Tarragona, 1453
Puso los ojos en blanco antes de responder por enésima vez:
- No, no me está cortejando. - no, no lo hacía abiertamente, aunque en ocasiones notaba la caricia de su mirada aún sin posar los ojos en él, pero admitir eso sólo supondría problemas.
- Pues si no os hace los amores, ha de ser algo aún peor... – a pesar de sus palabras, a juzgar por la expresión en el rostro de Fridah, su mente era incapaz de concebir nada que se le antojase más funesto. - Y no es el tipo de compañía que debierais frecuentar.
- Padre aprueba esa amistad. – alzó ligeramente un hombro, apelando con aquella verdad a medias a la máxima autoridad entre aquellas paredes para zanjar el tema.
Amistad, eso era todo. ¿Verdad? Disfrutaba de su compañía; de todas las personas que había conocido en sus escasos años, él era el más diferente al resto, sólo se parecía a sí mismo. Gozaba con lo que él le enseñaba, con el mundo que le mostraba, uno que, si bien menos amable, parecía más real que el que le presentaran hasta entonces. Además, tenían un secreto. Uno sórdido, oscuro, que en ocasiones reptaba fuera de su mazmorra y la hacía despertar empapada y aterrada por sus propios gritos.
Barcelona, otoño de 1461 a bordo del Català Despietat
Sofocó a medias el grito esta vez contra el hombro del catalán. La cabeza le daba vueltas. Se irguió, apartándose las blondas guedejas que se adherían su rostro mientras sentía a Quimet relajarse lentamente en su interior.
- Búscate a otro. No tengo la menor intención de ayudarte... Ahora, largo.
Si el tono glacial de su voz la sorprendió, no dio más muestra que una leve tensión en la base de la columna. Estaba demasiado extenuada para rebatir. No era un mero cansancio físico, iba mucho más allá; demasiado agotada para negociar... y sin nada que ofrecer.
Quiso decirle que no tenía alternativa, que... ya daba igual; en su lugar, tomó la diestra de Quimet, que aún descansaba en su cintura, y la llevó a su propio cuello.
- Adelante. – su voz sonaba extrañamente serena – Hazlo. - no era un órdago, al cerrar su mano sobre la de él, sus finos dedos apretaron el meñique mutilado del hombre mientras sus ojos zarcos le exhortaban a cerrar el cepo en torno a su garganta. No, no era un farol, era casi un ruego.
Puerto de Barcelona, un par de días antes
Se llevó la mano a la parte posterior de la cabeza tras el golpe, casi esperando sentirla húmeda.
-¡¡¡Tú me abandonaste!!! - bramó entre dientes, sus ojos centelleando a menos de medio codo de su rostro. Podía sentir el olor acre del alcohol en su aliento, la creciente tensión en la línea de su mandíbula.
La tudesca tragó con dificultad, acorralada entre la furia de Quimet y los sillares de la mampostería, su voz entrecortada por la presión en su garganta.
- Sí, me fui antes de que... - calló por un instante. Sabía que era peligroso despertar bestias durmientes, máxime si había estado bebiendo, pero no podía evitarlo. Qué diablos, una parte de ella lo deseaba – Te abandoné... como a un perro. Porque eras un perro... Y ahora yo también lo soy.
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