A lo largo de todo el día siguiente Elizabeth no tuvo noticias de Crowley, que se había despedido de ella fríamente en el puerto tras haber “firmado” la paz a regañadientes. Si la ausencia de señales de vida le preocupaba, no daba muestra de ello. En realidad, se creía lo bastante conocedora del carácter del muchacho como para saber que necesitaría pasar un tiempo a solas para enfriar el enfado y, quizás, ponerse en paz con sus propios demonios. Tal vez se equivocase.
Oliver se había acostado de mal humor y, cosa poco habitual en él, se había levantado de igual talante. Pasó gran parte de la mañana encerrado en la cámara de oficiales, pero no lograba su productividad habitual. Era consciente de que se estaba moviendo en terreno pantanoso y no podía sacarse de la cabeza ni la actitud de Sanders ni las palabras de Helen acerca de la perspectiva de desembarazarse de los Barron en un futuro no demasiado lejano... ni el hecho de que se barajase su nombre para dirigir esa sección. ¿Cuándo había dejado de importarle eso? – Al final resultará que tienes principios y todo. – se dijo con cierto tono burlesco, sabedor de que no era del todo cierto, ni esa la cuestión.
Poco antes de mediodía, dejó el barco con la innecesaria excusa de saldar cuentas con el tipo del taller.
- Puedo darle saludos de tu parte a ese mecánico que te ha echado el ojo, Lizz. - comentó con sorna antes de desembarcar, dejando patente, de paso, que no se le escapaba casi nada de lo que aconteciera en puerto. El resoplido airado que obtuvo como respuesta consiguió mejorar un poco su ánimo, siempre disfrutaba con eso.
A miles de millas, en Sumantova, Sanders descendía de su Gulfstream G550 tras estrechar la mano del piloto. Tras él, dos hombres de traje oscuro cargaban idénticos maletines de piel.
- Ha demostrado su lealtad en sobradas ocasiones a lo largo de estos años. La operación en Dartia no habría sido posible sin él.
- Estoy de acuerdo. - convino Thomas Sanders – Pero aún así quiero que tengáis un ojo en él. Llamadlo paranoia, si queréis. - saludó al hombre que les aguardaba en pista con un firme apretón de manos y una amplia sonrisa. No era para menos, estaba a punto de venderle setenta rifles Beretta ARX-160 y embolsarse un buen pellizco, aunque los pingües beneficios eran bicoca comparados con el hecho de que, a partir de ese momento, el tipo le debería un gran favor.
- ¿Beatrix? Creo que querías hablar conmigo. - una tos al otro lado de la línea telefónica le hizo apartar de sí el auricular.
- Llevo casi dos días esperando tu llamada, joder. Y odio esperar. - en efecto, la voz áspera y cascada de la mujer sonaba impaciente – Son esa mierda de trastos, no funcionan. Son una jodida mierda, Oliver, así que más vale que traigas tu culo aquí y los arregles, nos han costado una fortuna.
- Tengo el aviso, sí. - en realidad, se trataba de una fortuna que los Barron no habían desembolsado, pero entrar en discusión habría sido estéril y Oliver no tenía la menor intención de alargar innecesariamente la llamada. - Lamento que los servidores estén dando problemas, pero tenemos el fallo identificado y sois nuestra próxima parada. Tienes mi palabra de que en breve estará solucionado.
- Bien, eso espero. - aunque Beatrix seguía empleando su habitual tono brusco, parecía aplacada. Incluso se permitió una carcajada estridente - ¿Qué tal se porta la mascota que te vendimos? Quizá tengamos que renegociar los términos, Dye sigue queriendo recuperarla, en el fondo es un sentimental. Tendrás que hablarlo con él, me gustaría verte pero tengo negocios que atender fuera. Estos jodidos inútiles son incapaces de hacer nada si una no está encima de ellos constantemente.
- Oh vaya, lo lamento, Trix, a mí también me hubiera gustado verte. - respondió, apretando la mandíbula y logrando no sonar sarcástico, ignorando el comentario sobre Elizabeth – Tal vez en otra ocasión. - se despidió antes de que Beatrix pudiera añadir más y soltó el auricular con gesto asqueado. Cada vez que hablaba con esa mujer se sentía como si a continuación necesitase una buena ducha.
Y eso fue exactamente lo primero que hizo al regresar. Aprovechó el momento para repasar mentalmente la presentación que haría ante los inversores, y probablemente fuese eso y no la ducha lo que finalmente logró mejorar su humor. El rugido de su estómago le hizo ser consciente de la hora y asomarse al galley; sorprendido por no encontrar allí a Elizabeth, salió a cubierta, donde la pilló con las manos en la masa: enjuagando con agua dulce el equipo de buceo que, evidentemente, acababa de utilizar.
- Nos estamos evitando, ¿hmm? - se acercó a la mujer, comenzando a revisar los latiguillos y la boquilla del regulador mientras ella seguía con el aclarado – Si hubiera sido Daniel o Cooper quien hubiera bajado solo, habrías amenazado con arrancarle la piel a tiras. Primera norma del submarinista.
- Ha sido sólo un momento, Capitán, quería comprobar el oxiacetilénico. - hizo un gesto de cabeza hacia el soldador para uso subacuático, a sabiendas de que Oliver tenía razón. Y de que no era propio de ella no avisar de una inmersión, pero realmente se le había olvidado por completo, prueba inequívoca de que tenía la cabeza en otra parte. Maldijo para su fuero interno.
- Estamos a solas, Lizz. - no le pasó desapercibida la justificación. Era la primera vez desde que la conocía que se escudaba tras una y, en circunstancias normales, habrían tenido una bronca al respecto. Decidió dejarlo correr, ambos estaban más tensos de lo habitual y la discusión del día anterior, la subsiguiente tirantez y, posteriormente, la breve conversación con Beatrix le habían dejado un mal sabor de boca del que estaba deseando deshacerse.
- Lo siento, Oliver. Realmente no estaba... - se encogió de hombros y colgó el chaleco del revés para que secara, pasándose a continuación la mano por el pelo y mirándole en silencio por unos segundos; en realidad, ya no estaba hablando de trabajo – ¿Podemos ahorrarnos la parte en la que nos pedimos disculpas? Por favor.
- Está bien, tregua. - rodeó sus hombros con un brazo, señalando con la mano libre hacia el equipo de buceo, aludiendo claramente a su inmersión en solitario – Y, Hyde... que no se repita, ¿entendido?
Tanto la comida como la posterior tarde de trabajo a solas transcurrieron agradablemente para ambos. Desde que Oliver se la llevara de Etrinia se habían entendido bien, si bien requirió grandes dosis de paciencia por parte de Saville al principio. La invirtió gustoso, a pesar de que en alguna ocasión se planteó si habría sido una buena idea enrolarla a bordo; Elizabeth había demostrado tener un talento natural para la maquinaria y la electrónica y supo hacerse útil enseguida.
Siempre lo había enfocado como un arreglo temporal, pero para cuando quiso darse cuenta, le era casi imprescindible, al menos todo lo imprescindible que puede ser una persona. La miró por el rabillo del ojo mientras ella llenaba la taza de café del hombre con un gesto automático, enfrascada en los planos, y se permitió volver brevemente a la única noche de intimidad física que habían compartido, a esa entrega desesperada, suicida y hambrienta. Se preguntó cómo habría sido si no se hubiera criado como una alimaña entre aquellos tarados y a continuación desechó el pensamiento. Quizá los años le estuvieran ablandando. Se pasó la mano por la cara y devolvió toda su atención al trabajo.
Oliver se había acostado de mal humor y, cosa poco habitual en él, se había levantado de igual talante. Pasó gran parte de la mañana encerrado en la cámara de oficiales, pero no lograba su productividad habitual. Era consciente de que se estaba moviendo en terreno pantanoso y no podía sacarse de la cabeza ni la actitud de Sanders ni las palabras de Helen acerca de la perspectiva de desembarazarse de los Barron en un futuro no demasiado lejano... ni el hecho de que se barajase su nombre para dirigir esa sección. ¿Cuándo había dejado de importarle eso? – Al final resultará que tienes principios y todo. – se dijo con cierto tono burlesco, sabedor de que no era del todo cierto, ni esa la cuestión.
Poco antes de mediodía, dejó el barco con la innecesaria excusa de saldar cuentas con el tipo del taller.
- Puedo darle saludos de tu parte a ese mecánico que te ha echado el ojo, Lizz. - comentó con sorna antes de desembarcar, dejando patente, de paso, que no se le escapaba casi nada de lo que aconteciera en puerto. El resoplido airado que obtuvo como respuesta consiguió mejorar un poco su ánimo, siempre disfrutaba con eso.
A miles de millas, en Sumantova, Sanders descendía de su Gulfstream G550 tras estrechar la mano del piloto. Tras él, dos hombres de traje oscuro cargaban idénticos maletines de piel.
- Ha demostrado su lealtad en sobradas ocasiones a lo largo de estos años. La operación en Dartia no habría sido posible sin él.
- Estoy de acuerdo. - convino Thomas Sanders – Pero aún así quiero que tengáis un ojo en él. Llamadlo paranoia, si queréis. - saludó al hombre que les aguardaba en pista con un firme apretón de manos y una amplia sonrisa. No era para menos, estaba a punto de venderle setenta rifles Beretta ARX-160 y embolsarse un buen pellizco, aunque los pingües beneficios eran bicoca comparados con el hecho de que, a partir de ese momento, el tipo le debería un gran favor.
- ¿Beatrix? Creo que querías hablar conmigo. - una tos al otro lado de la línea telefónica le hizo apartar de sí el auricular.
- Llevo casi dos días esperando tu llamada, joder. Y odio esperar. - en efecto, la voz áspera y cascada de la mujer sonaba impaciente – Son esa mierda de trastos, no funcionan. Son una jodida mierda, Oliver, así que más vale que traigas tu culo aquí y los arregles, nos han costado una fortuna.
- Tengo el aviso, sí. - en realidad, se trataba de una fortuna que los Barron no habían desembolsado, pero entrar en discusión habría sido estéril y Oliver no tenía la menor intención de alargar innecesariamente la llamada. - Lamento que los servidores estén dando problemas, pero tenemos el fallo identificado y sois nuestra próxima parada. Tienes mi palabra de que en breve estará solucionado.
- Bien, eso espero. - aunque Beatrix seguía empleando su habitual tono brusco, parecía aplacada. Incluso se permitió una carcajada estridente - ¿Qué tal se porta la mascota que te vendimos? Quizá tengamos que renegociar los términos, Dye sigue queriendo recuperarla, en el fondo es un sentimental. Tendrás que hablarlo con él, me gustaría verte pero tengo negocios que atender fuera. Estos jodidos inútiles son incapaces de hacer nada si una no está encima de ellos constantemente.
- Oh vaya, lo lamento, Trix, a mí también me hubiera gustado verte. - respondió, apretando la mandíbula y logrando no sonar sarcástico, ignorando el comentario sobre Elizabeth – Tal vez en otra ocasión. - se despidió antes de que Beatrix pudiera añadir más y soltó el auricular con gesto asqueado. Cada vez que hablaba con esa mujer se sentía como si a continuación necesitase una buena ducha.
Y eso fue exactamente lo primero que hizo al regresar. Aprovechó el momento para repasar mentalmente la presentación que haría ante los inversores, y probablemente fuese eso y no la ducha lo que finalmente logró mejorar su humor. El rugido de su estómago le hizo ser consciente de la hora y asomarse al galley; sorprendido por no encontrar allí a Elizabeth, salió a cubierta, donde la pilló con las manos en la masa: enjuagando con agua dulce el equipo de buceo que, evidentemente, acababa de utilizar.
- Nos estamos evitando, ¿hmm? - se acercó a la mujer, comenzando a revisar los latiguillos y la boquilla del regulador mientras ella seguía con el aclarado – Si hubiera sido Daniel o Cooper quien hubiera bajado solo, habrías amenazado con arrancarle la piel a tiras. Primera norma del submarinista.
- Ha sido sólo un momento, Capitán, quería comprobar el oxiacetilénico. - hizo un gesto de cabeza hacia el soldador para uso subacuático, a sabiendas de que Oliver tenía razón. Y de que no era propio de ella no avisar de una inmersión, pero realmente se le había olvidado por completo, prueba inequívoca de que tenía la cabeza en otra parte. Maldijo para su fuero interno.
- Estamos a solas, Lizz. - no le pasó desapercibida la justificación. Era la primera vez desde que la conocía que se escudaba tras una y, en circunstancias normales, habrían tenido una bronca al respecto. Decidió dejarlo correr, ambos estaban más tensos de lo habitual y la discusión del día anterior, la subsiguiente tirantez y, posteriormente, la breve conversación con Beatrix le habían dejado un mal sabor de boca del que estaba deseando deshacerse.
- Lo siento, Oliver. Realmente no estaba... - se encogió de hombros y colgó el chaleco del revés para que secara, pasándose a continuación la mano por el pelo y mirándole en silencio por unos segundos; en realidad, ya no estaba hablando de trabajo – ¿Podemos ahorrarnos la parte en la que nos pedimos disculpas? Por favor.
- Está bien, tregua. - rodeó sus hombros con un brazo, señalando con la mano libre hacia el equipo de buceo, aludiendo claramente a su inmersión en solitario – Y, Hyde... que no se repita, ¿entendido?
Tanto la comida como la posterior tarde de trabajo a solas transcurrieron agradablemente para ambos. Desde que Oliver se la llevara de Etrinia se habían entendido bien, si bien requirió grandes dosis de paciencia por parte de Saville al principio. La invirtió gustoso, a pesar de que en alguna ocasión se planteó si habría sido una buena idea enrolarla a bordo; Elizabeth había demostrado tener un talento natural para la maquinaria y la electrónica y supo hacerse útil enseguida.
Siempre lo había enfocado como un arreglo temporal, pero para cuando quiso darse cuenta, le era casi imprescindible, al menos todo lo imprescindible que puede ser una persona. La miró por el rabillo del ojo mientras ella llenaba la taza de café del hombre con un gesto automático, enfrascada en los planos, y se permitió volver brevemente a la única noche de intimidad física que habían compartido, a esa entrega desesperada, suicida y hambrienta. Se preguntó cómo habría sido si no se hubiera criado como una alimaña entre aquellos tarados y a continuación desechó el pensamiento. Quizá los años le estuvieran ablandando. Se pasó la mano por la cara y devolvió toda su atención al trabajo.