sábado, 14 de diciembre de 2013

22. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Ginebra

Mercado de Tarragona, Enero de 1458

Estando en los últimos días de su primer embarazo, Ginebra no podía permanecer en casa. Su eterno prometido no frecuentaba el hogar que compartían bajo la desaprobadora mirada del párroco del pueblo. Su soledad sólo era mitigada por la compañía de los tarraconenses que la conocían desde que llegara siendo una niña, a lomos de un caballo zaino procedente del sur.

Un dolor agudo trepándole ferozmente por la espina dorsal la hizo detenerse ante un puesto de verduras. Clavó las rodillas en tierra y apoyó la palma de la mano en el suelo. Apretó un puñado de tierra con fuerza, volviéndose blancos sus nudillos. Un gemido de dolor fue abriéndose paso por su garganta y escapó de sus labios, atrayendo miradas curiosas hacia ella.

-Tranquila, no estás sola.- Sus mechones rubios se le derramaban por la frente a medida que se inclinaba hacia Ginebra. Jamás la había visto antes en el pueblo, pero agradeció su serenidad. Era una muchacha algo más joven que ella, de asombrosos ojos azules enmarcados por unas largas pestañas un tono más oscuras que su cabello. De sus labios carnosos y rosados surgían palabras de ánimo y de calma que surtían efecto en la madre primeriza.

-Gra... gracias... muchacha.- Ginebra respiraba agitada tratando de controlar el dolor que iba y venía a su antojo. -Es mi bebé, pero algo no va bien. Duele demasiado...- La de la Olla echó la cabeza hacia atrás y tensó la mandíbula en una mueca de dolor. La desconocida, sin importar su condición de extraña ni el lugar en que se encontraban, subió la hopalanda de la parturienta hasta sus rodillas y le separó los muslos con suavidad. Palpó con la yema de los dedos la apertura de la "censored" que comenzaba a prepararse para facilitar la salida al bebé. Sus manos estaban frías, no en vano apenas rozarían los 5 grados de temperatura en aquella mañana de Enero, pero el frío amortiguó el dolor.

-Pronto vendrán a ayudarte, pero me quedaré contigo mientras tanto. Aún falta para que tu bebé nazca.- Sin saber por qué, Ginebra agradeció la compañía de aquella forastera. Se sentía segura a su lado y constantemente acudía una sonrisa a sus labios cuando las miradas de ambas se cruzaban.

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Umbela había cumplido su segundo mes de vida. Su padre de nuevo se había ausentado para atender unos asuntos de los que nunca daba cuenta a su prometida. Ella ya de nada se extrañaba, se dedicaba en cuerpo y alma a atender a su hija y a disfrutar de la compañía, cada vez más frecuente, de Brynhildr, la extraña que la había socorrido dos meses antes.

Compartían animadas charlas frente al fuego de la chimenea del hogar de Ginebra y, muchas noches, el ángel rubio de mirada azul se introducía en su lecho para combatir las gélidas temperaturas del invierno catalán. Ginebra ya no se sentía sola ni abandonada. Hacía mucho que no experimentaba una sensación tan plena. El llanto del bebé la despertó, pero el brazo suave de la germana detuvo su ademán de levantarse.

-Ya voy yo, tú descansa.- Depositó un beso en la frente de Ginebra y luego varios más en sus mejillas y en la punta de la nariz antes de levantarse del cálido lecho para atender los requerimientos de Umbela. Sin duda, Ginebra era feliz. Instantes después, la rubia volvía a reunirse con ella.

-Mañana debo salir nada más despuntar el alba, Geneve. Tengo una visita pendiente al cementerio.- La voz de Brynhildr sonaba algo distante, teñida de melancolía y un deje de tristeza.

-¿Al cementerio? También yo debo ir para visitar la tumba de mi madre. Se cumplen años de su muerte y quiero regalarle flores y oraciones.- Los ojos de Bryn se dilataron de sorpresa. Su boca entreabierta no llegó a articular ninguna palabra.

-¿Cómo se llamaba tu madre?

-Elena Rub...

>-Rubiá.

Y así, tras aquellas palabras seguidas de un interminable silencio, quedaron ambas mujeres observándose tal y como el Altísimo las había traído al mundo.

Posteado por Ginebra.

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