Unos golpes secos en la puerta la despertaron y se incorporó en el lecho como un resorte, aún tiritando… estaba teniendo un mal sueño y mentalmente agradeció que la hubiesen sacado de aquella agonía, sin saber que la realidad iba a ser incluso peor que la peor de sus pesadillas. Desde su cama, pudo oír los pasos de su madre en la estancia, el crujir de la puerta e incluso algunos susurros que no alcanzó a entender, y que la hicieron levantarse y asomar la cabeza a la pieza, más por curiosidad que por ganas de ver quién era la persona que llamaba a aquellas horas en mitad de la noche. Sentía el frío suelo bajo sus pies desnudos, frío que le heló también el alma al oír el sollozo ahogado que salió de los labios de Elena, parada de espaldas a ella, de frente al hombre que permanecía en el umbral dando vueltas al sombrero entre sus manos, su vista en el suelo.
Cruzó la habitación rápidamente, pero no llegó a alcanzar a su madre, quien empujó al hombre que se tambaleó como un muñeco de trapo, a pesar de que sacaba al menos dos cabezas a la mujer. Crimea lo miró a los ojos, sin entender, y salió también al exterior en pos de su madre, sin importarle el frío ni la lluvia y mucho menos la escasa ropa que la cubría, y entonces comprendió. La realidad la golpeó ni bien hubo puesto un pie en la calle. Algunos hombres permanecían de pie junto a un destartalado carro, mirando a su madre, sus cabellos rubios cayendo sobre la espalda, arrebujada en su capa, llevándose una mano a la boca quizá para impedir un grito o para contener la angustia. Uno de ellos, a quien Crimea reconoció como el alguacil, hizo un gesto de asentimiento, y se separó del carromato, dejando espacio para que madre pudiera acercarse. Pero ella seguía sin moverse.
La cabeza le daba vueltas, la magnitud de lo que estaba viviendo la superaba, pero ya no era una cría, y eso se repetía, tratando de encontrar en su interior el temple necesario para asomarse a aquel carro, para mirar cara a cara a la muerte. No era una cría, desde luego, y la mirada penetrante que le arrojó el ayudante del aguacil no hizo más que afirmar esa certeza, cruzó los brazos sobre su pecho, y quedó a la espera. El tiempo parecía haberse parado, ninguno de los hombres quiso hablar, su madre no se atrevía a dar los pasos que la separaban del carro. El mundo entero se detuvo.
Unos movimientos titubeantes, una mirada al interior, un suspiro mal entendido… algunos segundos de angustia y entonces resonaron los llantos en la noche. Quizá forzados, en aquel momento Crimea no supo o no quiso darse cuenta, pues ya se acercaba al carromato sin ser consciente apenas de sus pasos, debatiéndose entre mirar al interior o permanecer al margen, pues nada sentía por dentro, y temía que nada iba a sentir si miraba. Pero su curiosidad pudo más, y parándose detrás de su madre, se puso de puntillas para observar el interior. Entre sombras distinguió el cuerpo de un hombre, aquellos que le habían golpeado no habían tenido piedad, pues ninguno de sus rasgos podía distinguir la rubia excepto el horror en sus ojos, que mantenía abiertos como si pudiese ver aún después de muerto, y quizá viera algo que escapaba a quienes allí permanecían de pie, y que escapaba precisamente a sus miradas por estar vivos. Aquellos ojos que no podía dejar de mirar fijamente, aquellos que la acompañarían hasta el fin de sus días en todas sus pesadillas. Una arcada la devolvió a la realidad, a la lluvia, a los llantos…
- Ponte algo y ve a buscar al párroco…. – Su madre la exhortaba con el rostro quebrado por algún tipo de dolor. Ella, sin embargo, seguía sin sentir nada que no fuesen náuseas. Se apretó el estómago para calmar el desasosiego y corrió hasta la casa. No pudo evitar recordar la última vez que su padre se fue, la violencia, los gritos, el llanto y las súplicas… No sería hasta muchos años después que entendería que, en este mundo, quizá era mejor ser una mujer viuda que una mujer abandonada.
Posteado por Crimea.
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