miércoles, 26 de agosto de 2015

Campaña en Egipto IX - Najma

Sus ojos aguamarina brillaron con deleite ante el menat con engastes de lapislázuli que el mercader le mostraba. Acaba de decidirlo: ese sería el próximo regalo que recibiría por parte de su esposo. Tras decirle al hombre que retirara la joya, pues alguien vendría a por ella, la Estrella de El Cairo enlazó su brazo con el de la otra mujer y ambas se dirigieron en dirección al callejón de Midaq, con la excusa de buscar un poco de solaz al hervidero de gente que era Jan el-Jalili.

La figura oscura que salió a su paso al doblar la esquina de Sanadiqiyah, donde debería esperar el informador, hizo que su espalda se tensara por un brevísimo instante. Wahid... ¿Qué hacía él ahí? ¿Acaso sospechaba algo? Despidió a la esclava y avanzó hacia él, precedida por el sutil aroma del aceite loto y luciendo una espléndida sonrisa, sus cejas arqueadas en un gesto natural de sorpresa sobre sus ojos enmarcados por un fino trazo de kohl. La oscuridad parecía emanar de la figura masculina y gravitar en torno a él al mismo tiempo, como si ni siquiera la escasa luz del callejón se atreviera a rozarle.

- ¡Habib!(1) – Extendió las manos hacia las de él, tomando sus dorsos en sus palmas. Sus pulgares acariciaron las muñecas del hombre, barriendo así una pequeña salpicadura de sangre que profanaba la piel de Véspero. Tras tomar sus manos en las de ella, las depositó sobre su cadera, melosa. Esas manos fuertes, poderosas; esas manos que sabían ser fuente tanto de placer como de tormento. - ¿Acaso me seguías? Sabrás entonces del hermoso collar de lapislázuli que vas a regalarme. Volvamos juntos a casa, déjame agradecértelo.

Le urgía alejarle de allí, aunque a juzgar por la gota carmesí que tiznaba su mano, era demasiado tarde.


Sólo las mejores concubinas eran entregadas a los mamelucos, y su mixtura de sangres nubia y europea le había granjeado convertirse en esposa de Véspero, cumpliendo con la norma sobre el origen étnico-racial. Así fue como la Estrella, nacida Najma al-Tasir, había entrado en la guarida del león. Desde el mismo instante en que le fue entregada por el sultán, había sabido que amaría a ese hombre casi tanto como lo odiaba, tanto como podía temerlo en ocasiones.



Ella misma le sirvió una jarra de yasoon de olor anisado, ya en el tálamo, invitándole a relajarse. Sin abandonar la estancia, dejó caer la túnica de algodón a sus pies y comenzó a hablar con él como si estuvieran a solas, mientras dos esclavas ungían cada curva de su cuerpo de mirra y loto.
Algo turbaba la mente del hombre últimamente, a menudo se agitaba en sueños y murmuraba en un idioma que ella no podía comprender. Deseaba dar sosiego a su mente tanto como ansiaba la información que se ocultaba tras esos ojos verdes.

Despidió a las siervas y se acercó a él, ondulante como el viento sobre las dunas del desierto de Libia.

- Pareces distraído últimamente, habib. - Susurró. Su aliento cálido acarició el pabellón auditivo del hombre, sus suaves labios apenas rozando el lóbulo de su oreja. - ¿Acaso ya no me encuentras atractiva? - El mohín de timidez ensayada contrastaba sobremanera con el aura de concupiscencia que emanaba su presencia, con la postura casi altiva, con las propias manos que acariciaban sus pechos desafiantes, con el movimiento de sus piernas, que se abrían para mostrarle las delicias que le aguardaban. - ¿Ya no me deseas?

Sin aguardar respuesta, se sentó sobre el guerrero, haciéndole sentir el calor húmedo que desprendía su ser, y comenzó a masajear sus sienes. Sonrió levemente al sentir cómo se inflamaba la pasión de Véspero y apoyó suavemente una mano en su pecho, frenando el avance de sus labios. - Aún no. - Protestó. - Hoy no existe el tiempo.
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(1) Amado.

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