras se recolocaba el abrigo. —Imagino que se le habrá ido la fiesta de las manos.

Extranjeros. —masculló el vigilante como si se tratara de un pecado imperdonable. —No saben beber y siempre acaban dando problemas.

Le conozco, no es mal muchacho. Asegúrate de que duerma la mona y de que no se meta en líos, por favor. —Con un gesto discreto, deslizó un billete debajo de la lata del café y alzó una mano a modo de despedida antes de abandonar la garita.

Ahí va un tipo elegante. —murmuró el guarda, para quien, al parecer, había distintos grados de extranjería, mientras hacía desaparecer el billete en uno de los bolsillos del uniforme.



El domingo transcurrió tranquilo y, sobre todo, productivo para Elizabeth. No eran muchas las ocasiones que tenía de trabajar a solas con el Arcadia para ella y dio buena cuenta de la situación. No se le ocurrió pensar en el enfado de Crowley, en la inminente partida en dirección a Etrinia, en lo que encontrarían allí. ¿Para qué? Darle vueltas sólo serviría para tensarse y hacerla más improductiva. Tampoco le preocupaba la reunión de Saville con los inversores: estaba segura de que sería un éxito, no podría ser de otra forma.

Tras una larga y satisfactoriamente extenuante jornada entre máquinas y aparejos, había revisado y corregido los informes y planos. Comprobó por segunda vez que todo estuviera listo para zarpar a la mañana siguiente y se concedió un rato de relax con una humeante taza de café y la única compañía de la radio, acodada en la regala. El cuarto creciente pendía del cielo añil como una joya marfileña y su reflejo rielaba sobre el agua. Incitaba a la introspección. Sólo entonces se permitió entrar en esos compartimentos estancos de su mente que rara vez solía visitar.

No oyó a Saville, abstraída como estaba, y no fue consciente de su presencia hasta que una mano en su cadera y el olor acre del bourbon la sacaron de sus pensamientos.

Apestas a alcohol. —no sonaba a reproche, sino a mera exposición de una obviedad. Deseó no haberse tensado bajo la caricia del hombre. Al darse la vuelta llevó su mano sobre la de él, bien fuera por ofrecerle un pálido reflejo de su caricia o por apartar su mano y entonces le miró arqueando las cejas. —¿Tan mal ha ido la reunión? Voy a por algo para la hinchazón.

Quizás esté borracho, o tal vez no lo suficiente. —la detuvo, la mano testaruda de nuevo sobre la cadera renuente. —Sólo ha sido un golpe tonto, déjalo. —su propio cuerpo ejerció de muro de contención al apoyar sendas manos sobre la regala, atrapándola virtualmente entre ellas. —Ha salido a pedir de boca, están encantados. Y he estado pensando... —la observó en silencio durante unos segundos. Control. No tenía del todo claro si disfrutaba más ejerciéndolo o saboreando la forma en la que sabía que ella estaba luchando por mantener el propio y no zafarse de ese casi abrazo. —Dalannur va a sufragar totalmente los gastos y los inversores ofrecen crédito ilimitado para la primera fase. Tal vez tras eso sea el momento de dejarlo todo y vivir la vida; Olvas, Damitova... —distancia. Sin duda iban a necesitar toda la distancia que el dinero pudiera comprar.

¿La reunión ha ido tan bien que estás planteándote retirarte y largarte al otro extremo del mundo? —sus palabras estaban teñidas de algo más que mera incredulidad. De hecho, estaba lo bastante enfadada como para ser capaz de casi ignorar la cercanía física por un momento. —Oliver, si es una forma retorcida de ofrecerme el finiquito y una patada, te aseguro que no es necesario que...

Nos. Retirarnos. —sus manos estrecharon el cepo en torno a Elizabeth. —Piénsalo, Lizz. Un nuevo comienzo. Partiendo de cero esta vez, no de menos diez. —había un incaracterístico deje de tensión en su voz.

No puedes... —boqueó como un pez fuera del agua, incapaz de articular el torrente de “peros” que pugnaban por escapar de sus labios y terminó por apoyar la mejilla en su abrigo con los ojos fuertemente cerrados. En la radio, la voz aterciopelada de un jovencísimo Elvis Presley recién llegado de su servicio militar les decía que era ahora o nunca. —No puedo permitirme creer eso, Oliver, no es tan fácil.

Una nueva vida. Quiero que te lo repitas como un jodido mantra, Lizz. —la estrechó contra sí. —En cuanto avistemos Etrinia... quiero que no dejes de repetírtelo. Una nueva vida, a nuestro alcance. Va a ser cuestión de meses... una jodida nueva vida lejos de todo.


Fuera lo que fuese lo que Elizabeth estaba a punto de apostillar, murió en sus labios antes de ser verbalizado. Las voces y las risas de Daniel y Cooper la hicieron apartarse de Saville como si fuera una tea ardiendo.

Pasa casi media hora de medianoche, embarcáis tarde. —fue el hosco saludo que recibieron por parte de la oficial de cubierta, que lucía unos ojos enrojecidos.

Ha sido culpa mía, Lizzie, lo siento. —Daniel Boyle le ofrecía esa sonrisa suya a prueba de obuses. —Que me cuestan mucho las despedidas, pero mañana a primerísima hora estaremos frescos como lechugas y listos para zarpar.

Cambio de planes. —Saville se aflojaba el nudo de la corbata con un aire casi jovial, aparentemente despreocupado. —Zarpamos ya. —les dio la espalda tras la escueta orden, perdiéndose la cara de asombro de los tres. —Lizz, cámara de oficiales. Cooper, te quiero en el panel en cuanto estemos listos.






¿Realmente crees que no sabe de dónde provienen esos fondos? —la voz de Sanders dejaba patente su escepticismo. —No es un hombre a subestimar. Si lo fuese, no habría contado con él.

Está tan obsesionado con ese proyecto... No, estoy segura de que no alberga la menor sospecha a ese respecto. —Helen se encogió de hombros. —De todas formas, no comprendo la relevancia del origen de ese dinero; él es parte de la Organización y si efectivamente es capaz de llevar a buen término su overhaul, nos vendrá bien a todos.

¿Nunca has oído eso de no dejar que tu mano derecha sepa lo que hace tu mano izquierda? —repuso, hojeando un nutrido dossier. —Sí, su proyecto es útil y él es uno de los mejores, por eso le he concedido esta especie de... prerrogativa. Déjale que se entretenga con sus aparatos y sus circuitos. Pero no tiene sentido compartir más información de la estrictamente necesaria. Quiero gente de confianza en Etrinia, encárgate. Los Barron han sido útiles hasta ahora y quizás los mantenga por un tiempo, pero son cualquier cosa menos estables. Y que tengan un ojo en Saville también. —cerró la carpeta, cuyo membrete rezaba MK-Ultra, y dio por terminada la reunión con un gesto de mano. —Ah, Helen. —la llamó cuando ésta salía ya del despacho. —La sujeto A ya no es útil, será neutralizada en cuanto lleguen a la capital. No quiero cabos sueltos ni distracciones a estas alturas.

Se echó hacia atrás en su silla en cuanto la mujer hubo abandonado la estancia, las manos unidas por las yemas de los dedos y los índices apoyados sobre los labios.

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