miércoles, 23 de septiembre de 2015

Campaña en Egipto XXXII - Najma

Sólo había dejado la habitación en una única ocasión desde la amarga despedida. Ni siquiera se había preocupado de adecentar la estancia en la que pasaba hora tras hora consultando documentos, batallando con viejos papiros arcanos, empapándose de todo cuanto tenía al alcance acerca del Heb Sed. Y sobre aquel mesías extranjero del que decían que, como Osiris, había sido traído de vuelta de entre los muertos. El lecho, que apenas le había dado reposo en los previos días, permanecía desordenado, los mullidos cojines con suaves borlas yacían por doquier junto con los fragmentos de espejo que ni siquiera se molestaba en esquivar las más de las veces. Su único contacto con el mundo exterior al propio había consistido en ir a buscar aún más pliegos que ahora leía con avidez sentada frente al pequeño tocador. El cálamo había sustituido en sus manos al palillo de marfil, los pergaminos a los ungüentos y afeites.

Había encontrado veladas alusiones a un extranjero, del país del León en algunos textos, de territorios más al sur en otros, al que le había sido otorgado el don. ¿Sería posible? ¿Explicaría eso las visiones, los recuerdos, si es que lo eran? La información era, en todo caso, más que parca y la mujer se guiaba más que nada por intuiciones que no encontraban dato fidedigno en el que sustentarse con solidez.

Tal vez fuera esta obsesión lo único que la retenía a este margen del cauce que separa cordura y vesania. Necesitaba encontrar una respuesta. Y necesitaba hacérsela llegar a él.


Un suave crujido apenas perceptible frenó el avance de la pluma sobre la vitela, cuyo sonido había sido, hasta entonces, el único que llenaba la estancia. Tomó una respiración profunda y continuó escribiendo, más lentamente ahora, con los sentidos agudizados. Nada. Transcurrieron varios minutos hasta que de nuevo aquel ruido, apenas más audible que una respiración, la hizo alzar la cabeza del documento.

- El tiempo es un bien escaso, ¿piensas pasar o te quedarás en el zaguán? - El silencio sepulcral que siguió a sus palabras la hizo esbozar una levísima sonrisa. Era un silencio desconcertado, si puede describirse así a la ausencia de sonido. Un par de pasos suaves, amortiguados, dubitativos; un inconfundible aroma masculino. La Estrella de El Cairo brilló más fría y rutilante que nunca. Sin variar su postura, aún ofreciéndole su espalda a la puerta, habló nuevamente, con un tono autoritario esta vez.

- Llegas tarde.

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