domingo, 6 de mayo de 2012

La esclavitud de las palabras I

En realidad esta historia no la he escrito yo, la ha escrito uno de mis personajes, por lo que es más bien una "metahistoria", pero no pude resistir la tentación de robársela y asegurarme así de que no la destruye o la pierde... ella es un desastre con los papeles.



En cuanto abrió los ojos estuvo casi segura de que no podría gritar aunque lo intentara, y le aterraba confirmar esa sospecha y atajar así la vana esperanza de que todo fuera un sueño del que pudiera despertar a base de desgañitarse.

Yacía en posición fetal en el suelo, un pulido suelo de mármol blanco veteado con finas líneas grisáceas que bien podrían haber sido las venas de algún tipo de frígido e indolente ser que acariciaba sus entumecidos nervios con sus gélidos dedos. Tenía la turbadora sensación de que la habitación estaba viva, de que la observaba.

Trató de moverse, de zafarse de esa fría caricia mientras sus ojos se acostumbraban a la semipenumbra. Comprobó, al hacerlo, que sus manos estaban firmemente atadas ante su propio cuerpo por las muñecas con una extraña pero robusta cadena cuyos eslabones irregulares parecían arañar su carne. Tenía la misma sensación de roce punzante en su cuello; en efecto, un ajustado collar rodeaba su garganta, alanceando la delicada y vulnerable piel.

No sin cierta dificultad logró ponerse en pie, con un tintineo musical, armónico, que las lustradas paredes le devolvieron en forma de eco como una burla, en un tono casi alegre. Llevó las manos a la pieza que ceñía su cuello, tratando de aflojarla sin éxito y deslizando luego los dedos por la larga cadena que pendía de ésta. Fue entonces cuando se dio cuenta de que los eslabones estaban compuestos por palabras.
Tiró hacia sí de la cadena; de nuevo ese repiqueteo melodioso. Avanzó casi a ciegas, tomando como guía la cadena, buscando aquel lugar a donde estaba anclada. A medida que caminaba, una pálida claridad iba llenando la estancia, haciéndose cada vez más intensa, más luminosa, hasta obligarla a cerrar los ojos.

Lo que empezara siendo una ligera pendiente iba convirtiéndose en una subida cada vez más empinada que hacía resbalar sus pies desnudos hasta que finalmente cayó de bruces. Por más que trataba de avanzar, de casi reptar por el bruñido suelo de mármol aferrándose a la cadena, cada metro que ganaba lo perdía al deslizarse de nuevo cuesta abajo. Cada arista, cada ángulo de cada una de las letras se clavaba en las palmas de sus manos. Terminó por dejarse caer, rendida, presa del agotamiento y el desánimo.

Tardó en ser consciente del manto cálido y reconfortante que alguien había tendido sobre ella mientras dormía. Jamás había sentido un tejido igual en contacto con su piel. Deslizó la mano por él, acariciándolo y descubriendo al hacerlo que estaba compuesto de palabras entretejidas. Fue entonces cuando se percató de que sus muñecas estaban libres ya. ¿Ya no era cautiva de sus palabras?

Se removió para ponerse en pie, encontrando que sus pies estaban fijados al suelo por dos sólidos grilletes de algún material translúcido e increíblemente duro en cuyo interior podía leerse la palabra “silencio”. Siempre había pensado que sus silencios eran sus aliados, que sólo sus palabras, en el peor de los casos, podrían someterla. Al fin comprendía que en ocasiones eran esos silencios los que la impedían avanzar.


Tomó aire cerrando los ojos, sin molestarse en perder energías en tratar de liberarse de un cepo que sabía inquebrantable, tenaz. Al abrirlos se encontró con una miríada de ojos clavados en su cuerpo, los de cada una de las palabras que había pronunciado, los de cada una de las palabras que no se había atrevido a verbalizar.
Ternura y Piedad acariciaban su frente; trató de empujar a Lástima de su lado que se limitó entonces a mirarla con gesto torvo desde el fondo de la sala. Rigor y Exigencia comenzaron a ligar nuevamente sus manos sobre su vientre mientras Juicio observaba la escena con una expresión hierática.
Su pecho latía al ritmo del trote de cien caballos desbocados. Cerró los ojos; no quería ver más, no quería saber más. La risita burlona de Pusilanimidad y el empujón de Orgullo la obligaron a abrirlos... No había ni rastro de la estancia de mármol, sólo un mullido colchón de hierba que se extendía hasta donde se perdía la vista. Movió los tobillos, con cierta reserva, casi con miedo al principio, hasta comprobar que estaban libres, al igual que sus manos, que aferraban la libreta sobre la que se había quedado dormida.

Un sueño... sólo había sido un sueño. Exhaló aliviada y se levantó sin reparar en los cortes y arañazos que ahora rodeaban sus muñecas.