sábado, 14 de diciembre de 2013

15. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Crimea

Se revolvió en la cama, estirándose mientras observaba por la ventana que el sol hacía tiempo ya se alzaba sobre el horizonte. Perezosa, se dio la vuelta para mirar al hombre que yacía a su lado, aún dormido. No pudo evitar una sonrisa atrevida, ni que sus dedos se pasearan por el pecho de él. Se descubrió pensando que todavía podía sentir sus caricias incendiando su piel y retiró sus dedos asustada al volver a sentir una oleada de deseo, levantándose de la cama rápidamente, buscando entre las prendas del suelo su camisa para tapar su desnudez y su decoro, si es que algo de aquello había quedado entre las paredes de aquella habitación.

Deslizándose en silencio hasta la ventana miró a través de ella, sin querer volver la vista de nuevo hasta el lecho, temiendo encontrar la mirada de él. No sabía qué pensar ni de qué modo actuar… no era capaz de resistirse a esos encuentros, pero las cosas se veían diferentes en la mañana, y se supo asustada. Sacudió la cabeza para espantar los fantasmas del pasado, aquellos que seguían doliendo a pesar de haber recorrido muchas millas para dejarlos atrás, a pesar del tiempo transcurrido. Sí, aún dolían. Cuántas veces había deseado cerrar los ojos y olvidar… instintivamente eso hizo, cerró los ojos mientras los rayos de sol calentaban su rostro.

………………….

- Esta agua, memoria de tu bautismo, nos recuerda que Dios te hizo su hija… ¡Que te reciba hoy en su Paz! – Las últimas palabras del sacerdote la devolvieron a la realidad, alguien la empujó hacia el féretro, y Crimea arrojó un puñado de arena sobre el lugar donde yacía su madre. Vestía un sencillo vestido de paño negro, ancho y deslucido, prestado por alguna de sus vecinas, ni siquiera hubiera podido precisar a cuál de ellas pertenecía, quizá a una de esas que después de la ceremonia la había llevado hasta su casa y que ahora revoleteaban de allí para acá gimoteando y recordando a la rubia lo dura que podía llegar a ser la vida, como si ella no hubiese sido consciente hasta aquel justo momento.

- Ahora está en el Paraíso Solar… - Alzó la mirada enturbiada. No, su madre estaba bajo la fría y árida tierra. – Debía echarlo tanto de menos… empezó a morirse cuando lo enterró a él, poco a poco… de dolor… - Aquella mujer que creía saberlo todo la agarró de la mano y Crimea hizo un esfuerzo por dilucidar quién era.

- Pobre niña, tan joven y tan sola en el mundo… ¿qué edad tienes? –Trece, tenía trece.

- Deberías casarte, ¿tu madre no dejó arreglo para un matrimonio?... Porque si no lo hizo es hora que te busques un hombre que te recoja en su hogar, eres joven y puedes dar hijos sanos – La miró con conmiseración – Bien es cierto que no hay mucha dote, pero de cualquier forma algún hombre habrá al que logres encandilar…

Y entre dientes rezongó… “yo no voy a casarme, por mí se pueden ir todos al infierno”

Distinguió algún sobresalto y amargos comentarios cargados de una compasión fingida sobre lo duro que debía haber sido ver a su madre morir de amor. Crimea las miró sin ninguna expresión en su rostro… ¿es que aquellas chismosas no entendían nada? Se negaba a ser una desgraciada, tal como lo había sido su madre, esperando tras la ventana la vuelta de un hombre al que probablemente nunca amó… que se los llevaran los demonios, a todos ellos… Prefería estar sola.

Pero ninguna sensación de soledad – ni las que viviría en adelante - podía compararse a la de ese momento, al término del desfile de plañideras, cuando anocheció, cuando ese día su casa quedó en silencio, un silencio que pesaba y la ahogaba, esa noche que Crimea pasó sin dormir, en una esquina, llorando su egoísmo, maldiciendo a su madre por haberla abandonado, sintiéndose miserable por maldecir y demasiado frágil y asustada para aquel mundo. Esa noche que recordó las palabras de su madre en su lecho de muerte, una y mil veces. Esa noche que empezó a olvidar la promesa que se hizo horas antes. Esa noche que la realidad la golpeó con puño de hierro.

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Había olvidado hacía mucho lo fácil que olvidó aquella promesa que se hizo, que hizo al mundo. Poco tiempo después de aquello se casaría. La soledad y su juventud le pesaron demasiado, y así, casi sin darse cuenta se convertiría en su madre, esperando tras una ventana. Hasta que fue lo suficientemente cobarde como para huir, y después lo bastante valiente como para volver y acabar con aquello… Luego volvería a amar, aun cuando había vuelto a jurar que no lo haría, y el dolor fue mayor aquella vez, por inesperado.

Pero aquella noche… aquellas noches… había revivido sensaciones que creía olvidadas, enterradas… perdidas. Y volvía a sentir la inseguridad y el miedo que le provocaba el no saber qué pasaría mañana. Pero también la certeza de que aquello le estaba sirviendo para redimirse de sí misma.

Volvió la vista hacia el lecho, y por primera vez en mucho tiempo sintió la satisfacción de saberse, y sentirse liberada. Al fin y al cabo era una mujer madura, que no tenía que rendir cuentas a nadie, si acaso y tan sólo a Dios, y eso lo haría en su momento. Recorrió el trozo de habitación, hasta la cama, tan despacio y en silencio como lo hiciera en sentido inverso, y gateó una vez en el lecho hasta encontrarse con el cuerpo de él. Suspiró y cerró los ojos.

Posteado por Crimea.

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