miércoles, 9 de noviembre de 2016

Et in Arcadia Ego VI

Saville aflojó el paso al llegar al muelle. Era consciente de que le seguían desde que bajó del coche de Helen. Se desabrochó el abrigo, granjeándose fácil acceso a su revólver, en caso de que fuera necesario y avanzó relajadamente hasta quedar bajo la precaria luz de un fanal. Aguardó, encendiéndose un pitillo.

Me imaginaba que querrías hablar conmigo más temprano que tarde. —le espetó a la oscuridad con una media sonrisa de suficiencia.

Me ha contado que la llevas de vuelta a casa; no creas que voy a consentirte... —la luz de la farola apenas iluminaba el rostro del muchacho. La voz sonaba crispada, contrastando vivamente con el tono calmo de Oliver.

No sabía que tuvieras potestad para consentirme o denegarme nada, Crowley. —exhaló una vaharada de humo que nubló sus facciones por un momento y tiró el cigarrillo.— Tenemos trabajo que hacer allí, sí. Imagino que habrás tratado de convencerla y te aplaudo el intento, pero no pongas a prueba mi paciencia. Hasta ahora he mostrado tolerancia, en consideración al afecto que te tiene.

La carga del muchacho le resultó lo bastante inesperada para hacerle trastabillar y, de algún modo, pareció casi divertirle. Con economía de movimientos, le agarró por la solapa de su cazadora de cuero y le noqueó de un certero puñetazo.

Igual de testarudo que tu hermana. —murmuró a la figura, ahora yacente, abriendo y cerrando la mano con un siseo. Dejando escapar un suspiro, sacó una petaca del bolsillo interior del abrigo y vació gran parte de su contenido sobre Crowley antes de cargárselo al hombro.


El guarda no pareció especialmente sorprendido, abrió la puerta de la garita y le franqueó el acceso a Saville, ayudándole a dejar al joven sobre un desvencijado sillón.

Me lo he encontrado durmiéndola contra una de las bateas. —explicó con tono condescendiente mientras se recolocaba el abrigo. —Imagino que se le habrá ido la fiesta de las manos.

Extranjeros. —masculló el vigilante como si se tratara de un pecado imperdonable. —No saben beber y siempre acaban dando problemas.

Le conozco, no es mal muchacho. Asegúrate de que duerma la mona y de que no se meta en líos, por favor. —Con un gesto discreto, deslizó un billete debajo de la lata del café y alzó una mano a modo de despedida antes de abandonar la garita.

Ahí va un tipo elegante. —murmuró el guarda, para quien, al parecer, había distintos grados de extranjería, mientras hacía desaparecer el billete en uno de los bolsillos del uniforme.



El domingo transcurrió tranquilo y, sobre todo, productivo para Elizabeth. No eran muchas las ocasiones que tenía de trabajar a solas con el Arcadia para ella y dio buena cuenta de la situación. No se le ocurrió pensar en el enfado de Crowley, en la inminente partida en dirección a Etrinia, en lo que encontrarían allí. ¿Para qué? Darle vueltas sólo serviría para tensarse y hacerla más improductiva. Tampoco le preocupaba la reunión de Saville con los inversores: estaba segura de que sería un éxito, no podría ser de otra forma.

Tras una larga y satisfactoriamente extenuante jornada entre máquinas y aparejos, había revisado y corregido los informes y planos. Comprobó por segunda vez que todo estuviera listo para zarpar a la mañana siguiente y se concedió un rato de relax con una humeante taza de café y la única compañía de la radio, acodada en la regala. El cuarto creciente pendía del cielo añil como una joya marfileña y su reflejo rielaba sobre el agua. Incitaba a la introspección. Sólo entonces se permitió entrar en esos compartimentos estancos de su mente que rara vez solía visitar.

No oyó a Saville, abstraída como estaba, y no fue consciente de su presencia hasta que una mano en su cadera y el olor acre del bourbon la sacaron de sus pensamientos.

Apestas a alcohol. —no sonaba a reproche, sino a mera exposición de una obviedad. Deseó no haberse tensado bajo la caricia del hombre. Al darse la vuelta llevó su mano sobre la de él, bien fuera por ofrecerle un pálido reflejo de su caricia o por apartar su mano y entonces le miró arqueando las cejas. —¿Tan mal ha ido la reunión? Voy a por algo para la hinchazón.

Quizás esté borracho, o tal vez no lo suficiente. —la detuvo, la mano testaruda de nuevo sobre la cadera renuente. —Sólo ha sido un golpe tonto, déjalo. —su propio cuerpo ejerció de muro de contención al apoyar sendas manos sobre la regala, atrapándola virtualmente entre ellas. —Ha salido a pedir de boca, están encantados. Y he estado pensando... —la observó en silencio durante unos segundos. Control. No tenía del todo claro si disfrutaba más ejerciéndolo o saboreando la forma en la que sabía que ella estaba luchando por mantener el propio y no zafarse de ese casi abrazo. —Dalannur va a sufragar totalmente los gastos y los inversores ofrecen crédito ilimitado para la primera fase. Tal vez tras eso sea el momento de dejarlo todo y vivir la vida; Olvas, Damitova... —distancia. Sin duda iban a necesitar toda la distancia que el dinero pudiera comprar.

¿La reunión ha ido tan bien que estás planteándote retirarte y largarte al otro extremo del mundo? —sus palabras estaban teñidas de algo más que mera incredulidad. De hecho, estaba lo bastante enfadada como para ser capaz de casi ignorar la cercanía física por un momento. —Oliver, si es una forma retorcida de ofrecerme el finiquito y una patada, te aseguro que no es necesario que...

Nos. Retirarnos. —sus manos estrecharon el cepo en torno a Elizabeth. —Piénsalo, Lizz. Un nuevo comienzo. Partiendo de cero esta vez, no de menos diez. —había un incaracterístico deje de tensión en su voz.

No puedes... —boqueó como un pez fuera del agua, incapaz de articular el torrente de “peros” que pugnaban por escapar de sus labios y terminó por apoyar la mejilla en su abrigo con los ojos fuertemente cerrados. En la radio, la voz aterciopelada de un jovencísimo Elvis Presley recién llegado de su servicio militar les decía que era ahora o nunca. —No puedo permitirme creer eso, Oliver, no es tan fácil.

Una nueva vida. Quiero que te lo repitas como un jodido mantra, Lizz. —la estrechó contra sí. —En cuanto avistemos Etrinia... quiero que no dejes de repetírtelo. Una nueva vida, a nuestro alcance. Va a ser cuestión de meses... una jodida nueva vida lejos de todo.


Fuera lo que fuese lo que Elizabeth estaba a punto de apostillar, murió en sus labios antes de ser verbalizado. Las voces y las risas de Daniel y Cooper la hicieron apartarse de Saville como si fuera una tea ardiendo.

Pasa casi media hora de medianoche, embarcáis tarde. —fue el hosco saludo que recibieron por parte de la oficial de cubierta, que lucía unos ojos enrojecidos.

Ha sido culpa mía, Lizzie, lo siento. —Daniel Boyle le ofrecía esa sonrisa suya a prueba de obuses. —Que me cuestan mucho las despedidas, pero mañana a primerísima hora estaremos frescos como lechugas y listos para zarpar.

Cambio de planes. —Saville se aflojaba el nudo de la corbata con un aire casi jovial, aparentemente despreocupado. —Zarpamos ya. —les dio la espalda tras la escueta orden, perdiéndose la cara de asombro de los tres. —Lizz, cámara de oficiales. Cooper, te quiero en el panel en cuanto estemos listos.






¿Realmente crees que no sabe de dónde provienen esos fondos? —la voz de Sanders dejaba patente su escepticismo. —No es un hombre a subestimar. Si lo fuese, no habría contado con él.

Está tan obsesionado con ese proyecto... No, estoy segura de que no alberga la menor sospecha a ese respecto. —Helen se encogió de hombros. —De todas formas, no comprendo la relevancia del origen de ese dinero; él es parte de la Organización y si efectivamente es capaz de llevar a buen término su overhaul, nos vendrá bien a todos.

¿Nunca has oído eso de no dejar que tu mano derecha sepa lo que hace tu mano izquierda? —repuso, hojeando un nutrido dossier. —Sí, su proyecto es útil y él es uno de los mejores, por eso le he concedido esta especie de... prerrogativa. Déjale que se entretenga con sus aparatos y sus circuitos. Pero no tiene sentido compartir más información de la estrictamente necesaria. Quiero gente de confianza en Etrinia, encárgate. Los Barron han sido útiles hasta ahora y quizás los mantenga por un tiempo, pero son cualquier cosa menos estables. Y que tengan un ojo en Saville también. —cerró la carpeta, cuyo membrete rezaba MK-Ultra, y dio por terminada la reunión con un gesto de mano. —Ah, Helen. —la llamó cuando ésta salía ya del despacho. —La sujeto A ya no es útil, será neutralizada en cuanto lleguen a la capital. No quiero cabos sueltos ni distracciones a estas alturas.

Se echó hacia atrás en su silla en cuanto la mujer hubo abandonado la estancia, las manos unidas por las yemas de los dedos y los índices apoyados sobre los labios.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Snippets


“Norns are incredible architects. They simply use death as a building block.” Andacellus, Viddion marah.”
― Taylor Grace

And so the Norns intertwined our threads; they carefully spin and tied the cords that knotted us together. May that torn and worn out tapestry remain as a memento.


June, 11th 1461


A golden lock of hair slided sluggishly over the fair skin as she tilted her head to let the moonbeam stroke her face in an opalescent, nacreous caress. There was an insinuation of a smile tickling at the corners of her lips, curling them subtly; she couldn't have been really specific about its cause, however, nobody was there to ask but an untimely and uninterested nightingale.

Resting against the stone wall as she was, she took the goblet by the stem and moved it in an open slow circle first, quickening her pace then, letting the burgundy liquid chant its slosh and squelch against the glass, accompaning the sound with her own giggle. To say that she was inebriated would be an understatement.

The blonde figure gave her back to the hollow and took the sealed manuscript, taking it to her lips before throwing it to the fireplace. Again, without her being really conscious, her life revolved around unopened letters. Like the butterfly that flaps its wings in a Southern rainforest and causes a hurricane in the Northern Sea, little did she know what that small gesture unchained.

In a distant Kingdom, someone dropped a glass.
In another time, a man fell on his knees with his enemy's axe buried in his back.
In another place and time a thunder wounded the skies.

By the roots of the Ash, beyond place and time, a lily white hand tugged at the threads, partially unweaving the tapestry she was working on.


June, 16th 1461


- [...] and would thee die for me? For thou art loyal, that I know, but would thee die for me? - the silvery voice somehow held the promise of laughter, as if she was about to burst out in a chuckle, seeming to not take it seriously; there was something in those silences that linked the words together that made the words float like a sheer mist around her, between them. She didn't turn to look at him, her eyes fixed on the curved talons of the bird. Yet the seasoned observer could have noticed how she was holding her breath, that subtle inclination, like trying to notice the slightest movement from behind, the stance that suggested almost impatience.
Wathever she was waiting for, didn't happen in that dimension, since the moment was abruptly interrupted by the flapping of the hawk.

- The hood - she muttered with that tone that shows displeasure with oneself - I am still unable to put it properly. - The words didn't seem directed to the falconer, but to someone behind her.

Once she was freed from the animal, she turned around, sliding her arm out of the beautifully crafted deer gauntlet and smoothing down her green sleeve. There was a half smile dancing across her lips.



She woke briskly and sat upright in bed, a thin layer of sweat adhering the modest linen chemise to her chest. Again that dream.

Her gait to the basin was unsteady and shivery. The cool, invigorating caress of the cold water on her face helped to pull herself together. She was already dressed when the peal of the bells made her hustle. Matins. The young woman exhaled a long sigh when she put on the bonnet required to every married woman in sign of female dignity and decency, one would think the garment weighed tons.

She didn't quite understand these peoples, their God, their rites; and to think that now that was all she had... Walking on thin ice, she couldn't afford the luxury of not appearing in the chappel. And on her knees she prayed, she prayed to her Gods, even to their; they were right, she was praying for her husband and lord, praying that for all that was holy he would have died in the battle.


July, 3rd 1461


- Will thee take me to the place where the sun sets? - her voice sounded impatient, expectant, dreamy.
The day was coming to its end and the fleeing, orangish sun made her hair look like lava as they cantered under the twilight. The girl was straddling her palfrey like she was a knight; she didn't remember the last time she had so much fun, if that ever even happened, when she felt so free: at full gallop, with the wind carrying her laughter and disheveling the Titan coloured mass of hair that cascaded loose over her back, as if she was an unmarried maiden.

Her breathing was getting heavier and a thin layer of perspiration was making shine the muscles of the dapple gray horse under her. She felt herself a cheeky droplet forming at the back of her neck and travelling down her back, which made her squirm on the saddle. If she had been alone, she would have even gotten rid of her shirt, maybe even of her undershirt. But if she had been alone she would have never go riding like that.

- They will send a search party to find us... - Not that she seemed to care, judging by her carefree tone. She reined in the animal to wait for the man, panting.

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She woke from the dream covered in sweat,her heart beating so hard she thought it would explode.
Still no news from the front.



August, 1st 1461


She didn't notice that she was holding her breath until a sigh escaped her lips when she realized that the arriving knight was only a banneret.
She left the crenel and gave orders to the servants to look after him and offer him all the conveniences he could need, but she wasn't interested in receiving him yet; she retired to her chambers instead, he surely would need some rest and she needed to think... there was only one question on her mind, one that she wasn't supposed to ask.


Once in her chambers she let the maidservants undress her and help her to the copper tub, her eyes on the mirror, her mind miles away. Her hand travelled distractedly along the ugly scar on her belly, her husband's gift on their wedding night. She submerged in the tepid water, lost in thought, letting the muffled sounds around her disappear and help her travel to the the only place where she felt safe, at ease: her memories.

With closed eyes she thought about his flaxen hair, that reminded her of the pale sun at home, in Bergen; his calm hypnotic eyes, the Norse glow.

- Du er min sol*...

She couldn't but remember how at ease he made her feel, how close to home while being so far. His reassuring gentle voice, the tacit promise of the haven of his arms, that she never dared to use. The unspoken plea when they bid farewell, when she gave him her favor, creating that small bit of assurance that he would return from the battle alive... her assurance was starting to break.

*You are my sun.


August, 7th 1461


She shared an unsatisfactory dinner with the knight; it might have sated the body, but not the spirit, he couldn't quench her thirst. No news for her, nor good, nor bad.
The man politely said that surely Fernando was alive. She politely pretended that it would brighten up her heart.

The redundant, superfluous ballet of courtesy, hidden thoughts and polite graciousness. She felt sick. Yet he was a good man and deserved more than cold refinement. The empty shell that Kristin had become, did her best to offer him the shimmering illusion of a warm welcome.



Three days after and still no news. The quondam smiling young lady had become a sighing wisp, a mere shadow wandering in the too big, too cold castle. Almost two thousand miles and too many months away from home. She couldn't bear the uncertainty anymore, maybe she couldn't move to where her thoughts were, but she could, at least, try to get closer, even if it meant getting closer to the picquet line.
Kristin sat at her husband's writing desk and took out of the drawer a vellum and the little bottle of iron gall ink. She bit the end of the quill; she was about to desecrate the vellum with a huge lie... and she was anything but proud of it.


My dearest sister,

I cannot handle the anguish of the lack of news from my Lord and husband, therefore I must take leave. I beg thee not to worry, I have took all the preventive measures and am not travelling alone. I need to be... closer.
I know thou will understand.
Yours,

Kristin.

She took the indigo candle and spilled a drop of wax over the closed letter, pressing then her ring against it. A single teardrop ran down her cheek as she did.

She needed to get closer, in case he was alive, in case -he- was trying to get back...to her. She lied, she was not seeking for Fernando, and she didn't put at risk a single life but hers.
That night she left for Guildford, the last bastion that she knew almost safe. She travelled alone.


August, 13th 1461


She rode indefatigably under the dim moonlight, spurring the stallion ruthlessly, ignoring the froth in his mouth, disregarding her own exhaustion. Her only companions were the ocasional neigh of the beast, the popping sound of the riding crop and her own heavy breath. She barely stopped a few hours in Kidwelly to let the animal rest; for a moment, she thought she'd kill him, she needed to get there at any price. Damn, she would have dragged and pushed him if she wasn't so wearied.

She slided some pieces of gold in the innkeeper's hand, enough to vanish from his gaze the disdain toward that desperate woman travelling alone and get a clean place to rest for some hours. Once in the stable, Kristin kissed Hengroen's forehead, patting his neck as the animal nuzzled her hair, like he understood.

The blonde woman climbed up the stairs and, after her ablutions, dropped herself on the scarcely comfortable bed. She would have been able to sleep even on the ground.



After an insufficient rest, snubbing her aching muscles, she sat on the saddle again. She did not see or hear anything but the path before her and Hengroen's hoofs treading upon the soil, there were no breathtaking landscapes or early birds' trills for her.

Kristin was about ten furlongs away from Guildford when she noticed the black smoke. She reined in her stallion, her gaze glazed, feeling the burning tears about to flood her eyes. If Guildford was taken... She shook her head and with a reckless resolution made the stallion gallop, there was anywhere to go but ahead.



August, 15th 1461


And Kristin marched in.

She clenched her thighs and freed one hand from the reins, letting her cloak fall and commending herself to Týr as she pulled the bowstring of her crossbow toward the cocking mechanism. She let the charged weapon at her back, ready to use, and unsheathed her sword; it was a light one, not a deadly one at all, but at least she could use it with one hand and hoped it would help to keep any possible foe away.

Father had made all his daughters learn the basics of the art of war, but she never ever fought before. Would she be able to shed blood?

- Sword in my hand, axe on my side... Valhall awaits me, when I die. Bear skin on my back, wolf jaw on my head...

She muttered the old chant she had heard so many times before.

- Valhall awaits me... WHEN I'M DEAD!!


Her blood was pounding at her temple, her heritage and lineage had taken over her body, commanding her actions.

She kicked the first man's face when he approached her, a covetous look in his eyes, possibly thinking about pillaging her horse, she thought. She wasn't bloodthirsty yet her actions were. She tried to withdraw herself from the cries, the horror, the scattered bodies and bloody carcasses, the smoke that filled her eyes with moisture.


Kristin saw a young blond man at her side, shielded, firmly grabbing his sword. He was one of "ours". She also saw the shine of the steel behind him... with economy of movements she dropped the sword and tugged at the crossbow's strap. The bolt went right to the enemy's neck, making him fall down, writhing in agony.

She did not notice that her silver chain with the medallion fell from her neck too with the sharp movement, laying on the ground, half covered by the dust.


Still August, 15th 1461


Something made her look back, turning her head quickly to repel another foe. Suddenly everything seemed to occur in slow motion, the sounds were muffled, steel pounding on the steel, the cries, the... almost roaring of the powerful tongues of fire that devoured the watchtower... She barely noticed anymore the scent of the smoke, of her own beast, the sickly sweet metallic pungency of the drying blood...her senses were dulled.

Kristin blinked as a bead of perspiration fell from her eyebrow to her lashes. No, it was not possible, her eyes were fooling her. Him... already there?
She caught a glimpse of that man with the now sullen expression, that pale flaxen hair, the broad shoulders, the bloody chain maille, the dirty tattered doublet under it... but most of all, it was the way he tilted his head while wielding the broadsword, she had seen the curve of that neck so many times before, the outline of that ear... she did not need to see the coat of arms to know, to feel, it was him.

She did not saw the man charging, all she felt was some sort of stinging heat on her side and the ground under her. She blinked again as her vision turned blurred. A slow, almost timid stream of blood came to her mouth to accompany the burgundy vital fluid flowing from her side when Hengroen fell on her, not kicking against her on his fleeing by mere chance. The man ran after the animal, determined to not miss such a profitable bounty.
The last image on her retinas before she lost consciousness was his bleary, unreal contour.



sábado, 30 de julio de 2016

Campaña en Egipto LI - Najma

- Y si en efecto es ella, ¿qué djins hace aquí sola? - hablaba a media voz, a la entrada de la modesta habitación – Sin escolta, además.

- Te digo que es la esposa del Paladín, la he visto en palacio. - la mujer hablaba sin alzar la vista de los apliques de jade de la daga que portaba en sus manos – Quizá la hayan atacado, robado y dado por muerta. Eso explicaría que no viéramos ninguna montura. Y no lleva joyas. - hizo desaparecer el arma en uno de los pliegues de su falda, en concepto de pago por las molestias - Ni nada de valor.

- Y yo te digo que nos vamos a meter en un lio, mujer.

La otomana le despachó con un gesto de mano antes de acercarse a la figura yacente, desliando la venda empapada en sangre que envolvía su brazo. La respiración de la nubia, sumida en los oscuros dominios de Bes, que reinaba en el mundo de los sueños, era débil pero rítmica. - No seas agorero y tráeme más agua fresca, miel e hilo de araña para la herida. Si la devolvimos viva a El Cairo seguramente nos ganemos una recompensa.



El disco solar acariciaba las dunas con rigurosa dureza, mientras el árido jamsin soplaba pertinaz, airado, azotando y arremolinando la arena a su paso.
Los contornos de una figura felina fueron insinuándose entre la nube de arena, hasta dejar ver la recia imagen de un imponente león de oscurísimo pelaje y brillantes ojos verdes.
El caminar de la fiera era lento pero constante, imperturbable, a pesar de que su costado sangraba profusamente. Goterones burdeos caían de sus fauces entreabiertas.

Najma cayó de rodillas y entrecerró los ojos, tratando de protegerse de la arena mientas observaba el avanzar del animal sin ser capaz de moverse. El horizonte se definía poco a poco frente a ella, tal pareciese que el viento amainara al paso de la fiera, como si su presencia acobardara al mismo jamsin.
Contuvo la respiración frente al animal, que se tumbó junto a ella reposando su enorme cabeza sobre el regazo de la mujer. La sangre tiñó la blanca túnica de algodón y Najma pudo sentir la cálida y pegajosa humedad bañar su piel al traspasar la tela.

Alargó la mano para acariciar el pelaje del animal y sintió, a su contacto, una punzada en el pecho. Jamás antes había experimentado de manera tan física la angustia. Con dulzura, exploró el flanco de la criatura, extrayendo de la herida un objeto metálico: se trataba de un trozo de empuñadura. Reconoció al instante el arma, la daga en forma de ankh... El arma de los guardianes de Osiris había herido al león del desierto.

El cuerpo del animal pareció relajarse una vez extraído el objeto extraño. La mujer se acurrucó a su lado cerrando los ojos, sin poder evitar dejarse arrastrar a una profunda y cálida oscuridad, guiada por los poderosos latidos del corazón del león.





De nuevo hablaba en sueños en aquel lenguaje bárbaro que ella era incapaz de comprender. Se incorporó en el lecho, observándole con un gesto de preocupación. Una fina película de sudor cubría la faz y el torso de Véspero. Un sudor gélido, como pudo comprobar al depositar la mano sobre su pecho.

- Mi Wahid... - murmuró, rozando la sien del hombre con sus labios antes de ofrecerle el calor de su propio cuerpo con la ternura paciente y protectora que no podía evitar ante las escasas ocasiones en las que lo sentía vulnerable.

Campaña en Egipto L - Véspero

A El Cairo regresó apenas una cuarta parte del regimiento de mamelucos, derrotados y humillados por un enemigo al que habían subestimado. Pronto por la ciudad se extendió la fatídica noticia y un halo de temor pareció cubrir la capital del Nilo, ¿pues cabía esperanza alguna si el turco había vencido a la flor y nata del Sultán? Durante los días venideros, las aves y los mensajeros iban y venían del palacio con frenética actividad. La agitación pronto caló también en la población, que empezaba a hablar... y a temer lo que estaba por venir.

Primero fueron unos pocos, mas luego podían contarse por cientos. Eran supervivientes que escaparon de una masacre. Una masacre tras otra, testimonios desgarradores de lo que podía llegar a ser la barbarie turca. Madres con sus hijos sin vida en brazos, huérfanos... pero ningún hombre capaz de empuñar un arma.


Mientras tanto, el hermoso paraje de Beni Suef se había convertido en una visión dantesca de muerte y desolación. Miles y miles de cadáveres se pudrían bajo el inclemente Sol y eran pasto de los carroñeros del desierto. Los cuerpos de los nobles guerreros de Egipto eran corrompidos por bestias salvajes.

Entre tanta muerte y descomposición se movía un pequeño grupo de bandidos nubios: saqueadores, ladrones y oportunistas.

Uno de ellos se topó con el cuerpo de un guerrero que destacaba entre los demás. Su armadura era tan negra como el ébano y llevaba el rostro tapado parcialmente por una máscara de plata quebrada. En la arena, bajo el cuerpo -aparentemente- carente de vida, se había formado un círculo de sangre, ya seco. El nubio se agachó para quitarle la máscara argéntea mas cuando se la arrebató, el guerrero abrió súbitamente los ojos y le agarró de la pechera, para a continuación volver a su letargo.

El nubio hizo unas señales a los demás y pronto se juntaron alrededor del guerrero.

Está muy débil, pero vivo. - Dijo uno de ellos al examinar a Véspero. - Debemos irnos.


La pequeña estaba sentada en una roca -tres veces más grande que ella- junto a la orilla. Sin preocupaciones, chapoteaba las aguas cristalinas entre risitas con sus pies. El alegre timbre de la voz de la pequeña contrastaba con el gutural y salvaje rugido del salto de agua en el lado opuesto de la poza. Pinos, robles y encinas rodeaban el manantial abrazándose entre sí, dando la impresión de cerrar el paso a desconocidos, como celosos guardianes de aquel oculto paraje.

Véspero, apoyado de espaldas a un inmenso roble, contemplaba a la pequeña con una extraña serenidad. Tan sólo vestía una sencilla túnica oscura y sus pies estaban descalzos. Tenía el cabello recogido hacia atrás con una fina cinta plateada. Junto a él se alzaba una sombra tan inquietante como confortable.

Es extraño. - Pronunció una voz desde esa oscuridad. - Tan parecidos y tan distintos. Su espíritu es como el puro brillo de las estrellas, mientras que tú eres tan salvaje como un fuego descontrolado. Ella es la luz y tú eres la sombra. Donde tú eres la cólera y la destrucción, ella es la calma y la paz. - La sombra pareció girarse para encarar a Véspero. - Aún así, ambos sois inseparables.

La cría pareció escuchar la conversación y volvió la cabeza hacia ellos. Siguió el movimiento de la pequeña testa una ondulada cabellera plateada que caía sobre los hombros desnudos. Los grandes ojos esmeraldas saltaron de Véspero a la sombra y de nuevo al mameluco. Una inocente sonrisa se mantenía en el rostro de la pequeña, mas su mirada reflejaba la comprensión y la inteligencia de un ser antiguo.

Véspero se reconoció en esa mirada y algo vibró en su interior.

¿Estoy muerto? - Inquirió, sin apartar los ojos de la pequeña, a la sombra.

No. - Respondió ésta. - Desconozco los designios de los hados para con vosotros, sin embargo, aún no es vuestro momento. Algo me dice que os quedan muchas vidas antes de que abracéis la eternidad. - La sombra hizo un pausa antes de cernirse sobre Véspero. - Ahora, es momento de despertar y luchar.

Et in Arcadia ego V

A lo largo de todo el día siguiente Elizabeth no tuvo noticias de Crowley, que se había despedido de ella fríamente en el puerto tras haber “firmado” la paz a regañadientes. Si la ausencia de señales de vida le preocupaba, no daba muestra de ello. En realidad, se creía lo bastante conocedora del carácter del muchacho como para saber que necesitaría pasar un tiempo a solas para enfriar el enfado y, quizás, ponerse en paz con sus propios demonios. Tal vez se equivocase.


Oliver se había acostado de mal humor y, cosa poco habitual en él, se había levantado de igual talante. Pasó gran parte de la mañana encerrado en la cámara de oficiales, pero no lograba su productividad habitual. Era consciente de que se estaba moviendo en terreno pantanoso y no podía sacarse de la cabeza ni la actitud de Sanders ni las palabras de Helen acerca de la perspectiva de desembarazarse de los Barron en un futuro no demasiado lejano... ni el hecho de que se barajase su nombre para dirigir esa sección. ¿Cuándo había dejado de importarle eso? – Al final resultará que tienes principios y todo. – se dijo con cierto tono burlesco, sabedor de que no era del todo cierto, ni esa la cuestión.

Poco antes de mediodía, dejó el barco con la innecesaria excusa de saldar cuentas con el tipo del taller.

- Puedo darle saludos de tu parte a ese mecánico que te ha echado el ojo, Lizz. - comentó con sorna antes de desembarcar, dejando patente, de paso, que no se le escapaba casi nada de lo que aconteciera en puerto. El resoplido airado que obtuvo como respuesta consiguió mejorar un poco su ánimo, siempre disfrutaba con eso.




A miles de millas, en Sumantova, Sanders descendía de su Gulfstream G550 tras estrechar la mano del piloto. Tras él, dos hombres de traje oscuro cargaban idénticos maletines de piel.

- Ha demostrado su lealtad en sobradas ocasiones a lo largo de estos años. La operación en Dartia no habría sido posible sin él.

- Estoy de acuerdo. - convino Thomas Sanders – Pero aún así quiero que tengáis un ojo en él. Llamadlo paranoia, si queréis. - saludó al hombre que les aguardaba en pista con un firme apretón de manos y una amplia sonrisa. No era para menos, estaba a punto de venderle setenta rifles Beretta ARX-160 y embolsarse un buen pellizco, aunque los pingües beneficios eran bicoca comparados con el hecho de que, a partir de ese momento, el tipo le debería un gran favor.





- ¿Beatrix? Creo que querías hablar conmigo. - una tos al otro lado de la línea telefónica le hizo apartar de sí el auricular.

- Llevo casi dos días esperando tu llamada, joder. Y odio esperar. - en efecto, la voz áspera y cascada de la mujer sonaba impaciente – Son esa mierda de trastos, no funcionan. Son una jodida mierda, Oliver, así que más vale que traigas tu culo aquí y los arregles, nos han costado una fortuna.

- Tengo el aviso, sí. - en realidad, se trataba de una fortuna que los Barron no habían desembolsado, pero entrar en discusión habría sido estéril y Oliver no tenía la menor intención de alargar innecesariamente la llamada. - Lamento que los servidores estén dando problemas, pero tenemos el fallo identificado y sois nuestra próxima parada. Tienes mi palabra de que en breve estará solucionado.

- Bien, eso espero. - aunque Beatrix seguía empleando su habitual tono brusco, parecía aplacada. Incluso se permitió una carcajada estridente - ¿Qué tal se porta la mascota que te vendimos? Quizá tengamos que renegociar los términos, Dye sigue queriendo recuperarla, en el fondo es un sentimental. Tendrás que hablarlo con él, me gustaría verte pero tengo negocios que atender fuera. Estos jodidos inútiles son incapaces de hacer nada si una no está encima de ellos constantemente.

- Oh vaya, lo lamento, Trix, a mí también me hubiera gustado verte. - respondió, apretando la mandíbula y logrando no sonar sarcástico, ignorando el comentario sobre Elizabeth – Tal vez en otra ocasión. - se despidió antes de que Beatrix pudiera añadir más y soltó el auricular con gesto asqueado. Cada vez que hablaba con esa mujer se sentía como si a continuación necesitase una buena ducha.



Y eso fue exactamente lo primero que hizo al regresar. Aprovechó el momento para repasar mentalmente la presentación que haría ante los inversores, y probablemente fuese eso y no la ducha lo que finalmente logró mejorar su humor. El rugido de su estómago le hizo ser consciente de la hora y asomarse al galley; sorprendido por no encontrar allí a Elizabeth, salió a cubierta, donde la pilló con las manos en la masa: enjuagando con agua dulce el equipo de buceo que, evidentemente, acababa de utilizar.

- Nos estamos evitando, ¿hmm? - se acercó a la mujer, comenzando a revisar los latiguillos y la boquilla del regulador mientras ella seguía con el aclarado – Si hubiera sido Daniel o Cooper quien hubiera bajado solo, habrías amenazado con arrancarle la piel a tiras. Primera norma del submarinista.

- Ha sido sólo un momento, Capitán, quería comprobar el oxiacetilénico. - hizo un gesto de cabeza hacia el soldador para uso subacuático, a sabiendas de que Oliver tenía razón. Y de que no era propio de ella no avisar de una inmersión, pero realmente se le había olvidado por completo, prueba inequívoca de que tenía la cabeza en otra parte. Maldijo para su fuero interno.

- Estamos a solas, Lizz. - no le pasó desapercibida la justificación. Era la primera vez desde que la conocía que se escudaba tras una y, en circunstancias normales, habrían tenido una bronca al respecto. Decidió dejarlo correr, ambos estaban más tensos de lo habitual y la discusión del día anterior, la subsiguiente tirantez y, posteriormente, la breve conversación con Beatrix le habían dejado un mal sabor de boca del que estaba deseando deshacerse.

- Lo siento, Oliver. Realmente no estaba... - se encogió de hombros y colgó el chaleco del revés para que secara, pasándose a continuación la mano por el pelo y mirándole en silencio por unos segundos; en realidad, ya no estaba hablando de trabajo – ¿Podemos ahorrarnos la parte en la que nos pedimos disculpas? Por favor.

- Está bien, tregua. - rodeó sus hombros con un brazo, señalando con la mano libre hacia el equipo de buceo, aludiendo claramente a su inmersión en solitario – Y, Hyde... que no se repita, ¿entendido?



Tanto la comida como la posterior tarde de trabajo a solas transcurrieron agradablemente para ambos. Desde que Oliver se la llevara de Etrinia se habían entendido bien, si bien requirió grandes dosis de paciencia por parte de Saville al principio. La invirtió gustoso, a pesar de que en alguna ocasión se planteó si habría sido una buena idea enrolarla a bordo; Elizabeth había demostrado tener un talento natural para la maquinaria y la electrónica y supo hacerse útil enseguida.
Siempre lo había enfocado como un arreglo temporal, pero para cuando quiso darse cuenta, le era casi imprescindible, al menos todo lo imprescindible que puede ser una persona. La miró por el rabillo del ojo mientras ella llenaba la taza de café del hombre con un gesto automático, enfrascada en los planos, y se permitió volver brevemente a la única noche de intimidad física que habían compartido, a esa entrega desesperada, suicida y hambrienta. Se preguntó cómo habría sido si no se hubiera criado como una alimaña entre aquellos tarados y a continuación desechó el pensamiento. Quizá los años le estuvieran ablandando. Se pasó la mano por la cara y devolvió toda su atención al trabajo.

domingo, 5 de junio de 2016

Et in Arcadia ego IV


Había resultado bien lo de dejarse convencer por Daniel; Elizabeth caminaba de vuelta a puerto de mucho mejor humor y no sólo por la agradable perspectiva de poder trabajar a sus anchas con el Arcadia para ella. El sonoro silbido a sus espaldas no le hizo volverse, por asumir que, fuese lo que fuese, no tenía que ver con ella.

- ¡Sparrow!

Se volvió entonces, con cautela, como si no diera del todo crédito a sus oídos primero y después a sus ojos, que le ofrecían la figura alta y desgarbada de un muchacho flacucho de melena trigueña que se acercaba a ella arrastrando ligeramente la pierna derecha.
Echó a correr hacia él y lo estrechó en un brevísimo pero fuerte abrazo.

- ¿Así que conde von Count? Eres un payaso. - miraba al joven con una sonrisa abierta, cálida – Oscar Grouch te habría pegado mucho más. - lanzó un suave y cariñoso puñetazo a su hombro, quizá para contrarrestar la afectividad del abrazo previo.

- Pero apuesto a que te hizo reír. - alzó las manos, mostrándole las palmas – Ese prototipo de abrazo no me ha sabido a nada. Voy a enseñarte como se hace y me importa una mierda que protestes, patalees y hasta que me muerdas. - y en efecto, sin darle mucha opción a réplica, sus enjutos brazos rodearon el cuerpo de una Elizabeth que, aunque notablemente tensa, no hizo más ademán de apartarse que un resoplido al cabo de unos segundos.

En animada charla, entre reproches mutuos por el tiempo transcurrido sin verse y ese tipo de muestras de cariño que casi bordean el insulto, recorrieron el camino hacia el Arcadia.


- ¿Así que el dragón ha dejado que la princesa abandone la torre por un día? Supongo que puedo considerarme hombre muerto si apareciera ahora, ¿verdad? - no pudo evitar la risa ante el gesto ceñudo de Elizabeth, que no dejaba a las claras si estaba molesta por el comentario o por las manazas de Crowley sobre el equipo de buceo.

- Si no quitas las zarpas de ese transductor, no te va a dar tiempo a preocuparte por lo que pudiera pasar si apareciera Saville. - y, a pesar de sus palabras, había un deje cariñoso en el tono, firme pero paciente, casi maternal. Se encogió de hombros mientras se volvía para meter unas aletas que habían visto mejores días y un par de snorkels en la mochila – Ya sabes que no me gusta que hables así de él. Y sería yo quien tendría problemas por subirte a bordo. Simplemente no le gustas, Crow.

- Ya... - Crowley tenía la capacidad de condensar mil y un matices en un “ya”. El que acababa de dejar sus labios estaba impregnado de “menos me gusta él a mí”, “a veces no te entiendo” y tres o cuatro cosas más - ¿Te has parado a pensar que...

- No. - le interrumpió de forma abrupta - No me he parado a pensar nada y no vamos a empezar a discutir tan temprano. Vas a bajar a galley y a preparar algo de comer mientras yo termino un par de cosas y luego vamos a pasar por el taller para recoger un tubo de vacío, cogeremos el bote e iremos a donde quieras, tienes que contarme qué has estado haciendo estos meses.

Apenas un par de horas después ya iban rumbo a una pequeña caleta, al este del puerto. Desde que Crowley saliera de Etrinia, un par de años antes que Elizabeth, habían mantenido un contacto intermitente, condicionado al principio por la necesidad de mantener en secreto el paradero del primero y, más tarde, por el hecho de que ninguno de los dos permanecía por mucho tiempo en el mismo sitio. A pesar de todo, ni la distancia ni lo espaciado de las noticias que recibían el uno del otro habían hecho mella en su vínculo.




Condujeron durante unas treinta millas antes de que Helen rompiera el silencio.

- Estás de mal humor. - no era una pregunta. Deslizó las gafas de sol para echar un vistazo sobre éstas en una carpeta marrón que tenía sobre las rodillas - ¿Tiene algo que ver con la llegada del sujeto B? Imagino que sabrás que ya está en la ciudad. Debería haber sido suprimido hace tiempo y, de hecho, creo que es uno de los puntos que Sanders quiere tocar en la reunión.

- Crowley es inofensivo. - chasqueó la lengua con evidente fastidio - ¿Desde cuándo les pone nerviosos que un chaval husmee un poco? - sacudió la cabeza sin desviar la vista de la sinuosa carretera jalonada por árboles – No estoy de mal humor, sólo estoy tenso. El domingo tengo reunión con los inversores, voy a necesitar que me recojas de nuevo.

- Empezaré a cobrarte el servicio de taxi, Ollie. - rió, acariciando la pierna de Saville. ¿Se estaba volviendo demasiado ambicioso? Guardó el dossier en el sobrio maletín de piel y dejó que sus ojos claros recorrieran el perfil del hombre. Era inteligente. Mucho. Por eso a Helen le extrañaba que aún no se hubiera dado cuenta de que esos inversores estaban también ligados a la Organización.

Recorrieron en silencio el resto del trayecto hasta llegar a un desvío apenas señalizado que conducía a una cancela de hierro forjado de aspecto solemne. O rancio, en opinión de Saville. Apenas otras dos millas hasta llegar a la pequeña mansión.
Todos los coches allí aparcados compartían el mismo aspecto oficial.

- Dime que estarás libre libre después. Voy a necesitar un trago después de reunirme con las hienas. - murmuró antes de salir del coche y rodearlo para abrirle la puerta a la mujer.



La junta transcurrió tranquila. Demasiado tranquila. Saville esperaba tener que dar una serie de explicaciones que no le fueron pedidas. Probablemente fue eso lo que hizo saltar sus alarmas. O bien Sanders desconfiaba de él, o iba tres pasos por delante. No le hacía ninguna gracia esa perspectiva.

Una vez hubieron terminado, el cónclave se convirtió, como de costumbre, en una especie de velada en la que los peces gordos fumaban, bebían y trataban de dirimir quien la tenía más grande. Aceptó sin ganas una copa de brandy y participó de la charla insustancial mientras su cerebro funcionaba al doble de revoluciones por minuto de lo habitual. No podía sacudirse la sensación de que estaba en el punto de mira.

Se aflojó la corbata de camino al vehículo y se sentó pesadamente, resoplando antes de poner el motor en marcha.

- Sigue por la carretera del molino, he hecho una reserva. - dijo la mujer mientras se ajustaba el cinturón de seguridad – Espero que sepas lo que estás haciendo volviendo allí antes de lo previsto, Ollie. Tendrás a Beatrix Barron fuera de la ciudad para entonces, me he encargado de que se encontrara con una serie de contratiempos que requieran su presencia ineludible fuera, pero estás jugando con fuego.

Tendrían que tratar con Dye, pues. Había confiado en tener a ambos fuera de juego el tiempo que estuvieran allí. Él consideraba a Dye menos peligroso que Beatrix, especialmente en lo tocante a Elizabeth, pero también más inestable. ¿Jugar con fuego? Estaba haciendo malabares con acetileno y cerillas.

No logró distraer su mente, a pesar de los intentos de Helen. Últimamente, el sexo con ella solía ser el equivalente a comerte un sandwich frío cuando tienes hambre: eficaz, conveniente y algo a lo que no le prestas demasiada atención.

- Si juegas bien tus cartas, esta operación acabará convirtiéndote en uno de los hombres de confianza de Sanders, ¿tienes idea de la posición que supone eso? - Helen, aún en la cama, se dirigía a la espalda de Saville mientras éste terminaba de vestirse – Podremos prescindir totalmente de los Barron, incluso podrías ser tú quien tuviera el control de Etrinia, ya que pareces tenerle querencia a ese lugar. - el tono se tornó insidioso al añadir - ¿O estás encariñándote con esa cría? No te pega recoger cachorritos apaleados, Ollie, cariño.

- Esa a la que llamas cría tiene veintiséis putos años – a pesar de sus palabras, el tono era calmo, pausado. Se giró para tomar suavemente a Helen de la barbilla – y más pelotas de las que tú has visto pasar en toda tu vida. Cariño.




Elizabeth hizo una bola del fino jersey azul, tras deshacerse de él sin mucha ceremonia y con ausencia de aspavientos, y lo deslizó entre la cabeza de Crowley y la arena antes de apoyar la cabeza sobre el hombro de éste, quien la rodeó con un brazo laxo, sin fijarse siquiera en las cicatrices que afeaban el torso de la muchacha y no sólo por haber crecido viéndolas; era una de las muchas cosas que ambos tenían en común.

- Hay algo en él que me pone los pelos de punta, Sparrow, es algo que no sé definir, pero... - jugueteaba con una de las tiras del bikini de Elizabeth, retomando el tema con los ojos semicerrados. La voz, aunque suave, tenía un matiz atormentado, ansioso – Y que precisamente tú, de todas las personas, te niegues a verlo... - chasqueó la lengua, frustrado – ¿Por qué crees que se le cruza el cable cada vez que me ve? ¿No te das cuenta de que no tolera ningún lazo con tu pasado?

- ¿Y le culpas? ¿Te has planteado que quizá sea él quien no quiere bregar con según qué recuerdos? – respondió en tono canso, tras algunos segundos – Para él tampoco ha sido fácil, precisamente tú tienes que entender el sentimiento de impotencia... – exhaló sonoramente por la nariz, quizá negándose a defender a Saville ante Crowley por enésima vez, o simplemente sin ganas de volver a aquel instante concreto. – Y hablando de esa sensación, voy a tener ocasión de comprobar si es cierto que las cosas han cambiado en casa, tenemos pendiente un trabajo allí.

Crowley se incorporó de forma abrupta, mirándola con una expresión que estaba a medio camino entre la incredulidad y la ira.

El trayecto de vuelta, tras la agria discusión, transcurrió en silencio en su mayor parte, hasta que Elizabeth lo rompió, mientras apoyaba la mano en el antebrazo de Crowley.

- Sabes que los dos tenemos parte de razón... Y que no soporto que estemos enfadados. – añadió tras un instante de vacilación.

domingo, 22 de mayo de 2016

El calor de la flama

Aún olía a frío, a pesar del fuego que ya flameaba en el llar. Las cimbreantes lenguas de fuego, única iluminación de la estancia, proyectaban sombras tornadizas y veleidosas sobre las paredes de piedra, arrancando de los leños una sinfonía de chasquidos y chisporroteos al hacerles los amores con su ardiente caricia.

Los únicos sonidos que vestían, sin enmascararlo, el plácido silencio, eran el crepitar de la lumbre y el implacable ulular del viento, que azotaba vehemente los postigos de madera. La escarcha se rendía lentamente, con negligente renuencia, cediendo el terreno conquistado sobre el cristal.

Una diminuta polilla agitaba con dificultad sus alas, aún húmedas por la lluvia; extenuada, invirtió su último esfuerzo en acercarse al reconfortante y cálido fogaje que la atraía de forma irremisible. Vibrante, intenso, férvido, salvaje, fascinante... Sabía que la incitante promesa de refugio que le ofrecía la hipnótica danza de la flama podría entrañar su perdición. Y aún así... ¿acaso no merecería la pena consumirse en ese fulgor?

Su entrega se saldó con un fogonazo apenas perceptible. La insignificante polilla, enamorada de la llama, y su pequeña ofrenda le fueron desapercibidos a todo excepto al propio fuego. Éste la acogió en su abrazo, la transmutó en algo diferente en ese instante en que formaron parte de un mismo todo, brindándole un vínculo que, aunque inefable, fugaz en su concreción, les uniría ya hasta que esas mismas ascuas se extinguieran.


jueves, 28 de abril de 2016

Los cuatro jinetes

Caballo blanco: Victoria

...Si ella seguía teniendo una cerilla, él seguía teniendo un bidón de gasolina, ¿qué podía salir mal? Qué coño, él ni siquiera necesitaba cerillas, lo suyo era trifluoruro de cloro. 

- A donde quieras. - repitió él, acariciando la vulnerable piel de su muñeca con la zurda aún en el volante.

+ Lejos. Simplemente lejos. - tiró de la manga, como si el contacto de sus dedos quemara; solía acabar quemando. Cerró los ojos y alargó la mano para acariciar su barba. Quizá fue la fuerza de la costumbre lo que estiró una de sus comisuras en una media sonrisa que tenía más de nostalgia que de algo mínimamente cercano a la alegría - Y cuando hayamos llegado, un poco más lejos.

- Para eso no necesitamos salir de aquí. - tal vez él también tenía aquella vieja conversación rondándole la mente - Hay cosas que no se solucionan a golpe de acelerador o de poner distancia, ¿sabes?


Caballo rojo: Guerra

- No encajo en tu mundo, ni en tus planes. - Se tragó el resto de la frase y echó otra calada con la vista fija en el techo. - Volvemos a engañarnos; te mereces algo mejor, alguien con futuro.

+ ¿Sabes que todo eso me importa una mierda cuando estamos así? - Su voz era bálsamo, era marea suave que rompía cadenciosa y plácida sobre la orilla. - Quizá no sea tan fácil como yo lo veo, pero tampoco es tan complicado como tú lo haces. Siempre dices que la verdad está en el punto medio.

- Sólo soy tu puto sueño de benzedrina, un chute de onirismo que te ayuda a disociar conciencia y realidad...

+ Para. - La interrumpió, tomándola de la barbilla y obligándola a enfrentar su mirada. 

- Tu refugio del mundo real. - Continuó, implacable, consciente de que él era demasiado bueno como para condenarle a cortarse con sus esquirlas. - Pero es un alivio transitorio, una colección de momentos robados a la realidad que tal vez te acompañen en alguna noche solitaria, en el mejor de los casos. 

+ Si no vas a darte una jodida tregua, al menos dámela a mí. - Quizá no quiso pelear contra las ganas de besarla; o quizá sólo quería hacerla callar. Esta vez fue él quien lanzó el reloj contra la pared. - Paremos el tiempo un rato.


Caballo negro: Hambre

- No te muevas. - Le encañonaba con la cámara, aún de rodillas sobre la cama. - ¿Sabes que cada vez que te enfoco ladeas la cabeza como un perrillo? - Su voz insinuaba risa. - Por eso me gusta fotografiarte cuando creo que no me ves hacerlo. Eres más tú.

+ Eres una fetichista. - Tiró del cuello de la camisa antes de abrocharse los botones de forma deliberadamente lenta, consciente del efecto que ese gesto tan inocente, tan cotidiano, ejercía sobre ella. Hablando de fetiches... - Me debes una conversación, una de las que no te gustan. - Si su beso fue un intento de comprar una confesión, el que ella le dio en respuesta bien pudo haber sido un intento de granjearse un aplazamiento.

Algunas veces sentía que se ahogaba bajo su lluvia, otras sentía que no podía respirar cuando su olor no la envolvía. Pero eso no podía explicárselo; uno de los dos tenía que hacer el papel de cuerdo e, irónicamente, le había tocado a ella. Trazó la línea de su mandíbula con un índice hambriento de más piel. 

- A eso ya hemos jugado y al final acabamos perdiendo los dos.


Caballo bayo: Muerte

Y no pudo evitar sonreír al verle echar los brazos atrás para tirar de la espalda de la camiseta. Casi un año después, y ese gesto seguía haciéndole cosquillas. Le observó cambiarse de ropa en silencio, antes de que a ambos se les escaparan las palabras a borbotones.
Casi un año después y eran capaces de retomar la conversación en el punto exacto donde la habían dejado. 
Hasta que ya no quedaba más por decirse. 
Al menos, nada que ella fuera capaz de verbalizar en voz alta. 

+ Ven conmigo. + Se sentó junto a ella en la cama, agarrándose al clavo ardiendo de la irracionalidad a sabiendas de que los dos podían quemarse los dedos. Tomó su mano y se la llevó al costado. + Sigues siendo mi faro. Hay cosas que no cambian, ni van a cambiar: eres mi baliza.

- No. - Ella apenas rozó la tela de la camisa antes de retirar la mano y caminar hacia la puerta. Aún era capaz de trazar en su mente todos y cada uno de los dibujos que ocultaba la prenda. - ¿Cuándo te vas a dar cuenta de que no soy tu faro, sino tu ancla?

Fue todo un ejercicio de contención no corresponder a su abrazo cuando él la envolvió, inclinándose para apoyar la barbilla en su cabeza.

+ ¿Qué voy a hacer contigo?

- Guárdame en uno de esos compartimentos estanco que sólo visitas cuando se te cruza mucho el cable. - Permaneció rígida entre sus brazos, los de ella pegados al propio costado.

Fue una despedida sin lágrimas, ya habría tiempo para eso. Se prometió, mientras veía el avión hacerse cada vez más pequeño en el cielo, que jamás volverían a verse. Nunca le había costado tanto renunciar a algo, no estaba segura de ser capaz de hacerlo otra vez.

miércoles, 6 de abril de 2016

Et in Arcadia ego III

El amanecer encontró a Oliver y Elizabeth en la cámara de oficiales ante una mesa cubierta de planos y diagramas electrónicos. Ella leía en voz alta un informe al que Saville no parecía estar prestando demasiada atención.

- Tienes un aspecto horrible, ¿has dormido siquiera? - su tono sugería que estaba de buen humor.

- Adulador. - repuso mientras agitaba el documento que tenía en la mano – Hay algo que no está bien, pero no consigo...

- Vuelve a leerlo. Despacio. - a pesar de que él tampoco podía haber tenido tiempo material para dormir más de tres o cuatro horas, parecía relajado y mucho más descansado que la noche anterior. Llenó un par de tazas de café y le tendió una a Elizabeth.

- Diría que el problema está en el sector 7C, pero la lectura de los contadores no tiene sentido, a menos que haya un error en cuanto al radio...

- Eso es. - asintió con el aire satisfecho del profesor que escucha a su pupilo recitar la lección de forma satisfactoria – El 7C debería ser de largo alcance, pero según los contadores, sólo llega a alcance medio. Anoche saqué las lecturas y los informes ya están revisados y archivados. Nos va a tocar hacer trabajo de interior, quiero que repasemos todas las secciones, incluso las que hemos instalado nosotros, antes de establecer los servidores nuevos.

Saville sonrió ante el gesto de Elizabeth por hacerla realizar un trabajo del que él ya se había ocupado con anterioridad. Siempre disfrutaba con esa mirada airada. A continuación procedió a explicarle los planes a corto plazo, enfrascándose en una larga disertación sobre sistemas de seguridad redundantes mientras Elizabeth se esforzaba por seguirle el ritmo. Saville tenía la costumbre de hablar como si el resto de los mortales estuvieran a su altura y fueran capaces de seguir su proceso mental.

- Y creo que eso es todo de momento. - remató, mirando el reloj – Hoy el entrenamiento será corto, tengo una cita que atender en un par de horas.



A pesar de su mayor envergadura y su buena forma física, a Oliver le costaba más que de costumbre esquivar a la pelirroja. "Tiene la cabeza en otra parte", pensaba ella, sin ofrecer cuartel, mientras trataba de enviarle al suelo barriendo su pierna de apoyo; "los años no perdonan..." pensaba él, casi sorprendido por el propio pensamiento, balanceando el peso a la pierna contraria y librando el ataque in extremis. Ambos tenían razón. Saville lanzó un ataque desganado al costado de Elizabeth, apenas marcando el golpe. Ella interceptó el puño sin problema, virando para retorcerle el brazo a la espalda y soltándole al cabo de apenas un par de segundos.

No se esperaba el gesto repentino y ágil con el que Oliver la inmovilizó contra la regala.

- No bajes la guardia. Nunca. - mantuvo el cepo un poco más de lo que sabía que ella podía aguantar, sintiendo como la espalda de Elizabeth se tensaba como la cuerda de un arco a punto de partirse. Sonrió. - Solías saberlo.

- Ehm... Hay un mensaje de radio... - el tono de Cooper tenía esa cualidad dubitativa de quien sabe que está interrumpiendo algo aunque no alcanza a comprender exactamente el qué. En el caso de Gaston Cooper, la cantidad de cosas que alcanzaba a comprender era más bien escasa. - Para Elizabeth. Un tal... - Carraspeó - Conde Von Count.

Elizabeth exhaló algo que quedaba a medio camino entre un resoplido y una carcajada que disolvió parte de la tensión que atenazaba su cuerpo.

- No me gusta nada ese amiguito tuyo, Hyde. Eso también lo sabes. - murmuró Saville en su oído antes de soltarla, alzando las manos y mostrando las palmas mientras ella se giraba. - Voy a darme una ducha. Dame quince minutos y pásate por la sala, tengo que comentarte algo. - alzó la voz – Gracias, Cooper. Puedes dejar la radio y echarle una mano a Daniel con las herramientas. Cuando terminéis, ambos estáis libres hasta el lunes.



La mañana transcurría envuelta en silencio a bordo del Arcadia: no quedaba mucho que hacer a bordo y Daniel tenía demasiada resaca como para embarcarse en sus habituales conversaciones y canturreos.

- ¡Tío, así no! - alargó la mano para coger los alicates que Cooper acababa de devolver a la bolsa de lona – Mira, están todos carcomidos por el óxido, estos son para retirar.

- Bah, no están tan mal. Y además, si a doña perfecta se le mete entre ceja y ceja tocarme los huevos, lo va a hacer haga lo que haga, así que ¿qué más da?

- Sólo se toma el curro en serio, Coop. - se agachó a recoger el carísimo soldador que el hombre había dejado caer descuidadamente bajo el cabrestante – Y como no tengas más ojo con estas cosas, Lizzy será el menor de tus problemas. ¿Tú has visto al capitán enfadado alguna vez?

Cooper le dirigió una mirada desdeñosa, acodándose en la regala y encendiendo un pitillo.

- No, pero seguro que lo preferiría antes que a ella. Al menos él trata a la gente como si fueran personas, no autómatas. Por favor, gracias, tómate un respiro, todo eso... - puso los ojos en blanco ante la risa de Daniel – En serio, no es humana, pero los demás sí necesitamos descanso.

- Como cabrees al capi agradecerás tenerla cerca, créeme. - sacó varias herramientas de la mochila de Cooper, sustituyéndolas por otras en mejor estado – Venga, anda, ya termino yo con esto. Deja un par de bolsas y un botiquín en el esquife y luego te invito a una birra, a ver si me quita el dolor de cabeza. ¡Y asegura bien la lona! - gritó mientras veía las anchas espaldas de Cooper descender por la escalerilla.

Al cruzar el mamparo de la antecámara, percibió un murmullo de voces que parecían discutir, aunque en tono bajo, proveniente de la cámara de oficiales. Cooper aminoró el paso; no es que tuviese la intención de espiar ni nada semejante, pero tuvo la sensación de que lo idóneo sería que su caminar por el pasillo pasara lo más desapercibido posible.

- Oliver... - Cooper aguzó el oído. Nunca había oído a Elizabeth dirigirse a Saville por su nombre de pila – Cuando quieres, puedes ser todo un gilipollas.

- Y un auténtico cabrón, pero eso a ti no te pilla de nuevas.

Recorrió el angosto pasillo con rapidez y desanduvo sus pasos cargando con el botiquín esta vez. Las voces resultaban ininteligibles, aunque se percibía la tensión de quienes se ven obligados a discutir sin alzar la voz pero dejando claro que ambos deseaban hacerlo.

El esquife ya estaba cargado y Daniel terminaba ya con la última de las mochilas cuando Elizabeth cruzaba la cubierta de intemperie cargando con parte del equipo de buceo. El muchacho le largó un silbido a pesar de su cara de malas pulgas.

- Hace un día cojonudo. - Sonaba convencido, a pesar de que el débil sol no parecía capaz de rasgar los jirones de nubes – Vente a tomar algo, te invito.

- Gracias, Boyle, pero tengo faena aún.

- Venga ya, estará esperándote aquí cuando vuelvas. Y tendrás que almorzar, ¿no? - sonreía con los brazos en jarras. - Eva conoce un sitio...

- Está bien. - se rindió con lo más parecido a una sonrisa que fue capaz de conjurar. Había algo en Daniel que hacía que fuera virtualmente imposible discutir con él cuando no se trataba de asuntos de trabajo. - Pero pago yo, sé lo que cobras. Me cambio en un segundo. - ya estaba deslizándose por la escalerilla aún antes de terminar la frase. El papeleo podía esperar.


Un sutil aroma ante la puerta de su camarote hizo que las aletas de su nariz se dilataran. Amaderado, con un ligerísimo toque herbal...

- Pensé que tenías prisa. - Dijo al abrir la puerta. Allí no había nadie.

Sobre el catre había una caja de madera de aspecto antiguo, con remaches y tapa metálicos. Se sentó junto a ella, cruzando las piernas a lo indio y rozó con las yemas de sus dedos el repujado en estaño de la tapa, que mostraba un caprichoso diseño abstracto sobre el que dos serpientes se retorcían formando una O y una S. Sonrió, sabedora de que esa era su forma de hacer las paces y la abrió lentamente. Sobre el terciopelo negro descansaban una vieja Browning HP 35 y un par de cajas de proyectiles de nueve milímetros. La acarició con reverencia y la tomó en sus manos, sopesándola. Le echó un vistazo al cargador de doble hilera antes de volver a depositarla en el estuche y guardar éste en un cajón que luego cerró con llave.

Se cambió a toda prisa, dándole vueltas al porqué de ese tributo de paz. Precisamente eso y precisamente ahora. Paz... no dejaba de ser irónico. Salió terminando de abrocharse los vaqueros y trotó por la escalerilla preguntándose si tal vez estaría preocupado por lo que pudiera pasar en Etrinia. Era absurdo negar que ella misma también estaba más tensa de lo habitual por la inminente parada allí, pero...
- ¿Cuándo vas a dejar de intentar salvarme de aquello? - Rezongó para el cuello alto de su jersey azul antes de apartar el pensamiento de su mente.



Daniel la esperaba ya abajo en la dársena. Junto a él estaban Cooper, Eva y Fred. Aparentemente absortos, mirando al vehículo aparcado junto a la garita de intendencia, donde Saville le entregaba unos documentos al funcionario.

Del cochazo negro de lunas tintadas se bajó una atractiva morena, vestida con un elegante traje de chaqueta y falda recta, que besó a Oliver en la mejilla con familiaridad antes de subirse de nuevo, al asiento del copiloto esta vez, mientras él se sentaba en el del conductor.



martes, 15 de marzo de 2016

Et in Arcadia ego II

Había estado a punto de mandar a Saville a la mierda. Y, si bien era cierto que en esporádicas ocasiones él podía merecerlo, no era menos verdad que seguramente no era una de esas veces y que, en todo caso, el auténtico objeto de la ira de Elizabeth no era otro que ella misma.

Tomó aire, cerró los ojos y permitió que su cuerpo se deslizara hasta sumergirse por completo dentro de la bañera, dejándose envolver por la calidez, por el sonido borboteante y casi irreal que producían las ondulaciones del agua contra las paredes de cobre de la tina.

No le gustaba tener tiempo libre. No era sólo que cualquier cosa que se saliera de la confortable rutina le hiciera sentirse tensa, es que realmente no solía tener gran cosa que hacer con él.

Emergió cuando no le quedó remedio, salió del agua con cierta renuencia y se vistió de espaldas al espejo, como siempre. No solía beber, pero penso que tal vez un par de copas la ayudaran a dormir.





Recorrió el paseo de la dársena hacia lo que era el pequeño pueblo pesquero en sí, jalonado de luces ahora, con las manos en los bolsillos mientras hacía repaso visual de las embarcaciones en el fondeadero. Habría sido tener demasiada suerte encontrar alguna conocida.

No tuvo que andar mucho hasta llegar a la única tasca abierta, de donde salía una algarabía de voces animadas. Entró sin mirar siquiera a ambos lados y se sentó en el rincón más discreto de la barra.
La compañía llegó aún antes que la bebida. El tipo le resultaba familiar, aunque no recordaba su nombre, era uno de los operarios del taller.

- Hey. - se sentó en el taburete contiguo y, sin darle tiempo a rechistar, le disparó una salva de bienvenida – Nos vimos ayer en la fábrica. Desapareciste antes de que pudiera proponete una birra después del turno. Viajas en el Arcadia, ¿verdad?

Iba a responderle que no estaba buscando conversación, ni ninguna otra cosa, cuando la potente voz de Daniel detrás de ellos la hizo volverse.

- ¡Lizzy! - el muchacho, visiblemente achispado, le dedicó un cómico saludo marcial antes de palmear fuertemente la espalda del otro hombre - ¿Así que conoces a Fred? Es el hermano de Eva, ¿no es casualidad?

Elizabeth imaginó que Eva sería la belleza rubia hacia la que Daniel ya se giraba y que se acercaba a ellos. Ese era uno de los talentos de Daniel Boyle: en un par de horas era capaz de convertirse en el amigo de toda la vida de casi cualquier persona. Y teniendo en cuenta que ya llevaban casi cuatro días amarrados allí, a esas alturas probablemente ya fuera "amigo de la familia de toda la vida" de medio pueblo.

- Cielo, esta es Lizzy, oficial de cubierta, de radiolectrónica y la que nos arrea con el látigo en general. - sazonó el comentario con una carcajada jovial, mientras la aludida ofrecía una sonrisa y una inclinación de cabeza a Eva y se aferraba a la recién llegada bebida como un náufrago a un salvavidas, evitando de paso la ocasión de que la muchacha correspondiera a la presentación con algún tipo de contacto físico. No reparó en la mirada meditabunda que le dedicó el camarero de mediana edad.

- Uhhh una mandamás. ¿Y qué lleva a una monada como tú a enrolarse en un barco con un montón de tipos sudorosos y malolientes? - inquirió el tal Fred, antes de devolver la palmada que previamente le dedicara Daniel – Mejorando lo presente, tío. Apestas y lo sabes.

Para entonces la sonrisa de Elizabeth ya no era más que una mueca incómoda. Estaba a punto de resultar abrasiva cuando Daniel, en lo que, conociéndole, era un bienintencionado gesto, salió al paso.

- Esa debe de ser una buena historia. Se conocieron cuando el capitán le salvó la vida en un puerto lejano o algo así hace años. Suena emocionante a tope ¿pero te crees que sueltan prenda? - movía la cabeza de lado a lado con un bamboleo etílico – En cuanto sale el tema se echan una de esas miraditas entre ellos y ¡hala! En el mejor de los casos cambian de tema, pero ahí te dejan con la intriga.

- Danniboy, - le lanzó una mirada admonitoria, con la tácita amenaza de que iba a ocuparse de que el siguiente par de días de trabajo fueran especialmente duros, al tiempo que dejaba escapar una corta carcajada en apariencia despreocupada – lo único más grande que tu bocaza es tu imaginación.

- ¿Danniboy? ¡Me gusta! - Eva dejó escapar una suave risa y enlazó al muchacho por la cintura en un gesto cariñoso - Debe de resultar interesante viajar tanto, ¿o llega a hacerse pesado? Danny me ha contado que estáis trabajando en los sistemas de comunicación de la isla y ya habéis bordeado casi todo el litoral. ¿Cuál es la hoja de ruta, oficial? - bromeó con una cálida sonrisa - ¿Tendré ocasión de volver a ver a este grumete por aquí pronto?

- El capitán Saville está llevando a cabo un proyecto a gran escala. - trabajo, ese era un tema mucho más cómodo. Se relajó ostensiblemente – Además de mejorar las infraestructuras de telecomunicaciones del archipiélago, se trata de introducir un nuevo sistema de servidores que permitirían...

No pudo por menos que reír ante el abucheo de Daniel, que se negaba en rotundo a escuchar las peroratas de Oliver sobre el dichoso proyecto, al menos en su tiempo libre, y no estaba más predispuesto a aguantar a Elizabeth con el mismo tema.

- Está bien, está bien. - se rindió, alzando las manos – Etrinia, Dalannur y, si todo marcha bien, tendríamos que pasar por aquí de nuevo en unas dieciséis o dieciocho semanas.

- La capital no es un buen lugar. - la voz rasposa del tabernero, que llevaba un rato sacándole brillo a un vaso con un paño no demasiado limpio, hizo a todos dirigir su atención detrás de la barra – No deberíais pasar en Etrinia un minuto más de lo necesario, y eso sólo si no podéis evitar ir.

- Dicen que el demonio va allí cuando necesita vacaciones. - convino Fred tras darle un buen tiento a la pinta de cerveza – Pero parte de lo que cuentan ha de ser leyenda negra. Ni siquiera los Barron pueden ser tan poderosos como para toda esa...

- Chico, yo he estado allí. Cualquier cosa que te cuenten sobre ese lugar, será un eufemismo. El oro y el miedo son buenos comprando aliados y a nadie le importa un carajo lo que pase en las Egias mientras la mierda, o la sangre, no salpiquen demasiado lejos. Beatrix y Dye Barron son unos jodidos locos y el resto de su maldita secta, o lo que coño sean, no es mucho mejor.

La conversación bajó de volumen y de tono, tornándose en el susurro de quienes, tocando un tema espinoso, se asoman al abismo del morbo. Seguían llegando los sonidos de las animadas charlas al fondo del bar, pero en ese rincón de la barra, incluso la temperatura parecía haber bajado. Elizabeth cruzó las piernas y cerró un puño sobre el regazo. Su rostro permanecía sereno.

- Creo que alguna vez escuché en casa que tu padre trabajaba allí... - los grandes ojos azules de Eva posaron en el hombre una mirada de condolencia.

- La última vez que estuve allí fue para ocuparme de su cadáver. No debía de ser mucho mayor que tú. - el hombre hizo un gesto de cabeza hacia Daniel, quien a sus veintitrés años aún aparentaba alguno menos – Beatrix me hizo el tour completo por las instalaciones, la perra debía sentirse exhibicionista o quería meterme el miedo en el cuerpo. Tenían a un tipo... un pobre diablo moribundo, o quizás ya muerto, metido en una jaula; el fulano estaba cubierto en su propia mierda. Se referían a él como la mascota. Pero lo peor fue ver lo que esos enfermos le estaban haciendo a aquella chiquilla... - depositó el vaso vacío sobre la barra con brusquedad, antes de llenarlo con un licor rojizo que gorgoteó sonoramente contra el cristal – Verlo y no poder hacer nada. No era más que una cría. - resopló y bebió un largo trago – Aquellos ojos... Nunca he visto una mirada tan muerta en una persona viva. Jamás olvidaré aquella expresión, ni aquellos ojos. Ni que yo no hice nada.

Dando un nuevo trago, levantó la vista y la clavó en los ojos verdes de Elizabeth, cuya postura no había variado un ápice. Por un brevísimo instante, sintió como si la mirada del cantinero la hubiera dejado desnuda en mitad de la tasca y contuvo la respiración. Fue apenas un segundo, imperceptible.

- Seguramente no habrías podido hacer nada más que lograr que te matasen o algo peor. Es terrible, pero no puedes culparte por ello. - no había la menor inflexión que mostrase atisbo de emoción en la voz de Elizabeth – Sin duda debe de ser un lugar horrible.

Tal vez fuese el relato del hombre, o quizás la expresión torturada en su rostro, pero nadie pareció dispuesto a ahondar más en el tema. Eva soltó brevemente a Daniel para apretar afectuosamente el antebrazo del tabernero, quien, de algún modo, parecía haberse quitado parte de una onerosa carga de encima y volvía a sus quehaceres con aire taciturno.

- ¡Joder, qué mal cuerpo! - exclamó Fred, incómodo, rascándose la nuca con la expresión de quien no sabe qué decir pero se siente en la necesidad de decir algo, de intentar una transición a temas más amables. A pesar de que el ambiente festivo parecía haber abandonado definitivamente aquel rincón del bar, palmeó sobre la barra. - Venga, otra ronda para todos. ¿Así que volveréis después de Dalannur? - señaló a su hermana con el pulgar – Me sé de una que se alegrará bastante. Y yo también lo haré. - le dedicó una sonrisa a Elizabeth – Debe de ser duro estar tanto tiempo embarcados, ¡Y fuera de casa! ¿Tú de dónde eres?

- De Euphas. - mintió sin pestañear antes de declinar cortésmente la invitación a otra copa arguyendo una excusa sobre lo tardío de la hora.

Se puso en pie, advirtiendo a Daniel en tono amistoso sobre la resaca que sin duda le aguardaba en unas pocas horas. Antes de salir, murmuró unas palabras a Eva: "Él no va a relacionarse con esa gente, ni siquiera va a desembarcar. Sólo es trabajo."

Hizo un gesto de despedida general y salió caminando a paso tranquilo, preguntándose por qué diablos se había sentido impelida a tranquilizar a la nueva amiga de Daniel. Desanduvo el camino del malecón y no fue hasta que dejó las luces y la gente atrás que echó correr hacia el puerto para terminar en el pantalán, doblada sobre un noray vomitando hasta que tuvo la sensación de que el estómago iba a dársele la vuelta.




La normalidad trataba de imponerse poco a poco en el bar, aunque fuera de forma forzada al principio. Todos parecían desear sacudirse de encima la sensación de sordidez que aún flotaba en el ambiente.

- Oye, tu jefa es un poco estiradita, ¿eh? - El mecánico se las había apañado para convencer a Daniel y a Eva de la necesidad de otra ronda. No había sido un esfuerzo demasiado arduo. - Pero por estas que a la vuelta me la camelo.

- Lo que pasa es que tú eres un patán. – Eva hizo gala de solidaridad femenina mientras pellizcaba cariñosa la oreja de su hermano, el otro brazo rodeando la cintura de Daniel nuevamente– Seguro que si no se pone seria la toman por el pito del sereno. ¡A veces os ponéis tan tontos!

- No lo vas a conseguir, hace un año que la conozco y no le interesa nada que no tenga o velas, o motores, o un montón de cables. Pero será divertido verte intentarlo. - Daniel, un poco más sereno ya, sacudía la cabeza recuperando el gesto divertido. No era la primera vez que se encontraba saliendo en defensa del carácter más bien huraño de Elizabeth. A pesar de todo, él la tenía en buena estima. Aunque era difícil encontrar una persona a la que Daniel no le encontrara el lado bueno.

Continuaron charlando y bebiendo, recuperando paulatinamente esa atmósfera distendida tan necesaria para eso de sobrevivir y mantener la cordura.






Oliver se levantó y cerró la puerta con llave. En realidad no habría rechazado el trabajo en Etrinia aunque hubiera estado en posición de hacerlo. Era eso: trabajo. Y los servidores de las islas Egias eran la piedra angular de todo el proyecto. Pero sabía que tratar con Beatrix y Dye podía ser como agitar un avispero. Y luego estaba Elizabeth...

Se sirvió un brandy mientras se quitaba la camisa y la dejaba cuidadosamente sobre el galán. Tan pronto como supo que los servidores daban problemas, había decidido que haría unas llamadas, pediría un par de favores. La visita a la ciudad era de todo punto ineludible, pero tal vez pudiera conseguir que para entonces Beatrix y Dye se encontraran ocupados atendiendo un negocio irresistible a un par de días de allí. Tratar con alguno de los otros seguiría sin ser grato, pero podía salir menos caro. Aún así, sabía que volver allí iba a traer consecuencias y no le gustaba no saber cómo de graves iban a ser.

sábado, 12 de marzo de 2016

Et in Arcadia ego I

Era una noche de estío tranquila, cálida. Una suave brisa se colaba a través del ojo de buey en el pequeño y funcional camarote en el que una mujer de corta coleta cobriza se inclinaba sobre el escritorio y escribía algo a la luz de un pequeño quinqué de alcohol.


...Y ya que estás empeñado en hacerte a la mar en una bañera, vamos a intentar sacarle el máximo provecho, no quiero que te abras la cabeza con la botavara a la primera de cambio y perderme la diversión de volver a encontrarnos.
Realmente, no es mala embarcación para empezar a familiarizarte con la navegación, su maniobrabilidad y su estabilidad son buenas y no va demasiado corta de velocidad para su tamaño. 
Tal vez deje un poco que desear en cuanto a robustez, pero si no haces demasiado el cafre no tendrías por qué vértelas con problemas serios. Si tienes la ocasión, no escatimes y no desdeñes el foque (las velas triangulares que se colocan a proa del palo más a proa), no sólo el que se iza en la encapilladura, las que van amuradas a todo el bauprés (sí, la cosa esa puntiaguda que sale por proa y está llena de cabos a los que van amurados un pequeño montoncito de velas triangulares)... si navegas con mal tiempo te pueden sacar de más de un apuro. Es una buena inversión en seguridad y también te servirá para hacer algo más rápida esa cáscara de nuez. 
Serás el flamante capitán de una nena exigente, así que recuerda que jamás, JAMÁS debes de tratar de detenerla de forma brusca, requiere dedicación y mimo; lo ideal es que llegues en parado al punto de fondeo que hayas decidido y para ello lo más seguro suele ser llegar proa al viento: 
Tratarás de formar el menor ángulo posible con el viento para aproximarte al punto de fondeo, lo más parado que puedas, pero con la suficiente velocidad para que el barco no abata demasiado; arrías el foque y te aproas a viento. En cuanto el barco pierda arrancada, das fondo con el ancla. Asegúrate de tener la mayor en banda, para no coger viento, y deja que el barco vaya atrás, tranquilamente vas dejando ir el cabo necesario en función de la profundidad, lo haces firme y ya arrías la mayor. 
Para levar a vela (recuerda que estarás aproado a viento), izarás la mayor primero, luego el foque y levas ancla. En cuanto el ancla haya despegado, acuartelas el foque. Ahí tu juguete comenzará a girar, en cuanto le dé banda a viento cazas el foque y ya puedes terminar de levar. En cuanto tengas el ancla izada, cazas la mayor y estás navegando. Has de tener en cuenta...


Un sonido seco, como de un cajón o un armario al cerrarse, proveniente del camarote contiguo la hizo alzar la cabeza y mirar el reloj. Guardó la carta inconclusa en el cartapacio y bajó al galley. Unos minutos después, subía con una humeante jarra de café solo y unos bocadillos.

Llamó a la puerta con los nudillos, aún sabiendo que estaría abierta, y esperó un breve instante antes de entrar. Lo encontró totalmente inmerso en papeles, como de costumbre. Seguramente se había olvidado de cenar, de nuevo.

- Capitán... - fue el escueto saludo que le dedicó mientras dejaba la bandeja sobre el escritorio de caoba.

Él le ofreció a cambio la habitual sonrisa distraída al levantar la vista de los documentos. Oliver Saville era un hombre alto y moreno, de aspecto pulcro excepto por la barba de tres días que delataba que apenas había dejado de trabajar en las últimas jornadas. Estaba a punto de rozar la cuarentena y unas finas arrugas comenzaban a marcarse en las comisuras de sus ojos castaños, enmarcando una mirada enrojecida por el cansancio.

- Oh, Lizz, pensé que se trataba de Daniel con las piezas para el nuevo repetidor. Dos más en esta isla y habremos terminado en la zona. Siéntate, tengo una noticia buena y una mala.

- Danniboy tiene el día libre, Capitán, las piezas están todas en la bodega excepto el tubo de vacío: ha habido un retraso con los materiales y aún no está listo. - se arrellanó en la butaca de cuero, al otro lado del buró - Me he pasado a hablar con Batman, asegura que estará en un par de días a lo sumo.

Últimamente, en ocasiones le costaba saber en qué día vivía, demasiado trabajo, demasiadas horas sin dormir. Se llevó la taza a los labios mirando a la mujer por encima de ésta mientras ella tiraba de la cinta que sujetaba su cabello con gesto perezoso. Tan eficiente, mordaz y distante como siempre. No pudo evitar la sonrisa socarrona que rara vez mostraba excepto cuando estaban a solas.

- ¿Batman? - la verdad que el apodo era adecuado - ¿Él sabe que le llamas así? - hizo bajar un bocado con un nuevo trago de café. No había sido consciente del hambre que tenía hasta ese momento. - Se han puesto en contacto por radio desde Dalannur, la ciudad se ofrece a sufragar enteramente uno de los repetidores, sólo tendremos que poner la mano de obra. Eso acortará notablemente el tiempo que tendremos que estar en las Egias. - se parapetó nuevamente tras la taza antes de continuar, fingiendo consultar una nota mientras la miraba por el rabillo del ojo. - Haremos escala en Etrinia. Los servidores están dando fallos en ese área.

El impertérrito rostro de Elizabeth no traicionó emoción alguna, pero Oliver pudo observar cierta tensión en la línea de su mandíbula. Aguardó unos instantes antes de continuar hablando.

- No será totalmente necesario que desembarques.

- Si hay que revisar los servidores, me necesita, Capitán. A menos que quiera hacerlo solo; Danniboy aún no tiene la suficiente soltura y Cooper no sería capaz de encontrar su propio culo con ambas manos.

Cruzó las piernas e inhaló lentamente. Hacía casi cinco años ya... No había vuelto a Etrinia excepto en sus pesadillas.

Oliver respondió con un breve asentimiento y una fugaz mirada cómplice, divertida, al comentario desdeñoso sobre el cumplimiento de Cooper. Había contado con esa respuesta, era dura como el pedernal. Y tenía el pálpito de que ella quería evitar que Daniel pudiera acabar metido en líos allí. Era un buen muchacho, trabajador y meticuloso, pero aún inexperto y confiado. Y Etrinia... en fin, eso era un maldito campo de minas, entre otras cosas. A él tampoco le apetecía estar fondeado allí más de lo estrictamente necesario.

- Gracias, Lizz. - se puso en pie.

En silencio, la observó levantarse y acercarse a la puerta, siguiéndola y alargando la mano hasta apenas rozar la de ella cuando estaba a punto de salir.

- ¿Serías tan amable de preparar el baño, por favor?

- Por supuesto. - apartó la mano, aunque el gesto careció de brusquedad.

Una vez a solas, se sentó pesadamente tras el escritorio. En cuanto la primera fase del proyecto estuviera concluida podrían permitirse al fin unas pequeñas y muy merecidas vacaciones.

Despejó la mesa de papeles, lo que descubrió debajo de todos ellos una pequeña tarjeta blanca con un mensaje y un número escritos en una caligrafía claramente femenina. Jugueteó con ella unos instantes, pensativo, y terminó por guardársela en el bolsillo de la camisa mientras el quejido de las viejas tuberías se unía a los graznidos de gaviotas y cormoranes.



La vieja bañera de cobre era toda una excentricidad del anterior propietario del Arcadia, que debía de haber sido un hombre bastante peculiar, a juzgar por los documentos que Elizabeth había tenido ocasión de leer. Deshacerse de ese trasto, que en un principio parecía tan fuera de lugar, era una cara tarea que habían ido posponiendo hasta el punto de que ya se daba por sentado que la tina estaba ahí para quedarse.

Se afanaba en preparar el baño con el mismo grado de minuciosidad que cabría esperar de un artificiero. Concentrarse en eso era mejor que ponerse a pensar. Maldita la gracia que le hacía volver a ese estercolero. Y maldito fuera Saville por siquiera insinuar la posibilidad de que pudiera quedarse a bordo y no cumplir con el trabajo.
Tras dejar una copa de brandy sobre la mesilla auxiliar, junto a la suave toalla de algodón, asomó la cabeza nuevamente en el camarote principal, no sin antes tamborilear con los dedos en el marco de la puerta que permanecía abierta.

- El baño está preparado, Capitán.

- Bien, pues métete dentro y disfrútalo. - atajó la protesta con un chasquido de lengua aún antes de que ésta fuera verbalizada – Mi barco, mis normas. - aludió a la vieja frase que había acabado convirtiéndose en una especie de broma entre ambos – Cooper está castigado en el puente de mando y se encargará de la radio, incluso él puede hacerlo. Yo aún tengo que trabajar en los planos y el mundo no se va a parar porque te tomes el resto de la noche libre.

Algunas noches tienen colmillos

Ruidosa, espasmódica, desesperada... así se presentaba la extraña comitiva que se adentraba en el bosque, arrasando a su paso la calma, prececida por una ausencia de sonido casi dolorosa, como si cada ser vivo tratara de alejarse de su trayectoria de paso, como si el propio bosque aguantase la respiración. Incluso la noche, carente de estrellas, parecía cerrar los ojos a modo de repulsa ante el grotesco desfile.

Nadie parecía guiar el cortejo, tal pareciera que un grupo de dementes descerebrados se hubieran puesto de acuerdo, todos con idéntica expresión, como si un hálito de locura hubiera tomado las riendas de sus huecas mentes, guiando sus pasos a través del claro. Se movían como un único ser, un ser palpitante que convulsionaba retorciéndose, perdiendo, literalmente, alguno de sus miembros por el camino.


La sangre parecía cieno en la noche oscura y los gritos, los lamentos exaltados, las exclamaciones de fervor se confundían en un paroxismo perturbado que habría hecho sangrar los oídos de cualquier espectador. Excepto los de ella.

Se erguía altiva más allá del claro, al borde mismo del acantilado, donde la tierra se rendía de forma abrupta al mar.
La figura alabastreña ocultaba parcialmente su cuerpo en una pelliza de pieles que, lejos de resultar púdica, de algún modo hacía más evidente aquello que cubría, en un extraño y lúbrico juego de la mente.

Miraba con una frialdad complacida a las figuras que se iban postrando en torno a ella, que le ofrecían aquí una víscera aún palpitante, allí un amasijo de carne viscoso.
La argéntea luz de la luna arrancaba reflejos iridiscentes de los exvotos que el macabro séquito depositaba ante ella.

Y de forma súbita... el silencio. Un silencio expectante, hambriento. La figura dejó caer las pieles que la cubrían, ofreciendo su desnudez desafiante a la noche.

Una carcajada estridente rasgó la quietud transitoria del despeñadero al tiempo que los fieles tributarios se lanzaban sobre ella, desgarrando, despedazando, devorando.
La risa no cesó hasta que dientes y uñas rasgaron la delicada garganta.

- Para... - Su voz sonó más ronca de lo habitual.
- Pero tú me pediste que te contara... - había un matiz disculpa en su voz, los grandes e inocentes fijos en los de él.

Atajó la justificación, negando con la cabeza y atrayéndola hacia sí con una ternura poco característica en él.

- Tus noches tienen que ser un infierno.

viernes, 11 de marzo de 2016

Campaña en Egipto XLIX - Najma

Najma recorrió las ciento ocho leguas que separaban las ciudades de El Cairo y Abydos acompañada únicamente por sus pensamientos: una peculiar amalgama de recuerdos, miedos y esperanzas.

Tres momentos pasados ocupaban su mente. Tres despedidas: su propia partida de Edfú a El Cairo años atrás, que de algún modo supusiera la transición, quizás prematura, de niña a mujer al obligarla a revestirse de una responsabilidad que en algún momento temió le estuviera grande. A la vista de los recientes acontecimientos, dudaba si tal vez ella no fuera la persona adecuada, si el Antiguo Culto pudiera haber equivocado su designio o si, en realidad, simplemente había sucedido lo que había de suceder; la segunda era la separación de su prima tras su breve reencuentro, con el amarescente y doloroso regusto de las inevitabilidades, de lo definitivo. En los pasados días, habían sido numerosas las veces en las que había estado a punto de romper el juramento al que Serq la obligó e ir a las mazmorras de Palacio en su busca; la más reciente despedida, la de Véspero, era curiosamente la única que mantenía viva su esperanza. No para consigo misma, en realidad, bien sabía que ya había comenzado a pagar el alto tributo al que tendría que hacer frente, pues nadie puede pretender enfrentar al león del desierto y salir incólume. Aún no era consciente de su propia transmutación, mas Najma creía empezar a comprender algo que estaba por encima de facciones, por encima de política y aún de religión.


Realizando únicamente las pausas necesarias para no matar de agotamiento a su montura, buscando apurar la distancia, no reparó en que se había ocupado más del cuidado de la bestia que del propio; la antigua la capital del nomo VIII del Alto Egipto la vió llegar demacrada, enflaquecida y extenuada.

Pero supo que había merecido la pena al tener frente a ella Abydos, la ciudad de los primeros Reyes. A pesar de los funestos augurios que la acompañaban en los últimos días, La Estrella de El Cairo se permitió esbozar una sonrisa cargada de una esperanza irracional, casi suicida. O quizás fuera simplemente enajenación. Interpretó la ausencia de militares como un designio divino.




El frescor del amanecer había abandonado el valle, la barca de Ra navegaba sin prisa, dueña del firmamento, y su dorada carga derramaba sus rayos áureos sobre las arenas. Bajo el cálido beso del disco solar, una figura menuda envuelta en blancos linos caminaba con determinación, aparentemente dirigiéndose hacia la nada. Najma había dejado su montura en una pequeña alquería de la medina de Abydos: el último tramo de su camino había de ser recorrido a pie.

No podía desprenderse del ominoso presagio de que algo sombrío estaba a punto de cernirse sobre... ¿Sobre Wahid? ¿Sobre el mismo Egipto? Algo oscuro y con muchos dientes. Se rindió a la sensación, que resultaba casi palpable; húmeda, pegajosa como el légamo del lecho del Nilo. Se aferró a ella tratando de estudiarla, de desenmarañar los hilos de confusión y conjetura hasta poder asir la hebra primigenia y vibrante de la intuición. Esa que rara vez le había fallado... hasta que el caos entró en su vida. Como si Seth hubiera hecho presa en ella y se resistiera a dejarla ir.

¿Dónde había quedado su frialdad de mente? Sus labios se curvaron en una sonrisa carente de alegría al comprender: en el momento en el que liberó a Wahid, se condenó ella misma más allá de lo que en un primer momento hubo calculado. “Es el Maat...” el murmullo del viento le hizo casi escuchar la voz de Serq en su oído.


Nadie escapaba al Maat.


Y sintió que ése era el lugar: el cenotafio del dios que se hizo mortal para estar más cerca de los hombres. El Osirión estaba bajo ella, cubierto por las arenas milenarias como aún permanecería por unos cuantos siglos. Se postró con veneración y comenzó a dibujar una suerte de círculos en la arena, la Unión Sagrada que daba forma a la flor de la vida. La antigua daga, con empuñadura tallada en coralina y jade, penetraba en la arena trazando los poliedros universales, patrones primordiales de la naturaleza de donde emanan todas las formas de vida.

Ajena al jamsin que soplaba del este, a la tormenta que se dibujaba como una mancha sangrienta en el cielo lejano, Najma acarició ambas muñecas con la afilada hoja y las elevó al firmamento antes de dejar el líquido vital derramarse sobre el dibujo. Con los ojos cerrados, oró a Osiris Unnefer, príncipe de los dioses del Duat, hasta que el arrullo del viento sobre las dunas dejó de existir, hasta que la cálida oscuridad fue más fuerte que ella misma.

No sintió las manos que acariciaron su rostro, en el que se dibujaba una sonrisa serena.