sábado, 14 de diciembre de 2013

3. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Ginebra

Ginebra había pasado la mayor parte del día recorriendo las calles segorbinas, rememorando viejas batallas vividas, historias de otra vida que casi no asimilaba como suya. Cada casa, cada esquina, cada plaza, le traía a la memoria un nuevo pedazo de su pasado.

Decidió refugiarse del implacable sol, adentrándose en una de las famosas tabernas de Segorbe. Ahí, entre cervezas y copas y alguna que otra rosa nueva salida de algún lugar incierto, Geneve recobró fuerzas para volver a la habitación que amablemente le habían cedido en el hogar de Ysuran e Ibelia.

Posiblemente, envalentonada por el alcohol ingerido, Ginebra desató sus recuerdos más profundos. Aquellos en los que no se permitía pensar estando sobria. Acostada en el lecho y con los ojos cerrados viajó hacia otro lugar mucho más al sur, en otro tiempo...


Año 1445.

-Padre, cuénteme otra vez la historia.- Ginebra se deslizó sobre la tosca silla de madera hasta que las puntas de sus pies rozaron el suelo. Dio unos pasos y se abrazó al cuello de su padre. Estaban en privado, podía hacerlo.

-¿Otra vez? Ya tienes ocho años, Geneve. Además, cuando yo falte no podrás dormir sin oír ese cuento... Quizás no debería contártelo más.- Aunque él siempre accedía a hacerlo, lo cierto es que cada día trataba de zafarse de rememorar la historia predilecta de su hija.

-¡Por favor, padre!- Ginebra entrecerró sus inusitados ojos grises en una mueca de pena y miró al suelo, esperando la reacción de su padre.

-Venga, vamos a acostarte.

Abdelhak aupó a su hija en brazos y la cargó hasta su habitación, que no era más que un hueco tras una cortina, dentro de la estancia principal. Ambos vivían solos en aquella casa humilde. Nadie veía con buenos ojos que un hombre cuidase de sus hijos y más si era de una niña de quién tenía que hacerse cargo. Fueron varios los arreglos nupciales que le ofrecieron, pero el rechazó uno tras otro, con la esperanza de que "ella" volviese algún día.

Acostó a su hija y la arropó con una colcha varias veces remendada. Se aclaró la voz y, tras respirar hondo, comenzó el relato.

"Era 1436. A primeros de año llegó al pueblo una muchacha, a todas luces forastera. Su melena rubia, su tez de porcelana y sus ojos azules contrastaban con el aspecto de las demás mujeres. Parecía algo perdida, y no sólo por el lugar. Su mirada translucía inquietud.

Dejé mis labores de arado del campo y salí a su encuentro. Ella dio un paso atrás, asustada por mi abrupta aparición, pero pronto se recompuso y me sostuvo la mirada. Las mujeres aquí no suelen hacer esto, ni con sus propios maridos. Tampoco llevarían el pelo al descubierto como lo hacía ella. Lo cierto es que me fascinó desde el primer momento.

Le sonreí para tratar de tranquilizarla y le pregunté si se había perdido. Si podía ayudarla en algo. "¿Puedes hacerme desaparecer?" Me contestó ella. Aún no sabía ni su nombre, pero quería cuidarla. Le ofrecí mi mano y la llevé a la casa de tus abuelos. Ellos torcieron el gesto al verme aparecer con aquella "déspota castellana". Nuestra gente había sufrido demasiadas veces el acoso de los bárbaros del norte de la península, pero yo veía en ella a alguien especial y no una amenaza. Así pues, cogí algunas cosas que podrían sernos útiles, algo de dinero, un *Hiyab y un *Litam de una de mis hermanas.

Actuaba de manera compulsiva, como no había hecho jamás. No quería pararme a pensar en lo que estaba haciendo mientras recorría las laberínticas callejuelas de la mano de aquella mujer de cabello de oro. Encontramos una casa abandonada y nos colamos ahí. Rescaté de las garras del polvo un par de taburetes y le ofrecí asiento. Una vez acomodados ella me contó cómo había escapado de la infelicidad. Me habló del sacrificio que había hecho, abandonándolo todo y de como durante meses había vagado por los caminos, erráticamente.

Mientras me hablaba de su vida en el reino de Valencia, yo cada vez iba escuchándola menos y enamorándome más. Tanto, que el amanecer nos sorprendió juntos, abrazados en medio de la suciedad y los escombros. Tras ese día vinieron muchos más que pasamos juntos hasta que...
"


Abdelhak sonrió al escuchar la profunda respiración de Ginebra. Se había quedado dormida, como siempre sucedía en aquél momento de la historia. En su fuero interno se alegraba de que siempre sucediera igual, no podría acabar de contar la historia sin que se le quebrara la voz. Sin que un sordo dolor le atravesara el pecho y la angustia atenazara su garganta.

Besó a su hija en la frente y la dejó dormir mientras él salía de la casa para hacer un trabajo para Abdul, algo de lo que no estaba orgulloso. Posiblemente, de saber como acabaría aquella noche, Abdelhak se hubiese quedado en casa... con su hija.
*Hiyab y Litam: Velo y pañuelo que cubren la cabeza y el rostro de las mujeres árabes.

Posteado por Ginebra.

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