Se confió. Creyó en la sumisión de la mujer a quien no parecía importarle morir. Necios bárbaros y sus necias supersticiones. Y al mismo tiempo era consciente de que de algún modo era ella quien llevaba las riendas. De momento. Era extraño pero agradable.
No sabía si era por la extraña debilidad que sentía en su cuerpo o por aquella voz cautivadora que se modulaba de una forma fascinante cargada de un perfume exótico, pero había una parte de él mismo que tan solo deseaba arroparse entre sus brazos y escuchar todas las historias que quisiera contarle aquella sensual Sherezade.
Todo parecía irreal como si estuvieran envueltos en un humo intangible que los portaba a otra dimension. Entalpía. Najma poseía una extraña forma de intercambiar energía con su entorno.
Ofuscado por esa especie de conjuro en el que comenzó a sumirse tan pronto como el veneno entró en contacto con sus mucosas trató de asir el pelo de la mujer y comprobó que su cuerpo no le respondía. Como si no le perteneciera. Quiso hablar, quiso gritar, quiso golpearla, quiso suplicar, quiso exigir.
Pero lo único que hizo fue escuchar sus explicaciones impávido. No tenía ninguna otra alternativa.
A los primeros momentos de terror los siguió una calma extraña. Su sistema respiratorio ralentizado enviaba señales confusas a su cerebro. Nunca había sido amante de la ironía y apreció la justicia poética del suceso sólo en parte. Intentó cerrar los ojos cuando el dolor se hizo insoportable, sin conseguirlo. La última imagen que quedó en sus retinas antes de que todo se volviera negro fue la de esos ojos. En su mente la maldijo en cuantos idiomas conocía antes de caer en la bendita inconsciencia.
No sabía si era por la extraña debilidad que sentía en su cuerpo o por aquella voz cautivadora que se modulaba de una forma fascinante cargada de un perfume exótico, pero había una parte de él mismo que tan solo deseaba arroparse entre sus brazos y escuchar todas las historias que quisiera contarle aquella sensual Sherezade.
Todo parecía irreal como si estuvieran envueltos en un humo intangible que los portaba a otra dimension. Entalpía. Najma poseía una extraña forma de intercambiar energía con su entorno.
Ofuscado por esa especie de conjuro en el que comenzó a sumirse tan pronto como el veneno entró en contacto con sus mucosas trató de asir el pelo de la mujer y comprobó que su cuerpo no le respondía. Como si no le perteneciera. Quiso hablar, quiso gritar, quiso golpearla, quiso suplicar, quiso exigir.
Pero lo único que hizo fue escuchar sus explicaciones impávido. No tenía ninguna otra alternativa.
A los primeros momentos de terror los siguió una calma extraña. Su sistema respiratorio ralentizado enviaba señales confusas a su cerebro. Nunca había sido amante de la ironía y apreció la justicia poética del suceso sólo en parte. Intentó cerrar los ojos cuando el dolor se hizo insoportable, sin conseguirlo. La última imagen que quedó en sus retinas antes de que todo se volviera negro fue la de esos ojos. En su mente la maldijo en cuantos idiomas conocía antes de caer en la bendita inconsciencia.
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