miércoles, 23 de septiembre de 2015

Campaña en Egipto XXXVIII - Véspero

Ubicado en el mismo corazón del Palacio, el jardín del Sultán llamaba a todos los sentidos... el moteado de la cerámica, el perfume de las flores, el murmullo del viento y del agua, los cantos de los pájaros. Estaba dividido en secciones o niveles. El de la sombra era básicamente una arboleda de palmeras, cipreses y cedros, todo ello combinación de árboles de porte elevado, que ofrecían a cada espacio, galería o parterre un camino de sombra, lo que permitía al paseante admirar el jardín a la vez que le protegía del Sol. El de las plantas con flores era un piso intermedio y estaba dedicado a los arbustos de flor: daturas, cuyas pesadas flores de cálices colgantes aparecían en los grabados, adelfas, hibiscos, jazmines, rosas, madreselva, limoneros y naranjos. Los arbustos eran elegidos por su exuberante floración y por la fragancia que desprendían, lo que atraía a pájaros y mariposas. El del agua era el piso más inferior, y albergaba estanques y canales que distribuían el líquido elemento, serpenteando a través de impresionantes rampas, fluyendo hacia las fuentes, ahorrándola y reciclándola. Los setos de boj se utilizaban por su sencillez y durabilidad excepcionales. Los pavimentos estaban diseñados para aprovechar los rayos de luz que atravesaban el follaje, haciendo hincapié en la variedad de materiales y texturas, como la cerámica vidriada y el mármol que se combinaban con el ladrillo y la piedra.

El poder de refrescamiento del agua se utilizaba pues en una sucesión de efectos que envolvían al caminante, para los ojos, eran los chorros de las fuentes; para las manos, las rampas de agua; para los pies, las acequias y estanques que se insertaban en el pavimento y que se cruzaban casi sin que uno se diera cuenta.

Para protegerlo de los efectos desecantes del aire del desierto, el jardín estaba rodeado por un muro de arcos que controlaban el paso del viento. Los arcos estaban parcialmente oscurecidas por mashrabiyas, paredes perforadas que aceleraban el viento, concentrándolo en un estanque o en un gran plato lleno de agua, lo que contribuía a enfriar la atmósfera.

En definitiva, el jardín se adaptaba a los desniveles del terreno para producir áreas sombreadas y recintos protegidos.


Najma observaba impasible, sentada en uno de los bancos de piedra, el reflejo que le ofrecían las aguas del estanque. Realmente parecía una de las antiguas sacerdotisas del templo de Isis, no habría desentonado en el tiempo de los Faraones. De modesta estatura y cuerpo esbelto, su contextura no llegaba a ser del todo frágil a pesar del grácil talle de junco y el cuello delicado. Sus formas se adivinaban armoniosas, llenas pero sin excesos, bajo la túnica blanca que resaltaba su piel color canela tostada, embellecida por los afeites y perfumada con loto, su aroma de preferencia.

Iba peinada al estilo antiguo: la frente alta y despejada ceñida con una diadema de oro y lapislázuli y su cabello de medianoche dividido en tres mechones, dos de los cuales enmarcaban su rostro delicado, cayendo sobre los hombros, mientras el tercero caía a su espalda. Un tintineo de cuentas de lapislázuli la envolvió cuando agitó la cabeza en dirección a uno de los pórticos, el cual devolvían el eco de unas pisadas firmes.
Los rasgados ojos de color aguamarina estaban enmarcados por un largo trazo de kohl y realzados con polvo de malaquita, como lo hiciera la reina Nefertiti. La boca pequeña, de labios llenos, apenas había sido realzada con polvo de ocre y aceite, otorgando el protagonismo a su mirada.

La egipcia volvió a contemplar su reflejo: la nariz recta, los pómulos altos y la barbilla desafiante y ofreció una sonrisa agradecida al resto de las mujeres antes de ceñir sus muñecas con sendos brazaletes de oro y ponerse en pie.


Tenía la forma de caminar de un felino, grácil y elegante. Sutil. Letal. La cabeza permanecía erguida y el gesto adusto del rostro, bien afeitado, era un lienzo para sensaciones y sentimientos encontrados. Los cabellos, lacios y del color del ala de cuervo, se los había recogido en una larga coleta tras los hombros con una cinta de plata. Pero cualquiera que posara su vista en él, debía detenerse, obligado, en el fuego esmeralda que ardía en sus ojos. Un fulgor que amenazaba con revolverse en cualquier momento, tan inestable como devastador. Aquella era la mirada de una bestia.

Vestía con una camisa de seda abierta hasta pecho, mostrando alguna que otra vieja cicatriz sobre la piel cobriza, pantalones ceñidos y botas altas. Demasiado simple, irrespetuoso tal vez para alguien que va a conocer a su prometida.

Junto Az-Zahir Saif al-Din Khushkadam, escoltado por media docena de los mamelucos reales, la guardia personal del Sultán, avanzaron hasta llegar a la fuente central del jardín.


Esa fue la primera vez que Al-Zuhara Wahid Ibn Abdullah al-Iskandarí, el Lucero del Atardecer, vio a Najma al-Tasir. Y cómo podría imaginar él que aquella mujer, una total desconocida, sería quien sellase su destino en un futuro no muy lejano.




Véspero obligaba, con fiera determinación, a avanzar al castrado alazán. Lanzada a lanzada daba muerte y se deshacía de aquellos que salían a su encuentro, interponiéndose entre él y su marca. Pronto un velo ocre envolvió a ambos contingentes y a duras penas si podía ver u oír algo entre la creciente y ensordecedora tormenta de arena. La máscara, aunque no era su función principal, resultó ser un buen paliativo contra la ventisca y la arena que ésta arrastraba.

« ¡Eres mío! » - Rugió mirando a Zaím, que se encontraba no muy lejos de él.

Fue un instante, un efímero lapso de tiempo en que bajó la guardia, error que le pudo costar la vida: sin tiempo a reaccionar, vio de soslayo la sombra de un mazo que le golpeó en el hombro. El metal de la armadura absorbió gran parte del impacto, pero no fue suficiente para evitar que algo dentro de Véspero crujiera, despertándole un intenso dolor.

Cayó por uno de los flancos del corcel, a pies de un gran turco que se alzaba ante él asiendo de nuevo el mazo de guerra. La contundente arma descendió impulsado por la brutal fuerza del hombre que lo manejaba, pero esta vez Véspero, que esperaba el ataque, rodó sobre sí mismo hacia un lado, evitando por pocos centímetros la cabeza del mazo.

Una vez evitado el ataque, el turco quedó desprotegido, ofreciéndole a Véspero todo el costado del torso, que revolviéndose no dudó en golpearlo con un rodillazo. El turco se dobló hacia delante, quedándose sin aliento y apoyado con ambas manos sobre el mazo. El mameluco miró a su corcel de guerra y como si la bestia pareciera entender los pensamientos de su amo, coceó con violencia la testa del otomano, abriéndole el cráneo y tendiéndole en el suelo.

Se volvió pero ya nada podía distinguir entre la tormenta. El caballo piafó con nerviosismo y supo que era ya demasiado tarde para retirarse. Tomó con firmeza las riendas del animal y le obligó a postrarse sobre la arena. Tumbándose también junto al corcel, se hizo un ovillo y cubrió con la capa tanto su propio cuerpo como la cabeza de la bestia.

« Tranquilo, pronto pasará... »

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