Lo de echar la firma y el cierre tras cuatro años me tiene más sensiblera de lo habitual, así que me apetecía recoger aquí nuestra última historia con esos personajes. Con final abrupto y precipitado, no fui capaz de más.
Gracias por dejarme subir vuestras partes y, sobre todo, gracias por habérmelo hecho pasar tan bien (incluso cuando ella lo pasaba mal... ¿o sobre todo cuando ella lo pasaba mal?) en estos cuatro años y pico. No me cansaré de deciros lo geniales que sois y lo afortunada que me habéis hecho sentir por entretejer todas esas historias juntos.
La pri me dijo en su última carta "[...] Y nunca, nunca, nunca, nunca más me digas adiós, que siempre sea un hasta luego.", así que sólo añadiré "hasta luego", siempre hasta luego. Os adoro, chicos.
Historia pergeñada por...
Crimea de la Vega i Rubiá
Ginebra de la Olla i Rubiá
Brynhildr von Rosenrot i Rubiá
Joaquim Oriol (aka Quimet Migdit)
- Levantad – La voz no sonó fresca y agradable, como otros días, sino que estaba quebrada. Su madre se sentó sobre el jergón y la sacudió de un hombro, sin miramientos – Padre marcha… hemos de despedirlo… - La niña abrió los ojos y se encontró con el rostro ajado y cansado de su madre.
- Aún ni amaneció, madre, es noche cerrada… - Volvió a darse la vuelta y trató de tapar su cabeza con la frazada… qué le importaba a ella que aquel hombre marchase de nuevo, siempre estaba fuera, y cuando estaba en casa… cuando estaba en casa el ambiente se hacía insoportable, raro, pesado. Madre no era feliz cuando él estaba, aunque lo que no sabía Crimea por aquel entonces es que tampoco lo era cuando el hombre faltaba.
- No voy a volver a decirlo ni una vez más – Notó como la mujer se levantaba y salía de la sala, arrastrando los pies, y llevándose la vela con ella. La habitación quedó oscura, y la cría deslizó la manta hasta los pies dando patadas. Es todo lo que su rabia le permitía hacer. Se puso las botas y una tosca manteleta sobre los hombros, restregando la manga en su cara, tratando de despertar.
Ayudó a su hermana pequeña a hacer lo propio y ambas quedaron paradas bajo el dintel de la puerta, Crimea mirando al hombre que terminaba de guardar sus cosas en el petate. Madre lo miraba a su vez, las manos entrelazadas sobre su regazo, pero él no miraba a nadie, ni tan siquiera sintió la presencia de la niña en la estancia. Afuera llovía.
Crimea se arrebujó en la manteleta, hacía frío en aquella casa, nadie se había ocupado de encender de nuevo el fuego, y las pocas brasas que aún permanecían de la noche anterior no ayudaban. Tampoco la situación, aquella frialdad se extendía incluso entres sus padres. La niña continuó quieta, sin atreverse siquiera a respirar, mirando ahora a su madre. Tenía los ojos rojos, había llorado, pero ahora estaban secos y su expresión era dura, no parecía la misma mujer que las ayudaba a vestirse por las mañanas y que les ponía el plato en la mesa. Crimea sintió un escalofrío y rezó en silencio porque aquello pasara pronto, aquel hombre marchara de casa y su madre volviera a tener luz en los ojos.
Pasó su brazo por el hombro de su hermana, ella también temblaba, y la niña supuso que debía ser de frío. Más bien quiso creer que era frío y que Joyta no veía más allá de otra nueva despedida, y que no le haría preguntas cuando estuvieran solas en el lecho, preguntas que Crimea no sabía de qué modo responder.
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El día había amanecido extrañamente nublado, amenazaba tormenta. La rubia miraba la calle desde la ventana de la posada en que se alojaban en Segorbe y mantenía en sus manos el hatajo de vitelas que comenzara a escribir algunos años atrás, atado con una cuerda. No había sido capaz de desatarlo, ni aun de intentar leer lo que allí había escrito, los recuerdos habían acudido a su mente ni bien sacó el puñado de pergaminos del ligero equipaje que llevaba en ese viaje.
Su intención había sido retomar la escritura, pero los recuerdos le resultaban demasiado dolorosos. Los dejó sobre el pequeño escritorio de que disponían en la habitación, y se lavó la cara, frotándose después fuertemente con un paño, tratando así de arrancar esos pensamientos.
Minutos más tarde se sorprendió a sí misma caminando por las calles de su antigua villa, con un rumbo definido, el cementerio.
Posteado por Crimea.
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