Había estado a punto de mandar a Saville a la mierda. Y, si bien era cierto que en esporádicas ocasiones él podía merecerlo, no era menos verdad que seguramente no era una de esas veces y que, en todo caso, el auténtico objeto de la ira de Elizabeth no era otro que ella misma.
Tomó aire, cerró los ojos y permitió que su cuerpo se deslizara hasta sumergirse por completo dentro de la bañera, dejándose envolver por la calidez, por el sonido borboteante y casi irreal que producían las ondulaciones del agua contra las paredes de cobre de la tina.
No le gustaba tener tiempo libre. No era sólo que cualquier cosa que se saliera de la confortable rutina le hiciera sentirse tensa, es que realmente no solía tener gran cosa que hacer con él.
Emergió cuando no le quedó remedio, salió del agua con cierta renuencia y se vistió de espaldas al espejo, como siempre. No solía beber, pero penso que tal vez un par de copas la ayudaran a dormir.
Recorrió el paseo de la dársena hacia lo que era el pequeño pueblo pesquero en sí, jalonado de luces ahora, con las manos en los bolsillos mientras hacía repaso visual de las embarcaciones en el fondeadero. Habría sido tener demasiada suerte encontrar alguna conocida.
No tuvo que andar mucho hasta llegar a la única tasca abierta, de donde salía una algarabía de voces animadas. Entró sin mirar siquiera a ambos lados y se sentó en el rincón más discreto de la barra.
La compañía llegó aún antes que la bebida. El tipo le resultaba familiar, aunque no recordaba su nombre, era uno de los operarios del taller.
- Hey. - se sentó en el taburete contiguo y, sin darle tiempo a rechistar, le disparó una salva de bienvenida – Nos vimos ayer en la fábrica. Desapareciste antes de que pudiera proponete una birra después del turno. Viajas en el Arcadia, ¿verdad?
Iba a responderle que no estaba buscando conversación, ni ninguna otra cosa, cuando la potente voz de Daniel detrás de ellos la hizo volverse.
- ¡Lizzy! - el muchacho, visiblemente achispado, le dedicó un cómico saludo marcial antes de palmear fuertemente la espalda del otro hombre - ¿Así que conoces a Fred? Es el hermano de Eva, ¿no es casualidad?
Elizabeth imaginó que Eva sería la belleza rubia hacia la que Daniel ya se giraba y que se acercaba a ellos. Ese era uno de los talentos de Daniel Boyle: en un par de horas era capaz de convertirse en el amigo de toda la vida de casi cualquier persona. Y teniendo en cuenta que ya llevaban casi cuatro días amarrados allí, a esas alturas probablemente ya fuera "amigo de la familia de toda la vida" de medio pueblo.
- Cielo, esta es Lizzy, oficial de cubierta, de radiolectrónica y la que nos arrea con el látigo en general. - sazonó el comentario con una carcajada jovial, mientras la aludida ofrecía una sonrisa y una inclinación de cabeza a Eva y se aferraba a la recién llegada bebida como un náufrago a un salvavidas, evitando de paso la ocasión de que la muchacha correspondiera a la presentación con algún tipo de contacto físico. No reparó en la mirada meditabunda que le dedicó el camarero de mediana edad.
- Uhhh una mandamás. ¿Y qué lleva a una monada como tú a enrolarse en un barco con un montón de tipos sudorosos y malolientes? - inquirió el tal Fred, antes de devolver la palmada que previamente le dedicara Daniel – Mejorando lo presente, tío. Apestas y lo sabes.
Para entonces la sonrisa de Elizabeth ya no era más que una mueca incómoda. Estaba a punto de resultar abrasiva cuando Daniel, en lo que, conociéndole, era un bienintencionado gesto, salió al paso.
- Esa debe de ser una buena historia. Se conocieron cuando el capitán le salvó la vida en un puerto lejano o algo así hace años. Suena emocionante a tope ¿pero te crees que sueltan prenda? - movía la cabeza de lado a lado con un bamboleo etílico – En cuanto sale el tema se echan una de esas miraditas entre ellos y ¡hala! En el mejor de los casos cambian de tema, pero ahí te dejan con la intriga.
- Danniboy, - le lanzó una mirada admonitoria, con la tácita amenaza de que iba a ocuparse de que el siguiente par de días de trabajo fueran especialmente duros, al tiempo que dejaba escapar una corta carcajada en apariencia despreocupada – lo único más grande que tu bocaza es tu imaginación.
- ¿Danniboy? ¡Me gusta! - Eva dejó escapar una suave risa y enlazó al muchacho por la cintura en un gesto cariñoso - Debe de resultar interesante viajar tanto, ¿o llega a hacerse pesado? Danny me ha contado que estáis trabajando en los sistemas de comunicación de la isla y ya habéis bordeado casi todo el litoral. ¿Cuál es la hoja de ruta, oficial? - bromeó con una cálida sonrisa - ¿Tendré ocasión de volver a ver a este grumete por aquí pronto?
- El capitán Saville está llevando a cabo un proyecto a gran escala. - trabajo, ese era un tema mucho más cómodo. Se relajó ostensiblemente – Además de mejorar las infraestructuras de telecomunicaciones del archipiélago, se trata de introducir un nuevo sistema de servidores que permitirían...
No pudo por menos que reír ante el abucheo de Daniel, que se negaba en rotundo a escuchar las peroratas de Oliver sobre el dichoso proyecto, al menos en su tiempo libre, y no estaba más predispuesto a aguantar a Elizabeth con el mismo tema.
- Está bien, está bien. - se rindió, alzando las manos – Etrinia, Dalannur y, si todo marcha bien, tendríamos que pasar por aquí de nuevo en unas dieciséis o dieciocho semanas.
- La capital no es un buen lugar. - la voz rasposa del tabernero, que llevaba un rato sacándole brillo a un vaso con un paño no demasiado limpio, hizo a todos dirigir su atención detrás de la barra – No deberíais pasar en Etrinia un minuto más de lo necesario, y eso sólo si no podéis evitar ir.
- Dicen que el demonio va allí cuando necesita vacaciones. - convino Fred tras darle un buen tiento a la pinta de cerveza – Pero parte de lo que cuentan ha de ser leyenda negra. Ni siquiera los Barron pueden ser tan poderosos como para toda esa...
- Chico, yo he estado allí. Cualquier cosa que te cuenten sobre ese lugar, será un eufemismo. El oro y el miedo son buenos comprando aliados y a nadie le importa un carajo lo que pase en las Egias mientras la mierda, o la sangre, no salpiquen demasiado lejos. Beatrix y Dye Barron son unos jodidos locos y el resto de su maldita secta, o lo que coño sean, no es mucho mejor.
La conversación bajó de volumen y de tono, tornándose en el susurro de quienes, tocando un tema espinoso, se asoman al abismo del morbo. Seguían llegando los sonidos de las animadas charlas al fondo del bar, pero en ese rincón de la barra, incluso la temperatura parecía haber bajado. Elizabeth cruzó las piernas y cerró un puño sobre el regazo. Su rostro permanecía sereno.
- Creo que alguna vez escuché en casa que tu padre trabajaba allí... - los grandes ojos azules de Eva posaron en el hombre una mirada de condolencia.
- La última vez que estuve allí fue para ocuparme de su cadáver. No debía de ser mucho mayor que tú. - el hombre hizo un gesto de cabeza hacia Daniel, quien a sus veintitrés años aún aparentaba alguno menos – Beatrix me hizo el tour completo por las instalaciones, la perra debía sentirse exhibicionista o quería meterme el miedo en el cuerpo. Tenían a un tipo... un pobre diablo moribundo, o quizás ya muerto, metido en una jaula; el fulano estaba cubierto en su propia mierda. Se referían a él como la mascota. Pero lo peor fue ver lo que esos enfermos le estaban haciendo a aquella chiquilla... - depositó el vaso vacío sobre la barra con brusquedad, antes de llenarlo con un licor rojizo que gorgoteó sonoramente contra el cristal – Verlo y no poder hacer nada. No era más que una cría. - resopló y bebió un largo trago – Aquellos ojos... Nunca he visto una mirada tan muerta en una persona viva. Jamás olvidaré aquella expresión, ni aquellos ojos. Ni que yo no hice nada.
Dando un nuevo trago, levantó la vista y la clavó en los ojos verdes de Elizabeth, cuya postura no había variado un ápice. Por un brevísimo instante, sintió como si la mirada del cantinero la hubiera dejado desnuda en mitad de la tasca y contuvo la respiración. Fue apenas un segundo, imperceptible.
- Seguramente no habrías podido hacer nada más que lograr que te matasen o algo peor. Es terrible, pero no puedes culparte por ello. - no había la menor inflexión que mostrase atisbo de emoción en la voz de Elizabeth – Sin duda debe de ser un lugar horrible.
Tal vez fuese el relato del hombre, o quizás la expresión torturada en su rostro, pero nadie pareció dispuesto a ahondar más en el tema. Eva soltó brevemente a Daniel para apretar afectuosamente el antebrazo del tabernero, quien, de algún modo, parecía haberse quitado parte de una onerosa carga de encima y volvía a sus quehaceres con aire taciturno.
- ¡Joder, qué mal cuerpo! - exclamó Fred, incómodo, rascándose la nuca con la expresión de quien no sabe qué decir pero se siente en la necesidad de decir algo, de intentar una transición a temas más amables. A pesar de que el ambiente festivo parecía haber abandonado definitivamente aquel rincón del bar, palmeó sobre la barra. - Venga, otra ronda para todos. ¿Así que volveréis después de Dalannur? - señaló a su hermana con el pulgar – Me sé de una que se alegrará bastante. Y yo también lo haré. - le dedicó una sonrisa a Elizabeth – Debe de ser duro estar tanto tiempo embarcados, ¡Y fuera de casa! ¿Tú de dónde eres?
- De Euphas. - mintió sin pestañear antes de declinar cortésmente la invitación a otra copa arguyendo una excusa sobre lo tardío de la hora.
Se puso en pie, advirtiendo a Daniel en tono amistoso sobre la resaca que sin duda le aguardaba en unas pocas horas. Antes de salir, murmuró unas palabras a Eva: "Él no va a relacionarse con esa gente, ni siquiera va a desembarcar. Sólo es trabajo."
Hizo un gesto de despedida general y salió caminando a paso tranquilo, preguntándose por qué diablos se había sentido impelida a tranquilizar a la nueva amiga de Daniel. Desanduvo el camino del malecón y no fue hasta que dejó las luces y la gente atrás que echó correr hacia el puerto para terminar en el pantalán, doblada sobre un noray vomitando hasta que tuvo la sensación de que el estómago iba a dársele la vuelta.
La normalidad trataba de imponerse poco a poco en el bar, aunque fuera de forma forzada al principio. Todos parecían desear sacudirse de encima la sensación de sordidez que aún flotaba en el ambiente.
- Oye, tu jefa es un poco estiradita, ¿eh? - El mecánico se las había apañado para convencer a Daniel y a Eva de la necesidad de otra ronda. No había sido un esfuerzo demasiado arduo. - Pero por estas que a la vuelta me la camelo.
- Lo que pasa es que tú eres un patán. – Eva hizo gala de solidaridad femenina mientras pellizcaba cariñosa la oreja de su hermano, el otro brazo rodeando la cintura de Daniel nuevamente– Seguro que si no se pone seria la toman por el pito del sereno. ¡A veces os ponéis tan tontos!
- No lo vas a conseguir, hace un año que la conozco y no le interesa nada que no tenga o velas, o motores, o un montón de cables. Pero será divertido verte intentarlo. - Daniel, un poco más sereno ya, sacudía la cabeza recuperando el gesto divertido. No era la primera vez que se encontraba saliendo en defensa del carácter más bien huraño de Elizabeth. A pesar de todo, él la tenía en buena estima. Aunque era difícil encontrar una persona a la que Daniel no le encontrara el lado bueno.
Continuaron charlando y bebiendo, recuperando paulatinamente esa atmósfera distendida tan necesaria para eso de sobrevivir y mantener la cordura.
Oliver se levantó y cerró la puerta con llave. En realidad no habría rechazado el trabajo en Etrinia aunque hubiera estado en posición de hacerlo. Era eso: trabajo. Y los servidores de las islas Egias eran la piedra angular de todo el proyecto. Pero sabía que tratar con Beatrix y Dye podía ser como agitar un avispero. Y luego estaba Elizabeth...
Se sirvió un brandy mientras se quitaba la camisa y la dejaba cuidadosamente sobre el galán. Tan pronto como supo que los servidores daban problemas, había decidido que haría unas llamadas, pediría un par de favores. La visita a la ciudad era de todo punto ineludible, pero tal vez pudiera conseguir que para entonces Beatrix y Dye se encontraran ocupados atendiendo un negocio irresistible a un par de días de allí. Tratar con alguno de los otros seguiría sin ser grato, pero podía salir menos caro. Aún así, sabía que volver allí iba a traer consecuencias y no le gustaba no saber cómo de graves iban a ser.
Tomó aire, cerró los ojos y permitió que su cuerpo se deslizara hasta sumergirse por completo dentro de la bañera, dejándose envolver por la calidez, por el sonido borboteante y casi irreal que producían las ondulaciones del agua contra las paredes de cobre de la tina.
No le gustaba tener tiempo libre. No era sólo que cualquier cosa que se saliera de la confortable rutina le hiciera sentirse tensa, es que realmente no solía tener gran cosa que hacer con él.
Emergió cuando no le quedó remedio, salió del agua con cierta renuencia y se vistió de espaldas al espejo, como siempre. No solía beber, pero penso que tal vez un par de copas la ayudaran a dormir.
Recorrió el paseo de la dársena hacia lo que era el pequeño pueblo pesquero en sí, jalonado de luces ahora, con las manos en los bolsillos mientras hacía repaso visual de las embarcaciones en el fondeadero. Habría sido tener demasiada suerte encontrar alguna conocida.
No tuvo que andar mucho hasta llegar a la única tasca abierta, de donde salía una algarabía de voces animadas. Entró sin mirar siquiera a ambos lados y se sentó en el rincón más discreto de la barra.
La compañía llegó aún antes que la bebida. El tipo le resultaba familiar, aunque no recordaba su nombre, era uno de los operarios del taller.
- Hey. - se sentó en el taburete contiguo y, sin darle tiempo a rechistar, le disparó una salva de bienvenida – Nos vimos ayer en la fábrica. Desapareciste antes de que pudiera proponete una birra después del turno. Viajas en el Arcadia, ¿verdad?
Iba a responderle que no estaba buscando conversación, ni ninguna otra cosa, cuando la potente voz de Daniel detrás de ellos la hizo volverse.
- ¡Lizzy! - el muchacho, visiblemente achispado, le dedicó un cómico saludo marcial antes de palmear fuertemente la espalda del otro hombre - ¿Así que conoces a Fred? Es el hermano de Eva, ¿no es casualidad?
Elizabeth imaginó que Eva sería la belleza rubia hacia la que Daniel ya se giraba y que se acercaba a ellos. Ese era uno de los talentos de Daniel Boyle: en un par de horas era capaz de convertirse en el amigo de toda la vida de casi cualquier persona. Y teniendo en cuenta que ya llevaban casi cuatro días amarrados allí, a esas alturas probablemente ya fuera "amigo de la familia de toda la vida" de medio pueblo.
- Cielo, esta es Lizzy, oficial de cubierta, de radiolectrónica y la que nos arrea con el látigo en general. - sazonó el comentario con una carcajada jovial, mientras la aludida ofrecía una sonrisa y una inclinación de cabeza a Eva y se aferraba a la recién llegada bebida como un náufrago a un salvavidas, evitando de paso la ocasión de que la muchacha correspondiera a la presentación con algún tipo de contacto físico. No reparó en la mirada meditabunda que le dedicó el camarero de mediana edad.
- Uhhh una mandamás. ¿Y qué lleva a una monada como tú a enrolarse en un barco con un montón de tipos sudorosos y malolientes? - inquirió el tal Fred, antes de devolver la palmada que previamente le dedicara Daniel – Mejorando lo presente, tío. Apestas y lo sabes.
Para entonces la sonrisa de Elizabeth ya no era más que una mueca incómoda. Estaba a punto de resultar abrasiva cuando Daniel, en lo que, conociéndole, era un bienintencionado gesto, salió al paso.
- Esa debe de ser una buena historia. Se conocieron cuando el capitán le salvó la vida en un puerto lejano o algo así hace años. Suena emocionante a tope ¿pero te crees que sueltan prenda? - movía la cabeza de lado a lado con un bamboleo etílico – En cuanto sale el tema se echan una de esas miraditas entre ellos y ¡hala! En el mejor de los casos cambian de tema, pero ahí te dejan con la intriga.
- Danniboy, - le lanzó una mirada admonitoria, con la tácita amenaza de que iba a ocuparse de que el siguiente par de días de trabajo fueran especialmente duros, al tiempo que dejaba escapar una corta carcajada en apariencia despreocupada – lo único más grande que tu bocaza es tu imaginación.
- ¿Danniboy? ¡Me gusta! - Eva dejó escapar una suave risa y enlazó al muchacho por la cintura en un gesto cariñoso - Debe de resultar interesante viajar tanto, ¿o llega a hacerse pesado? Danny me ha contado que estáis trabajando en los sistemas de comunicación de la isla y ya habéis bordeado casi todo el litoral. ¿Cuál es la hoja de ruta, oficial? - bromeó con una cálida sonrisa - ¿Tendré ocasión de volver a ver a este grumete por aquí pronto?
- El capitán Saville está llevando a cabo un proyecto a gran escala. - trabajo, ese era un tema mucho más cómodo. Se relajó ostensiblemente – Además de mejorar las infraestructuras de telecomunicaciones del archipiélago, se trata de introducir un nuevo sistema de servidores que permitirían...
No pudo por menos que reír ante el abucheo de Daniel, que se negaba en rotundo a escuchar las peroratas de Oliver sobre el dichoso proyecto, al menos en su tiempo libre, y no estaba más predispuesto a aguantar a Elizabeth con el mismo tema.
- Está bien, está bien. - se rindió, alzando las manos – Etrinia, Dalannur y, si todo marcha bien, tendríamos que pasar por aquí de nuevo en unas dieciséis o dieciocho semanas.
- La capital no es un buen lugar. - la voz rasposa del tabernero, que llevaba un rato sacándole brillo a un vaso con un paño no demasiado limpio, hizo a todos dirigir su atención detrás de la barra – No deberíais pasar en Etrinia un minuto más de lo necesario, y eso sólo si no podéis evitar ir.
- Dicen que el demonio va allí cuando necesita vacaciones. - convino Fred tras darle un buen tiento a la pinta de cerveza – Pero parte de lo que cuentan ha de ser leyenda negra. Ni siquiera los Barron pueden ser tan poderosos como para toda esa...
- Chico, yo he estado allí. Cualquier cosa que te cuenten sobre ese lugar, será un eufemismo. El oro y el miedo son buenos comprando aliados y a nadie le importa un carajo lo que pase en las Egias mientras la mierda, o la sangre, no salpiquen demasiado lejos. Beatrix y Dye Barron son unos jodidos locos y el resto de su maldita secta, o lo que coño sean, no es mucho mejor.
La conversación bajó de volumen y de tono, tornándose en el susurro de quienes, tocando un tema espinoso, se asoman al abismo del morbo. Seguían llegando los sonidos de las animadas charlas al fondo del bar, pero en ese rincón de la barra, incluso la temperatura parecía haber bajado. Elizabeth cruzó las piernas y cerró un puño sobre el regazo. Su rostro permanecía sereno.
- Creo que alguna vez escuché en casa que tu padre trabajaba allí... - los grandes ojos azules de Eva posaron en el hombre una mirada de condolencia.
- La última vez que estuve allí fue para ocuparme de su cadáver. No debía de ser mucho mayor que tú. - el hombre hizo un gesto de cabeza hacia Daniel, quien a sus veintitrés años aún aparentaba alguno menos – Beatrix me hizo el tour completo por las instalaciones, la perra debía sentirse exhibicionista o quería meterme el miedo en el cuerpo. Tenían a un tipo... un pobre diablo moribundo, o quizás ya muerto, metido en una jaula; el fulano estaba cubierto en su propia mierda. Se referían a él como la mascota. Pero lo peor fue ver lo que esos enfermos le estaban haciendo a aquella chiquilla... - depositó el vaso vacío sobre la barra con brusquedad, antes de llenarlo con un licor rojizo que gorgoteó sonoramente contra el cristal – Verlo y no poder hacer nada. No era más que una cría. - resopló y bebió un largo trago – Aquellos ojos... Nunca he visto una mirada tan muerta en una persona viva. Jamás olvidaré aquella expresión, ni aquellos ojos. Ni que yo no hice nada.
Dando un nuevo trago, levantó la vista y la clavó en los ojos verdes de Elizabeth, cuya postura no había variado un ápice. Por un brevísimo instante, sintió como si la mirada del cantinero la hubiera dejado desnuda en mitad de la tasca y contuvo la respiración. Fue apenas un segundo, imperceptible.
- Seguramente no habrías podido hacer nada más que lograr que te matasen o algo peor. Es terrible, pero no puedes culparte por ello. - no había la menor inflexión que mostrase atisbo de emoción en la voz de Elizabeth – Sin duda debe de ser un lugar horrible.
Tal vez fuese el relato del hombre, o quizás la expresión torturada en su rostro, pero nadie pareció dispuesto a ahondar más en el tema. Eva soltó brevemente a Daniel para apretar afectuosamente el antebrazo del tabernero, quien, de algún modo, parecía haberse quitado parte de una onerosa carga de encima y volvía a sus quehaceres con aire taciturno.
- ¡Joder, qué mal cuerpo! - exclamó Fred, incómodo, rascándose la nuca con la expresión de quien no sabe qué decir pero se siente en la necesidad de decir algo, de intentar una transición a temas más amables. A pesar de que el ambiente festivo parecía haber abandonado definitivamente aquel rincón del bar, palmeó sobre la barra. - Venga, otra ronda para todos. ¿Así que volveréis después de Dalannur? - señaló a su hermana con el pulgar – Me sé de una que se alegrará bastante. Y yo también lo haré. - le dedicó una sonrisa a Elizabeth – Debe de ser duro estar tanto tiempo embarcados, ¡Y fuera de casa! ¿Tú de dónde eres?
- De Euphas. - mintió sin pestañear antes de declinar cortésmente la invitación a otra copa arguyendo una excusa sobre lo tardío de la hora.
Se puso en pie, advirtiendo a Daniel en tono amistoso sobre la resaca que sin duda le aguardaba en unas pocas horas. Antes de salir, murmuró unas palabras a Eva: "Él no va a relacionarse con esa gente, ni siquiera va a desembarcar. Sólo es trabajo."
Hizo un gesto de despedida general y salió caminando a paso tranquilo, preguntándose por qué diablos se había sentido impelida a tranquilizar a la nueva amiga de Daniel. Desanduvo el camino del malecón y no fue hasta que dejó las luces y la gente atrás que echó correr hacia el puerto para terminar en el pantalán, doblada sobre un noray vomitando hasta que tuvo la sensación de que el estómago iba a dársele la vuelta.
La normalidad trataba de imponerse poco a poco en el bar, aunque fuera de forma forzada al principio. Todos parecían desear sacudirse de encima la sensación de sordidez que aún flotaba en el ambiente.
- Oye, tu jefa es un poco estiradita, ¿eh? - El mecánico se las había apañado para convencer a Daniel y a Eva de la necesidad de otra ronda. No había sido un esfuerzo demasiado arduo. - Pero por estas que a la vuelta me la camelo.
- Lo que pasa es que tú eres un patán. – Eva hizo gala de solidaridad femenina mientras pellizcaba cariñosa la oreja de su hermano, el otro brazo rodeando la cintura de Daniel nuevamente– Seguro que si no se pone seria la toman por el pito del sereno. ¡A veces os ponéis tan tontos!
- No lo vas a conseguir, hace un año que la conozco y no le interesa nada que no tenga o velas, o motores, o un montón de cables. Pero será divertido verte intentarlo. - Daniel, un poco más sereno ya, sacudía la cabeza recuperando el gesto divertido. No era la primera vez que se encontraba saliendo en defensa del carácter más bien huraño de Elizabeth. A pesar de todo, él la tenía en buena estima. Aunque era difícil encontrar una persona a la que Daniel no le encontrara el lado bueno.
Continuaron charlando y bebiendo, recuperando paulatinamente esa atmósfera distendida tan necesaria para eso de sobrevivir y mantener la cordura.
Oliver se levantó y cerró la puerta con llave. En realidad no habría rechazado el trabajo en Etrinia aunque hubiera estado en posición de hacerlo. Era eso: trabajo. Y los servidores de las islas Egias eran la piedra angular de todo el proyecto. Pero sabía que tratar con Beatrix y Dye podía ser como agitar un avispero. Y luego estaba Elizabeth...
Se sirvió un brandy mientras se quitaba la camisa y la dejaba cuidadosamente sobre el galán. Tan pronto como supo que los servidores daban problemas, había decidido que haría unas llamadas, pediría un par de favores. La visita a la ciudad era de todo punto ineludible, pero tal vez pudiera conseguir que para entonces Beatrix y Dye se encontraran ocupados atendiendo un negocio irresistible a un par de días de allí. Tratar con alguno de los otros seguiría sin ser grato, pero podía salir menos caro. Aún así, sabía que volver allí iba a traer consecuencias y no le gustaba no saber cómo de graves iban a ser.