domingo, 22 de mayo de 2016

El calor de la flama

Aún olía a frío, a pesar del fuego que ya flameaba en el llar. Las cimbreantes lenguas de fuego, única iluminación de la estancia, proyectaban sombras tornadizas y veleidosas sobre las paredes de piedra, arrancando de los leños una sinfonía de chasquidos y chisporroteos al hacerles los amores con su ardiente caricia.

Los únicos sonidos que vestían, sin enmascararlo, el plácido silencio, eran el crepitar de la lumbre y el implacable ulular del viento, que azotaba vehemente los postigos de madera. La escarcha se rendía lentamente, con negligente renuencia, cediendo el terreno conquistado sobre el cristal.

Una diminuta polilla agitaba con dificultad sus alas, aún húmedas por la lluvia; extenuada, invirtió su último esfuerzo en acercarse al reconfortante y cálido fogaje que la atraía de forma irremisible. Vibrante, intenso, férvido, salvaje, fascinante... Sabía que la incitante promesa de refugio que le ofrecía la hipnótica danza de la flama podría entrañar su perdición. Y aún así... ¿acaso no merecería la pena consumirse en ese fulgor?

Su entrega se saldó con un fogonazo apenas perceptible. La insignificante polilla, enamorada de la llama, y su pequeña ofrenda le fueron desapercibidos a todo excepto al propio fuego. Éste la acogió en su abrazo, la transmutó en algo diferente en ese instante en que formaron parte de un mismo todo, brindándole un vínculo que, aunque inefable, fugaz en su concreción, les uniría ya hasta que esas mismas ascuas se extinguieran.