Tarragona, mediados de 1456
Aún aferraba estúpidamente la
Apenas si era consciente de lo que sucedía a su alrededor desde que el galeno cerrara los ojos de su padre primero y su maletín después, dejando caer la mano sobre el hombro de la joven en un gesto de muda conmiseración. Apenas si comprendió lo que el jurista le explicó sobre la delicada situación de los negocios de Sigfrido, sobre su propia situación... Y en el fondo le daba igual, por lo que a ella respectaba podían enterrarla con él. ¿Para qué quería vivir si él ya no estaba?
Atisbó por la ventana con gesto lúgubre antes de bajar la vista de nuevo a la hebilla. Necesitaba salir de allí, necesitaba... aire. Se echó la capa negra sobre los hombros y salió de la casa sin ser vista, deambulando sin un rumbo definido. Pasó ante la Casa Castellarnau, un reciente y señorial edificio gótico, sin pararse esta vez a fantasear sobre sus habitantes, llegando hasta el llano de Sant Feliu y después hasta la antigua puerta romana. Fue allí donde se detuvo, al amparo de la fría y arraigada piedra, y rompió a llorar. Completamente sola. ¿Y ahora qué? ¿Viajar a Valencia a buscar a una madre que ni recordaba ni la había querido a su lado? ¿Volver a Würzburg junto a su primo que apenas conocía e ignorar las últimas palabras de Sigfrido? Tomó aire y se secó las mejillas, alzando la cabeza. Primero tenía que ocuparse de los funerales... de despedir a un servicio que ya no podían pagar y cerrar una casa que no podían mantener. Podía, no podía.
De nuevo se deshizo en lágrimas.
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