miércoles, 26 de agosto de 2015

Campaña en Egipto II - Serq

Su última noche. La última. Serq se agitó inquieta, insomne. Ahora que Zaím dormía, no necesitaba fingir el aplomo o la tranquilidad que le faltaban. Observó el perfil relajado del hombre que yacía a su lado y sus dedos no pudieron evitar trazar su contorno: el ceño, fruncido aún en sueños; la nariz recta, con carácter; la cicatriz que surcaba su mejilla desde la sien y casi le había hecho perder el ojo; la barba hirsuta, del color de la miel sagrada; la escarificación de su hombro representando al escarabajo divino, el más poderoso de los amuletos, relacionado con Ra y el dios Khepri, que se creaba a sí mismo cada mañana, renacía como el Sol y poseía, por tanto, la vida eterna. La vida eterna... Un leve estremecimiento apenas sacudió su cuerpo mientras fijaba la imagen de Zaím en sus retinas. - Mi atum*... - musitó - ¿Por qué eres tan descreído? Tú, de entre todos los hombres...

Con sigilo felino, salió de la tienda para orar, a salvo de la mirada reprobadora del mercenario. Una sensación ominosa le atenazaba el pecho; no podía llamarlo presagio, ya que se trataba, en realidad, de una certeza. Un breve vistazo en derredor le descubrió la presencia de Alphonse. Aún no habían despuntado las luces del alba y el militar francés ya estaba alerta, vigilándola como un halcón.

Serq y Alphonse se habían conocido casi un año atrás, en Luxor. Recordaba como Zaím había saludado al militar francés, no como a un viejo amigo, sino como a un hermano. - Si en la vida poseyera un tesoro de más valía que el oro – Le había dicho Zaím tras unos cuantos tragos de zahib, costumbre que Serq detestaba – Se lo confiaría a este hombre sin la menor duda. - La nubia y el gabacho se habían aborrecido casi a primera vista. El francés de Serq era igual de rudimentario que el knezi de Alphonse, y aún así, eso no era óbice para que se enzarzaran en enconadas discusiones teológicas a la menor oportunidad; él consideraba las creencias de la egipcia meras supersticiones primitivas, mientras que ella consideraba al francés tan ignorante e irrespetuoso como errado en sus aseveraciones. Dichas disputas solían saldarse con un bramido de Zaím, que no soportaba “las supercherías”, como él las denominaba, fueran del signo que fueran.

Y ahora se encontraba bajo la custodia de aquel hombre horrible. ¿Cómo podía Zaím confiar tan ciegamente en un extranjero? En ocasiones como aquella, casi olvidaba que Zaím también era extranjero, a pesar de la sangre que corría por sus venas. Hombre de grandes contradicciones, incluso su origen, su linaje y su crianza estaban en conflicto.

La muchacha se abstrajo de la presencia incómoda del hombre y se concentró de nuevo en sus cavilaciones. ¿Cómo hacerle entender? Si él creyera en los milagros... ella también lo haría. El Maat de Zaím, su equilibrio, estaba roto. Y Maat siempre se cobraba sus deudas. Si ella conociera el secreto de Isis... Haría cualquier cosa por él. No se trataba de algo tan caprichoso y aleatorio como el amor, era algo más. Sentía que se pertenecían, desde tiempos inmemoriales, desde antes aún de conocerse. Se mordió el labio. Si Zaím sacrificara algo, algo que realmente amara, el Maat sería restituido. Ni siquiera había de ser un sacrificio que él hiciera de forma consciente...

*Todo