sábado, 14 de diciembre de 2013

19. Sobre el qué, cómo y por qué... agonía en 25 espasmos - Bryn

Tarragona, finales de 1459

Entrelazadas vieron al astro rey hundirse en el Mediterráneo. Ladeó la cabeza, dejando que los labios de la mujer se deslizaran por su cuello, y enredó sus dedos en uno de los rubios mechones que, rebeldes, se escapaban del moño ya deshecho.

- ¿No piensas abrir esa carta?

Brynhildr negó con la cabeza con una sonrisa renuente, acariciando con la vista la correspondencia que cubría la pequeña escribanía de caoba antes de volver la mirada a su hermanastra, depositando un beso en el níveo arco de su hombro antes de apoyar sobre éste la barbilla. La calidez de su murmullo acarició la piel de su adorada cuando respondió, tan ebria por el licor como por la sensación de libertad

- No era consciente de lo mucho que me ahogaba allí hasta que lo dejamos atrás. - la sonrisa se hizo mayor, iluminando sus ojos zarcos ante el roce de los labios de Geneve en su piel – Gracias, hermana.

Como si su contacto le insuflara fuerzas, la atrajo contra sí, aspirando ese olor familiar a caléndula y mejorana que ejercía como un bálsamo lenitivo sobre sus inseguridades y miedos, ahogando las dudas en la caricia de su piel.


- ¿Crees que Crimea habrá salido ya de Denia? - se incorporó, arqueando la espalda con gesto felino – Si le remitimos una esquela, tal vez ésta la encuentre ya en Segorbe, dioses, la espera se me está antojando eterna.

Tarragona... ¿Qué tenía esa ciudad que siempre era testigo de algún comienzo, de algún final, de algún punto de inflexión en las vidas de las tres ? Parecían no poder evitar gravitar en torno a esa villa, atraídas tal vez por alguna línea telúrica que trazaba y retorcía sus destinos, seduciéndolas como la llama del candil engaitaba a las polillas.


Barcelona, 1461, tras abandonar el Català Despietat

Caminaba sin rumbo definido, tratando de poner en orden sus pensamientos y sus exiguas opciones, de las cuales la más atractiva seguía siendo saltar desde el espigón. En su fuero interno, había de reconocer que no le había decepcionado la reacción de Joaquim, si bien no fue capaz de obtener de él lo que ella deseaba. Un recuerdo vino a cosquillearle en la comisura de sus labios, haciéndola esbozar un amago de sonrisa carente de alegría. Había tenido el privilegio de poder cerrar un capítulo y, creía ella, con bien para el protagonista.

Con la serena distancia que otorga no tener nada que perder, paseaba la mirada en derredor, en aquel puerto donde confluía el quehacer bullicioso de comerciantes, estibadores, turistas, truhanes y belitres; donde los hombres ataviados con rica pelliza de marta apenas tenían más poder que las mujeres lúbricas que exhibían los hombros y las muñecas con impudicia.

Una figura oscura llamó su atención, sentada sobre un noray en torno al que se encapillaban varias gazas. Parecía tan fuera de lugar como ella misma. No iba vestida como una meretriz, su atavío no sugería pobreza pero tampoco parecía la mujer de ningún comerciante. Las mejillas hundidas bajo los pómulos hablaban de estrecheces y su mirada sugería cierta desesperanza.

Jugueteó con el pañuelo en el que aún estaban envueltos su antigua alianza y los zarcillos. No fue gentileza de ningún tipo sino curiosidad y el saber que a ella ya de nada le servirían, lo que le hizo acercarse.

Tomó la mano de la joven y depositó en ella el pañuelo.

- Si estáis pensando en saltar, debéis saber que no tardarían en rescataros.

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