Un delicado dedo índice jugaba a enredarse en el cabello de Véspero, acariciando su nuca mientras escuchaba con total entrega sus palabras. No pudo disimular el gesto de sorpresa ante la alusión a los rumores palaciegos, si bien supo contener cualquier atisbo de tensión. Ésta, en todo caso, se disipó cuando el hombre le aclaró la naturaleza de dichos rumores. Alzó un hombro con coquetería y dejó escapar una risa cristalina, divertida no sólo por la acusación de su esposo, sino por lo bien que éste la conocía.
- Tal vez... - Admitió a medias - ¿De qué sirve ser la esposa de una leyenda viva si una no puede hacer ostentación? - Rozó la comisura de los labios de Véspero con los suyos, depositando a continuación una hilera de besos a lo largo de su mandíbula, arañándole suavemente con los dientes donde ésta se une con el cuello. - Aunque no soy yo quien contribuye a alimentar el mito, habib, deberías oír las conjeturas y chismorreos que cuentan sobre ti. - Se alejó lo suficiente para observar sus ojos verdes, simulando cierta ofensa – Y los relatos de las concubinas de palacio, algunos de ellos son preocupantemente cercanos a la realidad. Y no, no pienso compartirlos contigo, tu ego ya es lo suficientemente grande.
Entrecerró los ojos cuando él la estrechó contra sí, ronroneando como una gata ante un plato de nata. Sentir el deseo que despertaba en su esposo la complacía tanto como saciarlo y alimentaba su propia pulsión. Los abrió de nuevo cuando él continuó hablando. Su mirada traslucía una preocupación desnuda de todo escepticismo mientras él le relataba su ausencia de recuerdos previos a Alejandría, sus visiones, cadáveres de sueños enajenados o ecos pretéritos de otra vida...
La zozobra que anidaba en las palabras de Véspero, en los silencios que constituían los eslabones que las unían, tenía garras. Garras que también se clavaban en el corazón de la egipcia al escuchar la angustia, la rabia, en su voz recia. El silencio de Najma era cálido, deseosa de dejarle vaciar aquel torrente sin ninguna interrupción. Una suave lluvia de besos arreció sobre el rostro del guerrero cuando éste buscó el refugio de sus brazos, que acogieron el cuerpo del hombre con ternura.
Las raras ocasiones en las que él se mostraba vulnerable, la hacían vacilar en su propósito, plantearse si merecía la pena, si tal vez estaría errada. Al fin y al cabo ¿Qué sabía ella de los dioses? ¿Qué tipo de justicia superior podía pretender de ella que lo traicionara sólo por estar en el bando equivocado? Y sin embargo, algo en sus palabras enraizaba con creencias muy arraigadas, algo resonaba dentro de ella como el tañido de una campana lejana.
Besó su sien, acariciando su torso con movimientos lánguidos, aletargadores. - Bien sabes que crecí escuchando los mitos de los dioses que adoran los infieles. – Bordeó de puntillas el filo de la navaja, con el tono adormecedor de quien relata un antiguo cuento, sin aludir de forma directa a las visiones que torturaban la mente de su esposo. - Anubis, el chacal, conduce a las almas de los que han partido ante Osiris para someterlas a su juicio. En el Duat, Osiris deposita el Ib – detuvo su mano sobre el tórax de Véspero, sintiendo los latidos firmes y rítmicos de su ib – del fallecido sobre el platillo de una balanza; en el otro platillo, se encuentra la pluma de Maat, representando la verdad y la justicia universal, el equilibrio cósmico. El Ib aumenta o disminuye su peso a medida que el jurado repasa las acciones en vida del fallecido. Si éste supera el juicio de Osiris el resucitado, su ka(1) y su ba(2) podrán reunirse y vivir eternamente. Si, por contra, el veredicto es negativo, el alma deberá confrontar la segunda muerte. - Sus labios reemplazaron a su mano sobre el pecho de Véspero. - Necesitas descansar. Vaciar tu mente. - Tomó las manos de Wahid y las puso a ambos lados de su propio rostro, dejando que fueran las manos de su esposo las que guiaran su cabeza por debajo del centro de gravedad del hombre. - Vacíate.
Mientras trataba de descargar la mente de su esposo, la propia zumbaba como un avispero. Sabía que Véspero no era un orate. Bien fueran visiones, bien fueran extraños sueños que le eran enviados... habían de tener un motivo. En cuanto a ella, más le valía extremar la cautela, las amenazas de Véspero nunca eran ociosas.
----------
(1) Principio universal e inmortal de la vida, según la mitología egipcia.
(2) También de acuerdo con la mitología egipcia, fuerza anímica del espíritu humano.
- Tal vez... - Admitió a medias - ¿De qué sirve ser la esposa de una leyenda viva si una no puede hacer ostentación? - Rozó la comisura de los labios de Véspero con los suyos, depositando a continuación una hilera de besos a lo largo de su mandíbula, arañándole suavemente con los dientes donde ésta se une con el cuello. - Aunque no soy yo quien contribuye a alimentar el mito, habib, deberías oír las conjeturas y chismorreos que cuentan sobre ti. - Se alejó lo suficiente para observar sus ojos verdes, simulando cierta ofensa – Y los relatos de las concubinas de palacio, algunos de ellos son preocupantemente cercanos a la realidad. Y no, no pienso compartirlos contigo, tu ego ya es lo suficientemente grande.
Entrecerró los ojos cuando él la estrechó contra sí, ronroneando como una gata ante un plato de nata. Sentir el deseo que despertaba en su esposo la complacía tanto como saciarlo y alimentaba su propia pulsión. Los abrió de nuevo cuando él continuó hablando. Su mirada traslucía una preocupación desnuda de todo escepticismo mientras él le relataba su ausencia de recuerdos previos a Alejandría, sus visiones, cadáveres de sueños enajenados o ecos pretéritos de otra vida...
La zozobra que anidaba en las palabras de Véspero, en los silencios que constituían los eslabones que las unían, tenía garras. Garras que también se clavaban en el corazón de la egipcia al escuchar la angustia, la rabia, en su voz recia. El silencio de Najma era cálido, deseosa de dejarle vaciar aquel torrente sin ninguna interrupción. Una suave lluvia de besos arreció sobre el rostro del guerrero cuando éste buscó el refugio de sus brazos, que acogieron el cuerpo del hombre con ternura.
Las raras ocasiones en las que él se mostraba vulnerable, la hacían vacilar en su propósito, plantearse si merecía la pena, si tal vez estaría errada. Al fin y al cabo ¿Qué sabía ella de los dioses? ¿Qué tipo de justicia superior podía pretender de ella que lo traicionara sólo por estar en el bando equivocado? Y sin embargo, algo en sus palabras enraizaba con creencias muy arraigadas, algo resonaba dentro de ella como el tañido de una campana lejana.
Besó su sien, acariciando su torso con movimientos lánguidos, aletargadores. - Bien sabes que crecí escuchando los mitos de los dioses que adoran los infieles. – Bordeó de puntillas el filo de la navaja, con el tono adormecedor de quien relata un antiguo cuento, sin aludir de forma directa a las visiones que torturaban la mente de su esposo. - Anubis, el chacal, conduce a las almas de los que han partido ante Osiris para someterlas a su juicio. En el Duat, Osiris deposita el Ib – detuvo su mano sobre el tórax de Véspero, sintiendo los latidos firmes y rítmicos de su ib – del fallecido sobre el platillo de una balanza; en el otro platillo, se encuentra la pluma de Maat, representando la verdad y la justicia universal, el equilibrio cósmico. El Ib aumenta o disminuye su peso a medida que el jurado repasa las acciones en vida del fallecido. Si éste supera el juicio de Osiris el resucitado, su ka(1) y su ba(2) podrán reunirse y vivir eternamente. Si, por contra, el veredicto es negativo, el alma deberá confrontar la segunda muerte. - Sus labios reemplazaron a su mano sobre el pecho de Véspero. - Necesitas descansar. Vaciar tu mente. - Tomó las manos de Wahid y las puso a ambos lados de su propio rostro, dejando que fueran las manos de su esposo las que guiaran su cabeza por debajo del centro de gravedad del hombre. - Vacíate.
Mientras trataba de descargar la mente de su esposo, la propia zumbaba como un avispero. Sabía que Véspero no era un orate. Bien fueran visiones, bien fueran extraños sueños que le eran enviados... habían de tener un motivo. En cuanto a ella, más le valía extremar la cautela, las amenazas de Véspero nunca eran ociosas.
----------
(1) Principio universal e inmortal de la vida, según la mitología egipcia.
(2) También de acuerdo con la mitología egipcia, fuerza anímica del espíritu humano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario