sábado, 14 de diciembre de 2013

14. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Ginebra

Sur de la península, año 1450.

Cinco años se cumplirían en breve desde que su vida se trocara en infierno. Su abuela trataba de doblegarla con férrea mano que solía usar para finalizar las discusiones con la extraña niña de ojos grises. Layla, así se llamaba la sexagenaria, no comprendía ni aprobaba la educación que Ginebra había recibido hasta entonces.

- "Una mujer no debe leer, pues le quita tiempo para sus verdaderas obligaciones. Una mujer no debe mostrar sus emociones, pues avergüenzan al hombre que la custodia. Una mujer no debe exponerse en público más que lo estrictamente necesario. Una vez que aprendas todo esto estarás lista para empezar a buscarte un buen marido."

Casi a diario escuchaba la misma cantinela monótona en boca de su abuela. Ginebra jamás supo si alguna vez la había querido o si sólo se había hecho cargo de ella debido a su estricta educación en valores familiares.

La niña se había acostumbrado a no mostrar su cabello rubio en la calle, pues llamaba en exceso la atención de los hombres. Hombres que si bien la miraban con ojos lascivos, no dudaban en increpar al varón que la acompañaba por permitir que la niña mostrase tal falta de respeto. A sus trece años, Ginebra no era capaz de comprender los dobleces en la moralidad de la gente que la rodeaba.

-La vieja es insufrible, ¿verdad Ginebra?- La niña alzó unos ojos muy abiertos hacia su tío. Jamás le había escuchado hablar con semejante desprecio de la que fuera su madre. -No me mires así, ya eres mayor para saber ciertas cosas.- Estaban ambos a las afueras del pueblo, en un camino muy transitado, pero inusualmente tranquilo en aquella hora de la tarde. Habían ido a buscar moras, cosa que extrañó a Ginebra, puesto que no era aquella labor de hombres.

- Sé lo que tengo que saber, tío Rashid. Cocinar, mantener el hogar limpio y fresco y atender a los varones como se merecen.- Ginebra había bajado la mirada al suelo, tal y como le habían enseñado que debía dirigirse a un adulto varón. Hablaba en voz baja y de la manera más neutra posible. Estaba habituada a ello pese a que su tío nunca había sido severo con ella.

-¿Acaso sabes el significado de "atender a los varones"?- Hizo una pausa, esperando una respuesta que sabía que no llegaría. -Ginebra, aún te queda mucho que aprender. Tu padre y yo siempre estuvimos muy unidos, incluso cuando renegó de esta, su familia. Debo reconocer que le admiré secretamente cuando lo hizo.- Sonrió fugazmente y ofreció asiento a la muchacha, que aguardaba de pie con su canasto de mimbre vacío.

-Esa familia es la tuya y la mía y le debemos un respeto. No entiendo la acritud de tus palabras.- Ginebra se sentía incómoda. El lugar apartado, las palabras crudas que escupía Rashid, su voz espesa y sus ojos brillantes no auguraban nada bueno.

-Ya tienes trece años. A juzgar por el tamaño de tus caderas y por la curva que se adivina en tu túnica a la altura de los pechos, estoy seguro de que ya has sangrado. Eres una mujer y debes saber qué se espera de las mujeres.- Con suavidad le quitó el Hiyab que le cubría el pelo, dejando que el viento moldease sus dorados bucles naturales. Sostuvo por un momento un mechón de su cabello y lo olfateó profundamente. Ginebra se movió sutilmente hacia el lado opuesto. -Se espera que la mujer complazca a su marido en todo lo que él le pida. La vieja Layla lleva ya tiempo buscándote un esposo, y te sorprendería saber la cantidad de voluntarios que ha encontrado para ti. Sin duda ese cabello tuyo y esos ojos van a cotizarse bien. Son muchos los hombres que desean poseerlos.- Rashid se acercó más a la niña que miraba al suelo sin saber qué hacer. Sentía ganas de llorar, pero sabía que no debía hacerlo. -Para que nada falle, deberás saber hacer feliz al elegido y alguien debe enseñarte...- Dicho esto y con gesto rápido, Rashid la sujetó por el pelo y le echó la cabeza hacia atrás. Hundió la cara en el cuello de Ginebra y lo regó de húmedos besos que provocaron arcadas a la niña.

- ¡Para, Rashid!- Ginebra se retorcía bajo el cuerpo del hombre que se movía nervioso encima de ella. -¡Le diré a la abuela lo que has hecho y jamás tendrás a una familia que cuide de ti!

-¿Y quién crees que me ha sugerido que te adiestre?- Rió el moro con malicia, bajando la guardia un instante. Momento que Ginebra aprovechó para propinarle un violento cabezazo y dejarlo aturdido. A empujones salió de la prisión de su abrazo y corrió sin saber a dónde ir. Los gritos de Rashid la perseguían, pero iban sonando cada vez más amortiguados. Las lágrimas impedían ver el camino, pero Ginebra siguió corriendo todo cuanto sus piernas le dejaron.

Un muro, una verja de hierro... le era familiar pese a que solo había estado allí una sola vez. Entró.

Allí descansaba su padre y, grabado en la piedra que señalaba su tumba, podía leerse: "Aquí yace Abdelhak El Ghoulbzouri, esposo que fue de Elena Rubiá".

-Elena Rubiá es tu nombre... Te lo juro aquí y ahora, pese a quien le pese y sin importar lo que me suceda, te encontraré, mamá.

Posteado por Ginebra

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