sábado, 20 de julio de 2013

Las estribaciones de Vartaer II

Sin duda el olor provenía de algún punto al noroeste, el viento se lo traía ahora claramente: era un aroma almizclado, algún perfume sintético sin lugar a dudas. Arrugó ligeramente la nariz; no solía soportar el olor de colonias y afeites, el único aroma que toleraba en su piel era el olor fresco y sutil del jabón de caléndula que siempre usaba. Venteó como un animal durante un rato, sin terminar de lograr encontrar el origen del olor que parecía haberse enganchado en los brezales que bordeaban la hondonada.

La expresión preocupada seguía instalada en su rostro y un ceño coronaba sus ojos grises cuando llegó a la cabaña. Toren estaba sentado en el porche, tallando una pequeña pieza de cuerno de venado, levantando los ojos sólo de vez en cuando para echarle un vistazo a Joy, que jugaba sentada en la hierba. Sintió una punzada de amor en el estómago al verlos. Lia amaba con las tripas.


Abajo en Basoa no tenían claro de dónde había salido la pequeña Joy; tenía la apariencia etérea y frágil de Lia junto con los extraños ojos verdes de Toren y su cabello pelirrojo... pero no podía ser, sus padres habían muerto tiempo atrás y la otra posibilidad era impensabe, Lia y Toren eran hermanos y ni siquiera los Summers eran tan raros aunque no había más que mirarlos para saber que algo andaba fundido dentro de sus cabezas.

En realidad no lo eran. Hermanos, probablemente si que eran raros para los estándares de Basoa.

Lia sólo se había acostado con dos hombres, en ambos casos en contra de su voluntad. Fruto de ese primer encuentro había nacido Toren. A los Summers no les había parecido adecuado admitir que su hija de trece años estaba embarazada. Por supuesto, nadie denunció a Starks; se limitaron a mandar a Lia una temporada fuera y criar al niño como si fuese suyo.
En cuanto a Starks, se había llevado a Lia a Vartaer en cuanto quedó huérfana y Toren venía incluido en el paquete. Le ponía los pelos de punta el maldito crío, parecía crecer a cada día que pasaba, pronto fue alto y robusto como un roble y mostraba la misma expresividad que uno. Con apenas diez años, ya no se atrevía a ponerle la mano encima. Ni la mano ni el cinturón. Se había convencido de que el niño tenía algún tipo de retraso o taradura el día que lo encontró en el patio desollando un gato "porque quería ver si era igual de suave por dentro que por fuera". Desde ese momento empezó a evitarle en la medida de lo posible. Un par de días antes de que Toren cumpliera los quince, Starks había dejado de preocuparse por él. Por él o por cualquier otra cosa, es lo bueno de estar muerto, de pronto las cosas ya no te preocupan.


Toren siempre había sido un crío solitario y huraño, de gesto impasible que sólo se avivaba con la presencia de Lia. La adoraba y habría matado a golpes a cualquiera que le hiciera daño. Y así había sido.
Levantó los ojos de la talla y su semblante se iluminó al ver a Lia, aunque la expresión duró poco al ver su gesto preocupado.

- Creo que alguien ha estado merodeando cerca del osario.

Hablaba mirando a Toren mientras dejaba el canasto lleno de manzanas en el suelo. La inflexión de su voz tenía un matiz acusador.

- No pude evitarlo, al principio me recordó a ti... pero resultó ser tan vulgar como las demás.

Toren torció el gesto con asco al recordar cómo la chica había pretendido besarle, el gesto descarado al acariciarle por encima del pantalón, aquel perfume horrible, fuerte y dulzón. Su mano se cerró en torno a la navaja.
Se puso en pie y estrechó el pequeño cuerpo de Lia entre sus brazos, agachando la cabeza para enterrar la nariz en su cabello oscuro.

- Pero ya me he ocupado de todo, no la encontrarán.

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