- Y si en efecto es ella, ¿qué djins hace aquí sola? - hablaba a media voz, a la entrada de la modesta habitación – Sin escolta, además.
- Te digo que es la esposa del Paladín, la he visto en palacio. - la mujer hablaba sin alzar la vista de los apliques de jade de la daga que portaba en sus manos – Quizá la hayan atacado, robado y dado por muerta. Eso explicaría que no viéramos ninguna montura. Y no lleva joyas. - hizo desaparecer el arma en uno de los pliegues de su falda, en concepto de pago por las molestias - Ni nada de valor.
- Y yo te digo que nos vamos a meter en un lio, mujer.
La otomana le despachó con un gesto de mano antes de acercarse a la figura yacente, desliando la venda empapada en sangre que envolvía su brazo. La respiración de la nubia, sumida en los oscuros dominios de Bes, que reinaba en el mundo de los sueños, era débil pero rítmica. - No seas agorero y tráeme más agua fresca, miel e hilo de araña para la herida. Si la devolvimos viva a El Cairo seguramente nos ganemos una recompensa.
El disco solar acariciaba las dunas con rigurosa dureza, mientras el árido jamsin soplaba pertinaz, airado, azotando y arremolinando la arena a su paso.
Los contornos de una figura felina fueron insinuándose entre la nube de arena, hasta dejar ver la recia imagen de un imponente león de oscurísimo pelaje y brillantes ojos verdes.
El caminar de la fiera era lento pero constante, imperturbable, a pesar de que su costado sangraba profusamente. Goterones burdeos caían de sus fauces entreabiertas.
Najma cayó de rodillas y entrecerró los ojos, tratando de protegerse de la arena mientas observaba el avanzar del animal sin ser capaz de moverse. El horizonte se definía poco a poco frente a ella, tal pareciese que el viento amainara al paso de la fiera, como si su presencia acobardara al mismo jamsin.
Contuvo la respiración frente al animal, que se tumbó junto a ella reposando su enorme cabeza sobre el regazo de la mujer. La sangre tiñó la blanca túnica de algodón y Najma pudo sentir la cálida y pegajosa humedad bañar su piel al traspasar la tela.
Alargó la mano para acariciar el pelaje del animal y sintió, a su contacto, una punzada en el pecho. Jamás antes había experimentado de manera tan física la angustia. Con dulzura, exploró el flanco de la criatura, extrayendo de la herida un objeto metálico: se trataba de un trozo de empuñadura. Reconoció al instante el arma, la daga en forma de ankh... El arma de los guardianes de Osiris había herido al león del desierto.
El cuerpo del animal pareció relajarse una vez extraído el objeto extraño. La mujer se acurrucó a su lado cerrando los ojos, sin poder evitar dejarse arrastrar a una profunda y cálida oscuridad, guiada por los poderosos latidos del corazón del león.
De nuevo hablaba en sueños en aquel lenguaje bárbaro que ella era incapaz de comprender. Se incorporó en el lecho, observándole con un gesto de preocupación. Una fina película de sudor cubría la faz y el torso de Véspero. Un sudor gélido, como pudo comprobar al depositar la mano sobre su pecho.
- Mi Wahid... - murmuró, rozando la sien del hombre con sus labios antes de ofrecerle el calor de su propio cuerpo con la ternura paciente y protectora que no podía evitar ante las escasas ocasiones en las que lo sentía vulnerable.
- Te digo que es la esposa del Paladín, la he visto en palacio. - la mujer hablaba sin alzar la vista de los apliques de jade de la daga que portaba en sus manos – Quizá la hayan atacado, robado y dado por muerta. Eso explicaría que no viéramos ninguna montura. Y no lleva joyas. - hizo desaparecer el arma en uno de los pliegues de su falda, en concepto de pago por las molestias - Ni nada de valor.
- Y yo te digo que nos vamos a meter en un lio, mujer.
La otomana le despachó con un gesto de mano antes de acercarse a la figura yacente, desliando la venda empapada en sangre que envolvía su brazo. La respiración de la nubia, sumida en los oscuros dominios de Bes, que reinaba en el mundo de los sueños, era débil pero rítmica. - No seas agorero y tráeme más agua fresca, miel e hilo de araña para la herida. Si la devolvimos viva a El Cairo seguramente nos ganemos una recompensa.
El disco solar acariciaba las dunas con rigurosa dureza, mientras el árido jamsin soplaba pertinaz, airado, azotando y arremolinando la arena a su paso.
Los contornos de una figura felina fueron insinuándose entre la nube de arena, hasta dejar ver la recia imagen de un imponente león de oscurísimo pelaje y brillantes ojos verdes.
El caminar de la fiera era lento pero constante, imperturbable, a pesar de que su costado sangraba profusamente. Goterones burdeos caían de sus fauces entreabiertas.
Najma cayó de rodillas y entrecerró los ojos, tratando de protegerse de la arena mientas observaba el avanzar del animal sin ser capaz de moverse. El horizonte se definía poco a poco frente a ella, tal pareciese que el viento amainara al paso de la fiera, como si su presencia acobardara al mismo jamsin.
Contuvo la respiración frente al animal, que se tumbó junto a ella reposando su enorme cabeza sobre el regazo de la mujer. La sangre tiñó la blanca túnica de algodón y Najma pudo sentir la cálida y pegajosa humedad bañar su piel al traspasar la tela.
Alargó la mano para acariciar el pelaje del animal y sintió, a su contacto, una punzada en el pecho. Jamás antes había experimentado de manera tan física la angustia. Con dulzura, exploró el flanco de la criatura, extrayendo de la herida un objeto metálico: se trataba de un trozo de empuñadura. Reconoció al instante el arma, la daga en forma de ankh... El arma de los guardianes de Osiris había herido al león del desierto.
El cuerpo del animal pareció relajarse una vez extraído el objeto extraño. La mujer se acurrucó a su lado cerrando los ojos, sin poder evitar dejarse arrastrar a una profunda y cálida oscuridad, guiada por los poderosos latidos del corazón del león.
De nuevo hablaba en sueños en aquel lenguaje bárbaro que ella era incapaz de comprender. Se incorporó en el lecho, observándole con un gesto de preocupación. Una fina película de sudor cubría la faz y el torso de Véspero. Un sudor gélido, como pudo comprobar al depositar la mano sobre su pecho.
- Mi Wahid... - murmuró, rozando la sien del hombre con sus labios antes de ofrecerle el calor de su propio cuerpo con la ternura paciente y protectora que no podía evitar ante las escasas ocasiones en las que lo sentía vulnerable.