sábado, 14 de diciembre de 2013

18. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Crimea


Rubiá, comarca de Valdeorras, Ourense… año 1439

- ¿Ves a serra, pequena? Crimea asintió, a pesar de no estar muy segura de a qué se refería su tío. Estaba sentada sobre un tocón de un árbol, con una cesta en la mano, vacía a excepción de algunas flores silvestres de distintos colores que había logrado arrancar a la tierra con no poco esfuerzo. Su tío, enorme, de pie junto a ella, miraba alrededor como si fuese el dueño de todo lo que su mirada abarcaba, con un hato de leña bajo uno de sus brazos. Volvió la vista hasta la pequeña e hizo una mueca que bien podría ser una sonrisa, aunque bajo aquella barba espesa y poco cuidada no pareció cambiar nada. - ¿Estás cansada? La niña volvió a asentir y suspiró, contrariada, pero no habló por miedo a que la reprendieran. No sin razón, pues había sido ella la que había insistido en acompañar al hombre al campo aquella mañana. Odiaba quedarse en aquella casa, y a falta de su madre, su tío se había convertido en el único con el que se encontraba medianamente a gusto en esas tierras, y eso a pesar de su sequedad y su falta absoluta de tacto con los niños. Y con los adultos.

- Un Rubiá nunca se cansa, nunca se deixa vencer... ¿oíste? La niña hizo un mohín de disgusto, pero se levantó del tocón, arrastrando la cesta hasta donde estaba su tío. Sin mediar más palabra, el hombre arrancó a andar, y Crimea lo siguió.

- ¿Cuándo vuelve madre? Su tío paró y se volvió a mirarla, cosa que aprovechó la cría para apresurarse hasta alcanzarlo. Sintió la duda del hombre, que a buen seguro buscaba palabras adecuadas que decir a una niña de su edad. - ¿Tardará mucho?

- Non creo… - Respondió al fin su tío, y se dio la vuelta para seguir andando hasta la villa.

Crimea miró la cesta con las flores, y una idea en la que no había reparado hasta el momento la hizo detenerse como si la hubiese alcanzado un rayo, idea que a su corta edad, fue la peor de las revelaciones… ¿y si ella no iba a volver? La sensación de abandono la inundó por completo y los ojos se le llenaron de lágrimas que no supo contener. Con rabia, sacó las flores de la cesta y las arrojó al suelo, mientras trataba de controlar su angustia corriendo al lado de su tío. Se limpió las lágrimas con la manga y se agarró de la mano libre del hombre, que ni tan siquiera la miró, pero que le devolvió el apretón en un gesto que hizo a Crimea sentirse un poco menos vacía. No quería que la viera llorar, que pensara que era débil, pero no pudo aguantarse los sollozos ocasionales. El hombre, en un rápido movimiento, agarrándola por la cintura, la levantó del suelo y Crimea se aferró a su cuello. La cargó hasta la entrada de la casa. La cesta había quedado en algún lugar del camino, la niña se había dormido.



- … está con él, hermano… ¿qué se supone que debo facer? non sei que podo facer… ayúdame… - Las voces tenues habían alertado a Crimea, que dormitaba a medias en un jergón en la estancia donde su madre y su tío departían en voz baja. Elena había llegado aquella mañana, y hacía sólo unos minutos que Crimea se había despegado de ella, cansada hasta la extenuación, pero demasiado nerviosa y alterada como para conciliar del todo el sueño. A pesar que le pesaban los párpados se resistía a caer, temiendo que al despertar su madre no se encontrara allí de nuevo.

- Volver coa túa familia á casa, olvidar. Bajó la voz de nuevo - Non debes cargarte desta vergoña, non debes cargarnos a nós… Outra filla máis... doutro pai!! Se escuchó un bufido. Seguido de unos segundos de silencio, después el tono más duro, pero en cierto modo, cariñoso. - …que é o que che pasa, miña irmá?

- … nadie sabrá… ¡es mi hija! – El tono de voz se elevaba y bajaba hasta casi desaparecer convertido en susurro en cada frase que pronunciaban, muchas palabras se perdían.

- E a que está a durmir aí mesmo tamén éo, Elena! E aquela que deixaches nesa terra de infieis tamén! E tes un marido, non o esquezas, un que cumpriu a súa palabra, despois de todo, e te despousou... e unha familia á que debes respecto, non penso axudarche máis, Elena … non voy a tapar tus deslices… deshónranos co teu comportamento de fulana... mancillas o noso apellido!

- ¿Y Sigfredo?... – Escuchó por último, casi como una súplica… y se durmió. Nada recordaba de aquellas palabras a la mañana siguiente, en la que vio aliviada que su madre aún seguía allí. Y nunca las recordaría.



Unos días más tarde, ambas salían de la villa en un carro. Elena llevaba lágrimas en los ojos, y Crimea dormía sobre su regazo, agarrada a su madre. Apenas despuntaba el alba, y todo aquello, que a la rubia apenas le parecería como un sueño lejano durante el resto de su vida, iba quedando atrás. Nunca volvería a aquel lugar. Sólo la llegada de sus primos, muchos años después, le traerían una cierta nostalgia de la tierra que la vio nacer.

Posteado por Crimea.

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