Jamás como entonces había sentido una ira tan devastadora. Nunca hasta ese momento tal sed de sangre. Y lo único que deseaba era colmarla en la forma que fuese; si iban a ser civiles los que cayeran, que fuese. Poco sospechaba que no iban a ser éstos los únicos en entregar sus vidas. Como las crestas de agua que lamían la orilla del Nilo en tiempo de crecida, avanzaba inexorable liderando una escasa representación de la caballería ligera irregular otomana; ajeno al enturbiarse del horizonte, a la amenaza de los cielos desde donde Amón, padre de los vientos, enviaba a sus hijos a redibujar el paisaje.
Desde el Duat, Seth ladeó su cabeza de chacal y olfateó el aire con agrado. Olía a sangre.
- Nadie escapa al Maat, Atum, ni siquiera tú. - El recuerdo de la voz de Serq era un eco lejano que no hacía sino acicatear su ya de por sí alterada mente mientras cabalgaba junto a un mínimo destacamento de arqueros akıncı y apenas un puñado de arcabuceros. Él mismo había desechado la canana, prefiriendo el bracamarte al arcabuz o el arco; le apetecía mancharse las manos. De su talabarte pendía la rompehuesos, como solían denominarla los holandeses. Con gavilanes en ese y un filo ligeramente curvado que se ensanchaba a medida que se aproximaba a su punta, era similar al alfanje excepto por el contrafilo del último tercio, detalle que la hacía más letal y ágil al tiempo. En la hoja bruñida, el escarabajo de Khepri, bien exvoto irónico o blasfemia pía, arrancaba destellos al sol que se derramaba sobre los jinetes.
Algo sucedía en lontananza, el horizonte se ondulaba en una baja ola de arena que se interponía entre la aldea y ellos mismos, avanzando veloz a su encuentro. ¿Militares allí? ¿Tan pronto? Sus labios se curvaron en una media sonrisa depredadora, volviendo la cabeza hacia sus arqueros mientras espoleaba a su corsiero. Hombre y bestia eran uno.
- Tenemos compañeros de baile... ¡Arcabuces en retaguardia!
El aguacero de flechas proveniente de la fuerza mameluca obtuvo su justa réplica desde el bando otomano al tiempo que la arena comenzaba a arremolinarse y dispersarse en torno a ambos bandos, azotada por el fuerte viento en una extraña danza que presagiaba devastación. El choque fue formidable. Y ambas facciones estaban preparadas para una segunda carga con cuantos hombres aún permanecían con vida.
En una ágil finta, Zaím elevó el escudo, sus piernas recios puntales que afirmaban su dominio sobre el corsiero mientras blandía el bracamarte con fiereza, desmontando al jinete que tenía frente a sí. El europeo ya pateaba la cara del descabalgado mameluco que blandía la cimitarra en el aire, repeliendo así su ataque, cuando un destello argentino le hizo volverse. Entrecerrando los ojos, pudo atisbar a través de la nube de arena el brillo de una máscara de plata. ¡Wahid!
Zaím apretó la mandíbula. La siguiente estocada fue de trámite, apartó de sí al guerrero sin apenas prestarle atención, la mirada fija al frente en la figura que más que verse se intuía a través de la cortina de arena. Su único objetivo.
- ¡Capitán!... ¡Zaím! ¡La tormenta!
El rugido del viento arrasador acalló la voz del soldado. Zaím tampoco lo hubiera oído: estaba ciego y sordo. No veía más que la velada silueta del paladín del sultanato y sólo oía el propio pulso latiéndole en las sienes.
A apenas ocho o nueve brazos de su meta, el aire se tornó irrespirable. Y aún así, imbuído como estaba de una ira tan asesina como suicida, tal vez no hubiera reparado en ello de no ser por la reacción del corsino, que se encabritó irguiéndose sobre los cuartos traseros, los cascos rasgando el aire.
El indiscutible poder de la naturaleza obligaba al repliegue. Con un hambre acuciante que no había sido saciada y la cabeza baja tratando de inhalar la menor cantidad de arena posible, tratando de cubrir ojos, nariz y boca, con el sabor amargo de un tal vez en los labios, ambas facciones se vieron obligadas a batirse en retirada o perecer en la tormenta.
- Juro por el trono de Isis que te daré muerte...
El feroz bramido de la tormenta se llevó sus palabras.
Desde el Duat, Seth ladeó su cabeza de chacal y olfateó el aire con agrado. Olía a sangre.
- Nadie escapa al Maat, Atum, ni siquiera tú. - El recuerdo de la voz de Serq era un eco lejano que no hacía sino acicatear su ya de por sí alterada mente mientras cabalgaba junto a un mínimo destacamento de arqueros akıncı y apenas un puñado de arcabuceros. Él mismo había desechado la canana, prefiriendo el bracamarte al arcabuz o el arco; le apetecía mancharse las manos. De su talabarte pendía la rompehuesos, como solían denominarla los holandeses. Con gavilanes en ese y un filo ligeramente curvado que se ensanchaba a medida que se aproximaba a su punta, era similar al alfanje excepto por el contrafilo del último tercio, detalle que la hacía más letal y ágil al tiempo. En la hoja bruñida, el escarabajo de Khepri, bien exvoto irónico o blasfemia pía, arrancaba destellos al sol que se derramaba sobre los jinetes.
Algo sucedía en lontananza, el horizonte se ondulaba en una baja ola de arena que se interponía entre la aldea y ellos mismos, avanzando veloz a su encuentro. ¿Militares allí? ¿Tan pronto? Sus labios se curvaron en una media sonrisa depredadora, volviendo la cabeza hacia sus arqueros mientras espoleaba a su corsiero. Hombre y bestia eran uno.
- Tenemos compañeros de baile... ¡Arcabuces en retaguardia!
El aguacero de flechas proveniente de la fuerza mameluca obtuvo su justa réplica desde el bando otomano al tiempo que la arena comenzaba a arremolinarse y dispersarse en torno a ambos bandos, azotada por el fuerte viento en una extraña danza que presagiaba devastación. El choque fue formidable. Y ambas facciones estaban preparadas para una segunda carga con cuantos hombres aún permanecían con vida.
En una ágil finta, Zaím elevó el escudo, sus piernas recios puntales que afirmaban su dominio sobre el corsiero mientras blandía el bracamarte con fiereza, desmontando al jinete que tenía frente a sí. El europeo ya pateaba la cara del descabalgado mameluco que blandía la cimitarra en el aire, repeliendo así su ataque, cuando un destello argentino le hizo volverse. Entrecerrando los ojos, pudo atisbar a través de la nube de arena el brillo de una máscara de plata. ¡Wahid!
Zaím apretó la mandíbula. La siguiente estocada fue de trámite, apartó de sí al guerrero sin apenas prestarle atención, la mirada fija al frente en la figura que más que verse se intuía a través de la cortina de arena. Su único objetivo.
- ¡Capitán!... ¡Zaím! ¡La tormenta!
El rugido del viento arrasador acalló la voz del soldado. Zaím tampoco lo hubiera oído: estaba ciego y sordo. No veía más que la velada silueta del paladín del sultanato y sólo oía el propio pulso latiéndole en las sienes.
A apenas ocho o nueve brazos de su meta, el aire se tornó irrespirable. Y aún así, imbuído como estaba de una ira tan asesina como suicida, tal vez no hubiera reparado en ello de no ser por la reacción del corsino, que se encabritó irguiéndose sobre los cuartos traseros, los cascos rasgando el aire.
El indiscutible poder de la naturaleza obligaba al repliegue. Con un hambre acuciante que no había sido saciada y la cabeza baja tratando de inhalar la menor cantidad de arena posible, tratando de cubrir ojos, nariz y boca, con el sabor amargo de un tal vez en los labios, ambas facciones se vieron obligadas a batirse en retirada o perecer en la tormenta.
- Juro por el trono de Isis que te daré muerte...
El feroz bramido de la tormenta se llevó sus palabras.
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