¡Ah, al fin una copa de vino! Sus anfitriones habían decidido agasajarlo con el preciado caldo, tan raro de obtener en la zona excepto para las clases más pujantes. En realidad eran buenos anfitriones estos salvajes, sí que lo eran. El francés paladeaba el delicioso líquido burdeos con la mirada sobre las danzarinas que brujuleaban al ritmo de aquel extraño y poco armonioso instrumento. Se tomaban muy en serio los festejos a sus dioses, aquellos bárbaros.
Se encontraba algo abotargado, probablemente debido a que llevaba tiempo sin probar el vino y por el ambiente casi irreal que les rodeaba. Echó una mirada de soslayo a Serq: desde el incidente anterior, se mostraba comedida y suave como una seda de Damasco. Sonrió. Zaím sabría de muchas cosas, pero no de mujeres. Estaba claro que no sabía como había que tratarla. ¡Si él pudiera! ¡Él sí que sabía! Se aflojó el cuello de la casaca, atacado por un repentino vaporazo de calor.
Alphonse ladeó la cabeza para echar un vistazo al papiro que la nubia había dejado con desdén. Ni siquiera era un buen dibujo. Casi todo el espacio parecía dedicado al firmamento, vacío excepto por una única estrella. Y una especie de palacio cuyas proporciones no guardaban sentido. Al fondo, una especie de torre que ni siquiera estaba derecha. Los miniaturistas de la corte de Borgoña, esos sí que sabían de arte. Pero claro, tampoco podía esperar tal primor y técnica de unos bárbaros del desierto.
Su soliloquio interior chauvinista se interrumpió cuando su vista se encontró atraída de nuevo por los movimientos de las bailarinas. ¿Serían estas las odaliscas de las que había oído hablar? Había oído que las traían de Turquía como aprendices y sirvientas de las concubinas del sultán. Si estas eran sólo aprendices... Con un movimiento lento y torpe, delator de una embriaguez incipiente, se rascó la parte posterior de la cabeza. Qué lugar tan extraño.
Se encontraba algo abotargado, probablemente debido a que llevaba tiempo sin probar el vino y por el ambiente casi irreal que les rodeaba. Echó una mirada de soslayo a Serq: desde el incidente anterior, se mostraba comedida y suave como una seda de Damasco. Sonrió. Zaím sabría de muchas cosas, pero no de mujeres. Estaba claro que no sabía como había que tratarla. ¡Si él pudiera! ¡Él sí que sabía! Se aflojó el cuello de la casaca, atacado por un repentino vaporazo de calor.
Alphonse ladeó la cabeza para echar un vistazo al papiro que la nubia había dejado con desdén. Ni siquiera era un buen dibujo. Casi todo el espacio parecía dedicado al firmamento, vacío excepto por una única estrella. Y una especie de palacio cuyas proporciones no guardaban sentido. Al fondo, una especie de torre que ni siquiera estaba derecha. Los miniaturistas de la corte de Borgoña, esos sí que sabían de arte. Pero claro, tampoco podía esperar tal primor y técnica de unos bárbaros del desierto.
Su soliloquio interior chauvinista se interrumpió cuando su vista se encontró atraída de nuevo por los movimientos de las bailarinas. ¿Serían estas las odaliscas de las que había oído hablar? Había oído que las traían de Turquía como aprendices y sirvientas de las concubinas del sultán. Si estas eran sólo aprendices... Con un movimiento lento y torpe, delator de una embriaguez incipiente, se rascó la parte posterior de la cabeza. Qué lugar tan extraño.
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