viernes, 11 de marzo de 2016

Campaña en Egipto XLV - Sultán

Saif caminaba con pasos apresurados por los pasadizos tras haber sido alertado por uno de sus hombres. Algo sucedía con la prisionera. El hombre le soltó una sarta de estupideces sobre dijnns, demonios y entes oscuros. El Sultán quería verla con sus propios ojos antes de hacer llamar a los médicos. No le preocupaba en demasía el bienestar de la mujer igual que no le preocupaba su malestar, pero la necesitaba viva de momento.

Una vez en la celda despidió a las dos mujeres que la custodiaban con rostro desencajado y completamente pálidas. Supo que la superstición había hincado sus dientes en ellas.
Serq yacía tumbada sobre una estera. Su cuerpo parecía tenso y rígido y sus ojos en blanco. Gotas de sudor adornaban su frente y su pecho, como si estuviera realizando un gran esfuerzo a pesar de encontrarse casi inmóvil, pues de vez en cuando algún violento espasmo la sacudía. Extendió la mano para tocar su piel y la retiró con rapidez. Estaba ardiendo. Volvió a estirar la mano para cerrlarla los párpados. Frunció el ceño y por un momento sintió la compasión natural de un humano hacia otro independientemente de su condición o particularidad. No era un hombre que se dejara arrastrar por lo emocional en la mayoría de los casos y el sufrimiento de la Nubia no le aportaba ningún beneficio, pero tampoco le preocupaba. La empatía se convirtió en pura curiosidad pronto.

El no creía en supersticiones pero necesitaba asegurarse de que esos ataques a los que se veía sometida la mujer en los últimos días no ponían en riesgo su vida. La única razón por la que la mantenía con vida era porque quería arrebatársela delante de Zaím. Desde luego podía darse el caso de que él muriera en batalla aunque Saif había dado órdenes de prenderle vivo si fuera posible, pero valía la pena intentarlo.

Observó de nuevo el cuerpo de la mujer. Los tendones de su cuello que parecían estar al borde de quebrarse. De repente Serq alzó uno de sus brazos, moviendo la mano en el aire y dejó caer la cabeza hacia el lado abriendo los ojos. Saif se alegró de encontrarse a solas en ese momento porque un rápido estremecimiento recorrió su espalda ante la expresión de los ojos que le miraban. Era una expresión que no sabría definir, inefable pero inquietante al mismo tiempo. Los labios sonreían. Estaba a punto de preguntarla e increparla cuando se dio cuenta de que en realidad no le estaba viendo y parecía mirar a través de él mismo. Unos segundos después la mujer había cerrado los ojos y parecía dormir, con todo su cuerpo en un perfecto estado de relajación.

La sensación de desconcierto no le duró mucho rato al Sultán. Era un hombre poderoso y no se dejaba impresionar fácilmente. Pero a pesar de todo sabía que le costaría todos los años que le quedaban por vivir ser capaz de olvidar aquella mirada. La mirada menos humana que había visto en el rostro de una persona.

Se alejó de la estera con cierto desagrado e hizo entrar de nuevo a las mujeres. Les dio órdenes precisas de lo que esperaba de ellas y salió de la pequeña celda. Avisó al guarda que custodiaba la puerta de la próxima visita de los doctores y dejó atrás los pasadizos oscuros del sótano seguido por su pequeña escolta y se dirigió a los jardines centrales. De pronto necesitaba sentir la luz del sol y escuchar el trino de los pájaros. Necesitaba disfrutar los dones del Clemente.

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