sábado, 14 de diciembre de 2013

7. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Ginebra

Sur de la península, año 1445

Una señora con el rostro oculto por un velo negro tiraba de su brazo con pocos remilgos. Ginebra ignoró el dolor en su hombro y se revolvió hasta liberarse de la garra. Corrió hacia el montón de tierra removida y cayó de rodillas sobre él, acariciando con la palma de su mano la superficie rojiza.

-¡Ginebra!- Gritaba imperante la mujer a la que había conocido ese mismo día. -Vuelve aquí, no pierdas el tiempo regando la tumba de tu padre con tus lágrimas.- La dureza de sus palabras se clavaban en el corazón de la pequeña Ginebra como dagas envenenadas. Se tumbó por completo sobre la tierra, con la esperanza de que la dejasen ahí y la diesen por muerta a ella también.

La escasa paciencia de la mujer terminó por desvanecerse. A paso ligero se puso al lado de Ginebra y la levantó contra su voluntad. Puso fin al forcejeo dándole una bofetada que pareció calmar a la niña. Unas gruesas lágrimas se abrían paso a través de la tierra adherida a sus mejillas, formando churretes.

-Tu padre obró mal desde el momento que conoció a tu madre. Ella tiene la culpa de que se torciera y estemos llorando su muerte ahora.- La mujer hablaba con rabia, pero no había atisbo alguno de pena en su voz. Ginebra guardó silencio un momento antes de que su rebeldía infantil se impusiese a su tristeza.

-¡Mi madre era un ángel! Padre siempre me contaba una historia sobre ella, me hablaba de su dulzura, de su valentía, de su honestidad, de su...

-¿De su egoísmo cuando os abandonó? ¿No te ha contado eso? Eres muy pequeña, Ginebra. Demasiado para llegar a entender que tu madre no era tan buena y que tu padre estaba enfermo de amor por ella. -No podía verle el rostro, pero Ginebra estaba segura de que lo arrugó al hablar de su madre, Elena.

-¿Y quién eres tú para saber todo eso?- Ginebra se quedaba sin argumentos. Estaba claro que su padre no le había contado toda la historia.

-Tu abuela.- Ginebra abrió exageradamente sus ojos grises ante la revelación. Nunca había conocido a más familia que su padre, ya que su madre se fue cuando ella apenas empezaba a andar. -Ahora soy tu única familia y me debes respeto, niña. Para empezar, se acabó el ir escandalizando con ese cabello rubio.- Y sin que Ginebra pudiese hacer nada, su abuela le colocó un hiyab azul oscuro, sin el que ya no saldría a la calle en mucho, mucho tiempo.

Posteado por Ginebra.

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