miércoles, 23 de septiembre de 2015

Campaña en Egipto XXXV - Najma

Sin volverse, dejó el cálamo en el tintero y, apoyando ambas manos en el tocador, se puso en pie. Tal vez fue un signo de torpeza el movimiento que la hizo volcar el pequeño receptáculo gemelo y adyacente al tintero. Una sustancia glutinosa mancilló su delicada mano. ¿Quizás los nervios la traicionaban?

Se giró entonces para encarar al intruso y le observó en silencio durante algunos segundos. Las comisuras de sus labios parecían insinuar una sonrisa que no llegaba a mostrarse del todo. Sonrisa de esfinge. Se acercó a él con pasos tan lentos como estudiados, con un caminar felino.

- Y aún así, llegas tarde. Si me buscas, es por él. ¿Qué otra cosa podría hacer por ti esta pobre mujer, extranjero? - Su voz era un ronroneo almibarado.

El militar francés negó con la cabeza sin quitarle la vista de encima.

- Seré yo quien haga algo por ti. Aunque no puedo prometer que vaya a gustarte. La venganza es una satisfacción infravalorada en ocasiones. Y su ejecución, un auténtico arte. - El hombre sacó del fajín una afilada daga testicular con guarda estriada y jugueteó con ella en sus manos. - Tiene algo de poético, en realidad. Tú serás uno de los clavos en el ataúd de Wahid. Incluso si fuera victorioso, sabrá a manos de quien cayó su esposa. - Con lentitud, deleitándose, acarició una de las clavículas de Najma con el arma. - Y sabrá de su vejación, de su largo tormento antes de morir. Su mortificación, su ultraje.


- Ah, debe ser cierto eso que las concubinas comentan sobre los franceses... Tan apasionados, tan grandilocuentes. Dicen que incluso te hablan de amor mientras lo practican. - Acarició la sien del hombre, deslizando los dedos por su cabello mientras acercaba su rostro al de él al tiempo que el filo de la daga besaba su piel. - ¿Acaso será esa mi última gracia antes de morir? - Su otra mano acarició el propio cuello, no pareciendo importarle impregnarlo con la sustancia viscosa de dulce aroma que la manchaba. - ¿Es eso todo lo que deseas de mí, extranjero? ¿Sentir mi sangre... - No encontró mayor resistencia mientras guiaba la cabeza del hombre hacia sí hasta sentir su aliento en el cuello. - ...húmeda y caliente bañando tus manos?

Al contacto de los labios del hombre sobre su piel, dio un paso atrás.

- Mon p'tit soldat... Realmente no te das cuenta, ¿verdad? - La sonrisa que vestía sus labios era, ahora, evidente. - ¿Realmente mi vida es tan relevante para tu señor, o para ti? Tomadla, pues. No lo es para mí, sé lo que me aguarda al otro lado. - Su voz adquirió un matiz triunfal, mientras se elevaba sobre las puntas de sus pies para susurrar en su oído. - No lo es para Wahid. Ahora no.

Se alejó apenas lo suficiente para observar el rostro de Alphonse, dejando su mano descender por el pecho del hombre.

- Tú conocerás mejor que yo las cualidades que ha de poseer el guerrero perfecto: el más resistente, el de mayor fortaleza y fe inquebrantable en su causa. Ha de combinar fiereza con frialdad y agudeza. Atributos todos que mi esposo ha mostrado sobradamente y estoy segura no habrán pasado desapercibidos a vuestros informadores. Me consta. Pero hay algo más. - Parecía, por algún motivo, encontrar deleite en la conversación, parecía querer alargarla. - ¿Qué hay de aquel que no presenta puntos débiles, del que parte a la batalla sin caireles que pudieran enredarse en sus pies y hacerle caer? El que sólo mira al frente, pues no deja nada atrás... Puedes hacer conmigo lo que desees, francés, úsame para satisfacer tu sed. - Sus dedos acariciaron los labios del hombre. - Y asegúrate, en efecto, de saciarla, pues es lo único que obtendrás. Lo sabe todo. Mi vida o mi muerte, en este instante, le importa menos que la arena que levantan los cascos de su caballo al galopar.

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