Historia escrita (y aún en construcción) a tres pares de manos y con horas robadas al sueño. Gracias por ser las piezas de mi rompecabezas y permitirme formar parte del vuestro.
1463, hacía tan sólo diez años que el imperio Otomano había conquistado Constantinopla. El control mongol sobre los otomanos había durado muy poco y el imperio se encontraba en el máximo apogeo de su esplendor, disfrutando de una época aparentemente pacífica. Aparentemente.
Zaím descansaba en su tienda, a escasas quince leguas al norte de Edfu, en dirección a Luxor. Era plenamente consciente de que el equilibrio estaba a punto de romperse. Maat sucumbiría bajo Seth... y él sería uno de los brazos ejecutores. Zaím no amaba el caos por el caos, pero como buen mercenario, sabía que era una oportunidad excepcional para medrar. No confiaba del todo en los turcos, pero sí confiaba en que serían el bando victorioso a la larga y, por tanto, aquel en el que él debería estar. Éstos, a su vez, confiaban en las dotes militares del mercenario para allanarles el camino hacia esa victoria y estaban dispuestos a pagar de forma más que generosa.
Los gráciles y suaves dedos de Serq dibujaban la fea cicatriz en el vientre del guerrero, que yacía con una mano bajo la cabeza y los ojos entrecerrados; su otra mano estaba enredada en la cascada de seda oscura que formaba el pelo de la muchacha. Serq poseía esos rasgos característicos de los nubios que los distinguían de cualquier otro egipcio: su piel era mucho más oscura, sus labios, que reposaban ahora sobre el pecho de Zaím, eran más finos y sus ojos tenían el azul profundo de la bóveda celeste justo antes del crepúsculo.
-…Isis, aún bajo la forma de un milano, insufla aliento y vida en el cuerpo de Osiris con sus alas y copula con él, concibiendo así a su hijo y legítimo heredero, Horus. - Su aliento acariciaba la piel de Zaím. La voz de la nubia, grave y con una cualidad aterciopelada, le resultaba casi hipnótica. Ni siquiera prestaba atención a sus palabras, simplemente disfrutaba de la cadencia de sus relatos, de esa voz que le envolvía y, de algún modo, le reconciliaba con el mundo. - ¿Alguna vez te has parado a pensar en el paralelismo entre la historia de Osiris y ese otro mesías que adoran los infieles? Misma historia, camuflada bajo diferentes nombres unos cuantos milenios después. Cruz aristotélica, cruz ansada, en el fondo...
Un gruñido hastiado la hizo interrumpir su disquisición. El hechizo, el descanso del guerrero, se había roto.
- La cruz ansada, ¿eh? - Su mano, grande y callosa, acarició el ankh que colgaba entre los pechos de la mujer y constituía su única vestimenta. El movimiento, delicado al principio, se tornó brusco, casi despectivo, y el hombre la apartó de sí, poniéndose en pie. - El Cairo está a unas ciento treinta leguas, siete jornadas a caballo – En realidad, sólo los animales más duros, los mejor alimentados y en perfecta forma física podrían aguantar ese ritmo – Tú regresarás a Edfu. - Su tono era tajante, el tono de voz de quien no está acostumbrado a que cuestionen sus órdenes. - No creo que estemos más de uno, dos días a lo sumo allí y tenemos que estar listos para entrar en batalla. Sólo la caballería y las provisiones imprescindibles, no podemos permitirnos retrasos. Te quiero lejos del frente.
Serq asintió, tal vez sumisa, tal vez conociendo perfectamente que tampoco tenía otra opción, aunque había confiado poder viajar con ellos a El Cairo y despedirse allí. Sabía que Zaím jamás la arriesgaría. Sabía también que confiaba en ella como en nadie. O eso pensaba.
En realidad, Zaím no confiaba en nadie excepto en sus hombres en lo tocante a una campaña militar. Y menos aún con los turcos de por medio. Éstos esperaban una escaramuza relativamente fácil y sin demasiadas bajas. Zaím, por contra, no subestimaba a los guerreros mamelucos. Había mentido a Serq, por la seguridad de ella y por la de la misión: no se dirigían a El Cairo sino a Sharm el-Sheikh. Allí le esperaban Yafeu y el cónsul para debatir la táctica ofensiva y preparar la campaña.