jueves, 26 de enero de 2012

Der rot Engel.

Le dirigió una mirada cargada de frustración; ahí estaba él, ajeno a todo, como siempre. Ajeno también a su mirada resentida... bueno, tal vez en parte porque se afanaba en dirigirle miraditas quejosas cuando él no la miraba, que a decir verdad era prácticamente todo el rato últimamente, o al menos esa sensación tenía. De pronto sintió el irrefrenable deseo de lanzarle uno de sus tacones de aguja a la cabeza.

La frustraba. La frustraba enormemente. Pero también le quería... y eso no sólo la frustraba: la enfurecía, como todo aquello que no era capaz de racionalizar.

Se volvió, dándole la espalda con algo parecido a un bufido, tratando de abstraerse en un trabajo mecánico, tedioso y aburrido. Realmente no tenía ningún derecho a estar enfadada con él; era exactamente igual de lacónico, laxo y distante emocional y sexualmente que cuando le conoció y pensó que era el hombre más lacónico, laxo y distante emocional y sexualmente que había conocido en sus veintipocos años. La diferencia radical estribaba en esas irracionales e inexplicables mariposas que sentía ahora en el estómago cuando apoyaba la cabeza en su pecho, en la forma en la que su respiración se agitaba cada vez que la besaba.

Los besos, ésa era otra... Resopló nuevamente y le miró de soslayo. Le habría hecho tres o cuatro preguntas, tal vez gritado tres o cuatro verdades, si no fuera porque estaba segura de que no le serviría para saber qué demonios pasaba dentro de su cabeza, si es que ahí pasaba algo y no se trataba meramente de un polvoriento desván lleno de ovillos de lana. Como mucho, tendrían una de sus discusiones, que era un bonito eufemismo para aludir a eso que pasaba de vez en cuando entre ellos y consistía básicamente en intercambiar varios monosílabos y encogimientos de hombros por parte de él y varias frases inconclusas y explicaciones mal dadas por parte de ella y que suponían un pasatiempo de lo más estéril porque -oh, sorpresa- jamás se entendían.

Si, le detestaba. Le detestaba tanto... tanto que en ese momento habría sido capaz de contar hasta la última de las estrellas si eso hubiera servido para que él se levantara, se acercara a ella, la rodease entre sus lacónicos, laxos y fríos brazos y la obligase a permanecer ahí un rato; cosa que él había empezado a hacer, vaya una a saber por qué, como respuesta a los intentos de acercamiento sexual por parte de Inger y que, con los meses, les había llevado a la situación en la que estaban ahora.
Estaban en una especie de tierra de nadie. No tenía ni idea de qué pensaría Iván al respecto, pero ella estaba convencida de que no eran pareja -bueno, tal vez lo suyo podía considerarse un matrimonio de ancianos, de esos sin sexo, sin comunicación, sin sal en las comidas...- Pero el caso es que, en ocasiones, en sus palabras, o tal vez en sus silencios, él parecía dar por hecho que Inger no era una mujer soltera. En cuanto al resto del mundo... estaba claro, todos les trataban como si fueran una pareja. Eso también dejaba meridianamente clara otra cosa: "el resto del mundo" estaba poblado por gente muy muy extraña.

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