sábado, 12 de marzo de 2016

Algunas noches tienen colmillos

Ruidosa, espasmódica, desesperada... así se presentaba la extraña comitiva que se adentraba en el bosque, arrasando a su paso la calma, prececida por una ausencia de sonido casi dolorosa, como si cada ser vivo tratara de alejarse de su trayectoria de paso, como si el propio bosque aguantase la respiración. Incluso la noche, carente de estrellas, parecía cerrar los ojos a modo de repulsa ante el grotesco desfile.

Nadie parecía guiar el cortejo, tal pareciera que un grupo de dementes descerebrados se hubieran puesto de acuerdo, todos con idéntica expresión, como si un hálito de locura hubiera tomado las riendas de sus huecas mentes, guiando sus pasos a través del claro. Se movían como un único ser, un ser palpitante que convulsionaba retorciéndose, perdiendo, literalmente, alguno de sus miembros por el camino.


La sangre parecía cieno en la noche oscura y los gritos, los lamentos exaltados, las exclamaciones de fervor se confundían en un paroxismo perturbado que habría hecho sangrar los oídos de cualquier espectador. Excepto los de ella.

Se erguía altiva más allá del claro, al borde mismo del acantilado, donde la tierra se rendía de forma abrupta al mar.
La figura alabastreña ocultaba parcialmente su cuerpo en una pelliza de pieles que, lejos de resultar púdica, de algún modo hacía más evidente aquello que cubría, en un extraño y lúbrico juego de la mente.

Miraba con una frialdad complacida a las figuras que se iban postrando en torno a ella, que le ofrecían aquí una víscera aún palpitante, allí un amasijo de carne viscoso.
La argéntea luz de la luna arrancaba reflejos iridiscentes de los exvotos que el macabro séquito depositaba ante ella.

Y de forma súbita... el silencio. Un silencio expectante, hambriento. La figura dejó caer las pieles que la cubrían, ofreciendo su desnudez desafiante a la noche.

Una carcajada estridente rasgó la quietud transitoria del despeñadero al tiempo que los fieles tributarios se lanzaban sobre ella, desgarrando, despedazando, devorando.
La risa no cesó hasta que dientes y uñas rasgaron la delicada garganta.

- Para... - Su voz sonó más ronca de lo habitual.
- Pero tú me pediste que te contara... - había un matiz disculpa en su voz, los grandes e inocentes fijos en los de él.

Atajó la justificación, negando con la cabeza y atrayéndola hacia sí con una ternura poco característica en él.

- Tus noches tienen que ser un infierno.

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