miércoles, 23 de septiembre de 2015

Campaña en Egipto XXXIII - Alphonse

Había confiado y deseado que Zaím le mantuviera en el campamento aunque fuera como retén. La posibilidad de entrar en batalla abierta había hecho sentir vivo de una forma en la que hacía tiempo no sentía. Y sobre todo quería compensarle, quería pagarle de algún modo por haberle fallado y demostrarle que daría la sangre por él. Que nunca olvidaría lo que Zaím hizo por el en más de una ocasión y nunca olvidaría aquellos años. Aúnque no pudo ser, su encargo tenía mucho que ver con la sangre y también con aquellos primeros años de su juventud.

Algunas de las aficiones de Alphonse podían considerarse censurables. Otras poco morales. Pero las que más placer le daban eran no sólo inmorales sino ilegales también. Algo mas que su reputación peligró cuando se vio envuelto en algunos negocios turbios y se esparcieron algunos rumores: estupro, sadismo, sodomía. Con la paciencia de un hermano, Zaím le había ayudado a salir de un atolladero tras otro, siempre con la amenaza de que esa sería la última vez que le salvaba el cuello. Y ahora le pedía que se dejara llevar, como si fuese un regalo.
Alphonse se había considerado un artista. El cuerpo de una mujer era su lienzo y su navaja sus pinceles. Y Zaím le ponía en bandeja el más bello material para ejecutar su obra maestra.



Nadie entraba ni salía de la casa. Si había algún guarda permanecía en el interior de la vivienda y completamente oculto a la vista. Ni sirvientes, ni visitas. Podía creerse que nadie moraba allí de no ser por el candil que alumbraba una de las estancias hasta bien entrada la noche. Pero él sabía que había alguien en la morada. Mejor para él si aquel guerrero bárbaro había dejado desprotegida su posesión.

Entró con el mayor sigilo. No fue difícil. No había rastro de vida salvo por la luz parpadeante del candil que venía de la habitación del fondo.
Estaba de espaldas delante de él, completamente concentrada. La cabeza un poco inclinada le mostraba la curva de un cuello delicado y frágil. Exquisito. Un cuello que se quebraría con facilidad en sus manos y la piel del color de la canela y suave de su espalda apenas cubierta por dos bandas de tela a los lados. Su pulso comenzó a latir acelerado.

La voz suave y al mismo tiempo firme de aquella mujer lo dejó fuera de combate por un momento. Se había confiado, sin dudas habría hecho algún ruido mientras la espiaba. ¿Pero por qué no estaba asustada?

- ¿Tarde? No ma chère, no busco a tu esposo sino a ti.

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