Barcelona, otoño de 1461 a bordo del Català Despietat
Saliendo del reino de Morfeo, en un estado de duermevela, frunció el ceño y emitió un tenue quejido. Aún a ojos cerrados se desperezó lentamente, con gesto felino, dejando escapar un gemido largo que sonaba entre satisfecho, perezoso y dolorido.
Al abrir los ojos le encontró tendido a su lado, apenas vestido. Tiró púdicamente de la sábana hasta cubrir su pecho, como si aún cupiera recato entre ellos, dejando que la seda acariciara sus terminaciones nerviosas sobre-estimuladas y paseó la vista por las lustrosas paredes de caoba, los cojines y almohadas rematados por delicadas borlas que ahora yacían esparcidos por todo el camarote, primeras bajas de su batalla campal. Contra todo pronóstico, sus labios se curvaron en una sonrisa lenta que pareció incapaz de evitar por un momento, aún adormilada, y el arrebol cubrió sus mejillas.
Cuando volvió la mirada hacia él, su mano soltó la sábana y en su lugar recorrió el arañazo del hombro del catalán. La persistente neblina que se negaba a abandonar su cabeza le impedía recordar con claridad lo que sucediera después de que respirase y el mundo dejara de existir. Sólo recordaba el propio pulso latiéndole en las sienes con la potencia de cien caballos desbocados, el cuerpo de Quimet, el rocío que empapaba sus muslos. Y el tiempo se detuvo. Un, dos, tres... ¿horas? ¿días? ¿Quién llevaba la cuenta? Se había metido en la boca del lobo y éste había cerrado las fauces.
Un suave oleaje lamía el casco del Despietat y la trémula y parpadeante luz de las velas dibujaba formas caprichosas sobre sus cuerpos. El crujido de la madera, el crepitar de las llamas, la lasitud que probablemente ya invadía el cuerpo del hombre mientras el alcaloide viajaba por su sistema nervioso y pintaba en su rostro la placidez que otorga el opio... todo contribuía a crear un ambiente de holganza, de perezosa concupiscencia, de hedonismo; nada invitaba a pensar. Y no tenia intención de hacerlo aún. Se deslizó, sentándose a horcajadas sobre él, dejando esta vez caer la sábana que ejercía como baluarte de su pudor e hizo correr las yemas de sus dedos por el vientre y el torso del catalán antes de clavar una mirada escrutadora en sus intensos ojos glaucos.
- Maldito seas, Joaquim, maldito seas tú y toda tu...
Su reniego murió contra los labios de Quimet. Inevitavilidades históricas; de entre todos los posibles desenlaces que su mente había imaginado mientras viajaba de Tarragona a Barcelona, ése se le había escapado.
Puerto de Barcelona, un par de días antes.
De Tarragona a Barcelona, al parecer ahora estaba radicado ahí. Cuanto más largo se hacía el viaje, mayor era la incertidumbre que la atenazaba.
No, desde luego que no estaba nerviosa, ni se sentía culpable, ni asustada y por supuesto que no tenía el menor deseo de verle -se mentía y casi se lo creía-. Jugueteaba nerviosa con la botonadura de su vestido, ajena al bullicio del puerto. La zaragatería y el color fueron dejando paso a un ambiente más decadente, más sórdido. Tomó aire ante la puerta de la taberna, donde le habían indicado que probablemente le encontraría.
Y entró.
Dejó que sus pupilas se adecuaran a la escasa luz, que sus fosas nasales se habituaran al olor, una sombra fuera de lugar en medio de un mundo desconocido para ella. Al fondo, una risotada familiar le confirmó que estaba en el lugar correcto.
Avanzó hacia la mesa que Quimet compartía con dos mujeres. Una de ellas acariciaba lúbrica la pierna del hombre mientras la otra murmuraba algo en su oído. Hasta la última fibra de su cuerpo deseó batirse en retirada. Pero no podía.
Tomó aire nuevamente y, sin ser invitada y mucho menos esperada, se sentó frente a él; sus manos sobre el regazo y la vista prendida del filo de su sonrisa lobuna. No la subió para encontrar sus ojos verdes, bien fuera porque temía cuánto pudiera doler su mirada, por pudor o por algún otro motivo.
- Necesito tu ayuda... – expuso con sencillez, sin preámbulos o falsa ceremonia, con un matiz casi de ruego en su voz, a pesar del cual su gesto conservaba aún parte de su antigua altivez.
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