miércoles, 26 de agosto de 2015

Campaña en Egipto VIII - Véspero

Ocasionalmente abandonaba la ciudadela de Saladino, pues gustaba de aislarse del aire marcial y disciplinado de la misma y adentrarse en el antiguo zoco, donde uno podía encontrar todo su encanto y sabor paseando por las pequeñas callejuelas, colmando sus sentidos en aquel contradictorio laberinto de caos y armonía, pues una tienda de pañuelos de seda oriental lindaba con la fachada de una tetería, con mesas y cómodos divanes dispuestos a sus puertas, brindando un humilde pero reparador descanso a mercaderes venidos de tierras allende del mar. Orfebres ambulantes, con sus respectivos talleres móviles, mostraban joyas de hermosa manufactura. Curanderos de moralidad reprochable ofrecían sus servicios e intentaban vender amuletos y otras reliquias de dudosa procedencia…

En definitiva, aquello era Jan el-Jalili, una inmensa área comercial de plazas y calles repletas de gente, con miles de tiendas atestadas de mercancías.

Entre tanto, él vigilaba sin ser visto, buscando los grupos rebeldes -afines al turco- que solían reunirse aprovechando el bullicio del caravasar de la ciudad. Con el rostro oculto tras la sonrisa macabra de su máscara, recorría callejones secundarios del gran bazar envuelto en sombras, amparado por el negro de la ceñida vestimenta que en él era común llevar. Sólo aquellos que quería que se percataran de su siniestra presencia lo hacían, y en general, solía ser la última cosa que veían antes de morir.


Dio un par de grandes zancadas para abalanzarse sobre aquel pobre diablo contra el que arremetió por sorpresa, arrojándole hacia uno de los muros de un alto edificio. Al hombre, de tez morena, se le aflojó la vejiga al vislumbrar el brillo argénteo de la parca a apenas unos centímetros de su rostro. Sintió, tan afilados como la daga que apretaba contra su gaznate, la fría y resuelta mirada de unos ojos glaucos y supo al instante que su destino ya estaba sellado.

« Habla y prometo que será una muerte rápida y sin dolor. » -Dijo una voz con un marcado acento occidental.- « Hazme perder el tiempo, y desearás que ésto sea una pesadilla. »

El hombre se tensó cuando la daga dibujó una fina línea grana en su piel al moverse unos milímetros.

« Sé quien eres. Sé qué quieres. Y sé de lo que eres capaz. » -El otomano escupió esas palabras con suma arrogancia.- « Moriré hoy, sí, pero no traicionaré a mi señor. Por mí te puedes ir al infierno, INFIEL. »

Ladeó la cabeza y tras la máscara su gesto se torció. ¿Cómo alguien podía ser tan estúpido? Estalló en una sonora carcajada amortiguada por la plata que ocultaba su rostro. Sus ojos desprendieron un voraz fulgor esmeralda antes de responder a la bravuconada de aquel que ya estaba muriendo.

« Verás, en algo te equivocas, pues no morirás hoy. Y te he mentido: hicieras lo que hicieras, tu muerte iba a ser un auténtico... » -Hizo una breve pausa, con exagerado dramatismo- « ¿Cómo dijiste? Ah, sí... infierno. Es lo único que tenía claro. » -Calló de nuevo unos segundos.- « ¿Sabes? Es curioso la de cosas que uno puede hallar por estos lares. Me encanta ir de compras por el zoco. » -Y su mirada se posó en el filo de la daga.- « Día a día irás perdiendo progresivamente los sentidos, hasta quedar ciego, mudo y sordo en un par de semanas. Con los meses tus capacidades cognitivas se verán reducidas drásticamente. Y cuando no seas más que un muñeco, incapaz de razonar, pensar por ti mismo o tan siquiera hablar, al fin, morirás por un fallo respiratorio con los pulmones encharcados. »

El semblante del turco permaneció igual, pero supo que estaba horrorizado. Al fin y al cabo, él no era un hombre dado a embustes o faroles.

« Ahora vete y aprovecha el tiempo que te queda. » -Se mofó con crueldad, apartando la daga y empujándole lejos de sí mismo.- « Dile a tu amo que pronto acudiré a su encuentro, dile a Zaím que Al-Zuhara Wahid Ibn Abdullah al-Iskandarí le dará muerte en la guerra que se avecina. »

« Maldito seas, Véspero. Maldito seas por los cien rostros de Dios. » - Farfulló el turco a la par que huía del lugar sin mirar atrás.

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