miércoles, 23 de septiembre de 2015

Campaña en Egipto XXXIX - Najma

Su expresión, que hasta entonces había permanecido inmutable, vaciló un breve instante durante la disertación de Alphonse; la sombra que por un momento empañó sus ojos bien podría haberse debido a un atisbo de inseguridad, incluso miedo. Su mirada se aceró cuando, tanto el lenguaje corporal como el discurso del hombre, comenzaron a dar muestra de algún tipo de alteración. Una de sus comisuras insinuó una sonrisa ladeada.

- Tal vez debierais sentaros, soldado... - El tono resultó obsequioso en exceso, casi sugiriendo burla.

El bofetón apenas le permitió acabar la frase. Bajó la cabeza con aparente sumisión mientras el hombre continuaba hablando. Se sentía asqueada. Y... defraudada, en cierto modo. ¿Todo se reducía a eso? Era en verdad curioso cuanto difería su propio concepto de la hombría del que algunos hombres parecían esgrimir. E, indefectiblemente, quienes más presumían de ella, solían ser, a sus ojos, quienes más carecían de la misma. En todo caso, había de admitir que, por más que le repeliera, su flaqueza le facilitaba la tarea en grado sumo.

Alzó de nuevo la mirada para encontrarse con los ojos de Alphonse cuando éste la atrajo hacia sí, entrecerrando los propios mientras escrutaba su rostro en busca de algún otro signo de debilidad, en busca, también, de cualquier hebra de la que tirar para tratar de adelantar su proceso mental, su próximo movimiento. En rigor, él mismo se encargó de revelar el hilo de sus pensamientos... Y sí, parecía reducirse a eso. Creyó entrever algo que sonaba, quizás, a cierto sentimiento de inferioridad, tal vez servilismo. “Siempre a la sombra de alguien, ¿verdad?” Pensó para sí.

Lo desmañado del empujón que el militar le propinó, hizo comprender a Najma, ya sin atisbo de duda, que el preparado estaba surtiendo efecto. Sólo tendría que entretenerle un poco más, tensar la rienda y encauzar ese apetito, acerca del cual el cuerpo del hombre dejaba pocas dudas.


- Conozco cual es mi lugar. - Las tiras de lino que pendían de sus hombros se deslizaron por éstos, dejando que su túnica cayera hasta la cintura. - No albergo ninguna duda a ese respecto. En cuanto a la posición... Siempre lo he considerado un asunto que admite un debate acalorado.

Se recostó, lúbrica, incitante, extendiendo una mano hacia Alphonse. - ¿Así que deseas sentir lo que sólo Wahid ha experimentado antes? Ven a mí, pues.

Tuvo que ayudarle a deshacerse de la casaca primero y a tenderse después. Su mano serpenteó por el brazo del hombre hasta su muñeca, en un intento tan sutil como fallido por hacerse con la daga. Los movimientos de Alphonse eran torpes y carentes de auténtica fuerza... Pero no lo bastante aún.

- ¿Has visitado Menfis alguna vez, extranjero? - Le despojó de la bajocamisa, limpiando con ésta discretamente su cuello mientras fingía jugar a cubrir su desnudez. - Aunque ese no es sino el nombre que le dieron los griegos, nosotros la llamamos Men-Nefer, la Belleza Estable. Conocerás, si lo has hecho, el culto a la diosa Qadesh, muy venerada en Nubia en el tiempo antiguo, - Giró el torso para señalarle la representación en seda de la divinidad que pendía aún de una de las paredes más como elemento decorativo que como representación religiosa: una mujer desnuda, en pie sobre el lomo de un león, portando lotos en una mano y serpientes en la otra y tocada con una luna creciente. La voz de Najma era baja, dulce, con un tono similar al que empleaba cuando trataba de distraer o divertir a su esposo con alguna historia. - deidad del placer sexual y las artes amatorias. Sus enseñanzas y liturgia son de obligado conocimiento para los míos. - La mano de la egipcia maniobraba con destreza dentro del pantalón del hombre. - Fue amante y amada de Ptah, el Constructor demiurgo, señor de la magia y la sanación...

Su voz, magnética y sedante, le hablaba de las celebraciones a Qadesh, de los cultos mistéricos y como éstos aún seguían vigentes al sur de Egipto. Entre tanto, ni sus manos ni su mente permanecían ociosas. Pronto, la expresión confundida y azarada en los ojos de Alphonse, que no parecía capaz de mover sino sus globos oculares, la hizo esbozar una sonrisa.



Montó los muslos del hombre a horcajadas y se inclinó sobre él, haciéndose con la daga sin rastro de resistencia esta vez.

- Tal vez podríamos retomar la conversación sobre mi posición y mi lugar... - Comentó con absoluta frialdad una vez encima. - ¿Lo comprendes ya?

Dejó al hombre inmóvil sobre el tálamo y humedeció la camisa en el aguamanil, limpiándose cuidadosamente cualquier rastro de la ponzoña que pudiera permanecer sobre su piel. - No te matará. - Le explicó, desechando la prenda antes de limpiar la herida superficial que el francés le había regalado, con un paño limpio en esta ocasión. - Simplemente te mantendrá convenientemente paralizado, aunque plenamente consciente. - Si bien permanecía seria, su voz insinuaba una risa que no acababa de brotar. Cabeceó en un breve gesto hacia la erección del hombre. - Ese es el único efecto secundario agradable. Disfrútalo.

- Raíz de lengua de perro, boldo, mandrágora, aciano, acónito, loto y miel. - Casi canturreaba, plenamente relajada ahora, retomando su posición sobre Alphonse en un sentido literal. - Estúpido hombre, ¿Sabes lo que habrías hecho si llega a entrar en contacto con mi sangre? Te mentí. No tengo ninguna prisa por enfrentar el juicio de Osiris. Tú lo verás antes que yo. Me pregunto si partirás con el corazón ligero...

El filo del arma dibujó una profunda línea roja en el pecho del hombre. Najma se detuvo a contemplar el terror en los ojos del francés, acariciando su sien antes de retornar a su bajo vientre. - Así que... ¿Crees que nuestras diferencias se vinculan únicamente a este apéndice? Deshagámonos de él, tal vez así estemos en igualdad de condiciones.

La tarea se mostró más ardua de lo que la egipcia hubo anticipado, a pesar de lo muy tajante del filo. Mas ella no tenia prisa. Tampoco la tenía ya Alphonse, que hubo perdido el conocimiento, probablemente debido al dolor y la pérdida de sangre, antes de que ella terminase.

Arrojó el miembro lejos de sí con profunda repulsión, frotándose la mano en el muslo con desagrado, y no fue sino entonces consciente del espectáculo dantesco que tenía ante sí. Bajo ella, lo que un día fue un hombre, apenas parecía un guiñapo, un amasijo de jirones de músculo y carne sanguinolenta que miraba al techo con una macabra sonrisa sangrante que había sido abierta en sus mejillas hasta casi rozar el nacimiento de sus orejas.

Najma sintió que la presencia de espíritu la abandonaba al incorporarse y por un momento creyó desvanecerse. Aterida por un frío cuyo origen no supo explicarse y conteniendo la náusea, dejó la estancia que otrora fuera santuario íntimo, testigo de otros secretos, de otras pasiones. Necesitaba un baño.

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