Ni había tiempo de despedidas nostálgicas ni Zaím era proclive a ellas. Palmeó la grupa del caballo desde el que Serq le miraba haciendo un esfuerzo por mostrar un semblante estoico. - Tendréis noticias más pronto que tarde. - Fue su escueta despedida antes de darles la espalda. Y sabía que, en cualquier caso, así sería. Serq siempre se las ingeniaba para estar al corriente de casi todo. Tenía una bien urdida red de amistades y casi espías, pues la mayor parte de sus hermanas, primas o amigas – Zaím se perdía con los parentescos – tenían agarrados por las pelotas a gran parte de los militares de El Cairo. De forma completamente literal. Zaím había hecho uso de esa urdimbre de informadores en el pasado, para cotejar los datos que él mismo recibía del bando otomano. Y para poseer más información que ellos. Atesoraba y codiciaba cada dato como otros ambicionaban el oro.
Por algún motivo, un flash cruzó su mente, una escena vivida casi cuatro años atrás en El Cairo. Fue entonces cuando conoció a la nubia, que apenas dejaba atrás la adolescencia. La Favorita, como era conocida en la ciudad. - Somos almas viejas, Extranjero. - Le había dicho con su voz profunda – Almas conectadas desde mucho antes que tú y yo naciéramos.
Almas viejas... Zaím apartó de sí el recuerdo y lo desterró a un compartimento estanco de su mente, donde no pudiera causar distracciones.
Con la comitiva ya marchando hacia Sharm el-Sheikh para reunirse con el resto de sus hombres y las tropas de Yafeu, Zaím repasaba sus opciones, meditabundo. Los guerreros mamelucos sobresalían en la caballería y, desde luego, les superaban muy ampliamente en número. Ellos, por contra, tenían la ventaja de las armas de fuego, de las que los mamelucos carecían: casi tres mil arcabuceros... que sólo podrían resultar letales en combate cerrado, debido al corto alcance del arma. Y era precisamente en combate cerrado donde los temibles kilij turcos que blandían los mamelucos resultaban más peligrosos. Yafeu se había mostrado de acuerdo con él en organizar un escuadrón de piqueros. Las cuatro filas exteriores sujetarían las picas a una misma altura, apuntando más hacia abajo. Ello les proporcionaría una buena defensa contra la primera carga de la caballería mameluca. El resultado de esa primera carga podía, en este caso, decidir el signo de toda la batalla. Los Akıncı, la caballería ligera otomana estaría fuera de los flancos, armada con arcos y ballestas. La infantería en el centro en formación apretada sencilla. Había logrado convencer a Yafeu de que desechara la táctica de Cannas que el turco pretendía usar; ante un grupo tan nutrido y en tan abrumadora mayoría, no podían permitirse desguarnecer el centro, pues no habría reserva táctica tras éste y la poderosa caballería mameluca los arrasaría.
No podía deshacerse de la sensación de que algo andaba mal, algo más allá de lo obvio. Espoleó al caballo y dio orden de avanzar más deprisa, desechando con ello esos pensamientos. Lo que le faltaba era que Serq le hubiera contagiado su obsesión con las señales y los presagios.
Por algún motivo, un flash cruzó su mente, una escena vivida casi cuatro años atrás en El Cairo. Fue entonces cuando conoció a la nubia, que apenas dejaba atrás la adolescencia. La Favorita, como era conocida en la ciudad. - Somos almas viejas, Extranjero. - Le había dicho con su voz profunda – Almas conectadas desde mucho antes que tú y yo naciéramos.
Almas viejas... Zaím apartó de sí el recuerdo y lo desterró a un compartimento estanco de su mente, donde no pudiera causar distracciones.
Con la comitiva ya marchando hacia Sharm el-Sheikh para reunirse con el resto de sus hombres y las tropas de Yafeu, Zaím repasaba sus opciones, meditabundo. Los guerreros mamelucos sobresalían en la caballería y, desde luego, les superaban muy ampliamente en número. Ellos, por contra, tenían la ventaja de las armas de fuego, de las que los mamelucos carecían: casi tres mil arcabuceros... que sólo podrían resultar letales en combate cerrado, debido al corto alcance del arma. Y era precisamente en combate cerrado donde los temibles kilij turcos que blandían los mamelucos resultaban más peligrosos. Yafeu se había mostrado de acuerdo con él en organizar un escuadrón de piqueros. Las cuatro filas exteriores sujetarían las picas a una misma altura, apuntando más hacia abajo. Ello les proporcionaría una buena defensa contra la primera carga de la caballería mameluca. El resultado de esa primera carga podía, en este caso, decidir el signo de toda la batalla. Los Akıncı, la caballería ligera otomana estaría fuera de los flancos, armada con arcos y ballestas. La infantería en el centro en formación apretada sencilla. Había logrado convencer a Yafeu de que desechara la táctica de Cannas que el turco pretendía usar; ante un grupo tan nutrido y en tan abrumadora mayoría, no podían permitirse desguarnecer el centro, pues no habría reserva táctica tras éste y la poderosa caballería mameluca los arrasaría.
No podía deshacerse de la sensación de que algo andaba mal, algo más allá de lo obvio. Espoleó al caballo y dio orden de avanzar más deprisa, desechando con ello esos pensamientos. Lo que le faltaba era que Serq le hubiera contagiado su obsesión con las señales y los presagios.
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