Segorbe, Palacio del Primado, 18 de diciembre de 1458
- Mi General, se os agota el tiempo para la huida...
- Desde aquel día que nos vimos por primera vez nuestro amor ha crecido día tras día, albergando felicidad y augurando prosperidad para ambos. Hemos recorrido muchos caminos juntos, y hoy, ante todos nuestros amigos y con este simple gesto, te elijo para que ese amor tan radiante como la primera vez nos ilumine cada día de nuestro existir, nos haga uno sólo y seamos por siempre felices...
- Toma este anillo como símbolo de nuestra sagrada unión, de mi entrega incondicional a ti; ante el Altísimo y nuestra familia y amigos prometo amarte, cuidarte, hacerte sonreír cada día, regarte a diario y acariciar tus pétalos.*
Caspe, 1461
Sólo hacía dos años, más el año de forcejeo previo a la boda. Dos años y parecían dos vidas.
Jugueteó con la alianza, de la que no se había deshecho junto a la mayoría de sus joyas por sensiblería. Recordó las arduas negociaciones, cuando su hermana "vendió" su primera sangre al viejo Vizconde, los denodados esfuerzos por acabar con la vida de éste, aquel mercenario griego... e inesperadamente había terminado enamorándose de aquel hombre erudito, paciente, que la hacía amanecer con una carta cada mañana, en ocasiones con un poema, siempre con un gesto amable para con ella. Tres años habían bastado para convertirse ambos en extraños el uno para el otro, para encontrar el equilibrio del perfecto matrimonio: poner cuanta más tierra de por medio entre ambos, mejor.
Meses después de la extinción de su matrimonio, deslizó el anillo fuera de su anular en un gesto que, aunque más íntimo, tenía tanto de simbólico como el de aquel diciembre en que él vistiera su dedo con la joya. En el fondo debía estarle agradecida, el divorcio era un concepto que su mente no era capaz de aprehender, probablemente ella hubiera mantenido ad aeternum la farsa de un matrimonio que hacía tiempo que no era tal.
Sopesó el aro en su mano, su correa de oro, sintiéndolo extrañamente pesado.
Se levantó y abrió la ventana de la habitación que ocupaba, abrazándose al sentir la caricia de la brisa, la primavera llegaba fresca a Caspe, aunque ni la más tórrida canícula hubiera sido capaz de calentarla. Añoraba a sus hermanas y a sus primas; se había despedido sin darles señas, ya les escribiría ella... Temía ponerlas en peligro. Dándole la espalda a la ventana, por primera vez en su vida, maldijo la memoria de su padre... arrepintiéndose tan pronto como las palabras murieron en sus labios. Acarició distraídamente el pasaje que la llevaría a Tarragona, a buscar a la única persona a quien podía pedirle ayuda, a quien había jurado no volver a ver jamás, a la que era probablemente la última persona en el mundo que deseaba verla a ella.
La otrora "mujer de altas joyas" envolvió en su pañuelo la alianza y los zarcillos de zafiro, las últimas alhajas que le quedaban aparte del medallón de su padre. Ya no le quedaba nada más con que envidar para hacer frente al chantaje, excepto su orgullo. Estuvo a punto de volver a maldecir a Sigfrido.
*Nota: no recuerdo si lo de los pétalos aludía a parte del sermón de Laguna o del de Moldot, visto años después suena tan absurdo...
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